sábado, agosto 27, 2005

Magisterio Metalico

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lunes, julio 04, 2005

EL SECRETO INSOSPECHADO

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¿Qué podemos esperar ni bien leemos un tratado de alquimia?.

Muchas cosas. Pero la idea que más nos persuade es la férrea voluntad que guió a cientos de personas en toda la historia a buscar la codiciada Crisopeya: salir de nuestras miserias; miserias que inevitablemente están asociadas al contraste con la riqueza.

Esta es, a fin de cuentas, la búsqueda del alquimista. No es extraño, al reveer la historia, que la mayoría de ellos hayan sido gentes humildes, pobres, y sin dinero alguno como prueba de sus validaciones. Salvo casos como los de Nicolas Flamel, cuya virtuosa fortuna provenía de ciertos negocios (que por su naturaleza prefirió achacar a la piedra filosofal, y no a lo que hacía, pues hubiera sido más condenable) , el resto eran personas con grandes frustraciones.

Artephius, que afirma él mismo haber vivido siglos gracias a la Piedra de los Filósofos, es un crudo testimonio de la fantasía que cubrió al ser humano en pos de gloria. Dejemos de lado lo inverosímil que resulta el relato suyo, cuya poca erudición nos indica ya mismo que no vivió siquiera la edad estimativa en los seres humanos, lo realmente significativo es la vulnerabilidad humana expuesta en su escritos, en donde se trasluce ese ansia por trascender, por cualquier medio, la limitada condición carnal.

Para ello, al alquimista se lanzó a escrutar los misterios de la naturaleza, con ese afán siempre presente de comprender la naturaleza humana, y desde luego, como digo, poder desarraigar la pobreza irremediable que rodea al mundo. Pero a medida que su objetivo en vista iba concretándose (porque la transmutación es algo loable), empezó a comprender que también podría ser posible, de arrancar los secretos de la naturaleza, obtener una vida ilimitada y saludable: he ahí el origen de la Medicina Universal, panacea con que el alquimista intentó cubrir su otro sueño dorado.

Pero, en efecto ¿logró algo de todo aquello que buscó?. Tristemente nos queda el legado de sus tratados, la mayoría incomprensibles y fraudulentos.
Para comprender mejor la época, bueno y justo sería dejar la palabra a Mr. Gofredo, de la Academia Real de las Ciencias que en 1722 publicó un elocuente discurso sobre los alquimistas:

«Sería conveniente, que el Arte de engañar fuese enteramente ignorado de los hombres en todo género de profesiones. Pero pues que el deseo insaciable de la ganancia empeña a una parte de los hombres a practicar este Arte en infinitos modos diferentes, pertenece a la prudencia procurar el conocimiento de estas fraudes, para precaverse contra ellas.»

«En la Química la Piedra Filosofal abre vasto campo a la impostura. La idea de riquezas inmensas que se nos promete por medio de ella, pica vivamente la imaginación de los hombres. Como por otra parte se cree fácilmente lo que se desea, la ansia de poseer esta Piedra conduce bien presto el espíritu a creer su posibilidad.»

«En esta disposición, en que se hallan los más en orden a esta Piedra, si sobreviene alguno que asegure haber hecho esta famosa operación, o alguna otra preparación que conduzca a ella, que hable en tono persuasivo, y con alguna apariencia de razón, y que apoye sus razonamientos con algunas experiencias, le escuchan favorablemente, dan fe a sus discursos, y se dejan sorprender por sus prestigios, o por algunas experiencias engañosas que contribuyen abundantemente la Química. En fin, los que admiran más, se ciegan para arruinarse, adelantando sumas considerables a estos impostores, que debajo de diferentes pretextos piden dinero, el cual dicen necesitan, al mismo tiempo que se jactan de poseer un manantial de tesoros inagotable.»

«Aunque haya algún inconveniente en publicar los engaños de que usan estos impostores, porque algunas personas podrían servirse de ellos, le hay, sin embargo, mucho mayor en no descubrirlos; pues descubriéndolos, se previene a muchísimos para que no se dejen engañar por sus juegos de manos. Con esta mira referiré aquí los principales medios de engañar que acostumbran emplear, y que han llegado a mi noticia.»

«Como su principal intención es por lo ordinario hacer hallar Oro, o Plata en lugar de las materias minerales que pretenden transmutar, se sirven muchas veces de Crisoles, o Copelas dobles, en cuyo fondo han puesto cal de Oro, u Plata, y fácilmente vuelven a cubrir este fondo con una pasta hecha de polvo de Crisol, incorporados con agua engomada, o con cera, lo cual acomodan de manera, que éste parece el verdadero fondo del Crisol.»

«También usan de varas o bastoncillos de madera agujerados en la extremidad, en cuyo hueco introducen limaduras de Oro u de Plata, y cierran el agujero con serradura sutil de la misma madera. Menean con estos bastoncillos las materias fundidas; y quemándose su extremidad, sueltan el Oro o Plata en el Crisol.»

«Otros mezclan en mil modos diferentes la Plata y Oro con las materias sobre las cuales trabajan, porque una pequeña cantidad de Oro u Plata no se percibe estando mezclado con una gran cantidad de Mercurio, de Régulo de Antimonio, Plomo, Cobre, u otro cualquiera metal. Mezclase fácilmente el Oro y Plata calcinados con la cal de Antimonio, Plomo, y Mercurio. Pueden incluirse en el Plomo algunas pequeñas masas de Plata y Oro. Blanquéase el Oro con el Mercurio, y se le hace pasar por estaño o Plata. Persuaden así, que el Oro o Plata, que después de la operación se saca de estas materias, fue hecho por transmutación.»

«Es necesaria suma atención a todo lo que pasa por las manos de esta gente, porque frecuentemente las aguas Fuertes, o Regias de que usan, están ya cargadas de disoluciones de Oro y Plata. Los papeles mismos, en que envuelven sus materias, están a veces penetrados de la cal de estos metales. La escritura, o manchas que parecen en ellos, pueden ser hechas con la tintura de los mismos metales. Se ha visto el mismo vidrio cargado de alguna porción de Oro, que ellos sutilmente habían introducido al tiempo que estaba en fundición en el horno.»

«Algunos han engañado con clavos, cuya mitad era Hierro, y la otra mitad Plata u Oro, haciendo creer que han hecho una verdadera transmutación de la mitad de estos clavos, metiéndola en una pretendida tintura. Todo esto no es más que un sutil engaño. Estos clavos, que antes de meterse en la tintura parecían ser enteramente de hierro, eran no obstante compuestos de dos piezas, la una de hierro, la otra de Plata u Oro, soldadas con grande exactitud una con otra, y cubiertas de un color de hierro; que se disipaba entrándolas en el licor. Tal era el clavo mitad hierro, y mitad Oro, que había en el Gabineto del Gran Duque de Florencia. Tales son los que hoy presento a la Academia mitad Plata, y mitad hierro. Tal era también el cuchillo, que un Religioso presentó a la Reina Isabela de Inglaterra, la extremidad de cuya hoja era de Oro. Como también los que un famoso Charlatán esparció algunos años ha en Provenza, cuya hoja era mitad Plata, y mitad hierro. Es verdad, que se añade, que éste hacía la operación en cuchillos conocidos que le entregaban, los cuales, pasado algún tiempo, volvía convertida en Plata la extremidad de la hoja. Pero es de creer, que esta mutación no se hacía sino cortando la extremidad de la hoja, y soldando exactamente otra de Plata perfectamente semejante.»

«Del mismo modo se han visto Monedas, o Medallas, mitad Oro, y mitad Plata. Decíase, que estas piezas habían sido antes enteramente de Plata; pero mojando la mitad de ellas en una tintura Filosofal, o en el Elixir de los Filósofos, la mitad que se había mojado, se había transmutado en Oro, sin que la forma exterior de la Medalla, o sus caracteres, se hubiesen alterado considerablemente. Yo digo, que esta Medalla nunca fue enteramente de Plata, sino que estas son dos porciones de Medallas, la una de Oro, la otra de Plata, soldadas con gran destreza, de modo, que las figuras y caracteres se correspondan exactamente, lo que no es muy difícil. Ve aquí el modo con que se hace esto, &c.»

Y la lista podría extenderse. Lo que importa recalcar es que, si de engaños se refiere, los hay muchos para hacer creer a la gente que es factible convertir un metal vulgar en oro. También hay técnicas de simple prestidigitación que son muy efectivas.

Por tanto, la obligada pregunta aquí es: ¿entonces qué hay de cierto en la alquimia?. Yo considero que si hubo realmente un legado, aquel se aloja no en los libros o tratados, sino en la piedra misma. En las antiguas catedrales que guardan celosamente los secretos que una mano sapiente supo indicar al escultor. Allí, en silencio, sepultadas en el olvido, existen pequeñas claves a descifrar. Porque, como decía Feijo al respecto de la alquimia en sus discursos:

“Si ellos poseyesen verdaderamente el secreto de la Crisopeya, bien lejos de ostentarle y persuadir que le poseen, procurarían esconderle, pues de ese modo adquirirían inmensos tesoros, librándose al mismo tiempo de muchos riesgos. Luego cuanto más fuertes pruebas nos dieren (fuertes digo en la apariencia) de que poseen el gran secreto, más firmes debemos estar en que no le poseen.”

Un argumento, dicho sea de paso, impecable.

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QUEMADORES DE CARBON

Antes de continuar con nuestra conclusión –que veladamente ya hemos expuesto –será digno de merito poder saber cómo fueron realmente los antiguos alquimistas, si lograron o no lo que decían, y cómo sus nombres, aun así, quedaron en la historia.

De Ramon Lulio se dijo muchísimo. Que estuvo viviendo una vida de excesos hasta que un amor marchito lo enderezó en sus aventuras y se dio a monje. Lo cierto es que se dice que en Londres en presencia del propio Rey de Inglaterra fabricó oro inmejorable, y que con aquel oro diseñaron unas monedas en honor suyo.

Pero, ¿esto es posible?. Ciertamente cuando estudiamos esta historia, notamos algo del todo revelador. Que la leyenda de la fabricación de oro delante del Rey fue presentada casi dos siglos después de que Lulio viviera, por Roberto Constantino, médico de Caen en Normandia. Huelga decirlo: todos los demás autores que citan como verídica la misma se basan en lo que este médico señaló.

¿Debemos considerar real lo que nos dijo Roberto Constantino cuando vivió dos siglos después, y rechazar la evidencia de los autores ingleses que en la época de Lulio no afirmaron nada de esto? Este silencio, elocuente y revelador, por parte de los autores contemporáneos a Lulio, ya nos dice mucho.

Algo semejante ocurre con Arnaldo Villanova. Según algunos juriconsultos, citados por Beyerlink en el Teatro de la vida humana, y por el P. Delrio en las Disquisiciones Mágicas, mediante el Arte Alquímico produjo algunas varillas de oro, las cuales públicamente ofreció en Roma a todo examen.

Pero dejemos que sea Feijo quien nos refute esta afirmación:

“¿Pero cómo es creíble que siendo tan público el hecho, el Sumo Pontífice, que reinaba entonces, no se aprovechase, siéndole tan fácil, de la habilidad de Arnaldo en beneficio de la Iglesia, juntando para ella inmensos tesoros? En conciencia debía hacerlo; y pues no lo hizo, es claro que no dio Arnaldo las muestras que se dice de su habilidad; y que los Jurisconsultos, que se citan, no tuvieron otro testimonio del hecho que alguna hablilla vulgar.”

Pero vengamos a estos días. El nombre Paracelso brilla con fervor entusiasta por cientos de practicantes de alquimia. Se lo considera una eminencia en el Arte transmutatorio y en otros artes médicos y espagíricos.

Lo cierto es que pese a ser el creador del mito de la Panacea y curar a muchos enfermos mediante sugestión y estados alterados de conciencia, aquel hombre murió prematuramente en una cama infecta de algún lugar sin nombre. Tanto propugnaba que curaba tantas enfermedades, que la suya parece que no pudo detenerla.
Feijo, impecable en su análisis, nos dice:

De Paracelso no hay otro testigo que su discípulo Oporino, el cual refiere muchas cosas increíbles de su Maestro; fuera de que no dice que jamás le viese transmutar algún metal en oro, sí solo que anocheciendo algunas veces pobrísimo, le mostraba por la mañana algunas monedas de oro, y plata, como que las había hecho por el arte de la Alquimia. ¿Pero de dónde sabemos que Paracelso no tenía aquellas monedas escondidas, para ostentarlas a su tiempo a Oporino, y hacerle creer que poseía el secreto de la Piedra Filosofal, como quiso hacerlo creer a todo el Mundo? Hay tan poco que fundar en todo lo que dijo, y escribió Paracelso, que es excusado detenernos en esto. Los Autores que se jactaron de poseer la Crisopeya escribieron de este arte en jerigonza: Paracelso escribió también en jerigonza la Medicina.”

Otro fue Bernardo Trevisano. Los alquimistas modernos lo citan como un ejemplo de perseverancia : tras pasar toda su vida en busca de la Gran Obra, perder toda su fortuna, a una edad avanzada pudo descubrir el secreto de sus desvelos.

Pero una vez más, Feijo es intachable:

En orden a Bernardo Trevisano, o Conde de la Marca Trevisana, no sé que conste el que supo la fábrica artificial del oro, sino de que él mismo lo dice en el libro de Secretissimo Philosophorum opere Chemico. Y no pienso que estemos obligados a creerle sobre su palabra; mayormente cuando en aquel escrito da bastantes señas de Autor vano, y mentiroso. No es menester para el desengaño más que ver los Autores, o libros supuestos que cita, como las Crónicas de Salomón; las Pandectas de María Profetisa; el testamento de Pitágoras; la Senda de los errantes, escrita por Platón; no sé qué breve tratado de Euclides; el libro de un Aristeo, que dice gobernó todo el Mundo diez y seis años, y que fue el más excelente de todos los Alquimistas, después de Hermes.
Donde se ha de advertir, que cuanto dicen los Alquimistas de estos, y otros Autores antiquísimos que trataron de la Crisopeya, es invención, y sueño. El célebre Médico de Lieja Herman Boerhave, que examinó con cuidado esta materia, dice (in Prolegom ad institu. Chemmiae) que el Autor más antiguo que apuntó algo de la Crisopeya, fue Eneas Gasero, el cual floreció al fin del quinto, o al principio del sexto siglo de nuestra Restauración; y el primero que trató doctrinalmente esta materia fue Geber, o Gebro, que unos hacen Arabe, otros Griego, y floreció en el séptimo siglo.”


Pero quizá el más destacable de todos los alquimistas, citado y ensayado por varios, sea Nicolás Flamel, vecino de París, que vivió al principio del siglo decimoquinto, y se jactó también de poseer el secreto de la Piedra Filosofal.

Feijo nos da su síntesis sobre Flamel con estas palabras:

Fue quien, entre todos los pretendidos adeptos, tuvo derecho más aparente para ser creído. La-Croix Dumaine, citado en el Diccionario de Moreri, pinta muy hábil a este hombre, pues dice que era Poeta, Pintor, Filósofo, Matemático, y sobre todo grande Alquimista. En el Cementerio de los Santos Inocentes, donde fue enterrado, dejó una tabla pintada al oleo, donde debajo de figuras enigmáticas, dicen están representados los secretos que había alcanzado de la Alquimia. Lo principal, y lo que más hace al caso es, que al paso que los que se jactan de saber el gran secreto de la Piedra Filosofal, por lo común son unos pobres derrotados, que en su desnudez traen el testimonio de su falsedad. De Nicolás Flamel se sabe que llegó a tener el caudal de más de quinientos mil escudos, suma prodigiosa para aquella edad. Sin embargo, algunos Autores Franceses de buen juicio descubrieron en esta adquisición de bienes otro secreto muy distinto del de la Piedra Filosofal. Dicen que Flamel, teniendo manejo en las Finanzas, ganó tan grueso caudal con robos, y extorsiones, especialmente sobre los Judíos del Reino; y para ocultar los inicuos medios por donde había llegado a tanta riqueza, y evitar el castigo merecido, fingió deber aquellos tesoros al secreto de la Piedra Filosofal.

Con otras historias extremamente ridículas pretenden los Alquimistas confirmar sus sueños por verdaderos. Como creen, o quieren hacer creer, que la Piedra Filosofal hace al hombre que la posee otro beneficio mucho mayor que enriquecerle: esto es, preservarle de toda enfermedad, y alargarle la vida por muchos siglos, era preciso que también a este intento fingiesen algunos hechos. Así lo ejecutaron. De un tal Artefio publican, que por la virtud de su Piedra Filosofal vivió mil y veinte y cinco años. En tiempo de Rogerio Bacon decían que Artefio había viajado todo el Oriente; que sabía los secretos más altos de todas las Ciencias; y que estaba aún en Alemania. Juan Francisco Pico, Conde de la Mirándula, riéndose de tales simplezas, añade que había Alquimistas que aseguraban que Artefio era el mismo que Apolonio Thyáneo.”

Y esto es bien cierto. La fábula de Saint Germain es bien conocida por todos para evitarnos referirla. Al parecer, aquel conde, luego de penetrar en todos los secretos del universo sensible y no sensible, desapareció de la faz de la tierra, para , de vez en cuando, hacer gala de su misteriosa presencia a algunos afortunados. Algo que, analizado con rigor critico, no deja de provocarnos una benevolente sonrisa, por la ingenuidad con que se nos servir este plato caliente.

Pues bien. Los alquimistas modernos no le van a la zaga a tales antiguos “quemadores de carbón”. De hecho, muchos de ellos han intentado mantener una vida disciplinada emulando a los antiguos, con el afán de lograr la famosa Piedra Filosofal. Así, es de notar que muchos modernos alquimistas son bohemios, solitarios, taciturnos, meditabundos, con un gran amor por el pasado antiguo y las mitologías.

Veamos algunos de ellos.




MODERNOS FILOSOFOS DEL FUEGO

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Por más que duela reconocerlo: no hubo un alquimista moderno –salvo las forzadas leyendas y mitos Fulcanellianos, que ya se ha visto de donde provienen – que lograra completar la Gran Obra. Y aun así, (pese a que tener éxito en algunas de sus etapas no constituye el fin) muchos alquimistas se lanzaron a redactar sus propios escritos alquímicos supuestamente reveladores (¿reveladores de qué, si ellos mismos no lo lograron?); y en muchos casos con sentencias ambiguas y un florido repertorio metafísico: nada más alejado de lo que pretende el alquimista.

Analicemos algunos de los modernos alquimistas y luego saquemos una o dos conclusiones. Louis Cattiax por ejemplo. Ya desde la propia pluma de quienes lo conocieron en persona nos decían que “le gustaba impresionar e incluso escandalizar”. O “a menudo charlatán y bufón” (Los Alquimistas del Siglo XX, G. Dubois). Este hombre, bohemio y pintor, estuvo cerca de 14 años para escribir El Mensaje Reencontrado, la obra de su vida.

Un libro (compuesto de 40 libros o capítulos) que, huelga decirlo, era profundamente esotérico, teñido de una ascesis que este hombre definió “más que una filosofía y que una mística. Aquí está la llave de la restitución del hombre y del mundo en Dios

Un argumento atractivo y que cautiva la imaginación de los idealistas, y que, en otra época, nos hubiera conmovido. Pero esto, dejando de lado su análisis (que considero propaganda mística y metafísica de la de costumbre) no corresponde a lo que el alquimista buscaba en su laboratorio, al fuego del hogar: penetrar los secretos de la naturaleza para lograr la Crisopeya.

Escribir, se ha visto, todos podemos hacerlo, y con un gran sentido de orden y eficiencia. Pero ¿la letra es acaso la Verdad?. He visto muchos Libros de Urantia que, como de costumbre, en lugar de revelarnos algo, lo único que promueven es la esclavitud intelectual por más que en sus hojas se propugne lo contrario.

Y cuando analizamos un poco la vida de Louis Cattiax notamos una constante: que era la clase de hombre “separado” de la sociedad – y de poco crédito – que necesitaba imperiosamente lucirse, pero no podía; he ahí por qué escribió su libro:

Pues por el momento soy para ellos un motivo de duda y piedra de escándalo, cosa que es muy normal después de todo. Es esa misma gente la que más tarde querrán servirse de mi o de El Mensaje Reencontrado, para acogotar a sus hermanos, como siempre sucede también”.

Es decir, que ya previa lo que iba a conseguir con su libro. Algo que, en definitiva, no nos es ajeno a ninguno: trascender nuestro nombre o nuestras ideas en la eternidad. Y las letras siempre han sido un elegante instrumento para lograrlo.

Ahora bien, surge que muchos alquimistas propugnan que quienes no aceptamos la ascesis místicas somos insensibles, dormidos, ignorantes, seres sin razón, o mediocres. Lo cierto es que esas mismas personas, que pretenden estar un escalón por encima nuestro responden a las mismas debilidades de esta tierra. Y es más: conocí a varios que, atizándoles en sus debilidades, responden con una furia y fervor propia del fanático , y no del supuestamente “iluminado”. ¿Quién es, entonces, el que duerme?.

Otro ejemplo de charlatanerismo en los alquimistas modernos es el caso de José Gifreda, “el Mago Gifreda”. Un hombre que vivió la vida de los antiguos alquimistas, apartado de las vanidades del mundo. Este personaje decía poder comunicarse con espíritus o con “El invisible” que le “ hacia participe de los últimos mensajes que había recibido del Más allá” (G. Dubois, Op Cit).

Y sin embargo, pese a estas “noticias” que le llegaban del Otro Lado, este hombre, como tantos, no pudo consumar la Gran Obra, apenas si alcanzó a preparar el Mercurio Filosófico. ¿Paradójico verdad?.

Este hombre decía que todo lo había aprendido de Henri Coton-Alvart. Veamos, pues, quien fue aquel.

Se podría afirmar que H. C. Alvart fue un buen inventor. Era ingeniero químico, y estuvo ampliamente participando en la revista Atlantis, codeándose con la flor y nata del ocultismo como René Guénon. En 1935 se alejó de todo y se consagró a la Gran Obra que, al parecer, finalizó con éxito.

Pero este hombre brillante tuvo un iniciador. Nada menos que la mente que dio a luz –en manuscritos y bocetos- a la obra de Fulcanelli: Pierre Dujols, cuya erudición es algo indiscutible.

Quizá estos dos hombres, H. C. Alvart y P. Dujols hayan sido unos de los pocos alquimistas que verdaderamente sabían de lo que hablaban. Y sobre todo: mantuvieron un excepcional sentido crítico ante afirmaciones fantasiosas o espiritualistas como las que en su día hizo René Guenón.

De Guenón dejó dicho Alvart en una carta:

“Esta manera caprichosa de presentar el hermetismo puede encontrar por desgracia el terreno abonado en determinados espíritus carentes de sentido critico

Y es que Guenón pretendía presentar a la alquimia –como muchos “ocultistas” hoy día se han contagiado – como una ciencia “puramente espiritual y totalmente interior”, en donde las transmutaciones, si las había, eran producidas “como consecuencia accidental por una especie de proyección hacia fuera de las energías que llevan en si mismos” (cita textual de Guenón)

Teoría escandalosa, totalmente falsa y cuyo único propósito es perder al neófito del sendero real operativo. Nosotros nos suscribimos, como todos los que escribimos en este sitio, a la filosofía de pensamiento de Pierre Dujols o H.C. Alvart, los cuales, como queda testimoniado, fueron muy críticos en su estudio y experimentación alquimica.

Pero, aun así, debemos reconocer que no sabemos a ciencia cierta si Henri Coton-Alvart pudo lograr la Gran Obra o si, como su iniciador, Dujols, fracasó en el intento.

Lo cierto es que, como Dujols, no dejó prácticamente nada escrito que lo corroborara.

Es así que dignamente, debemos plantearnos la pregunta. ¿En verdad existió alguien alguna vez que haya penetrado verdaderamente en los abismales secretos de la naturaleza? ¿Un microbiólogo, un biólogo de la evolución, o un físico, acaso no lo hace hoy día?

Pero quizá lo más triste del asunto sea que, como confiesan los propios alquimistas, entre millares de hombres que con gran dedicación anduvieron toda su vida tras la Piedra Filosofal, solo uno, u otro rarísimo supuestamente la hallaron.

Y parafraseando a Feijo:

¿Quién, pues, verosímilmente se puede persuadir que ha de ser de aquel número escaso de felices, y no antes de la inmensa multitud de desdichados? ¿O quién prudentemente se meterá en un negocio, donde de mil uno se hace rico, y todos los demás no sacan otro fruto de su fatiga que verse reducidos a mayor pobreza?

Creo que todos los alquimistas tendríamos que tener muy bien presente lo que dijo Bernardo Penoto, - un gran químico creyente en la Piedra Filosofal- en el momento en que estaba pronto a morir, casi a los cien años. Sus amigos y discípulos, acercándose a su lecho, le pidieron les comunicase los secretos que había alcanzado tocante a la Crisopeya. Y él les respondió:

Amigos, no tengo otro secreto que fiaros sino éste; que si tuviereis algún enemigo poderoso, a quien queráis destruir, procuréis inspirarle el deseo de buscar la Piedra Filosofal. Este es el mayor mal que le podéis hacer.

Mr. Duclos, médico de París, que murió de ochenta y siete años, y visitaba muy pocos enfermos por gastar todo su tiempo y energía en el estudio de la Crisopeya, dijo algo semejante cuando estaba por morir.

Lo cierto es que el único lugar que tenemos para acercarnos al secreto de la Piedra Filosofal son los manuscritos antiguos. Pero estos son tan crípticos, ambiguos y contradictorios que sinceramente poca luz puede sacarse de ellos.

Sólo encontramos recetas a medias, útiles desde luego, pero que no constituyen el fin completo. Cuantos como Filaleteo, Alberto el Grande, o Arnaldo Vilanova escriben , según ellos, con una sinceridad inusitada, y aun así, uno se pierde en sus escritos ¿qué se puede esperar del resto que no se jacta de no ser envidioso?.

Ahora bien. Es de común acuerdo que todos los alquimistas escriben para los iniciados, los adeptos como ellos, por lo que los profanos nada podrán sacar de sus libros, a no ser que influyera la Divinidad, entonces ¿qué posibilidades reales tiene uno de avanzar sin la mano de un maestro en el Arte o una revelación divina?. Ciertamente la historia demuestra que muy pocas.

Teobaldo Hoghelande en el libro de Difficultatibus Alchemicae, recopila testimonios semejantes de alquimistas que afirmaban escribir para ellos mismos. El propio Hoghelande confiesa que aunque tenía cientos de libros de alquimia (los cuales había estudiado profundamente), nada pudo adelantar en la Gran Obra.

Pero dejemos ahora la palabra a Feijo antes de finalizar:

De lo dicho se infiere, que los escritores de Alquimia solo pueden ser útiles a quien los lee, no para instrucción, sino para diversión, como las Novelas de Don Belianis de Grecia, y Amadis de Gaula. No por eso condeno aquellos Autores, que, sin jactarse de poseer el secreto de la Piedra, tratan esta materia filosóficamente, como el Traductor de Filaleta, probando su posibilidad, a que muchos hombres de juicio, y de doctrina han asentido. Este asunto es tan digno de disquisición seria, como otras materias filosóficas. Pero con los libros de aquellos Alquimistas que prometen, en fuerza de sus preceptos, la consecución del gran secreto, creo que se podría hacer lo que los Alquimistas hacen con los metales: esto es, calcinarlos, disolverlos, amalgamarlos, fundirlos, precipitarlos, &c. Y cuando no se llegue a este rigor, hágase de ellos la estimación que hizo León X de un libro que le dedicó un Alquimista. Esperaba el Autor una considerable gratificación de aquel generoso Protector de las Artes, y buenas letras; pero la que le hizo el Pontífice, se redujo a una bolsa vacía que le envió, diciendo, que pues sabía el arte de hacer oro, no necesitaba otra cosa que bolsa donde echarlo.



CONCLUSION FINAL

¿Qué pensamos, finalmente, de todo lo expuesto?.

Que la alquimia, como posibilidad dentro de los campos físicos, es una realidad muy probable, pero que el polvo de los siglos la ha cubierto dejándola inconclusa y obtusa para todos. Que aquellos que se arrogaron haber fabricado la Piedra no solo pudieron estar engañándose, sino engañando hoy día a muchos de nosotros.

Imaginaos que descubrimientos como los actuales,( el láser, la fibra óptica, las pantallas de ordenador liquidas), serían consideradas por el hombre antiguo como pura magia o prodigios, ¿qué esperar entonces de aquello que dicen haber logrado con materias simples?. Con el descubrimiento del fósforo pasó algo parecido, su inventor se lo guardó porque estaba persuadido de que tenia intervención en la Gran Obra.

Personalmente creemos que si en el pasado el hombre estuvo en poder de algo, eso fue la posibilidad de convertir un metal vulgar en oro o plata por medios alquimicos/quimicos o hiperquimicos. Las Catedrales y sus símbolos nos lo indican de manera impecable.

Pero de la panacea dudamos mucho, puesto que su aparición en la historia antigua parece provenir más de una tradición de Oriente que otra cosa. Después de todo, ese fue siempre el anhelo del ser humano: tener salud, economía y conocimientos.

Y cualquier cosa que pudiera contenerlo en un sólo impulso, ya era motivo de expectación y misterio. Condimentos, dicho sea de paso, imprescindibles para salvaguardar una leyenda.

Por tanto, hoy día al menos, la realidad de la piedra deberá ser confirmada por la experiencia de laboratorio, y no por leer unos cuantos tratados y saberlos al dedillo. Bastará una comprobación empírica en nuestros días, donde uno podrá saber efectivamente si fue o no una quimera la alquimia, la ilusión más atractiva concebida por el ser humano.



EMANUEL



jueves, junio 30, 2005

ALQUIMIA Y MEDICINA

ALQUIMIA Y MEDICINA
ALEXANDER VON BERNUS



INDICE



Prefacio……………………………………………………. 2
Advertencia ………………………………………………. 5
Alquimia y Medicina ……………………………………... 6
Relaciones Alquímicas …………………………………… 31
Yatroquímica ……………………………………………… 40
E1 misterio de la curación ………………………………… 52
El fuego secreto y el espíritu del vino, secreto de los adeptos 55
Encuentro primordial de Goethe…………………………… 76
Apéndice...................................... ……………………….. 84



PREFACIO


Conociendo la recuperación de interés que ha suscitado la litera­tura alquímica desde hace veinte años, puede uno asombrarse de que la obra de Alexander von Bernus Alquimia y Medicina no haya encon­trado en Francia la audiencia que merece[1].
En las múltiples publicaciones de los últimos decenios, solamente lo han citado cinco o seis autores en su bibliografía, mientras que la mayor parte de los otros hacían como que le ignoraban.
Esta actitud de indiferencia no es fortuita. Hay ahí algo del fe­nómeno del rechazo que se manifiesta en los injertos quirúrgicos. La obra de Bernus sacude bastante rudamente el confort intelectual de las otras escuelas alquímicas, y remite a su justo lugar a los comentaristas que se inflan a palabras en menosprecio de toda realidad.
La realidad alquímica en toda su amplitud, pocos autores la han cernido tan de cerca como Alexander von Bernus. El habla a menudo del Artista experimentado en el fuego. El mismo, con cuarenta y cinco años de presencia ininterrumpida ante su horno, fue el modelo ejem­plar de ello. ¿Cómo podrían prevalecer simples opiniones ante esta suma de experiencia?
El prejuicio más frecuente que se le opone sostiene que ha traba­jado por las vías de la espagiria, en beneficio de la medicina. Al decir de los buenos autores, una y otra no serían sino adjuntos del Gran Ar­te, e insuficientes para conferir la Maestría en este dominio...
Se invocará, sin embargo, aquí la autoridad de un adepto, cuya cua­lidad de maestro no es discutible: Basilio Valentín, en Las doce claves de la filosofía. En su apéndice dice:

"Al comienzo... ningún azogue es útil, pero... del mejor metal, por arte espagírico, viene nuestro azogue puro, sutil, claro,... trans­parente como el cristal y sin grasa alguna. "

Y con anterioridad, en su prefacio, había informado al lector del origen de su vocación:

"Tenía en mi monasterio un hermano al que atormentaba el dolor nefrítico. El había consultado a muchos médicos y, no recibiendo de ellos asistencia eficaz,... ofrecía su vida a Dios. Emprendía la anatomía de las hierbas... ellas no eran lo bastante activas en su grado para que curasen este mal. Me puse. . . también a seguir esta ciencia fundamental que el Creador había ocultado en los metales y las mi­nas de la tierra... Entre todas estas cosas, tomé un mineral... que es de grandísima eficacia en el arte. Para ello extraje una esencia espiri­tual y ésta restableció a mi hermano enfermo a su salud de antaño...
Y así, por este tratado, he querido indicarte y abrirte la Piedra de los Antiguos, que nos viene del cielo, para la salud y la consolación de los hombres en este valle de miserias. . . "

Después de eso, ¿quién osará todavía sostener que la espagiria no es la antecámara de la alquimia, ni la medicina uno de sus fines?
Es ahí donde la obra de Bernus fastidia a los especuladores y los hacedores de fábulas, pues es el único, frente a la práctica, en haber puesto las cosas en su punto, sin escamoteos ni concesiones.
La separación entre la alquimia de una parte, y la espagiria y la química de otra, ha sido consagrada por Fulcanelli, por uno de estos equívocos a los que está acostumbrado, repetido a coro por sus diver­sos discípulos. A partir de una cierta materia primera, que permanece sumamente misteriosa pese a las indicaciones que la rodean, la obra se lleva a cabo sola o casi, sin adición ni sustracción, por disolución y coagulación, inhibiciones, digestiones, circulaciones, etc., y, en fin, por cocción cerrada en el huevo filosófico y multiplicación espontánea.
En un sentido, eso no es química...
Es cierto: pero no lo es sino para la última fase del trabajo, cali­ficada obra de mujer y juego de niño.
Antes de esta etapa está la preparación de la materia primera, que es un trabajo de Hércules, pero sobre eso todos los autores modernos, menos Bernus, son mudos, y ello da mucho que pensar. . .

Pues esta materia primera no debe ser entendida en el sentido ac­tual de material bruto o someramente elaborado. Este "guijarro", su­poniendo que sea uno, no se encuentra bajo la pezuña de un caballo o el pico de un minero. Es un trabajo de larga, larga preparación, en donde entran por avance todos los elementos que se manifiestan en la obra, el fuego, el aire, el agua, la tierra, que devienen (azufre, sal, mercurio, o alma, cuerpo, espíritu), y después dos, y después uno, pero depurados anteriormente y conducidos por tratamientos espagí­ricos al grado de sutileza necesario para entrar en el compost primiti­vo (tradúzcase: el compuesto inicial).
Para nuestro conocimiento, ningún autor contemporáneo, e inclu­so desde el siglo XVIII, ha arrojado una luz semejante sobre las "cla­ves primeras" de la alquimia. Hay que remontarse a la alta escuela clá­sica de la alquimia medieval, Raimundo Lulio, Alberto Magno, Roger Bacon, etc, para encontrar su equivalente. Mas, ¿quién puede leerlos todavía, en el espíritu de su siglo, evidentemente?
El insigne mérito de Alexander von Bernus fue el de remontarse a esta fuente sin maestro y sin precursor. El ha renovado una cadena interrumpida desde hacía varios siglos, que es la gran tradición de la alquimia alemana; mas para comprender la amplitud de su obra hay que remontarse a su origen.
Sus ancestros, hugonotes delfineses, emigraron de Francia en tiempos de la Reforma y se fijaron en el valle del Rhin, donde estable­cieron negocios prósperos.
Su abuelo, senador de la villa libre de Francfort y ennoblecido por el Gran Duque de Bade, se había desposado con una sobrina del consejero Friedrich Schlosser, él mismo emparentado con Goethe.
Alexander von Bernus nació el 6 de febrero de 1880 en Lindau, sobre las orillas del lago de Constanza. Pasa la primera parte de su ju­ventud cerca de Heidelberg, en un antiguo claustro benedictino, el Stift‑Neuburg, del que los Schlosser habían hecho una residencia y un centró artístico. Es ahí que la Alemania romántica hace su tertu­lia en el siglo XIX. Carl Maria von Weber ha compuesto ahí el Freis­chütz. Innumerable recuerdos personales de Goethe se encuentran ahí reunidos, dando al claustro durante un siglo el valor del primer museo Goethe de Alemania.
El joven Bernus, en este marco, no puede pensar más que en lite­ratura. Entre los veintidós y los veinticuatro años, producirá tres co­lecciones de poesía.
En 1902, parte para Munich a estudiar la filosofía y la literatura; traba ahí ‑conocimiento con Stephan Geürg, Rilke, Thomas Mann, y se liga con otros jóvenes autores para reconstituir un Sclrattenspiel (teatro de sombras) resucitado del siglo XVIII, en donde crean sus propias obras.
Mas la ligereza de esta literatura, aunque fuese romántica, no le satisface plenamente. Sueña con un acercamiento más profundo a los arcanos del pensamiento.
La ocasión de ello le es dada en 1913, por el encuentro con Rudolf Steiner, que acaba de romper con las logias teosóficas alemanas y de fundar su Antroposofía. Eventos personales y una común admiración por Goethe los acercan. La dimensión filosófica de las concepciones de Steiner suscita en Bernus una vocación de esoterista convencido. Tiene treinta años y no vacila en retornar a la universidad, durante tres años, a estudiar química y medicina, de las que conserva el bagaje, pero rechaza el racionalismo, demasiado estrecho para él.
En 1921, funda en Stift‑Neuburg un laboratorio de preparaciones médicas espagíricas, pero en 1926 el claustro vuelve a sus antiguos propietarios, los benedictinos, a consecuencia de un acuerdo con la abadía de Beuron.
Bernus transfiere entonces su instalación a Stuttgart, y coloca su empresa bajo la doble invocación alquímica del sol y de la luna, al llamar al laboratorio: SOLUNA.
A partir de este momento, en una vida exclusiva y sin desperdicio, prosigue una triple carrera: 1) continúa su obra literaria (que contará en total una cincuentena de volúmenes); 2) hace rotar su laboratorio, de donde saldrán veintinueve preparaciones médicas espagíricas re­constituidas en línea recta con los formularios de Paracelso; 3) desci­fra por decenas (quizá por centenas) las obras antiguas de la literatura alquímica y espagírica alemana, que son con mucho las más numerosas del mundo.
Mientras tanto, la persecución del siglo, que no respeta a ningún "hombre de luz", se abate sobre él. Por sus adhesiones esotéricas, cae en la inquisición nazi, se le prohíbe la publicación, y sus obras son ma­chacadas. Su laboratorio, que el furor político ha salvado por su utili­dad a través de la penuria, es destruido durante un bombardeo de Stuttgart en 1943.
¡Pero él ya ha hecho de las suyas! Su intuición ha previsto la tor­menta. Ha reconstituido ya un asilo de recambio desde el comienzo de 1a guerra, en una pequeña ciudad al borde del Danubio, en el corazón de la Baviera: Donaumünster.
En 1945, es indemnizado de los tormentos del pasado por su elec­ción en la Academia Literaria Alemana de Darmstadt.
Y su obra continúa... hasta una cierta noche de marzo de 1965, en la que, a la edad de ochenta y cinco años, abandona el plano terrestre para acceder a las esferas del espíritu al que no ha cesado de solici­tar toda su vida por la poesía y la reflexión esotérica.
Desde su desaparición, ha encontrado un biógrafo minucioso en la persona del doctor Schmitt, director honorario de la Biblioteca de Estado de Karlsruhe, quien lo ha hecho conocer en las villas uni­versitarias alemanas por medio de una exposición itinerante de ob­jetos y de documentos ligados a su vida, acompañada de un volumino­so catálogo: Alexander von Bernus, Dichter und Alchymist ("Alexan­der von Bernus, poeta y alquimista") (*). Todo lo que se pueda desear saber a este respecto se encuentra ahí recogido.
El laboratorio, por su parte, funciona como en los mejores días, gracias a la fidelidad espiritual y a la perseverancia de su viuda Isa von Bernus.
Frente a una obra literaria voluminosa, Alquimia y Medicina es el único mensaje de la asombrosa práctica que Bernus ha adquirido en este laboratorio. Tras una primera aparición en 1936, la versión alema­na definitiva fue establecida en 1948. Esta obra constituye una suma de conocimientos y de informaciones única en su género. Rechaza rá­pidamente al lector superficial que busca en la alquimia una fuente fácil de habladurías paradójicas; pero, para los buscadores pacientes y atentos, que saben del precio del trabajo, será una guía irreemplazable.

Alexis Maleg









ADVERTENCIA

Los siete ensayos reunidos en esta obra constituyen un todo. El autor es consciente de haber ido mucho más lejos de lo que lo había he­cho antes que él ningún testigo informado, en la divulgación de la rea­lidad alquímica y del secreto que los Adeptos han preservado en todo tiempo, no desvelándolo nunca de otro modo que no fuera por la alu­sión cifrada del lenguaje simbólico. Levantar completamente el velo sería comprometer la salvación, pues lo revelado en estas páginas con­ducirá hasta el pórtico del templo hermético al que se encuentre so­bre la buena vía. Y ‑si ha podido avanzar hasta ahí y sus astros lo de­ciden así‑ también penetrará en el santuario. Pero el autor se propone mostrar antes que nada que ‑por oposición a la química moderna, a la que su cualidad de disciplina científica vuelve esencialmente tributaria del tiempo‑ la alquimia es una concepción del mundo cosmogenético; se propone, pues, presentar la alquimia bajo su verdadera luz, y probar su autenticidad por sus efectos prácticos.
[1] Nota del traductor: Téngase en cuenta que el prefacio es el de la edición francesa. Esta falta de audiencia puede explicarse por el deslumbramiento pro­ducido por Fulcanelli, eclipsando, entre el público, a los representantes de otras "escuelas" alquímicas, (como la de von Bernus).

ALQUIMIA Y MEDICINA

El que se arriesgue a sondear a la Naturaleza en su abismo, debe pri­mero recordar cuál es del hombre el origen.
Alexander von Bernus


La alquimia ante la ciencia materialista de entre las dos guerras


El interés manifestado por las ciencias marginales, en el curso de los años que han precedido a la guerra 1914 ‑ 1918, no ha cesado de aumentar, pese a todos los obstáculos encontrados durante el perío­do 1933 ‑ 1945. La física y la biología han conducido a concepcio­nes enteramente nuevas. Las leyes que la generación precedente tenía todavía por irrefutables se han revelado caducas, y el espíritu libre, al que nada podrá encadenar jamás, se encuentra ante un nuevo punto de partida. Todavía a principios de siglo nadie habría osado hablar seria­mente de la astrología ‑por lo menos en Alemania‑ sin comprometer para siempre su reputación escolar; hoy en día, parece del todo natu­ral hacerlo. Y lo mismo ocurre con la grafología, la quirología, la ra­diestesia, la iridología y con todas las otras disciplinas conexas. La concepción materialista de la naturaleza era la única que reinaba so­bre los espíritus a finales del siglo pasado. En las universidades ‑es­tas fortalezas del pensamiento y de la enseñanza materialistas‑ con­serva todavía su poder, incluso si ha debido renunciar a la mayor parte de sus apoyos. Se halla, en primer lugar, el cuerpo médico formado en las facultades, que lucha por todos los medios de que dispone para mantener su vacilante hegemonía. Y, sin embargo ‑ ¿o es ésta precisamente la razón?‑ la primera brecha seria en los métodos y en la con­cepción materialista fue abierta justamente en el dominio de la medi­cina. En efecto, en el curso de los cuatro o cinco últimos decenios, la medicina ha beneficiado amplísimamente a la ciencia de disciplinas heréticas. Sin apuro alguno, ha asimilado discretamente esta herencia, para renegar de su origen una vez llevada a cabo la asimilación. La "cura por el agua" de Kneipp y las sugestiones de Louis Kuhn se en­cuentran en el origen de los procedimientos hidroterápicos universal­mente reconocidos hoy en día; toda la dietética encuentra su origen en la medicina naturista, y en una concepción "natural" del organis­mo humano; la isopatía es poco más o menos un vástago de la homeo­patía, pues combate las enfermedades infecciosas por vacunas espe­cíficas, es decir, por las substancias producidas por la misma afección; la sueroterapia, igualmente, inmuniza con la ayuda de sueros cargados de antitoxinas. Pero, sobre todo, los diversos alcaloides y extractos de plantas no son sino los sustitutos insuficientes de las antiguas tisanas y tinturas vegetales, ya que los constituyentes aislados, arrancados de su conjunto orgánico, son privados de sus fuerzas curativas vivien­tes (vitaminas). Las vitaminas sintéticas de la industria farmacéutica moderna no reemplazan a las vitaminas naturales, aunque puedan ser indispensables al organismo en períodos de carencia. No es menos cierto que la antigua fitoterapia se encuentra así adoptada de nue­vo, bien que sea bajo una forma artificial. Podríamos multiplicar estos ejemplos. Nada justifica, pues, la pretensión de la medicina mo­derna que se atribuye demasiado exclusivamente el éxito de sus re­cientes adquisiciones. No es cuestión de discutir la seriedad y encarni­zamiento de su voluntad e investigación, pero la orientación de esta medicina es demasiado limitada. Sólo la cirugía constituye una excep­ción: sus consecuciones técnicas son convincentes ‑precisamente por­que son exclusivamente técnicas‑ y, en la medida en que permanece dentro de sus propios límites, puede depositarse en ella una plena con­fianza. Para conseguir su objetivo, la cirugía debe, no obstante, contar con la colaboración entera del patologista, quien pone a su disposición todos los medios de la hematología, de la serología, de la bacteriolo­gía, de la química biológica, de la toxicología y de la anatomía patoló­gica, como es el casó en nuestros días en los laboratorios de los gran­des hospitales, sobre todo en América. Pero en lo que concierne a las afecciones internas, inaccesibles al bisturí, comenzando por la gripe, el médico sigue estando aún más o menos desarmado, a pesar de los antibióticos, y las ‑sulfamidas, a menos que apele a los métodos tera­péuticos "naturales". ¿Hay que asombrarse si, en estas condiciones, el individuo aislado ‑y el conjunto de los individuos que compo­nen la comunidad nacional‑ se vuelve cada vez más hacia las terapéuticas no oficiales, trátese de naturismo, de "bioquímica", de homeo­patía o de medicina espagírica?.
El médico no alópata juicioso no deberá, naturalmente, caer en el error de querer curarlo absolutamente todo por un solo y mismo mé­todo, como lo hacen los fanáticos del naturismo ortodoxo, que recha­zan por principio el empleo de todo medicamento. Así, por ejemplo, la "bioquímica" no es lo suficientemente amplia como para bastar a todas las necesidades; la homeopatía y la homeopatía compleja, por su parte, presentan a buen seguro sobre las otras disciplinas la ventaja de englobar el conjunto del arsenal fármaco‑químico, pero su materia mé­dica comprende una tal riqueza de remedios que el practicante más ad­vertido corre el riesgo de un error de indicación. Más aún, sin ser mate­rialista, puede estimarse que las diluciones elevadas no convienen en todos los casos, incluso si pueden ser indicadas en ciertos estados cróni­cos y para naturalezas sensibles.

La medicina espagírica

Queda por ver la medicina espagírica. En Alemania no cuenta aún sino con un número relativamente limitado de partidarios, comparada con la "bioquímica" y la homeopatía, bien que haya recobrado un nuevo prestigio bajo el impulso del autor, después de la primera guerra mundial. Y, sin embargo, la medicina espagírica ‑al menos la verdade­ra‑ es una terapéutica que engloba y sobrepasa tanto la "bioquímica" como la homeopatía compleja; en efecto, reúne, por una parte, el con­junto del arsenal medicamentoso de estos dos métodos y, por otra par­te, gracias al tratamiento espagírico, aporta al organismo enfermo bajo una forma abierta, y por lo mismo asimilable, los ingredientes que ne­cesita. Esto es particularmente cierto de los metales, de los metaloides y de los minerales. Por lo que respecta a las plantas medicinales, cua­lesquiera que sean, no es ventajoso, ni siquiera recomendable, someter­las al tratamiento espagírico, es decir, al procedimiento de fermenta­ción. En efecto, este tratamiento hacer perder más o menos a un gran número de estas plantas sus constituyentes más activos. Sin duda, un laboratorio conocido y estimado de la Alemania del sur justifica su derecho a llamarse "espagírico" precisamente porque aplica este mé­todo de tratamiento a las plantas medicinales, mientras que para las substancias metálicas y minerales no procede de modo distinto a los laboratorios alopáticos y homeopáticos, es decir, los añade al remedio, en su estado bruto, sin ningún tratamiento anterior. Este laboratorio reclama para sí, por otra parte, la autoridad de Juan Rodolfo Glauber, lo que sólo tiene fundamento parcialmente, pues es Glauber mismo el que subraya con insistencia en su Pharmacopea spagyrica: "No hay muchos vegetales que tengan necesidad de esta corrección, de suerte que se les puede preparar per se en sus esencias. "
Seguimos compartiendo esta opinión de Glauber y quisiéramos todavía precisarla, enunciando el siguiente principio: sólo las hierbas medicinales tóxicas, tales como Conium maculatum (cicuta), Nux vo­mica (nuez vómica), Semen strichnü, etc., tienen necesidad del trata­miento espagírico, mientras que, por ejemplo, ninguna de las plantas medicinales no tóxicas que encierran principios amargos, como Cheli­donium‑ (celidonia), Lignum Quassiae, Taraxacum (diente de león), Ci­chorium intybus (achicoria amarga), etc., debe ser privada de este constituyente amargo por una fermentación, que estaría aquí del todo contraindicada.¿No enseña acaso la ley "similia similibus curantur" que, en las afecciones del hígado y de la vesícula biliar, es precisamen­te el principio amargo el más eficaz? Lo mismo sucede con muchas otras sustancias amargas y alcaloides que, conservadas en su conjunto orgánico, en tanto que parte integrante de la planta entera, poseen una elevada virtud terapéutica; importa, pues, evitar en toda la medida de lo posible eliminarlas en la fermentación.
No es menos cierto que las tinturas vegetales corrientes (extractos alcohólicos de plantas medicinales), que son las tinturas‑madre oficina­les de los alópatas, así como de los homeópatas (la extracción es, todo lo más, un poco más prolongada y mejor conducida entre los últimos), serán juzgadas insuficientes por el espagirista. Estas tinturas no contie­nen, en efecto, ni las sales que convendría extraer posteriormente, ni sobre todo los aceites esenciales de la planta, mientas que sales y acei­tes esenciales juegan un rol primordial y a menudo determinante en la acción de conjunto armonioso de la planta medicinal.
Mas, ¿por qué seguir a un autor tardío y ya considerablemente alejado de las concepciones de una alquimia auténtica, como Juan Ro­dolfo Glauber, cuando se puede proceder directamente de Paracelso?
Se encuentra el más perfecto método de preparación de las plan­tas medicinales, cualesquiera que sean –a excepción de las plantas tó­xicas que deben ser sometidas a la fermentación– en la Archidoxias de Paracelso, en el capítulo titulado: "De Magisteriis". He aquí tex­tualmente la indicación:

Los magisterios de las plantas: "Pero las hierbas y sus semejantes deben ser primero tomadas, maceradas y podridas en un agua de vida durante un mes; destílalas luego al baño‑maría, vuelve a añadirla y procede como anteriormente hasta que la cantidad de agua de vida sea reducida a un cuarto del jugo de las plantas; redestila el producto al baño‑maría durante un mes, añadiéndolo de nuevo a las plantas, se­para, y poseerás un magisterio de la hierba que desees. "
La "apertura" de los metales, metaloides (marcasitas) y minerales por el procedimiento espagírico plantea, es verdad, arduos problemas, y el que no haya ejercido primero su comprensión de la alquimia por la frecuentación de maestros más accesibles, no encontrará jamás la clave del laboratorio y de las prescripciones de Paracelso.
Reproducimos, no obstante, del mismo libro de las Archidoxias, las indicaciones para la preparación de los magisterios de los metales:
El magisterio a partir de los metales: "Toma el circulado bien pu­rificado y en su más elevada esencia, y por dentro el metal de tu elec­ción, en hojas o en limaduras, batido y limpiado para que devenga lo más puro y sutil que sea posible; mezcla los dos según su justa propor­ción y deja circular durante cuatro semanas; en esta mezcla, las lámi­nas devienen un aceite, coloreado según la naturaleza del metal, que sobrenada como una grasa. Separa a continuación este aceite per attractorium argentum y. tendrás el oro potable y la plata potable. Lo mismo para los otros metales: se pueden beber y tomar sin perjuicio. Dejémoslo ah í; hemos dicho lo suficiente para el que comprende. "

El secreto oculto en la espagiria

En esta última frase: "Dejémoslo ahí; hemos dicho lo suficiente para el que comprende", Paracelso indica sin ambigüedad que esta prescripción no es accesible más que a quien ya posee la llave del labo­ratorio oculto de los Adeptos, clave secreta del arte espagírico en general, cuyo empleo es indicado aquí para la preparación de los po­tentes arcanos metálicos.
"Toma el circulado bien purificado y en su más elevada esencia": aquí se esconde el raro y misterioso tesoro que hay que desenterrar para merecer el acceso al territorio alquímico, los derechos del ciuda­dano del imperio de Hermes.
¿Qué eran, pues, estos Circulata (el Circulatum majus y el Circu­latum minus), este Temperatum, esta Aqua solvens de Paracelso? Tan sólo el Alkahest, el gran disolvente, eternamente buscado, celebrado bajo los nombres más diversos: el famoso "espíritu de vino secreto" de Raimundo Lullio y de los Adeptos.
Nada ha sido nunca recubierto de un velo de misterio más espeso por los maestros del hermetismo que este disolvente, y ellos han ame­nazado de muerte y de anatema a quienquiera que lo desvelara al pro­fano y entregara así el secreto preservado desde hace milenios.
Hace siglos, cuando la Tradición todavía estaba viva, era ya una empresa casi vana para un no iniciado querer acercarse a este miste­rio cosmofísico al que Jacob Boehme llama mysterium magnum. ¡Cuánto más desamparado no se encontrará el buscador contemporáneo –incluso si ya está preparado– ante esta puerta cubierta de ins­cripciones misteriosas!.
Los antiguos maestros de la alquimia utilizaban términos de tal forma velados que se tenían que haber consagrado numerosos años al estudio de la cuestión para simplemente familiarizarse con su len­guaje; sus más importantes revelaciones se expresan generalmente por la vía de las imágenes y de los símbolos. Y cuando, por un laborioso esfuerzo, se aproxima uno a su concepción del mundo; se deviene ver­daderamente modesto y se reconoce no haber siquiera franqueado el pórtico. Pero se experimenta entonces tanta más indignación respecto a los que, tras haber únicamente rozado este dominio, o incluso no ha­ber sino entrevisto sus fronteras, se permiten juzgar de él con soberbia, en la estrecha perspectiva de una ciencia positivista, condicionada por la época.

Correspondencias astrológicas

Y si se prosigue la búsqueda a través del conjunto de la literatura contemporánea, ya poco voluminosa en el dominio de la alquimia en general y del arte espagírico en particular, a la caza de publicaciones que ofrezcan no sólo esclarecimientos teóricos, sino también consejos prácticos para el trabajo alquímico en el laboratorio, en el espíritu de los maestros del hermetismo, se está obligado a concluir que no existe ninguna.
La astrología aplicada, que procede de los mismos postulados que la alquimia, dispone, sin embargo, en nuestros días de toda una serie de revistas y de obras serias, entre las cuales, no obstante, se impone un cribado severo. Ciertamente, la astrología no exige verdaderamente co­nocimientos y formaciones especializadas, si no son ciertas nociones matemáticas elementales; es así al menos para aquellos cuyas ambicio­nes se limitan a querer conocer la astrología y practicarla para sí mis­mos y para otros, o aun a consagrarla una obra satisfactoria y digna de leerse, tras algunos años de observaciones, de experiencia y de reco­lección de materiales estadísticos. No se llega de esta manera, eviden­temente, a descubrimientos personales importantes ni a interpretacio­nes metafísicas profundas. Pero, ¿es diferente la situación para las otras ciencias empíricas? Ahora bien, la astrología es esencialmente una ciencia empírica exacta, al menos la astrología práctica, es decir, la del establecimiento de los horóscopos. Sus errores de pronóstico no son, por otra parte, más frecuentes que los errores de diagnóstico de la medicina moderna, a pesar de las facilidades incomparablemente más grandes de que dispone esta última, con sus numerosos y excelentes auxiliares técnicos. Pero es justamente porque hay que clasificar la astrología entre las ciencias empíricas (pues sus resultados pueden ser manejados por métodos puramente estadísticos) que el adversario de esta ciencia ‑sobre todo si es un sabio moderno‑ parece particular­mente ilógico y en contradicción con sus propios principios, al opo­nerla, para reducirla al absurdo, el argumento del porqué epistemoló­gico. ¿No ignora acaso este adversario porqué la reunión de dos áto­mos de hidrógeno con un átomo de oxígeno conduce a la formación de agua, o, incluso porqué se obtiene, por ejemplo, la combinación 2Sb + 3FeS, por la fusión de Sb2 S3 + Fe? Si no es así, que explique pues, el porqué epistemológico de toda afirmación química en general, o de la repulsión y de la atracción de los polos correspondientes y opuestos, sin contentarse con responder de una manera que no haría sino llevar más atrás el problema. La investigación atómica moderna, pese a lo avanzada, no ofrece mayor respuesta epistemológica. Ahora bien, del mismo modo que el porqué epistemológico no aparece justi­ficado a propósito de las afinidades químicas o de la atracción y de la repulsión de los polos magnéticos, es ilegítimo plantear esta pregunta a propósito de las atracciones y repulsiones resultantes de las constela­ciones planetarias o de las afinidades conforme a las leyes cosmofísi­cas, en astrología. En el primer caso, la cuestión sería el objeto de una teoría del conocimiento de la química y de la física, de la misma for­ma que pertenecería a una teoría del conocimiento de la astrología resolver la segunda. Ninguna de ambas cuestiones pertenece al domi­nio de las ciencias empíricas, sino que requieren ambas del conoci­miento metafísico (gnosis), de la visión intuitiva, de la filosofía, de la ciencia oculta.
¡Ciencia oculta! El término evoca en el espíritu del hombre de ayer, de hoy, y probablemente de mañana, sobre todo si se trata de un hombre que ha recibido una formación científica, algo sospechoso, turbio, e, incluso si esta actitud es estrecha, es perfectamente legítima y fundada en la perspectiva de la mentalidad actual, que da así su jus­tificación subjetiva. La objeción lógica es siempre la misma. El hombre de ciencia moderna lo expresa poco más o menos de la siguiente manera:
La ciencia ha dejado de ser el privilegio y la propiedad exclusiva de una casta o de una sociedad secreta, como fue el caso antaño, como resultado del grado de cultura y de evolución de la humanidad y de las condiciones económicas y sociales de la época. En nuestros días, la ciencia es un bien común, internacional, accesible a todos, en la totali­dad de sus disciplinas, métodos y adquisiciones. Los laboratorios de física, de química, de fisiología, de biología, de bacteriología, etc., con sus auxiliares técnicos, ilimitados por así decirlo y que se perfec­cionan sin cesar, ofrecen las más vastas posibilidades a la investigación libre en todos los dominios; las grandes bibliotecas públicas, las colec­ciones de manuscritos y su circulación internacional dan a cualquiera la ocasión de informarse de la manera más exacta sobre el estado de los conocimientos pasados y presentes, de asimilarlos y, entenderlos. La colaboración sin reservas entre la filosofía, las ciencias humanas, las ciencias naturales y las técnicas, tan característica de la época moder­na, que ignora los límites arbitrarios, garantiza para el futuro un pro­greso siempre más rápido e irresistible en toda la línea: entonces, ¿có­mo podría aún tener sentido una ciencia oculta, en el sentido original del término? Sin considerar incluso cuán antisocial e inmoral sería querer conservar para sí descubrimientos o invenciones verdaderamen­te significativos y que tendrían un gran alcance general, sobre todo si fuesen susceptibles de elevar el nivel económico y sanitario del conjun­to de la humanidad, cuando vivimos en una época en la que, más que nunca, el individuo está destinado a salir de su aislamiento para deve­nir un eslabón viviente de la sociedad humana.
Conviene responder a esto que el punto de vista así formulado, con las exigencias que comporta, está perfectamente justificado para la ciencia moderna en toda su extensión, lo mismo que para todas las adquisiciones que ella ha determinado, que proceden de ella y que to­man un aspecto correspondiente al estado particular de su evolución en el momento considerado.
Pero, en lo que concierne a las ciencias ocultas, no se trata de nin­gún modo de "ocultar" o de "querer ocultar" un dominio cualquiera del saber. Comprender el término de esta forma es engañarse entera­mente sobre su significación original, que nunca ha variado. Desde ha­ce milenios, igual que hoy en día, al hablar de la verdadera ciencia oculta, el hermetista entiende un saber que no se puede adquirir por una disciplina científica o técnica cualquiera, sino únicamente por el conocimiento suprasensible, obtenido al precio de un entrenamiento del alma y del espíritu; un saber que se conquista en nuestros días, igual que los tiempos de antaño, por la vía de la iniciación. Las expe­riencias y las vías a las que se pueden llegar por este camino son las mismas en todas partes. Lejos de ser subjetivas, los conocimientos así adquiridos tienen, pues, una realidad objetiva de naturaleza espiritual, y la síntesis de estos conocimientos en una concepción del mundo es precisamente lo que el hermetista designa por el nombre de ciencia oculta: una ciencia que no se revela a cualquiera sino según la apertura de su alma y de sus disposiciones espirituales. Pero aquél que, gracias al γνωθι σεαυτονo, encuentra el acceso a esta ciencia, deviene así su gerente y guardián absoluto. El γνωθι σεαυτονo, nosce te ipsum, "co­nócete a ti mismo", significa encontrar el macrocosmos en el micro­cosmos, o más aún, según el lenguaje de Paracelso, contemplar en el Astro del pequeño mundo (uno mismo) el Astro del gran mundo (as­trología espiritual). Es así que el hombre es "la medida de las cosas", o, como lo formula Leonardo da Vinci: "El hombre es el modelo del mundo." Siempre es lo mismo en todas partes.
Aquél que ha franqueado el umbral del templo que lleva este γνωθι σεαυτονo se encuentra, según Paracelso, "en la luz de la natura­leza"; ve con el ojo interior del alma, es hermetista. "Aprende por esto la alquimia, que lleva también el nombre de Espagiria que enseña el arte de separar lo falso de lo verdadero. Así es la luz de la naturaleza" (Paracelso).


Examen histórico

Estas consideraciones explican al mismo tiempo porqué no exis­te sobre la alquimia, sobre la espagiria teórica y práctica, obra alguna, publicada en los últimos ciento cincuenta años por un iniciado, que pueda comunicar al buscador esclarecimientos teóricos y sobre todo consejos prácticos. Esto es igualmente cierto para las literaturas alema­na y extranjera, bien que los franceses se hayan acercado a esta disci­plina marginal con mucha menos prevención, con una actitud mucho más dedicada y resuelta de lo que ha sido el caso entre nosotros, en Alemania. Eruditos notables han consagrado, sin embargo, al conjunto del tema estudios muy concienzudos y meritorios, para obtener de ellos una historia de la alquimia concebida en un espíritu positivista, como es el, caso de la obra publicada en 1886 en Heidelberg por Her­mano Kopp, o de la obra enciclopédica del profesor Edmund von Lippmann sobre el origen de la difusión de la alquimia (Entstehung und Ausbreitung der Alchymie, vol. I, Berlín 1919; vol. 2, 1931; vol. 3, Weinheim 1954). Estos trabajos representan una rica colección de materiales cuyo valor para la historia de la civilización es considerable, pero la actitud racionalista de los autores con respecto al tema tratado y su mentalidad demasiado sujeta a las concepciones del tiempo, les impiden acercarse a la esencia y al espíritu del hermetismo en tanto que ciencia oculta. Se está así lejos de satisfacer las condiciones reque­ridas para guiar el paso del lector, aún incierto y a tientas, y permitirle descubrir la puerta secreta y única desde la que es posible embarcarse para el viaje aventurero, en busca del vellocino de oro. La última estro­fa de un viejo poema alquímico inglés dice:

Pues es preciso que lejos, lejos viaje
Por mar y países vagabundos
El que busca los viejos montes
Donde se encuentra la Piedra de los Sabios.

Desde que los verdaderos hermetistas entraron en la sombra –un poco antes de la Revolución francesa‑ el mejor, de lejos, de todos los libros de lengua alemana escritos en el espíritu alquímico, es La histo­ria de la alquimia de Karl Christoph Schmieder, publicado en La Haya en 1832, el año mismo de la muerte de Goethe, lo que no podrá aparecer como una coincidencia fortuita, simple capricho de la pequeña historia, a los‑ojos de quien tenga la menor intuición de las corresponden­cias profundas. La manifestación de los acontecimientos ‑trátese de la historia o de la historia del espíritu en su desarrollo cronológico‑ obe­dece a leyes cosmofísicas determinadas que se manifiestan a menudo bajo esta forma simbólica, precisamente con ocasión de fenómenos se­cretos, pero que no son por ello menos esenciales.
Schmieder no era un iniciado del hermetismo, pero había bañado su juventud en los últimos afluentes de la tradición alquímica, incluso si su perfume estaba ya casi desvanecido. Su disposición de espíritu era tal que, tras haber consagrado decenas de años al estudio en profundidad e imparcial del universo alquímico y al examen escrupuloso de las tradiciones, debió sentir que se encontraba ante realidades que convenía abordar con discreción y respeto. Este espíritu guía toda la concepción de la obra. Para testimoniarlo, baste reproducir aquí el corto prefacio, tan bello y ejemplar:
"Se expondría a una justa reprobación el que quisiera volver a po­ner en entredicho una causa juzgada y desde hace largo tiempo enten­dida, y ése podría bien parecer ser aquí el caso, a los ojos de los nume­rosos lectores.' Es cierto: la alquimia ha perdido su proceso en primera instancia; pero si ella ha encontrado después nuevos medios jurídicos, sigue siendo libre de introducir una demanda de revisión. Los siglos pueden muy bien transcurrir; ello no podría tener prescripción a este respecto, pues la verdad es eterna y no debe ser condenada.
"En muchas aulas de enseñanza se juzga naturalmente que el asunto está zanjado. Pero escuchar quiere decir dejar a los otros pen­sar para si: el estudio debe venir a continuación. Para mí, el período de escucha se sitúa en una época en el que este proceso parecía llegar a su conclusión. Hombre joven de veinte años, juraba pues, por la pala­bra del maestro que la alquimia era un cuento inventado por el enga­ño, y el joven doctor de entonces no dejaba de menospreciar con so­berbia a los que pensaban diferentemente. El hombre de treinta años encontraba ya cosas que le repugnaba tomar en consideración. El cua­dragenario leía cada vez más y devenía soñador de ella. Y es así que el quincuagenario llegó a no saber qué debía pensar.
"Fui mortificado y pronto decidí engancharme de una buena vez a la tarea, a fin de investigar e1 verdadero fondo del asunto. Los maes­tros que habíamos escuchado no habían dejado de hacerlo honestamente; yo estaba lejos de dudarlo. Pero desde aquellos tiempos, nuevos he­chos han venido a añadirse a los antiguos y se ha aprendido igualmente a conocer mejor a los antiguos. Más aún, en los treinta años de mis es­tudios, se han producido eventos que permiten dudar que el código en virtud del cual fue juzgado el proceso siga siendo válido todavía.
"No todo hombre encuentra el tiempo y la ocasión de reunir las actas necesarias para obtener una vista de conjunto del asunto. Ofrez­co al que lo desee lo que he reunido y comparado. Si esto puede serle útil, seria dichoso de saber que no sólo he rendido servicio a mí mis­mo. Lo que refiero está probado. Lo que pienso está netamente sepa­rado y no debe influenciar a nadie.
“En casos de este género hay que saber separarse de una opinión devenida cara para someter a un nuevo examen lo que ya parecía pro­bado. Hay que saber imponerse hacer la abstracción de la inverosimi­litud para examinar una cosa inverosímil. Grandes pensadores nos in­vitan a ello. Así, Séneca confiesa: Quod primum incredibile videtur, non continuo falsum est; credo si quidem faciem mendacii veritas re­tinet. Y Voltaire dice casi en los mismos términos: “Lo verdadero no siempre es verosímil.”
Bien que hayan transcurrido ciento veinticuatro años desde la pu­blicación de este prefacio, la afirmación que contiene conserva todavía todo su valor.
Ciertamente, al examen superficial, la obra de Schmieder no es más que una revisión histórica de las investigaciones y descubrimien­tos, fracasos y triunfos de los alquimistas, desde los comienzos, de los que la historia conserva el testimonio hasta la aurora del siglo XX, cuando la alquimia se, retiró ante el progreso continuo de las ciencias positivas. Así, quien abra este libro con la única esperanza de encon­trar en él consejos y sugerencias para la práctica alquímica, no hallara en él su cuenta. En cuanto al aspecto terapéutico del arte espagírico, que debe sobre todo interesar a la mayoría de los lectores de este li­bro, este aspecto no es, por así decirlo, tomado en consideración. Pues lo que se designa por yatroquímica (medicina alquímica) no es en rea­lidad sino un aspecto secundario y accesorio de la verdadera alquimia.

Espiritualidad e iluminación de los maestros

Es verdad que los grandes alquimistas eran también grandes médi­cos ‑y en primer lugar Paracelso y Van Helmont‑, ya que la segunda cualidad resulta directamente de la primera; ¿no es también la piedra filosofal el elixir de la vida y la medicina suprema? Mas, para el alqui­mista auténtico, esta facultad de curarse y de rejuvenecerse no era más el término y el objetivo final de lo que lo era "hacer oro", o más exac­tamente transformar un metal inferior en metal noble. La lapis philo­sophorum es, antes bien, el más perfecto de los presentes terrestres y temporales, que le cae en gracia en cierto modo como un fruto madu­ro al que ha seguido "en la luz de la naturaleza" el camino de la inicia­ción de los alquimistas, y ha llegado en él a una etapa determinada. Aquellos, por el contrario, que no se dedican a la Gran Obra más que para hacer oro y para encontrar el elixir de larga vida, siguen siendo vulgares sopladores y aventureros que no cesan en toda su vida de errar con los ojos vendados en la niebla que rodea al templo herméti­co. Mejor que a ningunos otros les conviene la palabra de Cristo: Amontonad primero los bienes del cielo y todas estas cosas os serán dadas por añadidura.
Pero siempre hubo hombres que poseyeron por iluminación inte­rior los conocimientos sobre la naturaleza y sobre la preparación de la piedra filosofal, que han hablado de ello abundantemente en sus escri­tos, sin haberla, sin embargo, preparado ellos mismos, porque en su alma "ya estaba hecha". Jacob Boehme fue uno de estos grandes teósofos y místicos. La preparación práctica de la piedra no fue emprendida más que por sus discípulos y sucesores, como Valentín Weigel y Sincerus Renatus.
Todos los maestros de la alquimia colocan sus escritos y su traba­jo hermético bajo el signo de la Invocatio Dei. Así, Basilio Valentín, al comienzo de su tratado De la gran piedra de los antiguos sabios (Vom grossen Stein der ur‑alten Weisen):

"Es por esto que te digo, con toda veracidad, que si quieres, hacer nuestra gran piedra antigua, sigue mi consejo y ora por todas las cosas a tu Dios, el autor de todas las criaturas, para que te dé fortuna y pros­peridad en tus empresas. "

Y en otro lugar:

"Así, la primera lección y exhortación no puede ser confirmada ahora mejor que por la oración que tiene nombre y que es: Invocatio dei, la invocación de Dios."

Un codicilio atribuido a Raimundo Lulio comienza así:

"Oh, Dios, es bajo los auspicios de tu trinidad, que no comporta atentado alguno a la unidad de tu divinidad, que comenzamos el pre­sente resumen. "

Alano (Alain de Lille), el más antiguo de los alquimistas franceses, escribe:

"Hijo mío, adhiere antes tu corazón a Dios que al Arte, pues el Arte es un don de Dios y lo acuerda a quien él quiere; así, pues, que tu paz y tu gozo sean en Dios y tendrás el Arte. "

Es en este estado de alma que los alquimistas franquean el um­bral de su laboratorio para emprender la Gran Obra.
El sabio de hoy en día y de mañana ‑médico, físico o químico ­puede muy bien sonreírse ante esta caduca forma de abordar la natu­raleza; es así que no recoge del aire más que el ázoe, y no el mercurio de los filósofos.
Y, ¿no es acaso en el mismo espíritu que Rudolph Steiner dice, volviéndose hacia el futuro: "La mesa de los laboratorios debe volver a devenir un altar"?
Se descubre también en la obra de Schmieder una última traza del presentimiento de que existe una región fronteriza, una tierra sagrada. Se percibe claramente, pese a la discreción del lenguaje, el dominio de sí y la reserva escrupulosa del sabio historiador. Es por esto que es­te libro se distingue de todas las otras publicaciones que trataron del mismo tema en el curso de los últimos ciento cincuenta años. Así, aquél que tome este libro para punto de partida de sus estudios alquí­micos no encontrará en él sin duda consejos para el trabajo práctico en el laboratorio; como contrapartida, la obra sabrá crear alrededor del lector la atmósfera indispensable para quien desee abordar su búsque­da con la comprensión íntima y la penetración espiritual que convienen.
Se encuentran igualmente en la literatura alemana moderna escritos aislados cuyo origen es el mismo o de una inspiración vecina. Así, el Tratado sobre la medicina (Traktat über die Heilkunde), de Hans Blü­her, aparecido poco después de la primera guerra mundial. Este libro examina magistralmente el psicoanálisis freudiano y la tendencia de su evolución. Pero su mérito esencial es el de exponer todo lo que, desde Hipócrates, es practicado bajo el nombre de medicina y de terapéuti­ca, situándolo en la perspectiva general de la historia de las ideas. Blü­her distingue netamente ciencia sagrada y conocimiento, en tanto que problema de las profundidades (hermetismo, alquimia y ciencias ini­ciáticas), por una parte, y empirismo, completamente superficial, por la otra, tal como el que se ha manifestado e impuesto desde Hipócra­tes como la única ciencia de la naturaleza. He aquí algunas páginas es­cogidas al azar, a título de ejemplo:

" . . La medicina ha sufrido un segundo perjuicio grave por cau­sa de la química. Se ha producido, en efecto, en el interior de esta ciencia contemporánea exactamente el mismo abandono que en la medicina en relación con un saber sacerdotal original. Este saber ori­ginal (regido por conocimientos primordiales) se llama alquimia... La idea fundamental de la alquimia es el perfeccionamiento o “cumpli­miento” de los minerales por una ascensión hacia el oro (y de las plan­tas hacia `el trigo'). Pero todas las ciencias primordiales tienen una es­tructura doble y, en su significación profunda, la alquimia encierra la idea de que el hombre (el microcosmos) recorre por su parte el camino hacia el `oro' (el macrocosmos). La transformación de los minerales en oro debe acompañarse en el hombre de un caminar interior paralelo, que le conduce igualmente a la perfección. Como se sabe, la alquimia de la Edad Media ha naufragado por la indignidad de los alquimis­tas.[1]
"Leonardo da Vinci y Pico de la Mirandola tenían todas las razo­nes de oponerse a los alquimistas y a los astrólogos de su tiempo, y de acusarles de charlatanería. Es verdad que los minerales se dejan efecti­vamente transformar en oro, y el camino para ello está trazado por la naturaleza; pero encontrar este camino exige cualidades que se busca­rán vanamente, por ejemplo, entre los sabios de hoy en día. . . Se sabe que la alquimia se desplomó bajo la indignidad de los alquimistas que no tenían en mente más que `hacer oro' y enriquecerse. La química moderna ha salido de los detritus de la alquimia; es por ello que hay que saber que es una ciencia de segundo orden, y, en consecuencia, in­ferior a la alquimia e indigna de serla comparada. Pero la química es al menos neta y clara, lo que facilita la tarea de sus discípulos.
"Continuando el estudio de estos fenómenos de desarreglo de la ciencia, encontraremos toda una serie de eventos que conducen al mis­mo resultado. La antigua ciencia de los astros (astrología) se oscureció por las mismas razones, para renacer bajo forma de segundo orden en la astronomía moderna. No hay, sin embargo, que olvidar a este respec­to que los creadores de esta ciencia, sobre todo Copérnico, Kepler, y aun el mismo Newton, no se parecían apenas al astrónomo moderno; Copérnico no era solamente astrólogo, sino también médico, y uno imagina que el canónigo de Frauenberg no podría apenas ser un simple seguidor de Hipócrates. . .
". . .Pero volvamos a la química y a su objeto. Como es una cien­cia de segundo orden, no tiene, por tanto, tendencias microcósmicas, y basta con una cabeza ingeniosa para practicarla. Ella se ha arrojado so­bre la medicina, y en particular sobre las hierbas medicinales. Paracelso ha dicho con este motivo las cosas más profundas. No sospechamos ya qué fuerzas incitan a las praderas, los roquedales y los pantanos. El punto de vista químico es simple a este respecto: lo que cura no es la planta entera, sino únicamente un desecho que, ella encierra y que se puede extraer, e incluso ‑he aquí el triunfo‑ preparar `sintéticamen­te.' No se trata del té, sino de la `teína; no del café, sino de la ca­feína, no de la adormidera, sino del `opio y sus derivados'. El químico considera la planta en algún modo como una envoltura diferente de es­tos desechos, como una diversión en el fondo inútil, aunque encanta­dora, de Dios. Por ciertos procedimientos químicos aplicados sin el menor escrúpulo, se extrae este desecho de la planta, hasta que no queda sobre la mesa más que un pequeño polvo blanco. La alquimia designaba los fenómenos químicos por el térmico `cocción' y ‑en su pe­ríodo de expansión‑ restringía su empleo, definiéndola como “lo que el estío hace con los frutos”. ("La maduración de los frutos es la co­cción natural", dice Paracelso). El pequeño polvo blanco sirve a conti­nuación a la confección de píldoras de las que se apodera el mundo de los negocios; así se desencadena el gran sabbat de los hechiceros de la industria farmacéutica. Todo ello no tiene ya nada que ver, natural­mente, con el arte de curar. Del mismo modo que cada jardinero sabe que tal manzana particular debe ser recogida tal día, sin lo cual sería ácida o devendría pasada de madura, así la vieja medicina conocía la hora, es decir, el factor tiempo, de las hierbas medicinales vivientes. Esta hora es indicada por la posición de los astros, a condición de que se conozca realmente la naturaleza de cada planta particular. No se trata de considerar la virtud curativa de una planta como un dato; esta virtud no está invariablemente presente, como el peso. Debe ser “dirigi­da”. No habiendo sido recogida y absorbida a la hora conveniente, `el tiro sale por la culata' y la planta no produce efecto (Paracelso). Se encuentran a este respecto unas maravillosas palabras en el Paragra­num: `Advierte bien esto: ¿qué vale el remedio que das para la ma­triz de las mujeres si no eres guiado por Venus? ¿Qué podrá tu re­medio para el cerebro, sin ser conducido por la luna? Y lo mismo para los otros astros: permanecerían todos en el estómago, y volverían a sa­lir por el intestino, quedando sin efecto. Pues he aquí la razón de ello: si el cielo no te es favorable y no consiente dirigir tu remedio, no lle­garás a nada. El cielo debe guiarte'. Así, y de otras maneras todavía, lo `químicamente puro' se opone al producto sometido a la cocción y al afinado alquímico. La medicina de Hipócrates ha conducido pues a la destrucción de todo un imperio que tenemos ahora que reconquis­tar, pues no hay duda de que la medicina, como el mundo moderno, atraviesa en el presente una grave crisis. La fe en la medicina enseñada en las facultades baja un poco más cada día, mientras que se refuerza y se precisa el oscuro sentimiento de que la antigua alquimia y todas las otras ciencias primordiales están en la verdad. Corresponderá en primer lugar a los médicos que se inspiren en los métodos naturales de restituir a la medicina su poder perdido. Entiendo por medicina `natu­ral' la que, al romper el lazo contra natura entre la medicina, y las cien­cias naturales exactas, restablece su antiguo lazo con la religión."


El error de los psicólogos

Este extracto del Tratado sobre la medicina de Hans Blüher mues­tra que un autor perteneciente a nuestra familia espiritual, incluso si viene de una dirección diferente, llega a las mismas conclusiones, pues se trata aquí de realidades cósmicas.
En cuanto a la estrecha concepción según la cual el proceso alquí­mico se refiere exclusivamente a una realización espiritual, esta opi­nión fue defendida por primera vez por un médico teósofo, cercano al círculo de H. P. Blavatsky, el doctor Franz Hartmann. El autor, muerto a fines del siglo último, expresa esta concepción en sus dos obras: La medicina de Teofrasto Paracelso (Medizin des Theophrastus Paracelsus) y Esbozo de las doctrinas de Teofrasto Paracelso (Grun­driss der Lehren des Theophrastus Paracelsus). En un estudio funda­mental, publicado en la edición de 1936 del Eranos Jahrbuch, el pro­fesor R. Bernoulli, de la Escuela Politécnica Federal de Zurich, opone a esta concepción la idea de las correspondencias': vuelve así a colocar el problema en la única perspectiva válida, pues comprende que todo lo que es realizable en el dominio del alma y del espíritu debe tener en el mundo de la materia su polo y su efecto correspondientes y puede, por tanto, conseguirse ahí de una manera fisicobiológica, igual que so­bre el plano metafísico.

"Si consideramos que la ebullición en la cornuda corresponde a un acontecimiento espiritual, fisiológico, astral, lo que se expresa aquí de una cierta manera es una fase del drama cósmico divino, que este acontecimiento particular se refleja en todos los dominios concebibles y representa al mismo tiempo el efecto producido por el conjunto de estos factores, entonces la alquimia se revela como un alálisis verdadera­mente global, como una tentativa de reconocer en los particular la manera de ser del todo: Pero si olvidamos aquello, nos encontra­mos evidentemente en la situación fatal que consiste en no ver ya en la alquimia sino una química imperfecta: es química imperfecta, pero no sólo eso. Ella es la doctrina de las correspondencias en todos los domi­nios. Nuestras concepciones actuales nos impiden aceptar esta forma de pensamiento. Contiene una afirmación que no puede ser probada y que no podría, por tanto, tener valor científico."
"Si, como contrapartida, queremos comprender la alquimia aun­que no fuera sino aproximativamente, debemos aceptar que esta doc­trina de las correspondencias se aplica sin restricciones a su domino. "

El estudio de R. Bernoulli, ilustrado, por otra parte, por algunas re­producciones de símbolos alquímicos, trata esencialmente de la evolu­ción espiritual de los alquimistas, como asimismo lo indica el título del ensayo. La alquimia, la verdadera alquimia es, en efecto, una expe­riencia iniciática y lo que el adepto hace aparecer en el laboratorio no es más que un fenómeno secundario, “correspondencia” cosmofísica. Tanto la una como el otro son fenómenos reales: la primera se de­sarrolla en el crisol del alma, mientras que el segundo tiene lugar en el crisol del laboratorio alquímico.
De manera calurosa y convincente, Bemoulli habla de esta ex­periencia interior en el penúltimo y breve capítulo de su conferencia, con los acentos de un auténtico respeto:
[1] Nota del autor: Se trata, naturalmente, no de los maestros y adeptos, sino de los bribones, de los aventureros, de los vagabundos de la alquimia, en el curso del período de decadencia.

El camino de la metamorfosis, la trasmutación alquímica

"Y he aquí el gran e importante capítulo: ¿Cómo se hace esto? ¿Cuál es el camino que conduce a la meta? Es la vida de la trasmuta­ción, de la metamorfosis. Puedo hablar de ello brevemente. Hay sobre el pórtico de la catedral de Trogir, en Dalmacia, un pequeño bajorre­lieve finamente ejecutado que muestra al alquimista sentado ante su horno, en el que está encendido el fuego. Ha colocado su cornuda so­bre el fuego. Con la mano izquierda, eleva una copa. Flotando en el aire, un ángel se acerca y vierte el elixir de la larga vida en la copa. La imagen significa: sus propias fuerzas no le bastan al hombre para re­correr este camino, pero triunfará quizá si despierta en alguna forma al guía y conductor que duerme dentro del hombre y que puede a con­tinuación dirigirlo. La práctica de este camino, ‑dicho de otro modo, de la transmutación, la metamorfosis de lo imperfecto o incluso de lo demasiado perfecto‑ esta obra tan grande y laboriosa fue la meta, el objeto de todos los esfuerzos de la alquimia mística a lo largo de los siglos. Pero seguirá siendo para nosotros un secreto, pese a todas nuestras lecturas y a pesar de todo el celo que pongamos en querer captar su significación. He experimentado yo mismo últimamente la dificultad de comunicar algo esencial sobre esta metamorfosis. A pesar de todos nuestros esfuerzos por ser claros, es casi imposible hacerse entender. Pues en la práctica de este camino, se trata de experiencias que debe hacer uno mismo. Si se habla de ello, como lo hacen los tex­tos alquímicos, la cosa no deviene más clara. La particularidad de es­te camino es que uno se apercibe de golpe, una vez vivida la experien­cia, de lo que los textos querían decir. Los alquimistas mismos sabían muy bien que pocas cosas pueden decirse únicamente con las palabras. Es por esto que buscan refugio en las imágenes simbólicas. Su papel es el de expresar lo indecible. La vida debe ser indicada por las imágenes."

En el mismo volumen del Eranos Jahrbuch que encierra el estudio de Bemoulli, se encuentra igualmente una conferencia del profesor C. G. Jung, trabajo preliminar de la obra Psicología y alquimia (Psy­chologie und Alchimie), que debía aparecer en 1944. El psicólogo sui­zo intenta aquí someter a un examen fundamental al simbolismo al­químico y a las formas de experiencias psíquicas profundas en sus re­laciones con la alquimia. Nuestro propósito no es aquí el de apreciar esta tentativa de apoyar las teorías jungianas sobre un material excep­cionalmente abundante reunido en 270 figuras. Para nosotros se trata únicamente de oponernos de la manera más categórica a la concepción de Jung, que coincide con la del doctor Franz Hartmann. En efecto, la autoridad del psicólogo suizo corre el riesgo de transformar un aspecto totalmente parcial de la alquimia en una afirmación científica. La tesis errónea de Jung aparece como totalmente superficial para quien la examine desde una perspectiva espiritual elevada. En efecto, según es­ta tesis, las instrucciones y las imágenes alquímicas se refieren única­mente a la interpretación de los eventos que interesan a la evolución psíquica. Pero aquél que ha sabido orientarse en los círculos de la ex­periencia alquímica, y que ha seguido el camino de la alquimia prácti­ca, en lugar de racionalizar a propósito de su lenguaje cifrado y de su universo simbólico, constata: que la famosa piedra filosofal, el miste­rioso elixir, puede ser preparado. Los grandes maestros inmortales del hermetismo, Basilio Valentín, Isaac el Holandés, Nicolás Flamel, el conde Bernardo de la Marca Trevisana, Paracelso, y tantos otros, in­dican sin ambigüedad en sus escritos el camino a seguir en el trabajo práctico, incluso si se expresan con palabras cubiertas y en parábolas. Toda persona no prevenida que haya estudiado sus obras debe llegar a esta conclusión, sin que sea, no obstante, necesario que encuentre la clave misma. Para ello tiene que adquirir el sentido de los símbolos por una larga preparación. Sobre este punto al menos Jung tiene cier­tamente razón. Pero el psicólogo suizo hace una hipótesis arbitra­ria y completamente errónea, que solamente puede ser explicada por la influencia del estado permanente de las ciencias naturales, cuando escribe: “No hay por otra parte la menor sombra de duda de que durante todos los siglos en los que se ha trabajado seriamente, no se produjeron nunca ninguna verdadera tintura, ningún oro artificial. Puede preguntarse entonces: ¿qué es, pues, lo que ha determinado a los alquimistas a continuar imperturbablemente su trabajo o ‑como ellos dicen‑ su operación, y a escribir tratados sobre tratados sobre `el arte divino' ya que toda su empresa era de una desoladora inutilidad?" Otros tiempos –que no están quizá demasiado lejanos‑ traerán un jui­cio diferente. De hecho, existen testimonios incontestables de trans­mutaciones efectuadas en los siglos XVI, XVII y XVIII., y no es siquie­ra necesario remontarse tan lejos. . . Es así tan incomprensible como lamentable que un investigador de la calidad de C.G. Jung no tenga el oído lo suficientemente fino para percibir, en el curso de su estudio en profundidad de la alquimia, el convincente acento de autenticidad en los escritos de los verdaderos maestros, cuando hablan, por su propia experiencia, de la realidad de la Gran Obra que ellos mismos han lleva­do a cabo. Se habría podido esperar encontrar en Jung un instinto más seguro.
Ante la incontestable importancia que reviste la obra de Jung pa­ra la psicología, pues sitúa a la alquimia por primera vez en una pers­pectiva enteramente nueva y que se impone a la atención de toda in­vestigación psicológica futura (es para el alquimista mismo para quien menos útil es el libro), el que conoce la alquimia y sabe que sus datos son realizables en la práctica está obligado a recusar expresamente esta obra a causa de su parcialidad, pues este libro aleja al investigador de su meta en lugar de acercarle a ella. Evidentemente, un propósito como ése no entraba del todo en las intenciones del autor. Sin embargo, al negar que las aspiraciones alquímicas puedan realizarse sobre el pia­no de la materia, sin haber hecho él mismo la experiencia de ello, peca ‑y este es el reproche que se le hace‑ contra la ley de las correspon­dencias: lo que está arriba es como lo que está abajo.

La necesidad del secreto

En un mensaje enviado por el adepto inglés Theodore Mundanus a Edmond Dickinson, se dice: "No parece que sea en la intervención particular de la providencia que, no, solamente el populacho grosero, sino incluso los sabios y las gentes más perspicaces, han rechazado tenazmente este asunto y vuelto al Arte en escarnio como un absur­do y como la más grande locura de la tierra, sin examinar lo que se produce realmente, ni considerar si la cosa, por su naturaleza misma, es posible. En otras controversias, los hombres sabios‑y avisados se to­man generalmente el esfuerzo de adquirir una noción justa del objeto, antes de rechazarlo como perfectamente absurdo; pero aquí se comienza lo más a menudo por condenar el conjunto de la cuestión, con la más total desconfianza... Los adeptos están acostumbrados a ello y no otorgan más importancia a las palabras de este género que al melo­dioso rebuzno de un asno. Estas calumnias no empastarán su gloria, ya que la conservación de su persona y la salvaguarda de su secreto exigen que ellos se eleven por encima de estas necesidades. "
Que no se espere, pues, que el presente estudio levante el velo del secreto preservado durante milenios por los maestros del hermetismo, ni que entregue así un saber que sólo la iniciación permite adquirir o que ‑hoy como antaño‑ los maestros ocultos transmiten de boca a oído a los discípulos cuyo silencio está probado.

Que se encadenen mérito y oportunidad,
Los necios nunca lo han soñado.
Si tuvieran la Piedra de los Sabios,
A la Piedra la faltaría el Sabio.

Estas estrofas en la boca de Mefistófeles resumen con una mara­villosa concisión lo que en todo tiempo ha decidido a los alquimistas a guardar silencio sobre el misterio o a no hablar de él sino en térmi­nos cubiertos. En la respuesta a Edmond Dickinson, ya citada, Theodo­ro Mundanus expresa esta idea de la manera siguiente:

"Pero si la piedra tiene la acción y el poder maravilloso que sabe­mos, no es sorprendente que los sabios de todos los siglos se hayan es­forzado tanto por guardar su materia secreta, sabiendo bien que, caída en el dominio común, manos indignas y depravadas podrían servirse de ella, y causaría entonces tanto mal como permite hacer de bien. Esta es la única razón por la cual han consagrado tantos esfuerzos a ocul­tar ante todo su primera materia y a trabucar y envolver la verdad de la cosa por toda suerte de expresiones oscuras y enigmáticas. "

Theodoro Mundanus responde igualmente a la objeción que se es­cucha en nuestros días tan a menudo como antaño: ¿por qué los maestros herméticos describen el proceso alquímico, si es para callarlo o al menos velar lo esencial de él?

"Pese a la apariencia ardua y misteriosa de los escritos filosóficos, los discípulos de esta ciencia deben considerarlos con gratitud a causa de la penosa labor que ha costado a los que no han emprendido estas obras más que por caridad y voluntad deservir. Pues los autores no han buscado en ellas ni gloria ni provecho, obligados como estaban a ocultar su nombre. Todo lo que ellos han hecho encuentra su origen únicamente en su deseo sincero de ofrecer en cierta forma un hilo de Ariadna que pueda guiar a los niños del Arte a través del laberinto al­químico. En toda la medida de lo posible querían facilitar la tarea de los buscadores, sin por otra parte revelar el Arte al profano ni entre­gar la casta Diana a los apetitos de los poderosos y de los ricos, que po­drían más fácilmente asegurarse su posesión si bastase con invertir en ello el suficiente dinero. Y ya que los filósofos han hecho todo lo que está en su poder, corresponde a los discípulos del Arte hacer el resto, es decir, entregarse al trabajo y a la oración y esforzarse por descubrir el sentido de estos escritos por una reflexión sostenida y por la perse­cución incansable de experiencias bien meditadas, que son sus mejores comentarios. "

Algunos jalones para la investigación

No obstante, para facilitar los comienzos del que se proponga consagrarse a la alquimia teórica y práctica, señalamos aquí las princi­pales obras que ofrecen la mejor introducción; pues los libros alquími­cos son legión, engañosos y despistantes, bien hechos para desesperar a la mayor parte de los lectores, antes mismo de que hayan podido plantar el pie. Las obras señaladas aquí no contienen ambigüedad al­guna, ni intención de extraviar, bien que expresen naturalmente el se­creto hermético en términos encubiertos y parábolas. Son: El secreto de la Sal (Das Geheimnis von dem Salz), escrito y publicado por Elias Artista Hermetica; ABC de la Piedra de los Sabios (ABC vom Stein des Weisen) ‑una colección de los más importantes textos alquímicos; La brújula de los sabios (Compass der Weisen); Georg Von Welling: Opus Mago‑Cabbalisticum et Theosophicum, en la que son descritos el ori­gen, la naturaleza, las propiedades y el empleo de la sal, del azufre y del mercurio, en tres partes (Opus Mago‑Cabbalisticum et Theoso­phicum, darinnen der Ursprung, Natur, Eigenschaften und Gebrauch des Salzes, Schwefels, und Mercuri in dreyen Theilen beschrieben); el Laboratorium chymicum de Johann Kundel von L ówenstern; la obra regia de los Rosa‑Cruces: Aurea Catena o La Cadena de Oro de Horne­ro (Golden Kette des Homer) y, en fin, La historia de la alquimia, de Karl Christoph Schmieder, ya mencionada al comienzo de este libro. Los grandes maestros herméticos: Paracelso, Basilio Valentín, Isaac el Holandés, no pueden ser abordados con provecho más que después de un estudio profundo de las obras arriba mencionadas, que permiten adquirir las bases necesarias a la comprensión de estos últimos.
El que prosiga sus estudios alquímicos, en este orden tendrá ‑su­puesto que tenga la disposición de espíritu necesaria‑ una lejana oportunidad de conseguir la meta final y verdadera, sin extraviarse de­masiado en los desvíos que conducen finalmente a un laberinto del que ya no es posible salir sin el hilo de Ariadna hermético. Añadamos también los títulos de algunos escritos alquímicos: Filum Ariadnes, Abyssus Alchymise, Purgatorio de los Químicos (Fegfeuer des Chy­misten), Redención del Filósofo del Purgatorio de los Químicos Erló­sung der Milosophen aus dem Fegfeuer des Chymisten), Coelum rese­ratum chymicum, y también Le Triomphe hermétique ou la Pierre Philosophale victorieuse, Clavis sapientiae, Aula Lucis y, finalmente, conquistada la victoria: El Vellocino de Oro o el antiguo Tesoro ocul­to de los Sabios (Das goldene Fliess oder urälteste verborgene schatz der Weisen).

Desviaciones y resoluciones

¿Puede uno extrañarse de que este extraño dominio, inabordable y desacreditado, haya seducido en el curso de los siglos, e incluso de los milenios, a tantos iluminados, charlatanes, bribones y aventureros que, atraídos por el tesoro, escondido desde tiempos inmemoriales, que está permitido descubrir, hayan caído bajo el encanto de su cla­roscuro misterioso? Es verdad: la historia de la alquimia está llena más que ninguna otra de los acontecimientos más fantásticos y de los más inverosímiles, buenos hechos para inspirar la prudencia con res­pecto a todo lo que viene de este dominio; y el descrédito que sufre la alquimia no tiene otra razón. Pero, ¿hay por ello que rechazar del mismo golpe las transmutaciones atestiguadas por testigos irrefutables y contar a los verdaderos adeptos, de un valor moral y espiritual, en el número de los estafadores o, en el mejor de los casos, en el número de los engañadores engañados? El problema no se deja resolver de una manera tan precoz. La ciencia de ayer, de hoy y de mañana puede bien no haber acuñado estas monedas y rehusar, por lo mismo, reco­nocerlas: un futuro no demasiado lejano lo juzgará todo de otro modo. Sin embargo, la aureola que rodea a la alquimia todavía en nues­tros días continúa provocando tentaciones y extravíos sumamente ex­traños de los que el autor podría contar ejemplos sacados de su expe­riencia de más de cuarenta y cinco años, desde que se consagró a la alquimia, y la extravagancia de estas divagaciones no cedería apenas ante los relatos de los siglos pasados.
Si se considera la primera mitad de nuestro siglo, se constata ‑co­mo se ha dicho al comienzo de este estudio‑ que no solamente los ele­mentos medianamente o poco educados, sino incluso y sobre todo los círculos verdaderamente instruidos y hasta los medios científicos pro­piamente dichos, se desvían cada vez más de una concepción puramen­te materialista y se aproximan a las ciencias llamadas marginales. El fenómeno se ha acentuado particularmente desde la primera guerra.
Una sola disciplina, aparecida hacia 1923, y que desde su entrada en escena no deja de extenderse, es incontestablemente espagírico‑alquí­mica en su naturaleza, aun cuando los que la practican no quisieran convenir en ello y objetasen quizá que su ciencia se funda exclusiva­mente sobre las concepciones filosóficas de la antroposofía. ¡Lo admi­timos de buena gana! Pero el método así practicado no es por ello me­nos alquímico, y es preciso que lo sea, ya que esta vía de conocimien­to no puede sencillamente conducir a otro fin: las realidades y las le­yes cosmofísicas permanecen como datos permanentes, y el iniciado visionario no puede obtener en nuestros días un resultado diferente del que obtenía antaño el adepto, si ambos perciben las interrelaciones cósmicas `en la luz de la naturaleza' ‑para designar esta visión intuiti­va en las palabras de Paracelso‑, en su realidad espiritual. La natura­leza, dice Goethe, vive en un acto creador continuo. Sólo el aprendiza­je que permite desarrollar esta facultad del alma y del espíritu ha deve­nido diferente, y este cambio está determinado por la situación psico­lógica fundamentalmente diferente del hombre moderno.




La agricultura biológica se deriva también de la alquimia

La disciplina que se puede calificar de espagírico‑alquímica, y que ha podido registrar éxitos tan excepcionales en el curso de la treintena de años de su existencia, es el procedimiento de abonado biodinámico, establecido en su tiempo por Rudolf Steiner. Este procedimiento re­presenta una innovación fundamental para la agricultura, la jardinería y la silvicultura, y las imprime una nueva orientación cuyos efectos no aparecerán plenamente más que en el porvenir. Los lectores que deseen informarse más completamente sobre esta cuestión encontrarán aclaraciones tanto en la revista Demeter como en la colección GäaSophia publicada por la sección de ciencias naturales de la Universi­dad Libre de Filosofía en el Goetheanum de Dornach[1].
Los antropósofos cometen, sin embargo, un error cuando preten­den que el abonado biodinámico, tal como fue creado por Rudolf Steiner, ejecutado y beneficiado por sus discípulos con tanto éxito, es un procedimiento enteramente nuevo e inédito. Los que dicen esto lo ignoran todo de la alquimia y de su naturaleza, sin lo cual sabrían que el abonado, dicho de otro modo la descomposición, la putrefacción y la combustión, representa el problema fundamental de toda la alqui­mia. Si se poseen aunque sea sólo algunas nociones superficiales de esta cuestión, el tratamiento del suelo con un abono artificial cualquiera se excluye por sí mismo. Los químicos agrícolas que, en tanto que campeones de los grandes trusts industriales, se convierten en los pro­pagadores de los abonos sintéticos, siguen siendo todavía prisioneros de los mismos razonamientos esquemáticos y mecanicistas que han guiado a los fisiólogos y estadísticos de la alimentación hasta la primera guerra mundial, e incluso más allá de ella. Fundándose sobre exámenes de laboratorio que han permitido constatar con razón que las proteí­nas, los azúcares y las grasas son los constituyentes principales del or­ganismo humano, los especialistas han calculado la consumición corriente y las necesidades diarias mínimas, y establecido tablas es­quemáticas a la intención de las diferentes categorías profesionales: trabajadores intelectuales, obreros manuales, y trabajadores de fuerza. Así, en 1887, Carl von Voit, el bien conocido fisiólogo muniqués, ha concluido, a partir de las experiencias que ha conducido, que las nece­sidades diarias de un obrero manual que tenga un peso medio de 70 ki­los se establecen como sigue: como mínimo, 500 gr. de azúcar, 56 gr. de grasas, y 120 gr. de proteínas (ración alimenticia). No es sino mu­cho más tarde que ha averiguado que las necesidades diarias mínimas en proteínas no sobrepasan de hecho los 40 gr. Sin embargo, el míni­mo según Voit, tres veces superior a las necesidades reales, entró en los manuales y fue considerado como un dogma durante decenas de años. Incluso haciendo por otra parte abstracción de este grave error de cálculo concerniente a las necesidades en proteínas, es evidente que el problema del reemplazo de los alimentos utilizados en el organismo vivo no se deja tratar de una manera tan mecánica, bien que el aporte deba naturalmente corresponder al consumo. Sin duda, la ciencia de la nutrición ha hecho grandes progresos desde la primera guerra mun­dial, gracias a la orientación juiciosa de los trabajos de una serie de in­vestigadores tales como Róse, Hinthede, Ragnar Berg y otros, y es comúnmente admitido ahora que fuera de los azúcares, de las grasas y de las proteínas, el valor de un régimen alimenticio despende igual­mente de substancias otras veces descuidadas por la ciencia: productos minerales o sales nutritivas, principios extractivos, aromáticos y amar­gos, y finalmente vitaminas; en una palabra, la noción de la importan­cia de las substancias complementarias, reconocida en su origen por los outsiders, es hoy en día verdad corriente, mientras que la ciencia de la nutrición del suelo se atiene aún al antiguo punto de vista, hoy su­perado. El hecho se explica por la concepción materialista en virtud de la cual se persiste en considerar al suelo como una cosa inorgánica, a la que basta con añadir cantidades de sales de potasio y de fosfatos correspondientes exactamente a las cantidades utilizadas, como se ha­ría para el contenido de una cornuda en el laboratorio, para asegurar la permanencia del rendimiento; mucho más aún, se imagina poder aumentar este rendimiento en proporciones considerables, en función de las cantidades de abono añadidas, y mantener indefinidamente por este método los rendimientos artificialmente obtenidos. Los éxitos de los últimos treinta años parecen, es verdad, rendir justicia a los parti­darios de esta teoría. El observador superficial adquiere la impresión de que basta realmente con restituir al suelo las substancias utilizadas en el curso de los años, y cuyas cualidades pueden ser exactamente de­terminadas por métodos químicos, para conservar indefinidamente su productividad y resolver así el problema esencial de la agricultura. No es menos cierto que el lapso de tiempo tomado en consideración por los que juzgan confirmada esta teoría es demasiado corto para de­jar aparecer en toda su extensión la contrapartida catastrófica desenca­denada simultáneamente, pero cuyos efectos y consecuencias nocivas se manifiestan con mucha más lentitud. Sin embargo, la aparición incesantemente más frecuente de las "enfermedades de carencia", y el descenso general de vitalidad que resulta de ellas constituyen una ad­vertencia elocuente, que no se basta a explicar la penuria de los dos períodos de posguerra. Pues el hombre y el suelo están ligados por una relación de causalidad cosmofísica, de suerte que los trastornos del metabolismo, las enfermedades de la nutrición, el cáncer, las afeccio­nes nerviosas, el deterioro de los dientes, y tantas otras "manifestacio­nes de la civilización", no cesarán de causar estragos por tanto tiempo como no se imponga un nuevo método de tratamiento del suelo, que ya no sea puramente mecanicista.
La teoría oficial queda invalidada por el hecho bien establecido de que el abonado biodinámico ‑que "incorpora" al suelo cantidades infinitesimales de abonos preparados según métodos espagírico‑alquí­micos‑ permite obtener no sólo los mismos rendimientos que los abo­nos químicos, sino además y sobre todo cosechas cualitativamente di­ferentes y muy superiores, como lo prueban sin discusión posible los análisis efectuados. Está ahí establecido que la teoría del abonado sin­tético industrial es insostenible, al mismo tiempo que está probada la plena justicia de la concepción biodinámica, dicho de otro modo, es­pagírico‑alquímica.
Para un espíritu claro, ésta es la brillante confirmación de la anti­gua concepción alquímica del mundo, por la cual el suelo no es una cosa inorgánica y muerta, sino un organismo viviente análogo al cuer­po humano.
Si nos hemos detenido en estas consideraciones de principio, es a causa de su considerable importancia para el conjunto y los detalles de nuestro estudio. Pero hemos igualmente insistido sobre esta cues­tión porque este dominio accesible al profano de buena voluntad su­ministra el mejor medio de adquirir un bosquejo de la naturaleza y del objeto de la alquimia. Una obra anterior, publicada en 1729, trata del mismo tema en un espíritu auténticamente espagírico‑alquímico. Lle­va el título: El secreto de la putrefacción y de la combustión de todas las cosas (Das Geheimnis der Verwesung und Verbrennung aller Din­ge). Uno se abstiene de revelar a los curiosos de ambos campos el títu­lo de otro libro, más antiguo todavía, que lleva por subtítulo: "Cómo preparar el suelo o más bien las semillas, con poco gasto y sin gran es­fuerzo, de modo que se obtenga, incluso sin abono, una cosecha mil veces superior" (Wie man mit wenig Kosten und mit leichter Mühe den Acker oder vielmehr die Saat so zubereiten könne, dass auch ohne Düngung mehr denn tausendfaltige Frucht erlangt werde). ¡Esto es ya el abonado biodinámico!
Si el fundador del método biodinárnico ha escogido este término, tomado del lenguaje científico moderno, para designar de una manera, por otra parte pertinente, la naturaleza de este procedimiento de abo­nado, lo hace verosímilmente porque ha creado esta disciplina a partir de sus propias concepciones originales, pero también para evitar el pe­ligro de que su método sea juzgado como una pseudociencia obsoleta. Pues a los ojos del hombre de cultura moderna, y con más razón a los de un sabio moderno, la alquimia, y todo lo que se relaciona con ella, aparece como balbuceos infantiles, nociones primitivas, esbozos de la futura química moderna que, en su vanidad presuntuosa, considera con pena los desmañados andares a tientas de su precursor en las ti­nieblas. Esto es lo que se aprende en las escuelas y universidades. Este juicio ‑o más bien este prejuicio‑ procede de un punto de vista en­teramente falso. Porque la acción viva y espiritual de la alquimia se ejerce desde hace milenios sobre el mismo dominio de la materia en el que actúa la química desde hace apenas siglo y medio, esta última se cree fundada para concluir que todo lo que la alquimia ha concebido, desarrollado y obtenido desde los caldeos, los persas y los egipcios hasta la aurora del siglo XIX está simplemente errado o, en el mejor de los casos, es solamente una larga preparación de tres mil años para concluir, en investigaciones conducidas según el método experimental exclusivamente analítico de esta misma química moderna.
[1] N. del Tr.: La dirección es Goetheanum, CH‑4143 Dornach (Suiza).

La apertura de espíritu de la Edad Media: Paracelso

Se requiere toda la limitada suficiencia de la ciencia académica (los grandes pioneros siempre la sobrepasan) para cometer seme­jante error de juicio, y se requiere al mismo tiempo la inconscien­cia propia de estos medios para no ver que la concepción de la natura­leza, que toda la Edad Media designaba por el término espagírico‑alquí­mica, no era una disciplina científica en el sentido actual del término. Se trata en realidad de una actitud con respecto al mundo radicalmente diferente, que no tiene nada en común en su manera de plantear los problemas con la ciencia que reina actualmente.
Si no le ha sido acordado al alquimista determinar por vía analíti­ca la fórmula de un compuesto y la modificación de esta fórmula, en el curso de las reacciones que lo transforman en otro, no quiere decir esto que el adepto fuese menos sabio o menos inteligente que el pro­fesor de química. Antes bien, la cuestión carecía de sentido para los antiguos alquimistas. Su horizonte espiritual mucho más transparente, su comprensión infinitamente más profunda del mundo material, de su estructura íntima y de sus leyes cosmofísicas, los hacían totalmen­te extraños a esta forma de considerar y de abordar la materia. El al­quimista no tenía necesidad de signos de orientación de este género para volverse a encontrar en la naturaleza: participaba en ella y la ex­perimentaba además con toda la lucidez de un espíritu viviente. Del mismo modo, un médico de la época de Paracelso no tenía necesidad de termómetro para conocer la temperatura del enfermo: gracias a la finura y a la delicadeza infinitamente mayores de sus sentidos y gra­cias a un don de observación incomparablemente mejor desarrollado, evaluaba la temperatura por el tacto y por el examen de la orina tan bien como cualquier sabio doctor ayudado por sus instrumentos. Está en todo caso establecido que las facultades íntimas de percepción del hombre han sufrido una regresión a medida que progresaba la técnica, sin que queramos examinar aquí las ganancias o las pérdidas que resul­tan de ello para nosotros. Esto es cierto: no se trata para nosotros hoy en día de un progreso en tanto que juicio de valor, sino tan sólo de otra cosa esencialmente diferente.
Igual que la astronomía actual no procede de la astrología, la al­quimia, muchas veces milenaria, no podría ser considerada como la primera etapa de la química moderna. Astrología y alquimia son con­cepciones del mundo, parientes próximos en su esencia, sistemas eso­téricos firmemente establecidos desde la más alta antigüedad; en cam­bio, astronomía y química no son más que disciplinas tributarias del tiempo, sometidas al estado de la ciencia en un momento dado, y va­riables según los resultados de las investigaciones científicas.
Nos hemos esforzado aquí por aclarar netamente la diferencia fundamental entre estos dos puntos de partida. Si se objetase que la alquimia se desarrolló en una época en la que el sistema de Ptolo­meo conservaba aún todo su prestigio y que, en consecuencia, estas dos concepciones se apoyan sobre postulados erróneos, séanos enton­ces permitido recordar que esta constatación no tiene objeto, pues no se trata aquí de la exactitud o de la falsedad de tal o cual hecho as­tronómico, físico o químico, pese a lo decisivo que parezca, sino más bien de una orientación espiritual fundamentalmente diferente, en el sentido de una concepción del mundo dinámica espiritual, por oposi­ción a la ciencia contemporánea siempre desprovista de espiritualidad, a pesar de la mecánica de los cuantos y de la teoría de la relatividad.
Desde los tiempos del régimen nacional‑socialista en Alemania, Pa­racelso fue confiscado a título de pionero y precursor de la quimiote­rapia. Ciertos medios continúan difundiendo todavía esta concepción fragmentaria, que se extiende así cada vez más ampliamente para el más grande perjuicio de una verdadera educación popular. Esta obra de posesión se explica porque Paracelso ha vuelto a encontrar su cré­dito y no cesa de ganar en prestigio. Conviene levantarse firmemente contra esta propaganda que se apodera abusivamente de la autoridad de Paracelso, en favor de intereses económicos actuales, mientras que la obra de toda su vida es la negación teórica y práctica de todo lo que estos medios defienden ideológicamente y se esfuerzan por realizar.
En una época de transición entre la Edad Media y los tiempos mo­dernos, mientras el conjunto de la cultura sufría una nueva orienta­ción, y al mismo tiempo que la farmacia tradicional caía cada vez más en la incuria, Paracelso empeñó toda su energía en favor de un trabajo de laboratorio preciso e irreprochable en el dominio químico y farma­céutico; y se propuso acabar de una vez por todas con el fárrago de su­persticiones acumuladas desde hacía siglos. Este hecho no justifica en modo alguno la arbitrariedad de quienes, obedeciendo a una palabra de orden, lo designan como el pionero de la quimioterapia moderna. Si combatía el desorden de la farmacia de su tiempo, es precisamente porque el conocimiento hermético y alquímico original se había ago­tado en las farmacias. Los penosos y falsificados residuos de la antigua sabiduría iniciática que todavía subsistían no eran ya capaces de resistir a las primeras exigencias de una voluntad de orientación muy diferente en las ciencias, voluntad que no hacía todavía más que apuntar, pero que no por ello preparaba menos la vía hacia el pensamiento positivista moderno, del que una de las ramas debía conducir a con­tinuación a la quimioterapia actual. La falla no estaba en alguna insuficiencia de la verdadera alquimia, sino en una evolución que con­ducía al agotamiento de la cosmofísica, fundada en su origen sobre co­nocimientos esotéricos, cuya ausencia devenía inevitablemente desde el momento en que en esta época que acababa la pseudo‑ciencia se es­forzaba por apoderarse de ella, pero "agarraba los pedazos", sin con­servar "el lazo espiritual" que los unía. En el capítulo consagrado al "Encuentro primordial con Goethe", el autor se explica sobre la sig­nificación de esta ley en términos de destino. Baste aquí con exponer los hechos.


Los Rosa‑Cruces, legatarios de la alquimia

Por una intuición profética, los hermetistas de fines de la Edad Media habían previsto esta evolución: habían creado la Fraternidad de la Rosa‑Cruz de Oro a fin de volver la transición tan lenta como fuese posible y mantener viva, al menos durante algunos siglos toda­vía, la actitud original de veneración con respecto a los secretos hermé­ticos de la naturaleza, aunque no fuese más que entre un número cada vez más pequeño de personas. Así, más o menos desapercibido del mundo exterior, un flujo subterráneo de espiritualidad podía alcanzar aquí y allá a la época y a los contemporáneos.
Pero igual que todo polo tiene su opuesto, la misma época vio apare­cer cada vez más numerosos impostores, charlatanes y falsificadores de la verdad hermética; recorrían los países, iban de una corte principesca a otra, difamando la alquimia por sus turbias manipulaciones y ofrecien­do por todas partes la indigna caricatura de una ciencia iniciática anta­ño respetada por todos, y cuyo origen se pierde en la oscuridad de la prehistoria. Las tomas de posición vigorosas y repetidas contra esta es­pecie de buhoneros de la alquimia no han faltado por otra parte. Es precisamente la Logia de los Rosa‑Cruces quien no cesaba de estigma­tizar públicamente sus ardides, como, por ejemplo, en la Fama Frater­nitatis, aparecida en 1617, por no citar más que un pasaje:

"Por lo que respecta particularmente a los hacedores de oro im­píos y execrables de nuestro tiempo, están tan extendidos que mu­chos vagabundos en quebrantamiento de destierro persiguen bajo este pretexto sus bellaquerías, y abusan de la credulidad de los curiosos, e incluso los espíritus ponderados los tienen en estima, como si la mu­tatio metallorum fuese el supremo aspecto y fastigium de la Filoso­fía... Testimoniamos pues aquí públicamente que esto es falso, y que la verdadera Filosofía está hecha de tal modo que, para ella, hacer oro es cosa negligible y solamente un parergon[1]. Pues aquél a quien la naturaleza se desvela no se regocija de poder hacer el sol o, como dijo Cristo, de ver a los diablos obedecerle, sino que más bien contempla el cielo abierto y a los ángeles del Señor que ascienden y descienden, y su nombre marcado en el libro de la vida. "

Por otra parte, para combatir la banda cada vez más numerosa de los crapulosos y vagabundos de la alquimia que amenazaban con arrui­nar la reputación del verdadero Arte ‑como debían por otra parte de­sacreditarlo en consecuencia‑ la Logia de los Rosa‑Cruces delegaba de tiempo en tiempo a uno de los suyos para aportar la prueba concluyente del valor de la Alquimia auténtica, gracias a transmutaciones incontestables operadas, ora en un lugar, ora en otro, en presencia de testigos competentes y dignos de crédito. Así se explica que precisa­mente el siglo XVII sea tan rico en testimonios sobre la aparición sú­bita de un desconocido que ejecuta en el laboratorio de una farmacia, o en cualquier otro lugar, una transmutación incontestable, probando así la infalibilidad de la concepción hermética de la naturaleza, para desaparecer a la mañana siguiente del albergue en el que se había de­tenido.
De esta manera habían preservado los Rosa‑Cruces el prestigio del arte y de la sabiduría hermética hasta la aurora de la Revolución fran­cesa. En los Discursos de Reuniones de la Rosa‑Cruz de Oro (Versamm­lungsreden der Gold‑und Rosenkreutzer), publicados en 1779, y en la Aurea Catena, reeditada de nuevo en 1871 por la Logia, han aporta­do nuevamente al buscador del secreto alquímico ‑bajo una forma más accesible y más rica de sentidos que nunca‑ la llave del templo oculto, ofreciéndole así una herencia duradera apenas algunos años antes del nacimiento de una nueva época, desviada de los valores espi­rituales, que debía anunciarse pronto por los trastornos exteriores.
No fue, pues, tampoco un azar si la potencia de un arcano espagí­rico debía permitir precisamente a esta época salvar en último extre­mo una vida cuya grandeza interesa a todo el mundo: ¡la del joven Goethe! En el sexto capítulo de esta obra, bajo el título "Encuentro primordial con Goethe", el autor ofrece la primera interpretación de este acontecimiento misterioso. Y si se menciona aquí es únicamente para subrayar que este evento único se sitúa en el crepúsculo de la época hermético‑rosacruz.
[1] Del griego παρεργου, obra secundaria.

Los arcanos

La alquimia y la medicina se encuentra aquí en una suprema e in­superable perfección, ¿Qué eran, pues, estos arcanos tan buscados y celebrados? Eran los grandes remedios secretos de los maestros y de los adeptos; representaban la cima de la medicina alquímica oculta, y no podían ser preparados y conseguidos más que por aquellos que se habían ya elevado muy alto en la iniciación hermética. Se comprende pues el absurdo ‑desde el punto de vista de la alquimia verdadera‑ de la pretensión de una fábrica farmacéutica célebre del sur de Alemania que marca una serie de sus preparaciones por la etiqueta pomposa de "arcanos". Él arcano, en efecto, presupone el conocimiento y la pre­paración de la piedra filosofal. Este mismo laboratorio vende, por otra parte, desde hace decenas de años, otra serie de medicamentos, por una parte no desprovistos de mérito, preparados por la vía de la fermentación y que, en razón de este método, tienen algún derecho al nombre "espagírico" que llevan.
Para dar al menos una idea aproximativa de lo que hay que enten­der por la noción de "arcano", citemos algunos pasajes de las Archi­doxias de Paracelso: Liber quintus: De Mysteriis Arcani:

"Hay que comprender pues con respecto a estos arcanos que no co­nocemos más que cuatro... Así, la materia primera es el primer arca­no. Viene a continuación la piedra filosofal. En tercer lugar Mercurius vitae. Y finalmente Tinctura. . . Sepamos de antemano cuál es la dife­rencia entre los cuatro arcanos, tanto por lo que respecta al trabajo como al arte y la virtud; y para esto hay que saber qué son estas virtu­des en última conclusión. Helas aquí: conservan el cuerpo en buena sa­lud, expulsan las enfermedades, eliminan los humores tristes, preservan de todas las afecciones malsanas y conducen el cuerpo hasta su muerte predestinada. Esto se obtiene suprimiendo la consunción como lo he­mos expuesto en De vita et morte."

Tras haber hablado en detalle de los tres primeros arcanos, Para­celso llega al cuarto ‑la Tinctura‑ y dice a este respecto:

"Pero Tinctura, el cuarto arcano, se comporta como el rebis, que hace oro a partir de la plata y otros metales: de la misma manera, la tinctura actúa sobre el cuerpo; se apodera de lo que en él es desorden, enfermizo y grosería, y transforma todo ello en lo más noble, más puro y más perdurable. "

Y prosigue:

"Cómo nos apartaríamos de la noble medicina y más aún de la fi­losofía, si vemos en ellas el único medio que nos da la fe: pues no es costumbre nuestra creer, enseñar y seguir lo que no puede ser confir­mado por la experiencia y la práctica verdadera. "

Tras haber tratado una vez más en detalle de los cuatro arcanos y haber dado instrucciones para la preparación de cada uno, Paracelso termina por estas palabras su pequeño libro:

"Acabemos pues este breve discurso, pues disertar más abundan­temente de ello no sería más que irrisión a los ojos de los Estoicos, lo que queremos evitar, no habiendo querido hablar más que a los Al­quimistas."

Los pasajes citados de Paracelso aclaran sin equívocos dos Cues­tiones discutidas, por otra parte sin motivo; en primer lugar, refutan la concepción según la cual los arcanos y su realización debían ser enten­didos exclusivamente en el sentido espiritual; las instrucciones se apli­can plenamente y en su totalidad en el "doble sentido" físico y metafísi­co ‑y, de otra parte, resulta claramente de ello que Paracelso no fue simplemente el precursor de una quimioterapia moderna, sino un adepto de alto grado, que subraya, cuando toca los últimos secretos, "no haber hablado más que a los alquimistas solamente". Se encuen­tra en sus escritos toda una serie de referencias semejantes.
Y este rasgo precisamente es único y admirable en Paracelso: si­tuado en un momento de transición entre la Edad Media y la época moderna, tenía la misión de realizar en su vida y en su obra una doble tarea en apariencia contradictoria ‑demostrar una vez más a los con­temporáneos y a la posteridad la maestría de la antigua alquimia más que milenaria, y al mismo tiempo trazar la primera vía de una volun­tad de investigación nueva que no tomaba conciencia, de ella misma sino poco a poco y muy lentamente. He ahí el puente que conduce a la ciencia de nuestros días, a esta ciencia que lo reivindica ‑bien que arbitrariamente desde su propio punto de vista, pero no sin alguna ra­zón, incluso si una perspectiva más amplia hace aparecer los límites de esta toma de posesión‑. El problema es mucho más complejo. Pa­racelso sabía por intuición y razonamiento que una época enteramen­te nueva iba a abrirse, en la que serían puestos en discusión todos los valores hasta entonces considerados como legítimos y determinantes, que la antigua Tradición heredada de la Ciencia de los Misterios sería condenada, pues la ley que regula el curso de la humanidad prepara­ba en Occidente un comportamiento fundamentalmente diferente. Pa­racelso veía y asimismo conocía por la vía iniciática una verdad que se transmitía igualmente en las Logias de los Rosa‑Cruces (Paracelso no era Rosa‑Cruz él mismo): los caminos de la enseñanza oculta, que habían conducido a los secretos ocultos de la naturaleza que son tam­bién el objeto de la verdadera alquimia, o como dice Paracelso, "para poder contemplar en la luz de la naturaleza", eran todavía accesibles a un pequeño número, pero no serían ya quizá practicables en uno o dos siglos. Cuando Paracelso habla de la "luz de la naturaleza", no piensa (como lo comprenden sus comentaristas de hoy) en la luz del racionalismo, sino más bien en la contemplación sidérica, en la "luz no revelada", para emplear un término del que las ciencias esotéricas se han servido siempre después para designarla.
Paracelso ha ofrecido una vez más la herencia del pasado, en la parte esotérica y alquímica de su obra, para que los elegidos de un porvenir próximo o lejano puedan recibirlo y asimilarlo según el grado de su comprensión respectiva. Es uno de los aspectos de Paracelso, aspecto en parte incomprendido, en parte considerado como pertene­ciente a las supersticiones y a los prejuicios de su tiempo, o incluso completamente ignorado de los representantes actuales de la ciencia.
El otro Paracelso, el Paracelso exotérico, accesible ‑bien que bajo ciertas reservas‑ al método actual de pensamiento e investigación, es considerado como el pionero de los métodos científicos modernos en todos los dominios, y más particularmente de los métodos cientí­ficos médicos y farmacéuticos cuyas consecuencias, en una sola disci­plina, han conducido igualmente a la quimioterapia de nuestros días. Pero esto debe tomarse cum grano salís. Pues este segundo Paracelso no se deja tampoco reducir a una simple fórmula, como lo querrían con toda honestidad los representantes de la quimioterapia moderna, para la cual una orientación diferente no entra siquiera en el dominio de lo posible. Y, reconociendo plenamente los resultados prácticos de las ciencias y de las técnicas modernas, cuya rápida sucesión casi da vértigo, conviene constatar que el estado espiritual y moral de la hu­manidad cíe hoy en día se ha deteriorado en las mismas proporciones que se han multiplicado las conquistas exteriores. No existe, sin em­bargo, razón alguna que haga necesario este resultado. El balance po­sitivo o negativo de toda esta evolución era concebible por igual, pues nada obligaba a esta evolución a efectuarse en el sentido del materialis­mo. Si sucedió así, es porque ciertas fuerzas oscuras se hicieron con el poder durante este período de transición y lo conservan todavía hoy en día. No es aquí el lugar de indicar la interacción de los factores es­pirituales que han jugado un papel determinante; queda el hecho de que el aspecto materialista ha prevalecido en la forma de considerar todos los problemas de la existencia. El desarrollo que resultó de ello era desde entonces inevitable.
El hombre de ciencia dé hoy en día juzga pues al gran pionero re­volucionario que fue Paracelso desde este mismo punto de vista limita­do que adopta también casi exclusivamente en los prejuicios que hace. Pero Paracelso abordaba con postulados del todo diferentes los proble­mas de la ciencia y de la filosofía entonces en vías de elaboración. En afecto, atacaba estos problemas desde dos lados diferentes que le pare­cen contradictorios a la concepción científica actual, bien que se armonicen profundísimamente a la luz de la doctrina de las "corres­pondencias". Pues si es verdad en un cierto sentido que Paracelso inauguró la quimioterapia moderna, él no lo hizo sino en función de la idea más profunda y justa según la cual todas las reacciones químicas y físicas observadas y ejecutadas en el laboratorio encuentran siempre su fundamento en un proceso de orden espiritual, perceptible por la visión intuitiva. Ahora bien, esta idea sitúa la investigación científica en una perspectiva totalmente diferente, sin quitarla nada por otra parte de su exactitud exterior. Y es en esta perspectiva que hay que considerar a Paracelso.
La obra de reorientación llevada a cabo por Paracelso fue conside­rable, pues entrañó nada menos que el establecimiento de la medicina y de la farmacia sobre bases enteramente nuevas, en la dirección de la metodología y de las técnicas de investigación actuales; pero todo lo que ha hecho ‑y esto es lo que importa en Paracelso‑ no tenía para él más que el valor de un sucedáneo, para reemplazarlo que el porve­nir no podía ya alcanzar: el arcano alquímico.
Tras el poderoso impulso nuevo que, gracias a la obra de Paracel­so, ha revolucionado el conjunto del pensamiento y del comportamien­to científico, esta facultad de abarcar en una misma visión lo temporal y lo espiritual se perdió cada vez más entre sus sucesores ‑quienes contaban, sin embargo, entre ellos a médicos y sabios de la calidad de Van Helmont, Boerhaave, Becher, Glauber y Agrícola‑ para ceder de­finitivamente el terreno a la ideología puramente materialista, en la aurora de la Revolución francesa.
Estos hombres guardaban todavía viva la fe en la piedra filosofal, y sabían que la alquimia verdadera era de una naturaleza particular, pero la estructura de su razonamiento era tal que, en sus investigacio­nes, pronto no vieron ya más que el lado material de los fenómenos de la naturaleza; multiplicando en sus escritos las marcas de diferencia con respecto a la piedra filosofal y el secreto hermético, habían perdi­do ya la llave que abre el camino del Adepto.
Van Helmont escribió, situándose en esta perspectiva ya restrin­gida: "La primera cosa es el Alkahest. Si no sois capaces de obtenerlo, aprended al menos el arte de volatilizar el tártaro, a fin de que por su intermedio podáis hacer vuestras disoluciones...




Un secreto perdido: la volatilización del tártaro

La indicación está cargada de sentido a los ojos del que está ocu­pado en la búsqueda alquímica. Pues el famoso Alkahest, tan buscado, no era otro que el gran disolvente de los maestros, y sin él no se po­dría obtener la "piedra". Sin haber sido un Adepto, Van Helmont ha­bía penetrado más profundamente en la alquimia de lo que quiere convenir: del Alkahest (¿Alkali‑est?) pasa pues directamente al tártaro ‑ ¡Sal tartari! Si se establece la ligazón entre este pasaje y las estrofas esenciales de Basilio Valentín que tratan del proceso alquímico, se en­cuentran las siguientes líneas:

Me hago llamar vegetal,
Los vinos fuertes me conocen bien,
Y cuando me unen las otras sales,
Extraigo de ellas por mi espíritu
Una llave tal, que se vengan,
Y fracasan todos los metales:
De la tierra tengo,
Que devengan todos un mercurio.
Ninguna hierba del mundo hace más en ello,
La Naturaleza me ha hecho este don:
Tal amistad y grandes efectos
Que no los puede encontrar uno sobre mil.

Y se encuentra también en Van Helmont:

"El tártaro deviene del todo volátil y se eleva, algunas veces flui­do y a menudo como un sublimado. Esta sal es probada por la expe­riencia, pero son poco numerosos los que conocen su truco. "

Y en De La Boe‑Sylvius, gloria de la Universidad de Leyden, cae­mos sobre el pasaje siguiente:

"Las sales lixíviales (se trata de la Sal tartari) pueden ser volatiliza­das por cohobación con un espíritu volátil. Una sal alcali así volatiliza­da se eleva en presencia de un fuego moderado, y se sublima. Una sal alcali volátil de esta suerte no es acordada más que a los artistas que poseen el celo y la paciencia, y no a los otros que huyen del esfuerzo prolongado. Una sal de esta suerte tiene grandes poderes. "

"Sal tartari ‑ Kalium carbonicum, K2 C03 ‑potasa‑ sal de tárta­ro ‑"; el químico moderno expresará sus dudas, y tendrá razón en de­cir desde su propio punto de vista: "¿Sublimar la potasa? ¿Volverla `fluida.' y sacarla por encima del capitel? ¡Jamás!" La química cientí­fica de nuestros días ignora este procedimiento porque niega por prin­cipio la posibilidad de volver volátil y de destilar completamente la po­tasa, como todas las sales alcalinas en general.
El autor ha pagado esta ignorancia al precio de un proceso perdi­do. Una casa que se decía "concurrente" atacó en la justicia al labora­torio "Soluna" dirigido por el autor, a fin, de eliminar del mercado las sales bioquímicas preparadas en este laboratorio por la vía de la desti­lación y puestas en el comercio bajo el nombre de "destilados espagí­ricos". Esta designación tiene en efecto su importancia, ya que los des­tilados pueden ser vendidos libremente en Alemania. Gracias a la opi­nión concordante de los expertos, el "concurrente" consiguió ganar la causa en segunda instancia, ya que, para la química actual, las sales en cuestión no podrían ser destiladas. Y como la justicia debe fundar sus sentencias exclusivamente sobre la opinión de los expertos, y como, por otra parte, esta opinión debía ser negativa, no se trata ni de un error de juicio ni de un falso informe de peritos; el proceso se perdió únicamente porque la química tal corno existe en nuestros días ignora todo' lo que la alquimia había conocido durante siglos. Pero el método de volatilización y de, destilación de las sales fue tenido justamente en gran secreto por los maestros, no por tapujos pueriles, sino porque la clave de la preparación de la piedra filosofal se encuentra en las sales ‑"Mas si la sal se desazona, ¿cómo salará?". . .

Sal metallorum est lapis philosophorum, "la sal de los metales es la piedra de los filósofos", dice una vieja sentencia alquímica en su profunda sabiduría. Pero el que espere por ello encontrar algo en las sales metálicas de la química actual se engaña pesadamente. ¡La cosa está lejos de ser tan simple!
Evidentemente, el autor pudo haber ganado la causa revelando el secreto. Pero lo que los Adeptos han ocultado siempre no debe ser traicionado ahora. Y más aún: el procedimiento exige numerosos me­ses; no se puede hacer su demostración y ponerse simplemente a traba­jar para destilar las sales en el espacio de algunas horas, bien que un truco técnico permita hacerlo para algunas de ellas, como, por ejemplo, para Natrium chloratum y Kalium chloratum; una destilación de esta suerte seguiría siendo por otra parte de una naturaleza puramente téc­nica, incluso si permitiese llevar muy lejos la "apertura" de las sales, y los Adeptos hablan de una cosa del todo diferente. Hay que considerar también que la volatilización y la destilación de las sales suponen un tratamiento previo; las sales deben ser cohobadas ‑para emplear un término alquímico‑ de manera que sufran una modificación en con­tacto del disolvente que se les añade. Lo que se obtiene no correspon­de pues a la fórmula NaCI o KCI, sino que se trata de un nuevo com­puesto de sodio o de potasio, en el sentido de los acetatos. La volati­lización y la destilación de los acetatos (del acetato de plomo, por ejemplo) no es por otra parte ignorada por la química actual, pero la fórmula no es la misma y, en consecuencia, no se trata ya de la misma substancia, según la concepción de esta misma química. El proceso es­taba pues perdido en todo caso, pues la justicia decide siempre de una manera formal, dicho de otro modo, según una fórmula. La potencia fisiológica y dinámica inmensamente acrecentada de esta substancia ha podido ser demostrada bellamente, no teniendo alcance el argumento para el asunto en cuestión y perteneciendo a un dominio del todo di­ferente.
En contrapartida, el argumento era por sí solo decisivo a los ojos de los alquimistas, pero también eran realmente capaces de curar. Poco les importaba que la fórmula de la substancia obtenida por destila­ción del compuesto inicial fuese K2C03 o quizá CZH3K02; únicamente la eficacia les interesaba, y sabían por una tradición inmemorial que las sales volatilizadas poseen un poder de penetración excepcional. Van Helmont escribe a este respecto: "Es verdaderamente muy sor­prendente ver todo lo que la sal de tártaro llega a hacer ella sola, cuan­do es vuelta volátil; pues expulsa todas las impurezas de los cana­les. . . " Y en otro lugar: "Si las sales refractarias al fuego son vueltas volátiles, los poderes que adquieren las vuelven semejantes a los gran­des remedios. Penetran hasta la entrada de la cuarta digestión y dis­persan todas las obstrucciones." En la terminología actual, esto equi­vale a decir que disuelven los uratos y los eliminan. Nos encontramos aquí en plena homeopatía alquímica verdadera; la homeopatía de Hah­nemann no es más que su retoño infectado ya por el racionalismo moderno. Los grandes médicos yatroquímicos tratan los cálculos y otras afecciones semejantes casi exclusivamente con las sales volatiliza­das. Una orden de Basilio Valentín dice: "Diez a doce granos (alrede­dor de la mitad de un gramo) de este Mágisterium Tartari (sal de tár­taro) activan la secreción urinaria, purifican la sangre, expulsan la hi­dropesía, rompen el cálculo de vejiga y mejoran la podagra. " Sin em­bargo, el carbonato de potasio o el cloruro de potasio ordinarios, o in­cluso cualquiera de las otras sales llamadas "bioquírnicas" de Schüssler, no permiten apenas conseguir este resultado, si no es en una medida muy insuficiente. Se ve pues que la "bioquímica" y sus substancias no tienen menos necesidad del tratamiento espagírico, para aumentar y perfeccionar su eficacia.
Pero la homeopatía alquímica actúa mucho más profundamente, pues es microcósmica; dicho de otro modo, se funda sobre el Astro. El axioma homeopático, Similia similibus curantur (los semejantes son curados por los semejantes), es en cierto modo el aspecto exotérico de la regla enunciada por Paracelso: El Astro será curado por el Astro.
Dos ejemplos, a título de ilustración: las fuerzas lunares han ejer­cido su acción cósmica en la constitución del cerebro y participan en el sistema nervioso central. Piénsese en el viejo proverbio alemán: se­guir a la luna. La plata, entre los metales, el ópalo y las piedras más particularmente, entre las piedras preciosas, están subordinados a la luna. (Hay que precaverse aquí de todo razonamiento químico y desa­tender el hecho de que las perlas contengan, sobre todo, aparte de algunas substancias orgánicas, carbonato de calcio, mientras que los ópalos son compuestos de sílice. El que quiera practicar la alquimia debe primero reaprender a pensar.) La adormidera, entre otras plantas, es de naturaleza lunar. Así, estos ingredientes están indicados para el tratamiento de todas las afecciones del sistema nervioso central, pues el Astro es curado por el Astro. Esta es la homeopatía cósmica. En un caso semejante, el médico hermético se servirá pues en primer lugar de la plata en disolución espagírica, eventualmente combinada con perlas y adormidera en preparación espagírica.

El prestigio del antimonio

El segundo ejemplo es particularmente significativo. Se trata del antimonio gris: Sb2S3, del mineral de antimonio. La alquimia lo re­presenta por el signo (signo astrológico de la Tierra misma). En su ci­clo de conferencias de la primavera de 1920, Rudolf Steiner trata en detalle del antimonio, y expresa esta misma idea por las palabras si­guientes: "El hombre es en realidad antimonio, si se hace abstracción de todo lo que es introducido en él desde el exterior. Es antimonio él mismo." Esto explica la extraordinaria extensión del campo de acción del antimonio, en particular si es tratado por métodos espagíricos.
Se debería pues encontrar, lógicamente, al antimonio en primer lugar, con las otras policrestas[1], en la materia médica homeopática. Y si no es así, sin embargo; la cosa tiene su razón de ser particular: es ca­racterístico de la venida de una época materialista que los hombres pierdan en ella, cada vez más, primero la consciencia, y a continuación hasta el sentimiento de lo que es de su propia esencia. Es por esto que en la farmacopea y en la terapéutica, el antimonio no ha dejado de perder terreno; y como, pese a toda su sutileza, la homeopatía está igualmente sometida al espíritu de la época, la misma tendencia debía naturalmente manifestarse en ella. Se objetará sin duda que el antimo­nio ha caído en descrédito por la falta de aquellos que han abusado de él en sus prescripciones, y cuyos excesos han tenido consecuencias ne­fastas. Es verdad: los que no sabían servirse de él han abusado de él. Esta explicación no toca, sin embargo, más que el aspecto superficial del fenómeno. Correlaciones de esta suerte tienen siempre orígenes mucho más profundos que no puede soñar la ciencia oficial.
No es tampoco un azar si uno de los maestros y adeptos más im­portantes del hermetismo, aquél cuyos escritos nos han llegado bajo el nombre de Basilio Valentín, ha consagrado una obra 'entera al antimo­nio, bajo el título Carro triunfal del antimonio (Triumphwagen des Antimon), y si, a fines del siglo XVIII, como conclusión al conjunto de la literatura auténticamente alquímica, el editor de la Aurea Cate­na, un Rosa‑Cruz iniciado al hermetismo, ha escrito un comentario a este libro bajo el título Microscopium Basilii Valentina sive Comentariolum et Cribellum sobre el gran globo crucífero del Mundo (über den grossen Kreuzapfel der Welt ). Se encuentran las líneas siguien­tes en la página 75 de esta obra en la que el autor subraya el poder de curación y la eficacia casi universal del antimonio.
"El antimonio es un sujeto del que se puede fabricar una farma­cia entera; pues contiene un vomitivo, un purgativo, un depurativo, un sudativo y un diurético; es un aperiens y un obstruens: un sol­vens y un coagulans; es bálsamo, ungüento y emplasto, in summa sum­marum: puede ser aplicado en todos los estados cum maximo usu fructu. Es un maestro de todas las enfermedades, un protector de la naturaleza humana; bajo reserva de ser aplicado correctamente por el practicante, está dotado de virtus ubiquotica. "
Así, según la ley de la homeopatía cósmica, este "lobo gris", in­significante en apariencia, marcado con el signo de la tierra, oculta ‑una vez "abierto" y vuelto asimilable por los métodos espagíricos­ uno de los remedios cuya eficacia está entre las más extendidas de to­dos los que dispone la humanidad pasada, presente y futura. En árabe, el mineral de antimonio se llama azinat.
El interés de la ciencia moderna acaba de despertarse muy recien­temente para los efectos terapéuticos del antimonio. Se trata de com­puestos orgánicos inyectables de este metal que se han revelado muy eficaces, en particular en el tratamiento de la enfermedad del sueño. Nos limitamos a mencionar este hecho de pasada, a título de síntoma ‑y en modo alguno fortuito‑ de una tendencia hacia la rehabilitación del antimonio, tan largo tiempo descuidado, y esto incluso en el marco de la medicina científica moderna. Si se dispone, sin embargo, para el uso externo e interno de un antimonio "abierto" por el método es­pagírico, se puede renunciar a toda otra experiencia de cualquier na­turaleza que sea.
Quien sea capaz de desarrollar hasta su conclusión los pensamien­tos aquí expresados, encontrará este esbozo lo suficientemente claro para reconocer la concepción homeopática del mundo, y hasta el ori­gen de la homeopatía, en la concepción astrológica y alquímica de esencia espiritual.


La "doctrina de las signaturas"

Llegamos así con ello a la doctrina de las signaturas. Esta última se aplica, sin embargo, en primer lugar, al mundo vegetal, y debe ser ma­nejada con prudencia y reserva, si uno no quiere dejarse arrastrar a vanas especulaciones. La doctrina encuentra su fundamento esotérico en el hecho de que las mismas fuerzas creadoras planetarias que han obrado en la constitución de un órgano humano o animal determina­do, y que han elaborado en el curso de millones de años la forma y la función que le son propias, han actuado igualmente en las plantas su­bordinadas a los mismos planetas ‑bien que en condiciones del todo diferentes; tienen en su origen propiedades y tendencias homólogas. Así, por ejemplo, las plantas medicinales que actúan sobre la sangre dan una tintura roja, como puede uno convencerse por el ejemplo de la sanguinaria (Tormentilla) y del corazoncillo (Hypericum), ambos remedios cicatrizantes soberanos, mientras que la celidonia (Chelido­nium), el más grande de todos los remedios hepáticos y biliares del reino vegetal, segrega un jugo amarillo y amargo, particularmente por la raíz. Sucede lo mismo por otra parte con casi todas las hierbas amargas (tagarnina, achicoria amarga, centaura común) que tienen una acción favorable sobre el hígado y la vesícula biliar. Naturalmente se podrían multiplicar estos ejemplos a voluntad. En la Farmacia del Buen Dios (Herrgottsapotheke) del médico homeópata Schlegel de Tubinge, muerto en los años treinta, se encuentran a este respecto muchas observaciones perspicaces y estimulantes.
Todo lo que acaba de ser expuesto en esta obra demuestra que tanto las antiguas como las nuevas disciplinas clínicas tienen necesi­dad de la ciencia espagírica para su perfeccionamiento; faltas de la cual, son y permanecen groseras. Ante la actitud científica moderna, no hay, sin embargo, lugar de asombrarse de que el arte espagírico siga siendo negligido por la medicina. Sólo la homeopatía, consciente de esta carencia, busca compensarla por las diluciones elevadas.
Se plantea aquí la pregunta: ¿Puede reducirse la noción de espa­giria a una fórmula simple? Conviene responder por un no incondicio­nal, pues la espagiria no es una terapéutica química netamente circuns­crita, incluso si el término, introducido en el lenguaje alquímico por Paracelso, debe su origen (derivado de σπαο y αγειςω = separar y reu­nir) al axioma fundamental de la práctica alquímica: solve et coagula.
La espagiria es pues química, es decir, arte de separar. No en el sentido del análisis actual, sin embargo, sino separación de la materia sutil de la que es terrestre y grosera, de lo asimilable de lo que no lo es. Radicalmente distinta en su concepción y su método de trabajo, no es sin embargó menos rigurosa, exacta y científica que la química mo­derna; simplemente aborda los problemas por un lado del todo di­ferente.
Existen naturalmente numerosos métodos para separar lo sutil de lo grosero, y varían según la naturaleza de la materia que debe some­terse a este tratamiento. Destilación, sublimación y fermentación ocu­pan el primer lugar, y la aplicación de este último método está lejos de limitarse a las substancias de origen vegetal. La fabricación de la cerve­za presenta el ejemplo de un proceso alquímico real, uno de los pocos que son mantenidos. En cuanto al vino, se puede decir que es un pro­ducto espagírico natural: separación de lo puro, de lo impuro, por la fermentación. Todas las plantas se dejan evidentemente tratar de la misma manera, por la adición de levadura o de otras substancias ‑y este procedimiento primordial es particularmente importante des­de el punto de vista medicinal, para extraer de las plantas tóxicas sus constituyentes etéreos activos.

[1] Medicamento constitucional de gran radio de acción.

Un esbozo de los procedimientos alquímicos


Extendernos sobre los detalles de los diferentes procedimientos espagíricos sobrepasaría el marco de este trabajo, sobre todo porque la mayor parte de ellos ‑y justamente los más importantes‑ son extre­madamente complicados. Un papel del todo particular le corresponde a la digestión, por la cual la substancia que se trata de "abrir" es pues­ta en presencia de un disolvente (ácido o similar) y expuesta a una temperatura determinada durante un tiempo más o menos largo, a me­nudo durante meses. Otro procedimiento importante es la cohoba­ción: en el curso de este tratamiento, se saca por destilaciones repeti­das el disolvente de la substancia en disolución, y esto hasta veinte, treinta o cincuenta veces seguidas, lo que provoca un relajamiento cada vez más grande de la estructura de la materia así tratada. De esta manera, se pueden llevar los metales hasta un punto en el que ya no se dejan reducir ‑lo que, en terminología alquímica, se llama "privar a un metal de su esencial." Así, gracias a tratamientos ‑prolongados, se puede extraer el color del oro y dejar en el alambique la materia del oro (cloruro de oro) bajo la forma de residuo decoloreado. El produc­to que se obtiene de esta manera es la tintura de oro auténtica de Para­celso y de los alquimistas. ¡He aquí también un pensamiento inconce­bible para el razonamiento químico moderno! También la "apertura", la destilación de las sales de las que ya hemos hablado aquí, y a este título tiene eminente importancia tanto por su eficacia medicinal como por su rol alquímico y metalúrgico, en tanto que operación preli­minar con vistas a la preparación de la piedra filosofal. Ya hemos ci­tado las estrofas de Basilio Valentín relativas al tártaro. Pero, dado el importante papel que juegan las sales en el proceso alquímico en tanto que tal, se adquiere una mejor vista de conjunto si se recuerdan igual­mente las tres estrofas que las consagra Basilio Valentín. Se trata de los versos que tratan de la sal de cocina, del salitre y del vitriolo, que la alquimia clasificaba también entre las sales.

Sal común
Soy un bálsamo maravilloso.
Lo que, en el Águila, se encuentra claro,
Se tiene en mí, del mismo modo,
Pero no vuelvo rico a ningún metal
A menos que primero lo quebrante
Lo purgue y lo limpie de su especie,
Extraiga su color y su tintura.
Entonces soy dulce y no ácida.
El espíritu de vino me hace sufrir.
Ello engendra el oro potable.

Salitre
Sobre la tierra sal admirable,
Apenas se ve nada parecido a mí,
Sin mí no puede perfeccionarse nada,
Yo debo ayudar a unirlo todo.
El Águila no puede negligirme
Cuando quiere cocer los metales:
La sal común no puede sin mí
Terminar nada si me desdeña.
Mi forma es mala y verdadero hielo,
que retiene un espíritu del infierno,
Pero la Naturaleza en ambos
Se expresa en numerosas figuras.

Vitriolo
Del cuerpo de Venus hecho piedra
Haz salir solamente el espíritu,
Rojo, espeso, oscuro como la sangre,
Que destruye a Marte totalmente.
Haz de nuevo una piedra
Exactamente como antes:
Gran Arte y maravilla se ocultan en ella,
Para vestir a la blanca y desnuda Luna.
El Sol sin él no puede ya nada,
Ello hace del mercurio un cisne:
Si dispones bien la cosa,
Ellos harán caer la sentencia.

Los versos consagrados al salitre y a la sal ordinaria hacen alusión al Águila. Lo que se designa así es la sal amoníaco, volátil, fácil de sublimar y que asciende fácilmente. Esta sal tiene funciones muy parti­culares en alquimia, lo que explica las estrofas de Basilio Valentín:

Sal amoníaco
Cuando me son rotas las alas,
Y estoy lista para el baño‑maría
Con mi enemiga la tierra,
Entonces puede venir de mí
Que rompa el estado de los metales
Y los saque con violencia.
También el tártaro debe estar ahí,
Para producir de ellos un mercurio fino:
Pero no puedo darte más de ello
Si en mi no hay ni Sol ni Luna.

Este trozo de poesía alquímica, pleno de significación profunda, y no desprovisto por otra parte de belleza poética, permite ver cuán viva e imaginativa era la experiencia interior, la visión del verdade­ro alquimista. Pero se capta al mismo tiempo todo lo que distin­gue el universo imaginativo y la concepción del mundo a partir de los cuales el alquimista abordaba los fenómenos de la naturaleza que se presentaban a él.
Los tres principios originales, o más bien substancias originales, descubiertas por la vía de la imaginación, y que pueden siempre vol­verse a encontrar por la misma vía, substancias que están en la base de todo el universo de las representaciones alquímicas, se llaman: Sal, Sulphur et Mercurius. Es a este último que hace alusión Basilio Va­lentín en sus versos consagrados al vitriolo. Estas tres substancias es­tán sin embargo lejos de ser idénticas a la sal, al azufre y al mercurio; antes bien, los tres cuerpos químicos no representan sino la manifes­tación material exterior de las tres substancias originales. La alquimia enseña que todo el universo material toma su origen en los tres prin­cipios: Sal, Sulphur et Mercurius, y según que un cuerpo haya recibido más o menos de una u otra de estas energías (por recurrir a la ter­minología actual) es más o menos volátil, refractario o combustible. La sal da la fijeza, el azufre vuelve combustible, y el inestable mercu­rio confiere la volatilidad. En el sentido de una "inteligencia supe­rior", el mercurio es, sin embargo, también la quintaesencia espiritual de todas las cosas, el espíritu universal o Spiritus mundi.
Se encuentran representaciones de Mercurio en un gran número de alegorías y de tratados de alquimia simbólicos: muy a menudo, aparece bajo la forma de Hermes con el caduceo, conforme a la tradi­ción antigua, representando al mensajero de los dioses que hacer circular las fuerzas espirituales entre el cielo y la tierra. Pero se le represen­ta también viajando por encima de las nubes: ad aethera virtus; se le apercibe también entre el sol y la luna, enviando sus rayos sobre la tie­rra entre dos montañas, flotando en su signo por encima del crisol en el taller del Adepto. Sólo el maestro consigue capturar el pájaro fu­gaz y encadenar este admirable y misterioso `pajarillo de Hermes'. Cuando este dragón alado desciende de las esferas superiores sobre el dragón terrestre que no posee alas y al que consume, entonces el volá­til deviene fijo y el fijo volátil, el triángulo abraza el triángulo. Este símbolo del dragón alado de lo alto y del dragón de abajo sin alas que no "se muerden la cola" sino que se devoran mutuamente, es uno de los más profundos y más ricos de sentido de todo el simbolismo herméti­co. Quien lo comprende tiene entre sus manos la clave de todo el pro­ceso alquímico. Quiero bosquejarlo aquí, pero únicamente en el len­guaje del hermetismo. Sería fácil inscribir una fórmula química sobre el cuerpo de cada uno de estos dragones; pero eso sería hacerles la vida demasiado fácil a estos señores de la corporación. Todo lo más, nin­gún maestro ha avanzado tanto como nosotros lo haremos en la eluci­dación que vamos a dar aquí, y más adelante, en el capítulo que trata del fuego secreto. El dragón alado de arriba, que escupe fuego, es el símbolo del fuego astral superior. Este debe ser reunido con el fuego terrestre inferior, la sal secreta de los filósofos. Se obtiene esta sal a partir de una materia terrestre de la que Basilio Valentín dice:

Se encuentra una piedra de precio vil
De la que se saca un fuego volador
Del que se hace la Piedra misma,
Compuesta de blanco y de rojo.
Pero ella es piedra y no piedra,
Pues sólo en ella actúa la Naturaleza.

Los maestros del hermetismo han recubierto desde siempre con el secreto más impenetrable esta "piedra", su materia próxima, y sin em­bargo la literatura alquímica está llena por entero de alusiones secretas a esta materia cuidadosamente oculta y sin embargo expuesta a todas las miradas: "Adán se la ha llevado consigo del Paraíso", "el pobre está más abundantemente provisto de ella que el rico", "los niños jue­gan con ella en la calle", "se la compra por algunos centavos en el mer­cado de colores", "la piedra que el paisano arroja a la vaca es más pre­ciosa que la vaca misma". . . dicen las alusiones ocultas a la "materia próxima" de la que hay que extraer "la sal secreta de los filósofos". Ahora bien, esta sal no es otra que el dragón de abajo, sin alas, que hay que reunir con el dragón alado de arriba. Cuando esta reunión está acabada y uno de estos dragones ha engullido al otro, entonces la con­junción se encuentra realizada y el doble fuego seco y mágico, el Alkahest de los antiguos sabios y de los maestros del hermetismo, está presto.
Este fuego es el Rebis, simbolizado también por la figura de Jano. La sal que se ha obtenido así es la famosa sal sapientiae, objeto de controversia y de alabanzas. Él secreto alquímico está contenido ente­ramente en este proceso, en este trabajo preliminar, que puede expre­sarse igualmente por fórmulas químicas. La continuación no es más que un "juego de niños": "Siembra el grano del oro en nuestro cam­po" (la sal sapientiae), cierra herméticamente el vaso y deja pasar el contenido por los colores, sometiéndolo a un fuego regularmente aumentado. La Gran Obra se acerca entonces a su conclusión y el hijo del sol está próximo a su liberación ‑la piedra filosofal está lista. La Aurea Catena expresa así el proceso:

Un abismo provoca al otro,
Juntos tienen un duro combate:
El volátil debe fijarse,
Agua y vapor devenir tierra,
Y el cielo mismo ser terrestre,
Si no, no se engendra vida alguna.
El más elevado debe descender
Y el de abajo subir.
El fijo debe hacerse alado,
Agua y vapor ser la tierra.
La tierra debe volar al cielo
Mientras que el cielo se concentra en ella.
Así se intercambian tierra y cielo,
Lo inferior devendrá lo alto:
El dragón volador mata al fijo,
Y aquél sucumbe a su vez.
Así llegan a un gran día
La quintaesencia y sus poderes.

Esta es la antigua alquimia, la ciencia intemporal que, a través de las extensiones cósmicas, eleva por grados hasta el conocimiento de los orígenes y revela el árbol de la vida.


RELACIONES ALQUIMICAS


Pues es preciso que lejos, lejos viaje
Por mar y países vagabundos,
El que busca los viejos montes
Donde se encuentra la Piedra de los Sabios...

Las incomprensiones de la crítica moderna

Desde aproximadamente siglo y medio, los trabajos consagrados al estudio de las civilizaciones descuidan completamente una concep­ción del mundo que ha determinado sin embargo en grandísima medi­da, durante toda la antigüedad pagana y la época cristiana, hasta el Siglo de las Luces, no solamente el pensamiento y la actitud científi­cas, sino también las fuerzas creadoras que se expresan en las artes y los mitos de los pueblos cuya importancia fue precisamente dominan­te en cada uno de los períodos considerados. Toda la vida cultural de estos pueblos reposa sobre esta visión del universo que toma su origen en relaciones cosmológicas vivientes, y que ha dado nacimiento a una doctrina habitualmente designada por el término de alquimia. Esta omisión esencial pasa en nuestros días todavía desapercibida. La in­capacidad de captar un momento tan importante para la evolución de la humanidad se explica por la pérdida progresiva de la religión, pérdida que encuentra su expresión en las tendencias positivistas, superficiales, que se manifiestan en la Europa occidental desde fines del siglo XVIII.
Nadie discute que, para comprender la situación de la humanidad presente, se debe tomar en consideración la concepción moderna del mundo, determinada por los conocimientos físicos y biológicos; del mismo modo es indispensable a quien quiera comprender al hombre de las civilizaciones anteriores, conocer su propia concepción del mun­do. Pero, para acercarse a este dominio, se requiere ante todo poseer un espíritu abierto, capaz de penetrar en las esferas de la experiencia alquímica; pues no se trata de una disciplina en el sentido actual de la palabra, condicionada por la época, y cuyo contenido cambiaría al agrado de las nuevas adquisiciones científicas. La alquimia no es el an­cestro de las ciencias modernas, como lo proclaman generalmente los manuales de enseñanza; ella es la consciencia de una solidaridad cos­mogenética, fundada sobre una profunda intuición religiosa. Cualquier otro aspecto es falso y superficial. Razón de más para intentar volver a sacar a la luz esta visión del mundo.
En todos los escritos modernos, publicados en el curso de los ochenta últimos años, que estudian el tema desde el punto de vista histórico o por relación al objeto mismo de la alquimia, se encuentra siempre el mismo punto de partida erróneo, bien característico de la mentalidad materialista limitada de nuestra época. A los ojos de todos los autores, la aspiración de los alquimistas se limita a querer realizar la transmutación de los metales viles, para llevarlos al estado regio del oro, pasando por la etapa más noble de la plata, y ello por medio de la piedra filosofal ‑lapis philosophorum‑ que posee, gracias al principio generador que encierra, no solamente el poder de transmutar los meta­les, sino también el de curar todas las enfermedades, de hacer retroce­der los límites de la existencia humana mucho más allá de las fronte­ras asignadas por la naturaleza, y de mantener al hombre en la condi­ción regia de la juventud. Oro y juventud inagotables: ¿qué más hace falta para regocijarse de fortuna sobre la tierra? Pero el árbol del cono­cimiento se erige delante del árbol de la vida, y todos los que lo han buscado para conseguir un fin terrestre han cosechado luego siempre la muerte sobre sus ramas. . . Sin embargo, el deseo de ser "como Dios" es también terrestre, y el Adepto sabe demasiado bien de dónde vienen los cuatro ríos del Paraíso.
Los comentaristas modernos de la alquimia han debido contentar­se con un comercio bien superficial con las obras de los maestros: ¿cómo explicar de otro modo que no hayan advertido que los escritos auténticos (para reconocerlos, hay que haber adquirido, es verdad, una larga familiaridad con el tema) no comienzan por lo general por alguna parábola destinada a servir de introducción a los procedimientos al­químicos? Estas obras comienzan siempre por una alusión al origen es­piritual de las revelaciones ofrecidas en las páginas que siguen, bajo una fórmula más o menos simbólica, al lector suficientemente avanza­do sobre el camino de la iniciación para haber ya alcanzado los accesos del templo hermético; revelaciones que le guiarán en‑este laberinto de la confusión: ¡el verdadero hilo de Ariadna!


Contexto iniciático de la alquimia

Para ilustrar lo que acabamos de decir añadamos a los textos ya citados en el primer capítulo de esta obra, un ejemplo sacado de la obra de un Adepto auténtico, a quien la Casa de Sajonia debe su fortu­na en la segunda mitad del siglo XVI. Sebald Schwaerzer comienza así su manuscrito titulado De la preparación verdadera de la piedra filoso­fal (Von der wahrhaftigen Bereitung des philosophischen Steines):

"et secula seculorum, Amén:
in secula seculorum, Amén:

El día de San Miguel del año 1584 he comenzado a escribir este gran secreto de la transformación maravillosa de los metales y de la notable revelación del Dios supremo, que el Dios todopoderoso me ha revelado por medios maravillosos. Es por esto que loo, venero y agradezco a Dios eterno y todopoderoso y a nuestro Salvador Jesucris­to, así como al Espíritu Santo, haberme revelado, a mí, pobre peca­dor, un secreto y un misterio tan grande, que permanecerá todavía oculto a los ojos del impío y no se manifestará nunca a la luz del día. Dios supremo y todopoderoso lo tiene entre sus manos y lo da a quien le place. Pues si la cosa es pequeña y mediocre en sí misma, está sin embargo constituida de tal modo que si el mundo viniese a encontrar­la o a recibirla, no la comprendería o la tendría por increíble o incluso imposible. Algunos la menosprecian, ora por una razón, ora por la otra, o incluso Dios les impide conocerla. Todo ello es y debe ser, como lo son todos los otros de sus dones, un don particular de Dios. "

Un preludio así no constituye simplemente la expresión de una fraseología corriente en la época, como se la encuentra tan a menudo en los prefacios de las disertaciones sobre la naturaleza y de los trata­dos filosófico‑teológicos. Proclama más bien con nitidez que la obra se funda sobre conocimientos adquiridos por una iniciación esotérica cristiana. Y este prólogo se encuentra en casi todos los escritos alquí­micos y rosacruces auténticos. Expresado en el lenguaje del tiempo, significa esto: un iniciado habla al discípulo. Y cuando la alusión falta al comienzo, se la encuentra de nuevo ciertamente en algún otro lugar del libro. Es en el mismo estilo y en el mantenimiento de esta alusión, que se reconoce formalmente una obra auténtica de alquimia. Los in­nombrables aventureros, charlatanes y falsificadores de moneda espa­gíricos no han dejado de servirse del mismo lenguaje, para dar a sus elucubraciones alquímicas las apariencias de la verdad y del mérito; mas por poco que se posea un oído lo bastante fino, es fácil distinguir al auténtico del falso, el verdadero del tramposo, incluso si se descuida el contenido material que ‑comenzando por la Tabla de Esmeralda­ está lejos de representar para el iniciado un libro de siete sellos. Así, en su libro clarísimo, bien que positivista en su espíritu, aparecido en 1915 en Leipzig, bajo el título La piedra filosofal y el arte de hacer el oro (Der Stein der Weisen und die Kunst Gold zu machen), Willy Bein ha tenido perfectamente razón de señalar el carácter incomprensible del lenguaje simbólico del que se sirven los alquimistas. Como contra­partida, la desaprobación más o menos pronunciada que se encuentra con este motivo en casi todas las obras modernas consagradas a la al­quimia está perfectamente injustificada, ya que se deriva de premisas enteramente falsas. Los adeptos nunca han tenido la intención de su­ministrar a sus contemporáneos, y menos aún a los sabios modernos, recetas fáciles para la transmutación de los metales viles en oro, con la ayuda de la piedra filosofal. Repitámoslo: todos los escritos alquími­cos verdaderos son guías a la intención de los que conocen ya el cami­no y han recorrido algunas etapas de él. Son obras iniciáticas cuyo acceso permanecerá siempre cerrado al profano, si no posee la llave "que abre y no deja a nadie fuera, que cierra y no deja entrar a na­die". . . Y si posee esta llave, ya esta iniciado.
Se ve a menudo en las alegorías alquímicas la imagen de un hom­bre con los ojos vendados que persigue una liebre en el vano esfuerzo de capturarla. Este es el símbolo del profano que no ha sido llamado y que yerra inútilmente por los aledaños del templo hermético: Se tra­ta de la verdadera "liebre de Pascua" del folklore de la Europa central que pone, para quien sabe cómo atraparla, los verdaderos huevos ne­gros‑blanco‑rojos, y algunas veces incluso huevos de oro.
Se ve pues que en el trasfondo de la alquimia se encuentra la ini­ciación, una enseñanza esotérica milenaria que se remonta hasta la An­tigüedad pagana, al sentimiento de solidaridad cósmica de la concien­cia egipcia, caldea y griega, para penetrar a continuación en el mundo occidental, por el intermedio de la civilización árabe. En Occidente, esta enseñanza será teñida de cristianismo y devendrá el misterio del Grial.
La idea de la transformación se encuentra, ciertamente, en el cen­tro de la iniciación alquímica; no se trata, sin embargo, de la transfor­mación de los metales, sino de un proceso místico de transmutación interior, del que el fenómeno físico‑químico de la transformación me­tálica no es más que una manifestación devenida visible y real en el mundo de la materia. Es en esto que piensan los verdaderos Adeptos cuando afirman que la piedra filosofal no es obtenida más que por quien ya la ha realizado en sí mismo: "Acumulad primero bienes en el cielo, y todas estas cosas os serán dadas por añadidura."

El error de C.G. Jung

En lo que concierne al aspecto metafísico de la alquimia en tanto que proceso psicológico y experiencia iniciática, ya hemos tenido oca­sión de señalar la contribución original del profesor C. G. Jung en su obra Psicología y Alquimia. El gran sabio fue el primero en proclamar con este motivo hechos extremadamente importantes e instructivos para la investigación psicológica. La analogía entre los objetivos de la obra alquímica y las concepciones fundamentales del cristianismo, pa­rece, ciertamente, evidente a quien está familiarizado con el tema. Bas­te pensar en Jacob Boelime. Sin embargo, el buscador suizo aporta un material considerable, y el hecho mismo de que un sabio de la repu­tación de Jung haga por primera vez de la alquimia el objeto de un estu­dio de psicología científica equivale a la rehabilitación, al menos sobre un plano, de esta alquimia tan largo tiempo menospreciada por la cien­cia moderna que la descartaba con un levantamiento de hombros, no queriendo reconocer en ella sino una etapa primitiva de la química moderna. Incluso si se está lejos de aceptar todos los resultados de las investigaciones jungianas, el libro, con el rico material iconográfico, en parte muy raro, que contiene, representa ‑para la elucidación de las formas de experiencias psíquicas en sus relaciones con la alquimia una obra de referencia fundamental para toda investigación psicológi­ca futura.
Como hemos dicho en el primer capítulo de este libro, Jung, sin embargo, no ha conseguido sobrepasar el plano psicológico. Ha perma­necido prisionero de los prejuicios de nuestro tiempo, y no ha recono­cido que a la transmutación operada en el crisol del alma corresponde otra transmutación que se efectúa en el dominio de la materia. Se puede uno preguntar, ante el perentorio rehúse a toda posibilidad de transmutación, tal como se encuentra en el pasaje ya citado de Psico­logía y alquimia [1], si Jung no participa de la opinión corriente que quiere que los ingenuos maestros hayan sido las víctimas de una ilu­sión, creyendo obtener oro cuando no se trataba más que de aleaciones.

En ello pues reconozco al sabio Maestro:
Lo que no tocáis está a cien leguas de vos,
Lo que no se puede coger por todos los puntos se os escapa,
Lo que no contáis no es verdadero según vos,
Lo que no pesáis no tiene peso alguno para vos,
Lo que no acuñáis es moneda sin valor.

(Goethe, Fausto II)


El desdén y la incomprensión de los sabios modernos con res­pecto al aspecto metafísico esencial que está en el centro de la vi­sión cósmica de los alquimistas, su ignorancia de la eficacia teórica o práctica de la alquimia, les conducen necesariamente a negar las transmutaciones mejor atestiguadas. Por otra parte, la suficiencia mis­ma de la ciencia actual la impide reconocer a los adeptos la ventaja de haber poseído un arte cuya maestría les es rehusada. Mas, ya que C.G. Jung conocía este aspecto cosmogenético fundamental, se esta­ba en derecho de esperar una actitud más positiva de su parte, aunque no fuera más que por la experiencia interior que habría debido escla­recerle: lo que está arriba es como lo que está abajo.
[1] N. del Tr.: Esta obra ha sido publicada en castellano por Plaza & Janés, edi­tores (Barcelona) en la colección "otros mundos".

Testimonios dignos de fe

Si la ciencia moderna califica de error, de locura, de quimera o, en el mejor de los casos, de ilusión, el testimonio de tantos grandes maes­tros que proclaman la existencia real de la piedra filosofal y la posibili­dad de llevar a cabo la transmutación de los metales ‑que no niegan por otra parte haber efectuado ellos mismos‑ si la elevada cultura y el valor moral de hombres corno Santo Tomás de Aquino, Alberto Mag­no, Arnaldo de Villanova, Roberto Fludd y otros no bastan para arrancar la convicción de los sabios de nuestro tiempo, al menos debe­rían tener en cuenta toda una serie de transmutaciones cuya realidad histórica es corroborada por testimonios irrefutables. Nos contentare­mos con referir un solo relato entre muchos otros. Está tomado de la obra ya citada de Schmieder: Historia de la alquimia.
Juan‑Bautista Van Helmont, el ilustre médico holandés y una de las luces de la ciencia del siglo XVII, recibió un día la visita de un des­conocido que no tenía, por toda recomendación, más que su profundo saber. La entrevista condujo a la alquimia y, en el momento de despe­dirse, el visitante ofreció a su anfitrión un cuarto de grano de la piedra filosofal. Van Helmont intentó pronto la experiencia ‑que tuvo éxi­to. A partir de este día, el gran sabio devino un partidario convencido de la alquimia, como lo testimonia claramente y de una forma repeti­da en sus obras.
Van Helmont escribe:

"Este polvo que hace oro, lo he tenido entre las manos algunas ve­ces, y he visto con mis propios ojos cómo transformaba realmente el mercurio del comercio, y había miles de veces más de mercurio que de polvo para transformar en oro. Era un polvo pesado, de un color de azafrán, brillante como el vidrio groseramente molido. Se me dio una vez un cuarto de grano. Para evitar que se desparramase envolví este polvo en cera de lacrar quitada de una carta, y proyecté la pequeña bola sobre una libra de mercurio recientemente comprado que acababa de calentar en un crisol. El metal líquido se fijó instantáneamente con al­gún ruido y se retrajo en una masa compacta, bien que hubo sido ca­lentado a una temperatura en la que el plomo no estaría solidificado. Activé entonces el fuego con la ayuda de un fuelle, y la substancia se licuó de nuevo. Cuando la hube vertido, obtuve el oro más puro, de un peso de ocho onzas. Una parte de este polvo habrá pues transfor­mado, en verdadero oro, 19.186 partes de un metal impuro, volátil y destruible por el fuego. "

Dice además:

"He visto algunas veces este polvo. Proyecté de él un cuarto de grano envuelto en un papel, sobre ocho onzas de mercurio calentado en un crisol, y el mercurio se congeló instantáneamente con algún rui­do y se coaguló como la cera amarilla. Tras haberlo fundido de nuevo con el fuelle, encontré el oro más puro, ocho onzas menos once granos."

Y finalmente:

"Estoy obligado a creer que existe una piedra que hace oro y pla­ta, pues yo he hecho muchas veces la proyección con mis propias ma­nos, con un grano de polvo sobre muchos miles de granos de mercurio caliente; y, para gran sorpresa de numerosas personas que han asistido a la experiencia, las cosas han pasado en el fuego tal como está escrito en los libros."

El adepto desconocido que recorría entonces Europa en todos los, sentidos, para testimoniar la verdad alquímica, no podía ser otro que Ireneo Filaleteo. No es sorprendente que haya rendido visita a un hombre como Van Helmont, cuya palabra tenía peso y debía arrancar la convicción de sus contemporáneos. El maestro no se equivocó, por otra parte, pues la intervención de Van Helmont en favor de la alqui­mia hizo mucho ruido en la época.
La autoridad de Van Helmont garantiza la seriedad del testimonio que trae en favor de la transmutación efectuada con sus propias ma­nos. Y se pueden multiplicar los ejemplos de igual importancia que se rechazan, todos, sin embargo, bajo pretexto de ignorancia, de superstición o de engaño. Pero se podría negar con la misma razón cualquier hecho histórico, y pretender que se trata de invención pura. Tanto en un caso como en el otro, la confirmación de los hechos no está subor­dinada a los testimonios contemporáneos, ya que muy pocos aconte­cimientos han tenido repercusiones suficientes paró permitirnos todavía hoy en día probar en detalle que las cosas han pasado de tal o cual manera. La situación es pues la misma, pero se tiene la costumbre de encontrar creíbles y de aceptar con toda naturalidad los relatos histó­ricos de guerras, de tratados rotos, de violencias y de opresiones, mien­tras que se recusan testimonios igual de numerosos y dignos de fe cuando se cuestiona la realidad comprobada de las transmutaciones metálicas, y ello únicamente porque se trata de una operación que su­pera un poco a la ciencia actual.

Transmutaciones atómicas y transmutaciones alquímicas

Y no es que la ciencia niegue todavía la posibilidad de la transmu­tación. ¡Bien al contrario! Los autores modernos repiten hasta la sa­ciedad que "los sueños de los alquimistas comienzan por fin a reali­zarse". Así, Harry. Schimidt, en el último capítulo de su obra Problemas de la química moderna (Probleme der modernen Chemie; Hamburgo): "Una cosa es desde ahora cierta; los sueños de los alquimistas ya no están prohibidos. Podemos abandonarnos a su encanto con la esperan­za bien fundada de que acabaremos por encontrar la vía que nos con­ducirá con certeza desde el plomo hasta el oro más puro. . ." O también Willy Bein, en su libro ya citado:

"Se tiene derecho a preguntar cómo es que tantos espíritus cul­tivados y prácticos han podido comprometerse en una empresa tan vana. ¿Qué hay de verdad en todo ello? La unidad de la materia. Es­ta concepción, enunciada por tres maestros de la investigación cientí­fica ‑Faraday, Helmholtz y Kékulé‑ y oscuramente entrevista por los alquimistas, es hoy en día adoptada por la ciencia: se ha reconocido poco a poco que existen relaciones entre los ochenta elementos quí­micos y se ha elucidado progresivamente la naturaleza de estas relacio­nes. Estos elementos están reunidos en el `sistema periódico' Para su estudio de la luz proveniente de las estrellas más calientes, Lockyer ha hecho probable la hipótesis según la cual los elementos habrían po­dido nacer los unos de los otros, al menos en ciertas épocas geológi­cas. En nuestros días, se ha podido realizar esta transformación sobre la tierra, como consecuencia de los trabajos de Roentgen, de Becque­rel, y de Pierre y Marie Curie sobre la radioactividad. Incluso la mate­ria original se ha descubierto. Se trata de la electricidad negativa que, en tanto que, cuerpo químico, posee una estructura atómica, sus átomos son los electrones, y se conocen su masa y su velocidad... "

Citemos finalmente una declaración de lord Ramsey (Essays, Londes, 1908):

"Ya que el radio libera, en el curso de su desintegración espontá­nea, enormes cantidades de energía, está permitido concluir de ello que si se consiguiese hacer absorber grandes cantidades de energía por los elementos ordinarios, éstos sufrirían modificaciones que, en lugar de ser destructivas, serían por el contrario constructivas. Si los ra­yos β suministran estas enormes cantidades de energía... y si se averi­guase que las formas particulares de estas nuevas substancias dependen de los elementos que emiten los rayos β, entonces la transmutación de los elementos no aparecería ya como un sueño absurdo y la piedra filo­sofal se habría descubierto. Y no es imposible que se realizase al mis­mo tiempo el elixir de la larga vida, este otro sueño de los filósofos de la Edad Media. En efecto, la actividad de las células vivientes depende también de la naturaleza de la energía que encierran. ¿Podemos pre­tender entonces que sería imposible influenciarlas si se viniese a descu­brir el medio de aportarlas energía y de orientarlas?. . . "


Estas líneas fueron escritas en los primeros años del siglo. Hemos penetrado después en el dominio de la química estelar. Con ocasión del cincuentenario del famoso informe sobre el descubrimiento de la radiactividad, presentado a la Academia de las Ciencias de París, el 6 de marzo de 1896, por Henri Becquerel, Joliot‑Curie ‑a quien se debe el descubrimiento de la radioactividad artificial‑ declaró en su discurso pronunciado en octubre de 1946:


"Los hombres que supieron producir el fuego realizaron sin duda la inmensa importancia de este acontecimiento para la mejora de sus condiciones de existencia, principalmente en lo que concierne a su alimentación y a su seguridad frente a una naturaleza hostil. Pero el es­tado de sus conocimientos no podía permitirles imaginar toda la am­plitud de esta conquista como fuente de energía para hacer‑funcionar las máquinas de vapor, las turbinas, las grandes centrales termoeléc­tricas.
"Es con razón que decimos hoy en día que la conquista del fuego ha abierto un nuevo capítulo en la historia de la civilización.
"Recientemente el hombre ha aprendido a liberar cantidades de energía considerables contenidas en el núcleo del átomo, y tenemos la convicción da unidad ha entrado en una nueva era. Sin em­bargo, a pesar del estado más avanzado de nuestros conocimientos, nos encontramos en una situación análoga a la de los primeros hom­bres que supieron producir el fuego sin poder precisar todo el alcance de su conquista.
"Imaginamos ya aplicaciones muy importantes de estas nuevas fuentes de energía, pero esto es sin duda bien poco frente a todas las que serán permitidas gracias al acrecentamiento de nuestros conoci­mientos en general. "

Está fuera de toda duda que la física atómica ha alcanzado un gra­do de desarrollo que abre una nueva época, en el sentido propio del término. Dependerá de la humanidad misma hacer que esta época ‑que la da un dominio siempre creciente de las fuerzas elementarias de la naturaleza‑ la aporte la salvación o la destrucción. Las potencias de las tinieblas que, tomando posesión de las almas, han preparado y llevado a cabo el funesto destino de nuestro tiempo, no cesarán nunca en sus esfuerzos por desencadenar nuevas desgracias hasta lo irrepara­ble. Aquellos que ponen una inteligencia cada vez más aguda al servi­cio del demonio de la materia, verán sus caminos separarse cada vez más netamente de los que escuchan ya la voz del Angel del Apocalipsis.
Los maestros que han sabido desde siempre de alguna manera las cosas que se iban a desarrollar tenían, pues, alguna razón de recubrir con un velo de obscuridad el secreto de la preparación de la piedra fi­losofal; pues se trata del árbol de la vida, que mantiene intactas toda­vía toda la salud y toda la maldición del Paraíso...
La transmutación de un metal en otro no aparece ya como el pro­blema insoluble por excelencia, el sueño absurdo, unánimemente re­chazado por la ciencia hasta fines del siglo último, pese a las objecio­nes de Schleich y de Strindberg. Esta actitud dogmática está superada desde hace largo tiempo. Y, sin embargo, la misma ciencia moderna, que admite el principio de la transmutación y que ha aportado la prue­ba de ella por el estudio de la radioactividad, no tiene más que una sonrisa desdeñosa cuando se le plantea la cuestión de saber si los ver­daderos alquimistas no habrán conocido otra vía, y si no la habrán se­guido efectivamente para obtener el mismo resultado. Uno no se des­carga del problema por una actitud tan estrecha. Los testimonios de los maestros y de los adeptos que atestiguan la realidad de las trans­mutaciones que han llevado a cabo ellos mismos, son demasiado netos; sus declaraciones están demasiado impresas del amor a la verdad; su buena fe no puede ser puesta en duda más que por una época como la nuestra, que ha perdido completamente la sensibilidad por la substan­cia y las vibraciones de la palabra expresada, y que no tiene ya siquiera órgano para distinguir el acento del falso y el tono de la veracidad. Si los autores de los tratados alquímicos mienten noventa y nueve veces, ello no quiere decir que las aseguraciones del centésimo no expresen la palabra verdadera de un Adepto. Lo que decide en el empate es el tono del lenguaje verídico, el acento incontestable de la sinceridad. Que nuestra época haya perdido la facultad de hacer esta distinción puede devenirla fatal sobre toda la línea. ¡Pues lo que importa, aquí como en otras partes, es el sentido profundo de la responsabilidad con respecto a cada palabra escrita o pronunciada! "No es lo que entra por la boca del hombre lo que le ensucia, sino lo que sale de él; he ahí lo que ensucia al hombre." Los maestros verdaderos que han dado testi­monio en favor de la piedra filosofal han tenido esta conciencia sagra­da, y es por esto que su atestiguación es verdadera e inatacable.

Conocimientos metálicos muy avanzados de los Antiguos

"Ellos eran quizá sinceros", replican los sofistas de la ciencia ac­tual. "La ciencia de su tiempo estaba todavía en la infancia y podían bien creer que efectuaban transmutaciones cuando en realidad no ob­tenían más que aleaciones. Eran las víctimas de una ilusión, y si hu­biesen tenido nuestro nivel de conocimiento científico, ellos hubiesen sido los primeros en reírse de sus propias supersticiones." Una con­cepción tan necia y tan desprovista de lógica conduce efectivamen­te a sonreírse. Sin considerar siquiera que el medio de ensayar el oro era bien conocido desde la más alta antigüedad (¿se imagina que los faraones, el rey Salomón y, más tarde, los emperadores romanos, se habrían hecho pagar en aleaciones el tributo de sus provincias?), se puede aprender en cualquier historia de la química y de la alquimia que una metalurgia perfectamente desarrollada existía tres mil años antes de nuestra era, e incluso antes, en Egipto, y que el afinado y la separación de los metales se practicaba corrientemente en numerosos países civilizados, hace cinco o seis mil años; se debía pues ser capaz de distinguir las aleaciones de los metales puros. Se lee a este respec­to en la obra, citada ya numerosas veces, de Willy Bein:

"Los resultados de numerosas excavaciones demuestran que la preparación de los metales puros era conocida desde la época prehistó­rica. Se encuentra cobre puro desde el año 3500 antes de nuestra era. Es pues apenas sorprendente constatar que una estatua de Ramsés II, que data del siglo XIII antes de J.C., está hecha en cobre exento de arsénico. La mezcla de estaño y de cobre, bajo forma de latón, se en­cuentra hacia el 1900 a. de J.C. El plomo es conocido al menos desde los Ramessidas. Se encuentra mercurio en los fragmentos que provie­nen de tumbas que datan del 2000 a. de J.C. Se encuentra bismuto y antimonio metálicos, en la misma época, en Asiria y en Japón. Entre las aleaciones, el asem, una aleación de oro y de plata, juega un rol particularmente importante. La acción del mercurio sobre el oro no parece haber sido más desconocida. Las excavaciones egipcias y micénicas que datan de las invasiones dóricas nos revelan la existencia de aleaciones de plomo, de magníficos esmaltes y de otras substancias cu­ya preparación supone conocimientos técnicos y químicos muy avan­zados. Además de los sulfuros de antimonio y de arsénico, los egip­cios conocían los sulfuros de plomo y de mercurio, el minio [1] y el cinabrio, tan importantes para la alquimia de las épocas posteriores, El famoso papiro de Ebers, que data del 1550 a. de J.C. contiene in­numerables procedimientos técnicos que presuponen una tradición transmitida desde muchas generaciones. En los templos que albergan los talleres en los que se creaban las preciosas imágenes de los reyes y de los dioses, y particularmente en el templo de Edfú, se practica­ban las artes industriales incluso en la época alejandrina. Los miem­bros de una sociedad secreta ‑la comunidad del Poimandres‑ se reu­nieron en ellos durante siglos y se dedicaron a la práctica del "arte sa­grado", bajo la protección del dios T'hot. Se ha encontrado su heren­cia en las ruinas bajo la forma de innumerables utensilios químicos. "

Existía pues en la época una aleación de oro y de plata: el asem, ¡pero ello no impide a los mismos sabios que la mencionan sostener que los maestros del hermetismo han pretendido, por ignorancia, ha­ber efectuado transmutaciones, cuando no habían obtenido más que aleaciones!
Como se trata quizá del argumento más importante para apreciar en qué medida los antiguos relatos de transmutaciones no deben ser atribuidos, pese a todo, a la ignorancia, queremos invocar nuevas prue­bas del avanzado estado de la metalurgia en las épocas más atrasadas. La enciclopédica obra del profesor E. von Lippmann, Nacimiento y extensión de la alquimia (Entstehung und Ausbreitung der Alchymie, vol. 1, 1919, vol. il 1931) contiene a este respecto datos suplementa­rios que demuestran cuán absurda e insostenible es esta explicación.

"El antimonio metálico que se obtiene facilísimamente por la reducción del mineral, era conocido antes del reinado del rey babilo­nio Sargon I (hacia el 2850 a. de J.C.); una gran bola hecha en este metal nos ha llegado de la época del rey Gudea (hacia el 2600)" (vo­lumen 2, p. 42).
"Por lo que concierne ala familiaridad de los sumerios con los metales preciosos y comunes, se encontrarán precisiones más adelan­te y a propósito de cada uno de los metales particulares; ciertos minerales como el lapislázuli, la magnesita, la alúmina, los silicatos, así co­mo el minio[2](*) y el sulfuro de antimonio son mencionados desde los tiempos más antiguos. . . Las excavaciones de los cementerios de Ur prueban, por ejemplo, que la alfarería y la orfebrería sumerias tenían ya hacia el 3500 una excepcional perfección." (vol. 2, pp. 48‑50).

Plomo: 'Los egipcios se servían del plomo antes incluso del An­tiguo Imperio (hacia el 3000), como lo prueba la leyenda que refiere que se vertió plomo fundido sobre el sarcófago de Osiris; hacia finales del Imperio Medio (alrededor del 1900), se procuraban el plomo de Asuán en lingotes. Babilonia conocía el plomo desde el siglo XXVIII, aparentemente a título de producto secundario de las minas de plata de Táurides, región que fue conquistada por Sargon 1; el hijo de éste, Rimoche, se jacta de haber fundido la primera estatua de plomo, y Gudea refiere (siglo XXV) que `su tesoro es rico en metales precio­sos y en plomo; este último metal servía por otra parte corriente­mente como moneda de intercambio y de multa para los antiguos asi­rios. En Creta igualmente, ciertos utensilios y las armas (puñales) esta­ban en uso desde la época protomineana (3000‑2000); es por otra parte de Creta, o quizá de Chipre, que proviene la efigie de plomo de una diosa que nos ha llegado de los estratos premicénicos de la antigua Troya (II ‑ V), y en la misma época (hacia 2000‑1500) Chi­pre exportaba igualmente mucho plomo en Egipto. Los profetas de la Biblia mencionan a menudo este metal; así, se encuentran en Isaías (siglo VIII) comparaciones que tienen por objeto la extracción de la plata a partir de los minerales que contienen plomo. Los hindúes no pa­recen haber conocido el plomo (sisa) más que en el período védico re­ciente, ya que este metal no es mencionado más que en el Atharva‑Vé­da, que es una obra tardía, bien que encierre naturalmente las trazas de supersticiones muy antiguas. En la época en la que fueron redacta­dos los Brâhmanas, es decir hacia el año 1000 a. de J. C., el plomo ya era menospreciado y pasaba por ser un metal sin valor". (vol. 2, p. 57).

Bronce: "El bronce, zabar en sumerio y zipparou en acadio, era conocido en Mesopotamia antes de Sargon I, es decir, en los siglos XXVII y XXVIII a. de J. C. Pero se trataba probablemente en esta época de bronces de plomo y de antimonio,, que el forjador obtenía por mezcla (aleación), de donde la invocación al dios del fuego, Ghi­bil: `tú eres el purificador de la plata y del oro, y el mezclador del cobre y del plomo; no es sino más tarde que el estaño tomó el lugar del plomo... Es notable que los hititas poseyesen armas de bronce en abundancia, desde el comienzo de su penetración en Asia Menor, es decir, hacia el 2500, lo que les aseguraba por otra parte la superioridad sobre la población autóctona; no sabemos, por desgracia, nada con certeza sobre su patria de origen, de suerte que no estamos en condi­ciones de hacer hipótesis sobre el origen de los metales de los que se servían". (vol. 2, p. 61).

Citemos también otro pasaje que prueba que el procedimiento de la destilación era igualmente conocido hace cuatro mil años, ya que la preparación de los perfumes y de los aceites‑esenciales por los babilo­nios implica el conocimiento de esta técnica.

"En Babilonia, se conocían el aceite de ciprés, de cedro y de mir­to hacia el 2000 a. J. C., bajo el reinado de Hammourabí, y se importa­ban la mirra, el nardo y el Bedelio de Arabia. . . " (vol. 2, p. 45).

Todo ello prueba abundantemente que tan lejos como uno pueda remontarse en el tiempo, todos los pueblos civilizados poseían, no so­lamente una ciencia metalúrgica muy exacta ‑ya que se conocían en ella todos los principales metales, así como el antimonio, el arsénico y otros, tanto bajo su forma purificada como en sus aleaciones más di­versas, y que se sabía combinarlos y, en consecuencia, también sepa­rarlos‑ sino además una tradición antiquísima de una serie de otros procedimientos químicos. Se sabe que se han descubierto, en la boca de las momias egipcias, obturaciones dentarias de una perfección téc­nica que no tiene nada que envidiar, ni en cuanto a los materiales, ni en cuanto a la ejecución, a los trabajos más complicados de nuestros dentistas modernos. En cuanto a la momificación misma, no se ha lle­gado aún a elucidar completamente por qué medios se han podido conservar durante milenios las momias en el estado en el que las en­contramos hoy en día. Se sabe de todos modos, por antiguas descrip­ciones, que tras haber vaciado al cuerpo del cerebro y de las vísceras, se le lavaba con vino de palmera y aceites aromáticos, después se le rellenaba de mirra o de casia, o bien se le impregnaba con una sal alca­lina llamada "natron" ‑que no tenía, sin embargo, nada en común con el natron de hoy en día‑ para tratarlo finalmente con resinas y otras substancias aromáticas que impedían la putrefacción. Aquí, una vez más, encontramos, por tanto, conocimientos extraordinarios que, en lugar de ser inferiores a los de la ciencia actual, los sobrepasan.

[1] N. del Tr.: He aquí un aparente error. El autor, Willy Bein, menciona el mi­nio (mennige), que no es sino el óxido de plomo, mientras que el sulfuro es la galena (bleiglanz).
[2] N. del Tr.: Nuestra nota anterior podría tener la misma validez aquí.

Mala fe de una cierta crítica

¡Pese a esta acumulación de hechos históricos, los especialistas siguen siendo incapaces de admitir que los verdaderos maestros del hermetismo poseían suficientes conocimientos para determinar si el producto de las transmutaciones operadas por ellos mismos o por otros consistía en simples aleaciones o, por el contrario, en oro o plata puros!
A menos de rehusar la evidencia (recuérdense las palabras de Se­bald Schwaerzer al comienzo de este capítulo), los hechos irrefutables que acaban de ser expuestos conducen a las siguientes conclusiones:
La buena fe de los testimonios de los verdaderos Maestros y Adeptos sobre las transmutaciones metálicas efectuadas por ellos mis­mos y por otros, está establecida sin la menor duda.
El estado de los conocimientos metalúrgicos había alcanzado tras siglos y milenios un nivel que excluye toda posibilidad de ignorancia en cuanto a la manera de distinguir al oro de una aleación, cualquiera que sea, y en consecuencia este argumento no merece la pena ser dis­cutido.

Se impone, pues, la siguiente conclusión necesaria y lógica:
Los relatos de las transmutaciones que nos han transmitido los Maestros y los Adeptos están bien fundados y son verídicos.

Desde entonces, sin ser siquiera incrédulo, se tiene derecho a pre­guntar cuál es el origen de este conocimiento de los fenómenos y de las relaciones biológicas y físicas, que sigue siendo ‑y parece tener que permanecer así por largo tiempo todavía‑ un libro de siete sellos para la ciencia, pese al considerable progreso que ella ha conseguido. La respuesta a esta pregunta es que se trata de una ciencia iniciática, adquirida por un aprendizaje de orden espiritual. Los conocimientos supraesenciales así conquistados por los adeptos de todos los tiempos, y desde la más lejana prehistoria, han conducido a la ciencia iniciática celosamente guardada que ha dado a los maestros del hermetismo, des­de la antigüedad pagana hasta nuestros días, el poder de dominar las fuerzas ocultas de la naturaleza, incluso si el pensamiento científico actual sigue siendo incapaz de hacerse una idea de lo que pueden ser estas `fuerzas ocultas'. Las Logias cristianas de los Rosa‑Cruces de la Edad Media no han seguido una vía de iniciación diferente.
Hoy en día ya no es sobre los muelles de la ciencia experimental que hay que buscar el navío presto a levar anclas para partir a la con­quista del vellocino de oro.

YATROQUMICA

¿Qué es pues un médico? Es el que puede dar la salud a los enfermos.
Pero examinando la cosa más de cerca, ¿quién podría ser médico sin estas tres cosas: sin ser un filósofo, un astrónomo, un alquimista? Nadie; antes bien, hay que estar versados en estas tres cosas, pues contienen la verdad de la medicina.
El médico que quiere conocer al hombre y dis­cernir sus enfermedades, debe conocer las enferme­dades de todas las cosas de que sufre la naturaleza en el mundo entero.

PARACELSO


El laboratorio de espagiria al servicio de la medicina

Yatroquímica: del griego yatros, médico. Este nombre designa los métodos de preparación de los remedios que los grandes médicos de los siglos XVI y XVII confeccionaban en su propio laboratorio, según los principios espagíricos. Aparte de estos médicos, que poseían un co­nocimiento profundo de los secretos de la naturaleza y que no tenían razón para divulgar su ciencia, lo que no hubiese dejado de producirse si hubiesen hecho ejecutar sus ordenanzas por los farmacéuticos, hay que considerar que el nivel bajísimo de la farmacia en esta época no ofrecía, en ninguna forma, las garantías necesarias para la ejecución a conciencia de prescripciones que en su mayor parte exigían una mano experta. Así pues los maestros preparaban ellos mismos sus magisterios y sus arcanos. En cuanto a los trabajos preparatorios, largos y fas­tidiosos, los confiaban a sus discípulos y ayudantes. No hay que olvi­dar, en efecto, que cada ácido, cada disolvente, debía ser preparado de antemano. Bien que hayan empleado sobre todo el vinagre de vino destilado y concentrado, el ácido clorhídrico, el ácido nítrico, el agua regia y el ácido sulfúrico, estos médicos tenían también a su disposi­ción una serie de otros disolventes muy concentrados que preparaban ellos mismos. Por otra parte, la variedad de disolventes extremada­mente diferenciados constituye precisamente uno de los factores esen­ciales de los trabajos espagíricos.

El espíritu de vino filosófico

¡Más aún, se trataba de espíritu de vino ‑spiritus e vino‑ y no de un vago alcohol de patatas!. . . "Toma el mejor de los vinos viejos y déjalo digerir durante un mes en el estiércol de caballo, y destíla­lo a continuación. . ." etc., dice la prescripción habitual. La des­tilación, conducida con una precisión meticulosa, con la ayuda de un aparataje muy diferenciado que permitía separar el alcohol ordi­nario del espíritu de vino continente de los aceites esenciales más su­tiles, proporcionaba un spiritus e vino de una extremada finura que servía a la preparación de las tinturas vegetales e incluso minerales. El spiritus e vino así preparado es ya un agua de la vida cuyo efecto re­cuerda al del mejor coñac: es un cordial, un digestivo y un tónico. Los yatroquímicos han volcado los mayores cuidados en la preparación de este espíritu de vino, y se encuentra con este motivo un número apre­ciable de recetas en la literatura especializada. Es significativo que las tinturas y extractos así preparados tengan una eficacia filosófica in­comparablemente superior a la de los productos obtenidos con el al­cohol etílico ordinario. Más aún, se añadía generalmente a las esencias vegetales el álcali (las sales) de estas plantas. El método de prepara­ción empleado permitía por otra parte incorporar igualmente "el acei­te vegetal" en la tintura. Se obtenía así una verdadera quintaesencia, de una elevada virtud curativa, que no hay que confundir con las tin­turas alopáticas y homeopáticas actuales. Sin embargo, los yatroquí­micos no preparaban los remedios más que para su propio uso, y no los administraban más que a los enfermos que trataban ellos mismos. No tenían pues necesidad de grandes cantidades de productos. La pre­paración de estas esencias en cantidades industriales presenta ‑aparte incluso del precio de venta‑ dificultades técnicas no negligibles, pero que son no obstante posibles de superar con la ayuda de un equipa­miento apropiado a este género dé trabajo.
El delicado método de confección del espíritu de vino, y la conveniente preparación de los ingredientes que deben ser tratados con él, no bastan naturalmente para explicar los asombrosos éxitos tera­péuticos de los yatroquímicos, Estos poseían además un segundo `es­píritu de vino' de origen completamente distinto, el `espíritu de vino secreto de los Adeptos', que será tratado más en detalle en otro ca­pítulo de esta obra. La similitud de ciertas de sus propiedades con las del alcohol, así como el deseo de ocultar su verdadera naturaleza, ex­plican el empleo del término `espíritu de vino'. La fórmula química de este producto es bien conocida, pero los yatroquímicos han intensifi­cado y transformado de tal modo su acción, por múltiples cohoba­ciones y digestiones ulteriores, que, reforzando la causticidad de la subs­tancia por la adición de ácidos y sales minerales, han obtenido final­mente su menstrua mineralia (para conservar su propia terminología) que les permitía no solamente disolver los metales, sino incluso volver­los volátiles, y, por ejemplo, sacar el carbonato de potasio por encima del capitel.
Recordemos a este propósito el claro texto debido a De La Boe­Sylvius que hemos tenido ocasión de citar en el primer capítulo de es­te libro. Y Van Helmont, que estableció en su tiempo la renombrada terapéutica del alcali volátil, escribe: "Si las impurezas se encuentran en las primeras vías, hay que dar remedios capaces de disolverlas, pero si se sitúan más profundamente y se muestran más rebeldes, hay que emplear los alcalis volátiles que todo lo lavan, como un jabón. " Otros pasajes explícitos, ya mencionados, confirman que la sal tartari es el remedio indicado en todas las `enfermedades del tártaro' (éste es el término empleado por Paracelso), es decir, contra las sales del ácido úrico, conforme al principio simila similibus curantur. Se recordará que Van Helmont insiste igualmente sobre el truco que permite volatilizar el tártato, pero cuyo secreto es patrimonio de un pequeño núme­ro. Ahora bien, este truco concierne precisamente al tratamiento de la sal de tártaro por el espíritu de vino de los filósofos correctamente preparado. Alusiones al tártaro volátil, en tanto que uno de los más poderosos remedios, se encuentran a menudo en los escritos de los ya­troquímicos (por ejemplo, en Basilio Valentín y en Johannes Agríco­la), pero el truco que permite prepararlo es siempre pasado en silencio.

El Alkahest

Pero, ¿qué hay de1Alkahest, del que Van Helmont escribe: "Si no sois capaces de obtenerlo, aprended al menos. . . "? Es verdad que el secreto del Alkahest no era conocido más que por los Adeptos úni­camente, y los yatroquímicos no lo han sido, pese a sus profundos co­nocimientos alquímicos y médicos. Van Helmont y Agrícola no han sido Adeptos, pues esta dignidad sólo se adquiere si se conoce el mé­todo de preparación de la piedra filosofal, lo que supone una inicia­ción hermética. Es así que hay que comprender la frase de Van Hel­mont, de la que se deduce que la existencia real del famoso Alkahest, y, por tanto, de la piedra filosofal misma, representaban para su autor evidencias incontestables. Van Helmont ha tenido por otra parte oca­sión de convencerse personalmente de la realidad de las transmutacio­nes metálicas, como se deduce de su propio testimonio citado en el segundo capítulo de este libro. Hablando de la preparación de un acei­te de plomo muy eficaz para uso tanto externo como interno (los al­quimistas y los yatroquímicos designaban por el término `aceite' a los líquidos espesos), Johannes Agrícola dice de pasada, en el primer vo­lumen de su obra Medicina química (Chymische Medizin, Leipzig, 1638):

"Rabia reunido una buena reserva de este aceite, que debía bas­tarme para algún tiempo, y me atrapó la curiosidad de tratar de des­cubrir si no ocultaba alguna cosa más, pues siempre he pensado que Sa­turno debía encerrar todavía algún misterio, ya que todos los filósofos lo han tenido en tan alta estima, bien que no ignorase que ellos han te­nido cuidado de advertir que nuestro Saturno no es el plomo vulgar. Sabía también cuántos de entre ellos han obrado en vano para obte­nerlo, no habiendo hecho nada más que echar a perder su tiempo y su dinero. Quería no obstante tratar de descubrir si no se podía encon­trar en él también secundum litteram un specimen veritatis, y me acor­dé de Sendivogio que pensaba, opuestamente a otros, que nuestra ma­teria y nuestros metales no deben jamás pasar por el fuego, pues pier­den su spiritus o su anima tingens. Preparé pues el mineral dé plomo lo mejor que pude; la sal que obtuve de él por extracción era más bella y más agradable que todo lo que yo había visto anteriormente. No me serví sin embargo para ello del vinagre ordinario, sino que preparé un vinagre particular del que no quiero decir aquí nada más. Este vinagre extraía la sal de una manera muy diferente de como lo hubiera hecho el vinagre ordinario o el método corriente de preparación de la sal de Saturno. Rubifiqué esta sal y preparé de esta manera su aceite color de sangre, incomparablemente delicioso. Vertí este aceite sobre flores de azufre cuidadosamente preparadas, fijándolas hasta el más alto grado por el aceite de vitriolo, de suerte que habían devenido como el más bello cinabrio. Encerré todo en un frasco y lo hice digerir en un baño de vapor. Las flores de azufre se encontraron así disueltas y tomaron una consistencia de miel y, cuando abrí el frasco, desprendieron un perfume sumamente agradable que provocó mi asombro. Cerré el vi­drio y lo situé en la arena. Activé medianamente el fuego e hice coagular mi fluido en una piedra. Sin embargo, tardó un tiempo tan largo en coagularse que faltó poco para que perdiera la paciencia. Ratio in promptu erat, pues el azufre es extremadamente graso y merece el nombre de pinguedo terrae que le dan comúnmente los filósofos. Cuando estuvo todo coagulado, abrí el frasco; vertí una nueva canti­dad de oleum saturni y, tras haberlo cerrado, lo dejé digerir al baño de vapor. Al cabo de catorce días, la piedra se disolvió de nuevo y devino aún más bella que antes. La volví a colocar en la arena y la hice coagu­larse de nuevo hasta que devino una piedra dura; a continuación, rom­pí el frasco y saqué de él la piedra y la toqué con la lengua: tenía un gusto del todo agradable. Reduje la piedra en polvo fino y vertí por tercera vez aceite encima; el polvo se disolvió pronto. La quise coagu­lar de nuevo, y al principio tuve mucho pesar, pues no quería dejarse coagular; pero hice actuar Vulcano más fuertemente, lo que no dejó de producir su efecto, y mi líquido se coaguló finalmente y devino una materia dura. La mantuve al fuego vivo durante un mes entero y devino rojo transparente como el rubí. La tomé entonces y arranqué de ella un pequeño trozo que situé sobre los carbones ardientes. La materia era fija, no humeaba ni ardía. Tras haber tenido cuidado de activar el fuego con el fuelle, puse la materia en un crisol de orfebre; se licuó entonces sin inflamarse. Viendo esto, me puse a reflexionar, preguntándome si mi materia no ocultaba también una tintura, Tome pues cal de plata bien purificada que mezclé con este polvo y puse todo en una caja de cimentación, que luté e hice cementar durante veinticuatro horas. Abriendo la caja, encontré mi materia coagulada y roja, con el aspecto del cinabrio. No era maleable bajo el martillo. To­mé una muestra, la añadí plomo en abundancia y la reduje. Obtuve un nuevo cuerpo blanco, lo que no dejó de asustarme; habiéndola visto tan roja, pensé que la plata se había transmutado en oro. Pero mi ma­teria era blanca. La laminé, y vertí encima de ella una buena agua fuerte que no quiso atacarla sin embargo, sino que las láminas perma­necieron intactas y negras. Lo dejé digerir un largo tiempo, pero no quería salir nada de ello, y acabé por quitarla y añadir nuevamente plata; la hice fundirse otra vez y, tras haberla laminado, vertí encima de nuevo agua fuerte. La materia se disolvió prontamente y dejó un precipitado de cal negra. Decanté el agua fuerte, lavé la cal, la sequé y la hice fundirse con un poco de bórax, y obtuve un corpus solis cuyo color no era bello sin embargo. Lo hice fundir con el antimonio y ob­tuve así un oro tan bello como los mejores ducados. Hice un cálculo para ver si la operación habla sido provechosa, pero la ganancia no era grande. Me contenté no obstante con poseer una nueva experiencia que prueba que es posible transmutar plata en oro. Que quien no quie­ra creerlo siga el procedimiento como yo lo he hecho, y verá que las cosas no pasan de modo diferente, pese al gran número de incrédulos que lo han combatido en sus escritos. Pero escribiendo esto, no pre­tendo que se puedan obtener por este procedimiento montañas de oro o gruesas piezas como el tronco de una encina secular; no lo pienso así, y refiero simplemente que hay una vera transmutatio en estas cosas. . . "

La sinceridad del testimonio de Agrícola está por encima de toda sospecha y se deduce claramente de su relato que ha realizado una transmutación en el curso de sus trabajos de química médica, en cierto modo de pasada y de una manera fortuita. La forma de referir esta ex­periencia permite a todo espíritu no prevenido reconocer que el gran médico no buscaba en modo alguno la gloria de pasar por un Adepto, sino que quería simplemente confirmar que era posible obtener oro por vía química.
Es verdad que los grandes yatroquímicos de los siglos pasados sa­bían por la Tradición, incluso cuando no eran Adeptos ellos mismos, cuáles eran los compuestos químicos que importaban en el proceso de maduración del oro. Desde este punto de vista, tenían la tarea más fá­cil que los sabios de hoy en día, cuyo cerebro está obsesionado por la desintegración del átomo por medio de centenares de miles de voltios. No se construye nunca sobre la destrucción. La experiencia de la se­gunda guerra mundial debería imponer esta conclusión. Los descu­brimientos que han conducido a la bomba atómica y nos han hecho entrar en la era de la química de las estrellas, provocarán todavía en el porvenir revoluciones técnicas de un alcance imprevisible y ‑espera­mos‑ en un sentido que no será solamente negativo; pero ni la trans­mutación metálica, ni ‑con más razón‑ la preparación de la piedra fi­losofal, se adquieren por la vía nuclear, pues la vía que conduce a la piedra es una vía biogenética.
Personalmente, no he seguido el procedimiento de Agrícola por­que es demasiado largo y demasiado laborioso; existen vías más cortas y más simples para alcanzar el mismo objetivo, pero está fuera de toda duda que el método es justo y conduce bien al resultado indicado por Agrícola. Quien no se adhiere exclusivamente al simbolismo alquímico sino que ha trabajado él mismo en la mesa del laboratorio y que sabe por experiencia propia de qué se trata (y comprende entonces también el simbolismo), ése reconoce por simple lectura de un procedimiento al­químico si se encuentra sobre la buena vía y si tiene alguna posibilidad de resultar con éxito. Ello no impide que se pueda descuidar algún tru­co por inadvertencia. Así, Agrícola pasa maliciosamente en silencio los detalles del "vinagre particular" del que se ha servido. Si el procedi­miento es no obstante bueno, temo que el sabio moderno corre el riesgo de perderse en él, pese a las instrucciones detalladísimas que da Agrícola. Hay en efecto que preparar primero "el aceite de plomo" del que ha partido Agrícola, y sobre el cual encontramos por otra par­te indicaciones en el mismo capítulo. Pero el procedimiento es largo y complicado, y el lenguaje caduco del autor poco atrayente para la ciencia de nuestros días. Se estaría sin embargo ciego de dejarse desa­nimar por ello; las pepitas de oro que ahí se encuentran merecen este esfuerzo.
Entre los médicos yatroquímicos de los siglos XVI, XVII y XVIII, sólo algunos individuos aislados eran Adeptos, como por ejemplo Para­celso. Así sus extraordinarios éxitos terapéuticos se explican por un profundo conocimiento de la naturaleza, adquirido gracias a una tra­dición secular, y no por remedios fundados sobre el Alkahest o sobre algún estado particular del gran elixir, o de la piedra Filosofal, que la transmutación precedentemente señalada de Agrícola no presupone por otra parte. Se puede incluso decir, cum grano salis, que estos mé­dicos practicaban ya la quimioterapia, bien que con medios distintos de los médicos modernos. Tomemos un ejemplo entre muchos otros: los yatroquímicos no sabían que la sal de tártaro ‑sal tartari‑ es el carbonato de potasio y que su fórmula es K2C03. Ignoraban que es­ta potasa carbonatada pura puede ser obtenida tanto por desgrasado y calcinación de la lana de cordero, como por combustión y lixivia­ción de cualquier planta, sin que su fórmula química sea diferente. En contrapartida, sabían, no obstante, volatilizar la sal de tártaro y sacarla por encima del capitel y, con el producto así obtenido, po­dían curar completamente los cálculos biliares y renales, lo mismo que la gota; en breve, eran capaces de disolver y de eliminar del or­ganismo todos los depósitos de uratos. No sabían que la sal tartari obtenida por la calcinación del tártaro tenía la misma fórmula que la potasa proviniente de la combustión y lixiviación de la corteza de ro­ble o de cualquier otra planta (artemisa, romero, etc.), pero sabían muy bien que la sal proviniente de las hojas y de los glandes de las en­cinas es eficaz contra la hematuria, que la sal extraída del romero “fortifica el corazón y da una buena digestión", que la de artemisa "es buena para las fiebres persistentes, expulsa los cólicos, aumenta los orines y los sudores, y consume el mal en el estómago", etc. Se ve pues que estas diferentes sales de plantas poseen, según Basilio Valentín y los yatroquímicos, el mismo campo de acción que los cons­tituyentes orgánicos de las plantas enteras, bien que la fórmula quími­ca de la potasa siga siendo siempre K2C03 , cualquiera que sea la plan­ta de la que provenga. La acción fisiológica de las sales difiere en con­secuencia según el dominio de eficacia de la planta respectiva misma. Esta constatación de los yatroquímicos es justa, y he podido confirmarla yo mismo por experiencias que he hecho sobre personas particu­larmente sensibles. Hace todavía poco tiempo, los químicos hubiesen negado sin la menor vacilación estas diferencias fisiológicas en la ac­ción de substancias definidas por una misma fórmula química. La bio­logía moderna, gracias al descubrimiento de la acción de las substan­cias al estado de trazas ínfimas, corrobora de nuevo la concepción de los yatroquímicos, del mismo modo que justifica la teoría homeopáti­ca de las diluciones elevadas, durante tan largo tiempo tomada con irrisión.
La acción diferenciada y penetrante de las sales sobrepasa a veces incluso a la del extracto de la planta entera. Para perfeccionar una tin­tura es pues muy importante incorporarla la sal correspondiente. Las indicaciones de los yatroquímicos vuelven a encontrar así tardíamente su confirmación.
Basilio Valentín da las instrucciones siguientes en el capítulo `Có­mo extraer sus sales de todas las hierbas y substancias vegetales':

"Toma una hierba de tu elección, redúcela a cenizas, haz una lejía de ellas con agua caliente, haz coagular la lejía, y la sal quedará al fon­do; disuélvela en espíritu de vino. Arroja el residuo que se deposita, saca el espíritu de vino por destilación y disuelve tantas veces como haga falta hasta que la sal devenga bien pura y límpida y no deje ya re­siduo; entonces está lista. A condición de que se proceda correctamen­te para la rectificación del espíritu de vino, se puede obtener de todas las hierbas sales bellas, límpidas y puras que forman cristales transpa­rentes como un salitre límpido, puro y rectificado. "

El conocimiento viviente que los yatroquímicos poseían sobre las "virtudes" de las hierbas no era adquirido en las aulas, sino en contac­to de la naturaleza, que les servía de maestro. Es por esto que también establecían su diagnóstico de un modo totalmente distinto al del mé­dico de hoy en día. Sus órganos de los sentidos eran mucho más suti­les y más diferenciados que los nuestros y no tenían necesidad de un termómetro de mercurio para determinar la temperatura de un enfer­mo. Su sentido del olfato desarrolladísimo les permitía reconocer cier­tas enfermedades sólo por el olor. Los médicos que tienen la vocación de su profesión conservan todavía hoy en día esta facultad, bien que en menor grado.


Otra visión del mundo

El error común de los sabios de nuestros días es el de sacar sus conclusiones por analogía, y juzgar conforme a nosotros mismos la estructura psíquica de los hombres de las épocas pasadas. Esta actitud conduce a concepciones del todo falsas. La estructura psico‑física del hombre occidental de las épocas antiguas, y hasta el siglo XVI, era del todo diferente, mucho más flexible que la del hombre actual. Esta es­tructura se ha mantenido hasta nuestros días en la clarividencia heredi­taria que se encuentra en algunos individuos aislados, en ciertas regio­nes, como es el caso de la `doble vista' en el país de Munster. Es des­conocer totalmente la evolución de la humanidad pensar que se pueda admitir ‑como se hace generalmente‑ que el hombre de la antigua Persia, del Egipto antiguo, o incluso el griego de los tiempos arcaicos o el hombre nórdico de los Edda, experimentaban las cosas de la mis­ma forma que nosotros. La mentalidad de entonces era tan fundamen­talmente diferente que el exegeta de las obras antiguas y de los gran­des poemas de Revelación debe necesariamente extraviarse y llegar a interpretaciones superficiales y falsas, si los aborda desde el punto de vista de la mentalidad actual. Esta advertencia vale tanto para las con­sideraciones religiosas como para las consideraciones históricas, y se verifica cada vez más conforme se remonta hacia atrás hasta el hom­bre de la prehistoria.
Edgar Dracqué se expresa en la misma perspectiva, en diversos sitios de sus obras:

". . . Hemos entrado en una época en la que el sentido oculto de la naturaleza comienza a entreabrirse de nuevo para nosotros, y es él quien nos revelará el universo de la leyenda en toda su gloria y profun­didad.
"Mas, ¿cómo han anotado estos hombres primitivos las leyendas y los mitos? ¿Por qué vía han podido ellos llegar hasta nosotros? Los viejos bardos, que no tenían escritura ninguna, nos ponen sobre la pis­ta. Del mismo modo que estos hombres primitivos, desprovistos toda­vía de la facultad de abarcar un sujeto por el razonamiento, poseían en lugar de una inteligencia que piensa en lo temporal, un alma inte­grada en la naturaleza, una clarividencia instintiva, inmediata, que les servía de medio de conocimiento, del mismo modo esta vía interior les permitía alcanzar,, sin encontrar nunca obstáculo, una memoria co­lectiva de la especie y cristalizar en ella sus experiencias. El estado de sonámbulos naturales les confería esta memoria, al mismo título que todos los otros instintos de la especie que nosotros, los niños tardíos de una humanidad civilizada, hemos perdido en un grado tan alar­mante. Así, existían en épocas históricas ‑existen quizá incluso entre nosotros mismos‑, a título de excepciones aisladas, videntes y sabios que poseían este conocimiento inmediato de la naturaleza, que sumer­gían una mirada penetrante en el pasado, descendían al reino viviente de los muertos para abrevarse de las fuentes que les dispensaban una ciencia transmitida sin palabra y sin escritura, y cuyo origen se remon­ta a los días más lejanos y a los estados de alma de la humanidad pre­histórica. Es a ellos y a sus discípulos que debemos quizá las versio­nes de los cuentos, de las leyendas y de los mitos que nos han llegado y de los que nuestra ciencia, apegada a las manifestaciones exteriores de las cosas, es incapaz de indicar la esencia y el origen.
"En los tiempos venideros, una ciencia de la naturaleza, una psi­cología, una mitología y una historia, ligadas entre ellas por una com­prensión profunda de las correspondencias profundas de la naturaleza, tendrán la bella tarea de penetrar hasta las fuentes de los cuentos, de las leyendas y de los mitos, para descubrir en ellas tesoros que permanecen ocultos a nuestra ciencia académica".
Edgar Dacqué, en el ensayo titulado Cuentos, leyendas y mitos, 1925 (Märchen, Sagen und Mythen).

Esta visión del mundo es indispensable a toda búsqueda filosófica, psicológica y, por tanto, científica, que quiera alcanzar la esencia de las cosas. Pero se requiere para ello que el camino vuelva a ser practicable.
Los grandes médicos yatroquímicos poseían todavía un último resto de esta forma de concebir el mundo y de abordar sus secretos. Es por esto que su ciencia estaba tan profundamente enraizada en la na­turaleza y era tan profundamente extraña a nuestra ciencia actual. Y sin embargo ‑o quizá por causa mismo de aquello‑ se puede confiar en ellos sin reservas. Pero nunca hay que perder de vista que la ciencia de estos hombres se fundaba sobre siglos de tradición. Basta con tener algún conocimiento del tema y abrir un viejo herbario, el Tabernae­montanus de 1664, por ejemplo, para descubrir que todos los tratados modernos de fitoterapia científica reposan sobre estos yatroquímicos. Esta constatación se impone con evidencia si se comparan los textos consagrados a una planta medicinal escogida al azar, primera en el Tabernaemontanus, y a continuación en el más voluminoso y científi­camente mejor apuntalado de los tratados de lengua alemana, el Trata­do de los remedios biológicos (Lehrbuch der biologischen Heilmittel) del doctor Gerhard Madaus, sección `Plantas medicinales' (3 vols., 2864 páginas, y un volumen de índice; 1938). Concerniente a la acción prin­cipal de Chelidonium majus (Celidonia mayor), se encuentra en el Tabeenaemontanus:

"Uso interno:
La celidonia expulsa la bilis amarilla, y por las deposiciones y por las orinas, empleada bajo todas sus formas. . . Haced beber muy calien­te, mañana y tarde durante algunos días la cantidad de un pequeño cubilete de raíz de celidonia bien limpiada e infundida en vino blanco con anís; expulsa la ictericia y abre la obstrucción del hígado... El peso de un gros de raíz de celidonia, pulverizada y triturada en un po­co de vinagre de vino y tragada, es un socorro cierto para abrir la obs­trucción del bazo. . . "

Madaus dice por su parte:

"La celidonia es un remedio de elección en las afecciones del hígado y de la vesícula biliar. Se la prescribe pues en la congestión he­pática, en la ictericia, excepto en la ictericia hemolítica o por reten­ción (en un caso de ictericia hemolítica Klefne de Wuppertal no ha re­gistrado efecto alguno), en la litiasis biliar (en caso de cólicos hepáti­cos, se recomienda alternarla con Berberis), contra el lodo biliar, las migrañas hepáticas. Las gastropatías (gastritis, enteritis, diarrea, dis­pepsia), en la esplenomegalia y en el asma hepatógena. "

En otro lugar, Tabernaemontanus cita entre las indicaciones de la celidonia:

"El agua de celidonia es un agua preciosa para curar el cáncer y las fístulas; hay que beber de ella dos onzas mañana y tarde, y servir­se de ella para lavar las úlceras. Es útil igualmente para lavar las obs­trucciones del hígado y del bazo, para expulsar la ictericia por los ori­nes, para sanar las fiebres pútridas y todas las enfermedades similares que tienen su origen en la obstrucción del hígado y del bazo. "

Del mismo modo, en Madaus:

"Administrando regularmente tres veces al día diez gotas de tin­tura de celidonia de Rademacher, Reuter de Greiz ha conseguido su­primir los dolores provocados por el cáncer del estómago, y Witzel de Wiesbaden califica a la celidonia de remedio anticanceroso por exce­lencia. Brendel considera igualmente muy útil mascar dos o tres veces por semana una hoja de celidonia, alternada con una hoja de caléndu­la, en la discrasia cancerosa del estómago y del hígado. La celidonia es igualmente recomendada como diurético en la diatesis úrica, el reuma­tismo crónico, la gota, la nefritis crónica, la estasis portal, las hemo­rroides y las escrófulas. "

Finalmente, Tabernaemontanus dice a propósito del uso externo de la celidonia:
"La celidonia molida y triturada con manteca de cerdo vieja, re­ducida en emplasto y extendida sobre un pacto, aplicada sobre las ulce­raciones pútridas, las limpia y cura. La raíz de celidonia en polvo ac­túa del mismo modo y, extendida sobre las llagas ulceradas, las cura, incluso si han devenido fístulas. . . "

Y más adelante:

"Si se untan varias veces por día las verrugas con el jugo fresco de celidonia, las hace desaparecer en poco tiempo. "

Comparemos nuevamente con Madaus:

"Se quiere usar también el ungüento y el látex de celidonia en el tratamiento externo de las verrugas, las psoriasis, el cáncer de la piel, el lupus y las llagas. "

Baste con esta única comparación, a título de ejemplo, pues el re­sultado sería el mismo con muchas otras. Uno se pregunta entonces si la investigación científica moderna está realmente más avanzada por saber que la raíz de celidonia encierra, entre otros, los alcaloides celeri­trina, celidonina, homcelidonina α, β y γ, protopina y sanguinárina, así como un pigmento llamado celidoxantina. Estas precisiones químicas no cambian en nada el hecho de que la fitoterapia moderna se funda sobre los conocimientos y las experiencias contenidos en los viejos herbarios.

El oro potable

Se plantea quizá la cuestión de saber si cada uno de los grandes yatroquímicos tenía su sistema y su método terapéuticos propios. En realidad, no se puede dar una respuesta tajante, pues después de Para­celso, que ha inaugurado una nueva orientación de la medicina, los ya­troquímicos han seguido todos la vía que él ha trazado. Ellos emplea­ban en general substancias minerales y vegetales, y se servían éxclusi­vamente de tinturas madres, de suerte que su posología no era débil, en modo alguno. Sus éxitos terapéuticos, incluso en las enfermedades que se consideran hoy en día como incurables, eran a menudo extraor­dinarias. Se encuentra así en la Medicina química de Agrícola de infor­me de un caso de cáncer tratado por el Aurum potabile (que no es, sin embargo, una solución de cloruro de oro):

"Es un poderoso remedio contra el cáncer, pues lo saca a centro ad circumferentiam, a condición de que no se aguarde demasiado tiempo sino que se emplee antes de que el mal haya invadido y corroí do todos los conductos; pues en este extremo, no existe esperanza de cura alguna. Sin embargo, si el cáncer no ha ganado demasiado terre­no, puede bien ser curado por este remedio. Tuve así que curar en Leip­zig, en 1619, una dama de condición que ya había tomado antes mu­chas cosas; yo mismo hice numerosos ensayos durante tres meses, pero nada quería coger, e incluso los remedios que han hecho mucho bien en otros quedaban aquí impotentes. Es por esto que le hice a la enferma la proposición de prepararla el aurum potabile, pues no conocía otro modo de curarla. Ella estuvo contenta de venme proponer todavía un remedio, y me procuró dos onzas y media de oro fino que preparé se­gún el procedimiento prescrito, y la di cinco gotas; tres veces por día, en un poco de vino caliente. Pero era preciso que ella transpirase un poco tras cada toma, lo que fue tanto más fácil cuanto que el remedio es un diaforético él mismo. Tras haberlo tomado durante algún tiem­po, esta preparación limpió profundamente los humores infectados, como se podía observara la vista, pues el cáncer no se extendió ya, como había continuado haciéndolo durante la aplicación de los otros medicamentos, sino que ella quedó del todo tranquila y la ulceración se limpió, al mismo tiempo que los dolores disminuyeron día tras día. Como tratamiento externo, me contenté con aplicar la sal de Saturno y los dolores cesaron completamente. Pero el cáncer no quería cicatri­zarse rápidamente, sin incomodar por otra parte a la enferma quien po­día desplazarse como la apetecía y ocuparse de su menaje como antes de su enfermedad. El cáncer no la causó ya ningún apuro. Vivió todavía seis años tras la cura y era una mujer de cuarenta y seis años. Hay que considerar bien esta cura pues la mayor parte de los mé­dicos tienen el cáncer por incurable. Más, ¿por qué lo tienen por incu­rable? No ex malicia propria, aut defectu medicinae, sino solamente ex ignavia Medicorum que no quieren preparar tales remedios, como se explicará más largamente en otra parte. "

Se pueden citar muchos ejemplos semejantes de curaciones de gra­ves enfermedades crónicas y reputadas incurables, por los yatroquími­cos. Basta con consultar la literatura de la época. Lo mismo sucede con recetas muy diversas, cuya preparación es en general muy larga y difícil. Mas para dar al lector una idea de los procedimientos emplea­dos por los yatroquímicos para preparar sus substancias quimioterá­picas, indiquemos aquí la receta del aceite de oro, del Aurum potabi­le de Agrícola, que ha empleado en el tratamiento del cáncer que aca­ba de explicar.

"Toma la cantidad que te convenga del mejor oro purificado y hazlo laminar finamente por un orfebre; cuanto más delgadas sean las láminas, tanto mejor. Córtalas en las dimensiones de un tálero[1] (*). A continuación, corta rodajas de un cuerno de ciervo, del grosor y del es­pesor de medio tálero. Toma una caja de cimentación de la dimensión de las rodajas de cuerno de ciervo, justo lo bastante grande para que las rodajas entren dentro. Se puede hacer confeccionar en buena tierra de gres según la conveniencia. Pon en el fondo de la caja, en el espesor de un dedo, arena o mejor aún talco, sitúa encima un pequeño trozo de cuerno de ciervo, después una lámina de tu oro, después una nueva rodaja de cuerno de ciervo, después el oro, y así sucesivamente stra­tum super stratum, para hablar como lo hacen los químicos, hasta que la caja esté llena o tu oro se agote. Cúbrelo todo con talco; ten cuida­do de lutar bien la caja y hazla secar. La caja es puesta a continuación en un fuego de rueda medio que se enciende poco a poco al comienzo, y después enteramente, de suerte que la caja permanezca incandescen­te durante una a cuatro horas. Deja enfriar a continuación, abre la caja y encontrarás el oro calcinado, de color de carne. Debes repetir este trabajo tres veces, y el oro devendrá del todo friable, y se dejará moler y triturar. Tritúralo entonces con el cuerno de ciervo calcinado, rever­béralo en una copela, pero no demasiado fuertemente, durante toda una jornada; el oro devendrá casi como ladrillo rojo; estará entonces convenientemente calcinado y estate seguro de que no podrás conse­guir mejor calcinación; el oro habrá devenido de tal modo sutil que se prestará muy bien, sin otra preparación, al tratamiento de un cierto número de enfermedades, pues esta cal es completamente dulce y no está manchada de corrosivo alguno.
"Vierte sobre esta bella cal de oro pura el menstruo preparado co­mo se dirá más adelante. Este último extrae de ella una bella tintura color de sangre y la separa de su viscosidad mineral. Decanta el mens­truo y vuelve a comenzar con otro y vuelve a hacer la extracción de la tintura. Y debes decantar y reemplazar el menstruo hasta que toda la tintura sea extraída y no quede más que una tierra muerta; pero no se debe arrojar ésta, pues tiene un poder particular para limpiar y secar las ulceraciones purulentas y hace reconstituirse las carnes, curándolas rápidamente. Destila tu menstruo al baño de arena hasta la desecación; te quedará en la retorta una tintura púrpura del todo friáble. Vierte encima un buen espíritu de vino. Se encontrará en el tratado del tárta­ro la manera de preparar convenientemente este último. 0 mejor aún, utiliza la quinta essentia salís de la que se enseña la justa preparación bajo este título. Tapa bien el vaso y ponlo en digestión, lo que dará una tintura todavía más pura. Destila este espíritu de vino hasta la mitad y tendrás un espléndido aurum potabile. O, si empleas la quintae­sencia de la sal, no es necesario destilar y puedes emplearlo tal cual co­mo remedio, pues la essentia salis es un poderoso medicamento por sí solo; incluso sin oro, como se indica en el capítulo correspondiente. Y, bien que este oro potable sea uno de los mejores y pruebe su acción con magnificencia en muchas enfermedades, puede exaltarse todavía, para que un solo grano de él lleve a cabo el efecto de diez granos del otro. Esta preparación es bien filosofal y, como se verá, no comporta corrosivo alguno. Ni sal, ni mercurio, ni azufre intervienen en su calci­nación, y si se dice que la sal volatile cornu calcina el oro, esto es así, y no obstante no es por ello un corrosivo dañino, sino una maravillosa medicina que expulsa los venenos, sin peligro ni perjuicio alguno para el cuerpo; más aún no se mezcla con el oro de manera que se adhiera a él, como lo hacen generalmente los espíritus corrosivos ‑lo que se re­conoce bien por el gusto y por el peso‑ sino que se va bajo el efecto de la ignición y abandona al oro puro, simplemente calcinado. Y tengo por cierto que no existe en estos trabajos comunes mejor calcinación que un pupilo pueda seguir, que ésta, con toda seguridad, a condición de tener alguna experiencia en el manejo del fuego, para evitar animar­lo demasiado y fundir así el oro en una sola masa, ya que en este caso el trabajo y todo el esfuerzo serían perdidos; pero si evita la fusión, ya ha triunfado y el resto del trabajo se desarrolla sin dificultad ni obs­táculo.
"Cómo exaltar la virtud de este aurum potabile, quiero indicarlo también, y los que tienen envidia de él pueden hacerlo sin tener que arrepentirse por ello; bien que haya que consagrar en ello algún tiem­po, es un instrumento magnífico y de una gran ayuda en los trastor­nos. Los médicos pueden pues ver cuán honestamente actúo, y que no disimulo los trucos necesarios para obtener este remedio, como lo hacen otros que guardan para ellos lo más importante y lo pasan en silen­cio. Toma pues el mejor mercurius vivus purificado, una libra (cómo debe ser purificado será indicado en el capítulo que le está consagrado), vierte encima el mejor oleum vitrioli rectificatum, una libra y déjalo digerir en vaso cerrado hasta que el mercurio esté completamente di­suelto; destila enérgicamente el oleum y activa el fuego hacia el final, de manera que pueda sublimar ascendiendo; ascenderá así bajo una forma cristalina de una bella blancura, mientras que quedarán residuos negros en el fondo del vaso; estos deben ser arrojados, pues no rinden servicio alguno. Retira el sublimado y vuelve a ponerlo en la cornuda, vierte el oleum vitrioli encima y haz que se disuelva de nuevo; hecho esto, destila una vez más y haz sublimar el mercurio que subirá más bello que antes. Debes repetir este trabajo hasta que el mercurio apa­rezca claro, transparente y luminoso como un cristal. Es así que está bien preparado para nuestra obra. Toma entonces una onza de este mercurio y media onza de oro potable, mézclalos en una redoma y coloca ésta al fuego de vapor; en el espacio de veinte a veinticinco días, la substancia devendrá toda negra y tomará el aspecto de la pez fundida. Ponla a continuación al baño de cenizas o de arena y de­vendrá gris, blanca, amarilla y por fin roja como la sangre, y translúci­da como el rubí. Habrás obtenido así un remedio al que nada supera en virtud; es una verdadera panacea que se puede emplear en casi to­das las enfermedades, sobre todo cuando se necesita fortalecer al en­fermo; lleva a cabo su efecto sin trastorno alguno y como por una transpiración insensible...
`Al hablar de la calcinación del oro, he mencionado un menstruo particular: quiero indicar ahora cómo hay que prepararlo, para que el trabajo sea completo, pues el truco esencial se encuentra aquí. Haz pues como sigue: toma una buena cantidad de orina de un muchacho joven y redúcela a la mitad en la cornuda y destila de nuevo hasta la mitad; vuelve a comenzar la operación por tercera vez. Subirá entonces con el espíritu sutil una bella sal transparente y brillante. Lava esta sal del capitel con el espíritu y pesa este líquido y añade ahora una cantidad igual del mejor spiritus vini. Déjalos pudrirse a un calor dul­ce durante ocho días. Destila de nuevo. Tendrás así un menstruo ma­ravilloso para todos los metales, minerales y piedras preciosas, por me­dio de él, obtendrás la verdadera tinctura aurea, y no creas que puedes encontrar mejor y más seguro procedimiento; en otros, bien que ellos charlen mucho y que cada abacero se jacte de su propia mercancía. Pe­ro a fin de cuentas es el tono el que hace la música, y no debes dudar y preguntarte si este procedimiento tiene éxito o no: ya te he dicho que no afirmo nada que no haya visto con mis propios ojos y llevado a cabo con mis propias manos. Pues no he amontonado estos trabajos en libros mudos, como lo han hecho otros y todavía lo hacen, sino, que he querido beneficiar a la juventud estudiosa de lo que el benevo­lente Vulcano me ha acordado. Escribir libros no es una proeza en nuestros días; la dificultad comienza cuando se trata de concebir un procedimiento y verificarlo al fuego. Y sucede a menudo que se está obligado a decir: hoc non putaveram. ¡Quien no aprenda nada de mis trabajos, comprenderá menos todavía de otros, esté seguro de ello!"

Se ve pues que estos trabajos no son simples, exigen tiempo, pa­ciencia y una rica experiencia. Agrícola pasa por otra parte en silencio que el Aurum potabile así preparado encierra todavía otro secreto: de­ja a los perspicaces y los que son diestros en el arte del fuego, el cuida­do de descubrirlo.
[1] N. del Tr.: Moneda alemana.

Correspondencias astrológicas


Mas todo el tema que se acaba de tratar invade el dominio de la astrología, pues existe una relación cosmofísica entre ambos. También aquí Paracelso traza el camino. No se trata naturalmente del Paracelso popularizado sobre todo bajo el régimen nazi, y puesto en primera fi­la con ocasión de las celebraciones de 1941, sino del Paracelso esotéri­co, del iniciado que conocía "el Astro del hombre" y percibía en una visión intuitiva las interacciones entre las esferas inferior y superior, del vidente que había encontrado por esta "luz interior" el camino ha­cia la intimidad secreta de la naturaleza:

Cómo disipa ella en espíritu lo sólido Pero consolida también lo que el espíritu creó.
(Goethe)

El esfuerzo del III Reich se dirigía a imponer a las masas la imagen de Paracelso para explotar su autoridad para sus propios fines, de la misma manera que se produjo con Maestro Eckart. Pero se tra­taba de un falso Paracelso. Así, tomando el pretexto de algunas de sus declaraciones con las que condenaba con razón la pseudoastrolo­gía desleída de su época, se esforzaban por hacer creer que había re­chazado la astrología ‑o más bien la astrosofía‑ misma. Ahora bien, lo cierto es lo contrario. De otro modo, ¿por qué habría exigido de cada médico que fuese al mismo tiempo un astrólogo y un alqui­mista? Basta con abrir el Paragranum:

"Sabe pues cómo se presenta el cielo estrellado, pues del mismo modo se imprime el cielo en el nacimiento. "

(Dicho de otro modo, el astro en el hombre). Y más adelante:

"Cada enfermedad tiene necesidad de su propio filósofo y astró­nomo. "

O aún:

"Pues es el fundamento de la medicina que si no se ordenan las re­cetas según las propiedades del Astro, y en conformidad con lo que ejerce localmente su acción dañina, en donde se encuentra la causa de la enfermedad, no se cura nada. Pues, como el Astro es la enfermedad, y aquél que conoce el Astro conoce también la enfermedad. . . "
Y en otro lugar:

"Y ya que tantas cosas dependen del cielo y de su conocimiento en la medicina que él rige tan poderosamente, hay que edificar sobre este cimiento y no emprender nada fuera de él. . . "

Encontramos de nuevo la ley de las correspondencias: lo que está arriba es como lo que está abajo; al Astro en el gran mundo, el macro­cosmos, le corresponde el Astro en el pequeño mundo, en el microcos­mos, en el hombre. "El Astro es curado por el Astro." El axioma de la homeopatía, similia similibus curantur no es más que el aspecto super­ficial de este axioma cosmofísico de Paracelso.
Una terapéutica orientada por la astrología se servirá, pues, para tratar los órganos enfermos, de remedios minerales y vegetales que co­rresponden según la ley cosmogenética al órgano en cuestión. Así, por ejemplo, para curar las afecciones de los ojos, se prescribirán las subs­tancias solares, ya que los ojos han sido formados por las fuerzas sali­das del sol. Recuérdese la estrofa de Goethe:

Si el ojo no fuese de naturaleza solar No podría descubrir el sol. Si su propia fuerza no estuviera en nosotros, ¿Cómo nos cautivaría lo divino?

Así, el oro entre los minerales, crocus orientalis, euphrasia, ruta graveolens y chelidonium entre las plantas, por no citar sino los principales ingredientes solares, están indicados en todas las afeccio­nes oculares, en la medida en que no se trata de una enfermedad `con­sensual' en el sentido de Rademacher, determinada por una enferme­dad primitiva de los riñones. En este último caso, hay que asociar los remedios específicos de los riñones a los remedios solares.
Abordándola en la perspectiva de la astrología, comprendemos también la doctrina de las signaturas, que estaba en la base de ciertos trabajos yatroquímicos, y que nos parece a menudo bien abstrusa hoy en día. Se funda sobre la correspondencia reconocida, por los astrólo­gos entre plantas, metales y minerales particulares y ciertos planetas determinados, de los que la cosmogénesis les ha hecho nacer en su ori­gen. Se encuentran así en el hierro guerrero todas las propiedades del planeta Marte, comprendido ahí el color rojo de la sangre, y las mis­mas propiedades están reunidas en la raíz de la tormentilla, en el mun­do vegetal. En consecuencia, si Marte está afectado en el hombre, como es el caso en la disentería por ejemplo, está indicado un remedio marciano y, si es preparado y administrado correctamente, lleva tam­bién a una pronta curación.
Se encuentran en Paracelso muchas observaciones instructivas so­bre la doctrina de las signaturas, pero ésta ha recibido su justificación metafísica en Jacob Boehme, en su obra titulada De signatura rerum o Del nacimiento y de la definición de todos los seres ("Von der Geburt und Bezeichnung aller Wesen"). "Cómo todas las cosas toman su origen en un solo misterio; cómo este misterio se engendra él mis­mo de tiempo inmemorial; cómo el Bien es cambiado en Mal, y el Mal en Bien. Item: Cómo la Cura externa del Cuerpo debe devolverle al ser primero por su identidad; lo que es el Comienzo, la Destrucción y la Curación de toda cosa." El noveno capítulo, que lleva por título: "De la signatura, o como lo interior define lo exterior", comienza así:

"Todo el universo exterior, visible, con todos sus seres, es una de­finición o una imagen del mundo interior, espiritual; todo lo que está en el interior y su manera de actuar posee el mismo carácter en el ex­terior. Del mismo modo que el espíritu de toda criatura representa y revela con su cuerpo su constitución nativa íntima, del mismo modo el ser eterno. . .
"Así, toda cosa nacida del interior posee su signatura. La configu­ración superior, del mismo modo que es superior en fuerza en el espí­ritu de la acción, imprime también más profundamente su marca en el cuerpo; las otras configuraciones se ligan a él como se ve en todas las criaturas vivientes en la configuración del cuerpo, de las costumbres y de los gestos; paralelamente en las resonancias, las voces y las len­guas, del mismo modo que en las hierbas y en los árboles, en las pie­dras y los metales; tal es la lucha que lleva la potencia del espíritu, tal es la configuración del cuerpo y del mismo modo es su voluntad, tanto como bulle la savia en la vida espiritual. "

Tras haber desarrollado su exposición sobre la acción conjunta de las influencias planetarias disonantes, que provoca la elaboración de los venenos en las hierbas, Jacob Boehme prosigue:

"El médico debe prestar atención a esta propiedad de las hier­bas: pues ellas no son útiles al cuerpo sino que son venenosas en este caso, cualquiera que sea su nombre. Pues se produce a menudo una tal conjunción de planetas que preparan algunas veces una hierba que es buena, bien que esté sometida a Saturno y a Marte. Del mismo modo, sucede a menudo que una hierba dañina que, al comienzo de su elabo­ración, se coloca en una buena conjunción, es desembarazada de su ve­neno, como puede reconocerse en su signatura. Es por esto que el médico versado en la ciencia de las signaturas debe recoger las plantas de preferencia él mismo. . . El médico no debe administrar Saturno sin Marte en una enfermedad con calentura, ni dar frío sin calor, pues de otro modo enciende la cólera de Marte de tal suerte, que imprime duramente el estigma de la muerte en Mercurio.
"Cada enfermo marciano que comporta la calentura y los arreba­tos debe tener Marte en su cura, pero el médico debe antes atemperar Marte por Júpiter y Venus de manera que su cólera sea transformada en gozo, pues transforma entonces en el cuerpo igualmente la enfer­medad en gozo; el frío le es del todo contrario. "

Hemos considerado ya en el primer capítulo de éste libro la astro­logía aplicada y el aspecto terapéutico de la doctrina de las signaturas. El marco limitado de este estudió no nos permite agotar cada proble­ma particular. Nos proponemos más bien situar en la perspectiva jus­ta lo esencial de este dominio riquísimo, dar un impulso al lector inte­resado, pero formado, sin embargo, por las concepciones y los métodos de pensamiento modernos, y desbrozar el camino de su búsqueda. En este capítulo, que sería fácil ampliar a las dimensiones de un grueso tratado, pareció importante esbozar, aunque no fuera más que por al­gunos rasgos, la extensión del vasto territorio de los yatroquímicos. Hemos buscado hacerles hablar a ellos mismos, citando el mayor núme­ro posible de pasajes característicos de sus escritos, para ilustrar sus concepciones y el modo de su pensamiento. El autor no ignora que a los ojos del hombre de ciencia de hoy en día estos puntos de vista de­ben parecer fantásticos, caducos y desprovistos de valor objetivo. Co­noce él mismo todos los argumentos que pueden oponerse, pero sabe también que la biología moderna, partiendo de premisas sin embargo muy diferentes, está ya comprometida en el mismo camino y avanza insensiblemente hacia el mismo fin.

Perspectivas a ampliar

Enviamos con este fin a las obra de Ott. J. Hartmann, viejo profe­sor de la Universidad y de la Escuela Politécnica Superior de Graz, pu­blicadas en Francfort por las ediciones Vittorio Klostermann: El hom­bre forjador de su propio destino Der Mensch als Selbatgestalter rei­nes Schicksals), Tierra y Cosmos, una biología cosmológica (Erde und kosrnos, eine kosmologische Biologie), y Antropología: la fisionomía de los fenómenos vitales, en tanto que fundamentos de una medicina ampliada (Menschenkunde, die Physiognomik der Lebensercheinun­gen als Grunslage einer erweiterten Medizin). En el primer capítulo de la última de estas obras, el autor se pronuncia en el espíritu de la misma visión del mundo que se expresa en las consideraciones que aca­barnos de leer:

"Hoy en día, se elevan voces de distintos lados para exigir un re­novamiento y ampliación de la medicina”. Sin embargo, si queremos ver claro en ello, no se debe olvidar que la medicina moderna, tal como lo hacen aparecer nuestros clínicos universitarios en su perfec­ción representativa, es, tanto en su método como en su concepción, parte integrante del pensamiento y de la investigación científica mo­derna, de una concepción de la ciencia aparecida en la época del Rena­cimiento, y que ha sido brillantemente confirmada desde entonces, particularmente en los dominios de la técnica (y, en consecuencia, so­bre todo en los dominios del diagnóstico, de la cirugía, de la radiotera­pia, etc. ). Para esta concepción científica,, el hombre pertenece igual­mente a una `naturaleza, tal como nos la muestran la física y la quí­mica.
Se sigue de ello que, si se subrayan hoy en día ‑sobre todo del lado terapéutico‑ los límites del pensamiento médico que ha preva­lecido hasta el presente, ello no significa ni más ni menos que la nece­sidad de someter a una revisión completa nuestras concepciones en lo que concierne a `la naturaleza' y al `hombre'. La concepción funda­da por el Renacimiento sobre el peso, el número y la medida ha en­contrado hoy en día a la vez su cumplimiento y su límite. Una `am­pliación de la medicina' no podría pues consistir en añadir nuevas ma­terias al programa actual de enseñanza universitaria, ni en emplear por cuestiones de oportunidad remedios y técnicas de un nuevo género. La verdadera ampliación de la medicina, como por otra parte de la biología, presupone una revisión total de los fundamentos de nues­tra concepción científica del mundo.

"No se trata, sin embargo, de rechazar estos fundamentos y los re­sultados que nos han permitido obtener; aquellos deben más bien ser ampliados y completados. Hay simplemente que evitar que, recono­ciendo lo que la vía seguida hasta el presente ha producido de signifi­cativo y de valioso, se adopte una actitud de negación dogmática con­cerniente a la justificación de otras vías, incluso si nos parecen al co­mienzo extrañas y bizarras.
"Es por esto‑qué tanto los médicos como los sabios de hoy en día no pueden ahorrarse el esfuerzo de meditar sobre los fundamentos me­todológicos y epistemológicos de su ciencia. "

Lo que importa, es volver a pensar totalmente las bases de nuestra concepción científica del mundo. Se trata de una revisión en toda la línea, y no solamente sobre el plano del pensamiento político y social. El objetivo no es volver a los métodos de trabajo de los antiguos yatro­químicos; sería un grosero error emplear medios desde hace largo tiempo superados y abandonados, para obtener éxitos terapéuticos comparables a los de los médicos de antaño; la técnica moderna nos ofrece hoy en día facilidades y medios ilimitados. Para el hombre occi­dental, enfrentado hoy en día a un nihilismo espiritual sobre todos los planos de sus relaciones con el universo, lo esencial, el factor decisivo, es desatar su pensamiento de todos los lazos de una inteligencia pura­mente racional, comprendiendo en ella la inteligencia matemática, y dejar que la luz interior se encienda de nuevo en él. Es en la claridad de esta luz que el nuevo camino del conocimiento deberá ser recorri­do, si quiere evitarse que el hombre alienado del espíritu, separado de Dios, no sucumba enteramente al demonio de la técnica y de la materia.

EL MISTERIO DE LA CURACION


Mejor que la cabeza sabia, compren­de el poeta la naturaleza.
Novalis

Ante la pregunta: "¿Qué es lo que provoca la curación en el or­ganismo enfermo?", la ciencia exacta y la terapéutica "natural" dan la misma respuesta: "Son las fuerzas del organismo mismo, movilizadas, sea por una reacción de autodefensa, sea por un factor externo (vacu­nación y otro tratamiento medicamentoso), para expulsar o combatir las substancias (virus o bacterias) que provocan la enfermedad." El axioma enunciado por Hipócrates (460‑377 a. J.C.) ‑"Son las natu­ralezas las que curan la enfermedad. La Fisis encuentra su camino por sí sola"‑ no ha cesado de guiar a todos los médicos auténticos, pasan­do por Paracelso y los grandes yatroquímicos, hasta nuestros días. Se encuentra una frase que reproduce casi textualmente la misma idea en Krehl, en su obra Sobre la terapéutica natural (Ueber die Naturheil­kunde), aparecida en Heidelberg en 1935:

"La Fisis es una propiedad o una facultad del organismo de volver a poner en orden los trastornos funcionales de sus órganos. Si se desig­nan estos trastornos por el término enfermedad, entonces el cuerpo es capaz de curarse a si mismo por la fuerza de su Fisis. . . La Fisis hipo­crática domina efectivamente en la hora actual la medicina interna, como ésta admite ahora sin reservas".

El descubrimiento enunciado por Hipócrates no se remonta, sin embargo, a antiguas experiencias populares empíricas, como lo quiere una teoría superficial generalmente admitida, sino más bien a una an­tigua ciencia iniciática salida de los templos de Esculapio. Precursor de los esfuerzos de la ciencia médica, para explicar la enfermedad en tan­to que tal, Hipócrates se encuentra también en el origen de la terapéu­tica, en el sentido actual del término, tras haber sufrido un largo pe­ríodo de eclipse. No se sitúa, sin embargo, al comienzo, sino en el tér­mino de una evolución. A través de él se manifiesta por primera vez, bajo una forma que nos es accesible, la antigua sabiduría hermética de los santuarios. Platón juega el mismo papel en la filosofía que aparece en la misma época. En efecto, la humanidad occidental, de la que la Hélade representaba entonces la más alta cima, acababa de entrar en el período de la toma de conciencia intelectual.
Pero, ¿cuál es esta facultad del organismo que le permite comba­tir los trastornos funcionales, los virus y las bacterias? Las vacunas y los medicamentos introducidos desde el exterior, con el ejército mi­crofísico que ponen en juego, son en cierto modo los mazos de manio­bra que dirigen efectivamente el combate. Mas, ¿cuál es la fuerza que los pone en movimiento?, y ¿cuál es su asiento en el organismo huma­no y animal? ¿Está en la célula? ¡No! El mundo de las células no es más que el campo de batalla biológico. La fuerza no se encuentra en parte alguna en el organismo animal accesible a los métodos de inves­tigación físico‑químicos, sino que reside en el cuerpo fluídico humano ‑y más generalmente animal‑ con el que forma la trama de una estre­cha red; en el ‑cuerpo fluídico que se sitúa más allá de toda compren­sión metodológica ‑al menos por el momento‑. La parapsicología ope­ra con él, pero no lo conoce de una manera cosmológica. Este cuerpo fluídico humano, en el que se desarrollan todos los fenómenos vitales, era conocido por los iniciados de todos los tiempos y de todos los pue­blos, incluso si le daban nombres diferentes. La sabiduría hindú mile­naria lo conocía bajo el nombre de "Lingha Sharira". Tenía una rea­lidad metafísica para la Kábala. En Paracelso, lo encontramos bajo el nombre de "Schemen" (sombra). Justinus Kerner y la vidente de Pre­vorts lo designan como "fluido nervioso", y la terminología antropo­física y teósófica moderna lo llaman "cuerpo etérico". Conservaremos este último término en la continuación de estas consideraciones. Ovi­dio, que había sido iniciado en los misterios de Mithra y que fue des­terrado por Augusto por haber revelado el secreto iniciático 'en sus Metamorfosis, resume la composición del ser humano en el siguiente dístico, que expresa el secreto del hombre con una maravillosa con­cisión:

"Terra tegit carnem ‑ Tumulum circumvolat Umbra ‑ Orcus ha­bet Manes ‑ Spiritus astra petit.
(La tierra cubre la carne ‑ La sombra revolotea alrededor de la tumba ‑ Los infiernos reciben a los Manes ‑ El Espíritu llega hasta los astros.)"

Como se ve, Paracelso ha tomado del latín el término Schemen para designar a este cuerpo etérico o vital. Una elucidación completa de la significación esotérica del dístico de Ovidio, sobre los numerosos planos de sus significaciones, sobrepasaría el marco de este estudio. Para quien admite la visión esotérica del mundo, el dístico no tiene por otra parte ninguna necesidad de explicación. Nuestra tarea aquí es explicitar la concepción que ve en el cuerpo etérico al portador de las funciones vitales del organismo. Bien que la biología actual pueda to­davía rechazar esta concepción, como manchada de un vitalismo cadu­co, se encuentran ya algunos biólogos aislados que adoptan una acti­tud menos negativa. En un porvenir que ya no es lejano, esta concep­ción se difundirá cada vez más en los medios científicos, pues la hu­manidad de hoy en día se encuentra ya comprometida sobre este ca­mino, y la física moderna ha abierto todas las puertas, en el sentido en que lo entiende Goethe en estos versos:

Qué más puede conseguir el hombre en su vida
Que la revelación de la Naturaleza‑Dios:
Cómo disipa ella en espíritu lo sólido,
Pero consolida también lo que el espíritu creó.

Lo que Goethe llamaba la "imagen primordial" de la planta no es otra cosa que la imagen etérica, pues en todo lo que es orgánico, es el cuerpo etérico el que porta la vida, y el vidente ve flotar por encima del grano "la imagen etérica" de la planta que anuncia.
En el momento de la muerte, el cuerpo etérico se desprende del cuerpo físico y le sobrevive todavía durante algún tiempo. Revolo­tea alrededor del cadáver ‑tumulum circumvolat umbra‑ para disol­verse a continuación en el Eter universal, que no hay que confundir con el éter hipotético, admitido durante algún tiempo por la ciencia. En todo estado de causa, lo que posee una vida eterna no es el cuerpo etérico sino el cuerpo psíquico y el yo espiritual.
Ante las proezas conseguidas por las técnicas de reanimación ac­tuales que consiguen llamar de nuevo al sujeto a la vida, incluso mu­chos minutos después de la detención del corazón, se ha concebido na­turalmente la esperanza de que la persona así "vuelta de la muerte" es­té en condiciones de hacer el relato de lo, que ha visto "al otro lado".
Estas esperanzas fueron sin embargo decepcionadas[1](*), pues los `resu­citados' no se acordaban más que de los pensamientos y de las repre­sentaciones que les agitaban en la última hora, antes de que cayera el telón. Y todas estas representaciones se referían exclusivamente a las situaciones y a las experiencias terrestres: a los intereses profesionales, a las preocupaciones por los miembros de la familia que quedaban sin recursos, o a cualquier otro desvelo que pudiera atormentar o preocu­par al moribundo. Ninguna traza de revelaciones sobre el más allá. Y ¿cómo podría ser de otro modo? Hace falta un desconocimiento com­pleto de todos los problemas de la muerte para nutrir tales esperanzas de revelaciones provinientes de personas devueltas desde la muerte por medios técnicos. El cuerpo etérico no se separa espontáneamente del cuerpo físico; el fenómeno se consigue gradualmente y se extiende a lo largo de muchas horas, lo que hace posible por otra parte el éxito de las reanimaciones artificiales. Durante este período intermediario, aquél del que la vida se encuentra así suspendida esta sumido en un es­tado de inconsciencia total, un poco como en un sueño profundo. ¿Qué impresiones podría entonces referir del más allá? Las cosas son menos simples y una inyección de suero en el músculo del corazón o su masaje eléctrico no bastan para arrebatar el secreto de la muerte.
Para volver al organismo viviente, ¿qué es lo que, en la substancia medicamentosa, actúa sobre el cuerpo etérico y le permite provocar el despertar de las fuerzas defensivas? Y ¿cómo se manifiesta esta ac­ción en el cuerpo etérico? Si se administran remedios en dosis ponde­rables, la acción groseramente material se transmite al cuerpo etérico en cierto modo "por debajo" (no se puede emplear aquí sino un len­guaje imaginario, siempre insuficiente), para incitarle a desarrollar las fuerzas de defensa; se sigue de ello que el organismo sufre reacciones violentas que entrañan a menudo efectos secundarios o tardíos dañi­nos. La materia médica más sutil, como las otras diluciones homeopá­ticas, por ejemplo, no actúan por el rodeo del organismo, sino que van directamente al cuerpo etérico en su esfera propia, y el proceso de cu­ración se desarrolla sin consecuencias fastidiosas. Sólo ello explica la eficacia a menudo maravillosa de las diluciones elevadas, cuyos consti­tuyentes materiales no se dejan descubrir por el análisis, pese a lo mi­nucioso que sea, y a la que sus adversarios califican de "acción simbó­lica". Estamos dispuestos a admitir que para un organismo de natura­leza grosera, al que hay que abordar "por debajo", las diluciones ele­vadas están menos indicadas. Para los medicamentos "abiertos" y di­namizados por métodos espagíricos, las cosas pasan de una forma análoga a lo que se observa en los tratamientos homeopáticos: los efectos secundarios dañinos desaparecen; pero a ello se añade el importantísi­mo factor, esencial incluso, de que los remedios espagíricos están orientados físicamente, es decir que los medicamentos específicos de los diversos órganos son preparados con las plantas y los minerales que corresponden cosmológicamente a estos órganos. La astrosofía enseña que los órganos particulares están colocados bajo influencias planeta­rias determinadas que han actuado durante milenios sobre el órgano en cuestión, por intermedio del cuerpo etérico. Ya hemos tenido oca­sión de mencionar que la misma determinación cosmofísica se aplica a las plantas y a los minerales. Así, cada órgano está sometido a la virtud terapéutica de las plantas y de los minerales que tienen una determina­ción idéntica: el corazón y los ojos son solares, el cerebro es lunar, el sistema óseo saturnino, etc. Según el axioma de Paracelso, "el Astro es curado por el Astro", un medicamento cuyos constituyentes sean escogidos en conformidad con los principios astrológicos actuará di­rectamente sobre las fuerzas etéricas del órgano correspondiente, para incitarlas a la defensa y a la curación. Esta es una terapéutica que nos parece fundada sobre principios muy claros y convincentes.
La astrosofía (una vez más, no se trata de vulgares mercaderes de horóscopos) está ampliamente rehabilitada hoy en día. Baste con en­viar al lector a las obras de Thomas Ring: El sistema solar: un organis­mo (Das Sonnensystem, ein Organismus), El ser vivo en el ritmo del espacio cósmico (Das Lebewesen im Rhytmus des Weltraums), El hombre en el campo del destino (Der Mensch im Schicksalfeld), publi­cadas todas por ediciones Deutsche Verlagsanstalt, Stuttgart. Así, una terapéutica fundada sobre bases astrológicas encuentra su justificación en la cosmofísica.
No hay duda alguna de que todavía existen numerosos médicos y biólogos, atrasados en las concepciones materialistas, que se oponen al punto de vista que defendemos. ¡Vayan por su camino! El tiempo pa­sará sobre ellos, como ha pasado sobre los adversarios de Paracelso. Existe por otra parte un medio muy simple y muy convincente para llegar a una mejor comprensión: ensayar.
[1] La parapsicología ha tenido mayor fortuna desde que estas líneas fueron re­dactadas. Ver así, C. G. Jung, Mi vida, cap. X.

EL FUEGO SECRETO Y EL ESPIRITU DE VINO
SECRETO DE LOS ADEPTOS


Lo mejor que puedas saber, debes sin embargo callarlo a los discípulos.
(Goethe Fausto 1)


En la sabia y bella obra de Fulcanelli, Les Demeures philosophales et le Symbolisme hermétique dans ses rapports avec l’Art sacré et l’Esoterisme du Grand Oeuvre [1] (París, 1930), ornada de 40 ilustra­ciones, que ha inspirado fuertemente el movimiento surrealista fran­cés, se encuentra, (p. 79‑81) un pasaje muy significativo y sumamente concluyente; deja presumir por sí solo que el autor ha conocido el se­creto de los Adeptos, al menos teóricamente, (lo que ya representa mucho). Es por esto que situo este pasaje a la cabeza de este capítulo:

La salamandra de Lisieux: ". . . He aquí ahora el último motivo decorativo de nuestra puerta. Es una salamandra que sirve de capitel a la columnilla salomónica de la jamba derecha. Nos parece que es, en cierto modo, el hada protectora de esta agradable morada, pues la vol­vemos a encontrar esculpida sobre el modillón del pilar central, situa­do en la planta baja, y hasta en la claraboya de la buhardilla. Parecería incluso, dada la repetición deseada del símbolo, que nuestro alquimista tuvo una preferencia marcada por este reptil heráldico. No preten­demos insinuar, por ello, que haya podido atribuirle el sentido erótico y grosero que tanto apreciaba Francisco I; esto sería insultar al artesa­no, deshonrar la ciencia, ultrajar la verdad, a imitación del degenerado de alta raza, pero de baja intelectualidad, al que lamentamos deber hasta el paradójico nombre de Renacimiento. Pero un rasgo singular del carácter humano lleva al hombre a querer más aquello por lo que ha sufrido y se ha esforzado más; esta razón nos permitirá sin duda ex­plicar el triple empleo de la salamandra, jeroglífico del fuego secreto de los sabios. Sucede en efecto que, entre los productos anexos que entran en el trabajo en calidad de ayudantes ó de servidores, ninguno es de búsqueda más ingrata ni de identificación más laboriosa que éste. Se puede todavía, en las preparaciones accesorias, emplear, en lugar de los adyuvantes requeridos, ciertos sucedáneos capaces de suministrar un resultado análogo; sin embargo, en la elaboración del mercurio, na­da podría substituir al fuego secreto, a este espíritu susceptible de ani­marlo, de exaltarlo y de hacer cuerpo con él; tras haberlo extraído de la materia inmunda. `Os compadecería mucho ‑escribe Limojon de Saint‑Didier‑ si, como yo, tras haber conocido la verdadera materia, os pasaseis quince años enteros en el trabajo, en el estudio y en la medi­tación, sin poder extraer de la piedra el jugo precioso que encierra en su seno, a falta de conocer el fuego secreto de los sabios,'que hace fluir de esta planta seca y árida en apariencia un agua que no moja las ma­nos. 'Sin él, sin este fuego oculto bajo una forma salina, la materia pre­parada no podría ser forzada ni cumplir sus funciones de madre, y nuestra labor, permanecería siempre quimérica y vana. Toda genera­ción demanda la ayuda de un agente propio, determinado al reino en el cual lo ha colocado la naturaleza. Y toda cosa lleva simiente. Los ani­males nacen de un huevo o de un óvulo fecundado; los vegetales provie­nen de un grano vuelto prolífico; del mismo modo, los minerales y los metales tienen por simiente un licor metálico fertilizado por el fuego mi­neral. Este es pues el agente activo introducido por el arte en la si­miente mineral, y él es, nos dice Filaleteo, "el primero que gira el eje y mueve la rueda". Por ello, es fácil comprender de qué utilidad es es­ta luz metálica, invisible, misteriosa, y con qué cuidado debemos bus­car conocerla, distinguirla por sus cualidades específicas, esenciales y ocultas.
"Salamandra, en latín, viene de Sal, sal, y de mandra, que signifi­ca establo, así como cavidad de roca, soledad, ermita. Salamandra es pues el nombre de la sal de establo, sal de roca o sal solitaria. Esta pa­labra tomó en lengua griega otra acepción, reveladora de la acción que provoca. Εαλαμάνδ aparece formada de Eάλα, agitación, trastorno, empleada sin duda por σάλα ο ζάλη, agua agitada, tempestad, fluctuación, y de μάνδα, que tiene el mismo sentido que en latín. De estas etimologías, podemos sacar la conclusión de que la sal, espíritu o fue­go, nace en un `establo'; una `cavidad de roca', una `gruta'. . . Ya es bastante. Acostado sobre la paja de un pesebre, en la gruta de Belén, ¿no es acaso Jesús el nuevo sol que trae la luz al mundo? ¿No es Dios mismo, bajo su envuelta carnal y perecedera? ¿Quién ha dicho pues: `Yo soy el Espíritu y la Vida; he venido a poner Fuego en las cosas'?
"Este fuego espiritual, informado y corporificado en sal, es el azu­fre oculto, porque en el curso de su operación no se vuelve nunca ma­nifiesto ni sensible a nuestros ojos. Y sin embargo este azufre, pese a lo invisible que sea, no es en modo alguno una ingeniosa abstracción, un artificio de doctrina. Sabemos aislarlo, extraerlo del cuerpo que lo encierra, por un medio oculto y bajo el aspecto de un polvo seco, el cual, en este estado, deviene impropio y sin efecto en el arte filosófi­co. Este fuego puro, de la misma esencia que el azufre especifico del oro, pero menos digerido, es, por el contrario, más abundante que el del metal precioso. Es por esto que se une fácilmente al mercurio de los minerales y de los metales imperfectos. Filaleteo nos asegura que se encuentra oculto en el vientre de Aries o del Carnero, constelación que recorre el sol en el mes dé abril. En fin, para designarlo aún mejor, añadiremos que este Carnero `que oculta en sí el acero mágico' porta ostensiblemente sobre su escudo la imagen del sello hermético, astro de seis rayos. Es pues en esta materia tan común, que nos parece sim­plemente útil, que debemos buscar el misterioso fuego solar, sal sutil y azufre espiritual, luz celeste difusa en las tinieblas del cuerpo, sin la cual nada puede hacerse y a la que nada podría reemplazar ".

El misterio del espíritu de vino filosófico

Pese a lo oscuro que pueda parecer este pasaje aisladamente, toca sin embargo tres de los cuatro secretos más severamente guardados por los Adeptos: el fuego secreto, el mercurio, la materia preparada para la elaboración de la piedra filosofal. El pasaje que acabo de citar no dice nada del cuarto: el espíritu de vino secreto de los Adeptos. Sin embar­go, sin la clave de los cuatro secretos, el procedimiento de la prepara­ción de la piedra no es realizable, no más que alguno de los procedi­mientos de transmutación directa llamados "particulares". Se hace mención del Espíritu de vino secreto de los Adeptos en los escritos al­químicos de numerosos autores, bajo, los nombres más diversos: circulatum minus et majus, aqua solvens, aqua mercurialis, spiritus mercurii universales, menstruum mineralis, etc., sin que por otra parte sea indicada su preparación. Más precisamente, es dada, pero de forma intencionalmente inexacta, y solamente a partir de una cierta etapa, y los trabajos preliminares, tan fastidiosos y extremadamente difíciles, son en todas partes pasados en silencio. Ahora bien, es precisamente de ellos que dependen el éxito de la obra y la serie de las operaciones.
Johannes Seger Weidenfeld, no da en ninguna parte la clave de la entrada a los trabajos preliminares, en su obra latina casi inencontra­ble, que trata del espíritu de vino secreto de forma muy exhaustiva (De secretis adeptorum, sive de usu spiritus vini Lulliani. Londes 1684, segunda edición en Hamburgo 1695) en la que menciona ciento cincuenta recetas de autores alquímicos diversos destinadas a la prepa­ración del espíritu de vino secreto, sin que sea posible inferir por ello de forma cierta que haya encontrado esta clave mayor. Weidenfeld promete una explicación en el quinto libro, pero este libro no apare­ció nunca.
Este espíritu de vino secreto, el spiritus vini Lulliani, es el alfa y el omega de todo el arte hermético, es el célebre Alkaheat, buscado en vano por tantas gentes, cuya preparación no se encuentra en ningún li­bro de alquimia. Nada han tenido los autores herméticos tan oculto como su espíritu secreto y su fuego secreto, cuyo conocimiento es la condición previa a la preparación de su espíritu de vino, llamado tam­bién agua ardens. Cuando los maestros herméticos dan indicaciones para la elaboración de la piedra filosofal, parten generalmente de la eta­pa en que su espíritu de vino ya está adquirido: "Recipe vinum ru­beum vel album" (toma vino rojo o blanco), ordena la receta de Rai­mundo Lulio, "y ponlo a pudrir al estiércol de caballo (es decir, a un calor igual durante un cierto tiempo); encontrarás entonces un aceite que sobrenada por encima, aunque la parte más densa permanecerá al fondo." Esta indicación ha engañado muchísimas veces a los buscado­res de la piedra, pues les sugiere tomar el vino ordinario, blanco o ro­jo, y ponerlo a digerir, dejándoles creer que se establecerá una separa­ción tarde o temprano; mas su intento ha sido vano: se puede digerir el vino tanto tiempo cómo se quiera, que jamás el aceite sobrenadará por encima. El espíritu de vino secreto de los Adeptos es de un origen del todo diferente.
Para facilitar la comprensión de lo que se trata, citemos algunas recetas sacadas de la obra de Weidenfeld:

Spiritus vini Paracelsi.
"Vierte vino en un pelícano y déjalo dos meses sin interrupción en el estiércol de caballo; lo encontrarás entonces tan purificado que una suerte de grasa aparecerá por ella misma en su superficie; es el es­píritu de vino. Todo lo que se encuentra bajo esta `grasa' es flema y no tiene nada de común con el 'vino. "
Essentia vini Guidonis.
"Toma la mejor clase de `vino, blanco o rojo', destílalo, hasta que quede una materia que tenga la consistencia de la miel. Divídela en dos partes, mezcla estas partes en una cucúrbita doble con lo que ha destilado, reúne estas partes de nuevo, y, tras haber dejado que circule todo durante seis semanas, el `Oleum viride' sobrenadará, el cual debes decantar. "

[1] En castellano, Las Moradas Filosofales, (y el simbolismo hermético en sus relaciones con el arte sagrado y el esoterismo de la Gran Obra), Plaza & Janés, editores (Barcelona).

Sal harmoniacum vegetabile Lullii.
"Toma `vino blanco o rojo' excelente, destila de él según el arte un espíritu ardiente que quema el algodón, deja evaporar la flema hasta que el residuo sea como la pez líquida y vierte encima de él el espíritu ardiente, tanto como hace falta para recubrirlo de la altura de cuatro dedos. Digiere una semana al baño, destila a continuación el spiritus animatus al fuego de cenizas, rocía la tierra de nuevo espíritu ardiente y reitera este proceso hasta que la tierra permanezca seca y en polvo. "

Sal harmoniacum vegetabile Lullii (otra receta)
"Toma `vino rojo o blanco', ponlo a pudrir al baño veinte días, de modo que se facilite la separación de sus componentes. A continua­ción, saca de él el agua ardiente a fuego lentísimo, por destilación al baño, y rectifica tan a menudo como hace falta para quitarle toda la flema. Pon entonces esta flema a destilar al baño de cenizas hasta que te quede al fondo del vaso una materia que se parece a la pez líquida. Conserva la flema que ha pasado. Toma después la materia menciona­da más arriba y vierte encima tanta flema como hace falta para recu­brirla cuatro dedos, pon el vaso primero dos días al baño y después un día a cocer dulcemente en la ceniza. Resultará de ello una flema fuer­temente coloreada que vaciarás en otro vaso. Vuelve a poner el primer vaso con nueva flema, de nuevo dos días al baño y un día al fuego de cenizas, y vacíalo también en otro vaso. Y reitera esto hasta que la flema ya no se coloree. Si llegas a carecer de flema, toma entonces la flema coloreada, extrae de ella por destilación la mitad o la tercera parte al baño, y, con este destilado, procede como aquí arriba. Cuan­do la flema ya no se coloree, te quedará al fondo del vaso una suerte de tierra blanca, y la flema habrá atraído hacia sí todo el aceite. Si quieres separar de ella el aceite, destílala al baño, lo que hará elevarse la flema sola, mientras que el aceite rojizo quedará al fondo del vaso. Toma entonces esta tierra y vierte encima mercurio (vegetabilis o agua ardens) tanto como hace falta para cubrirla tres dedos, pon el vaso un día al baño de cenizas a cocer dulcemente, sácalo entonces, por desti­lación al baño, de la tierra pura, como aquí arriba, y pon la flema a un lado. Vierte nueva aqua ardens sobre dicha tierra hasta la altura de dos dedos, ponla de nuevo un día al baño de cenizas y extráela en cenizas como aquí arriba por, destilación.
"Y continúa así hasta que ninguna traza de Espíritu (de spiritus o de anima, como también se le llama) quede en la tierra, sino que su­ba todo con el aqua ardens, lo que puedes reconocer cuando la tierra queda como un polvo finísimo y no humea, puesta sobre una lámina enrojecida al fuego, lo que es el signo de que está privada de toda ani­ma o spiritus. Digiere esta tierra sobre un trípode en el atanor y déja­la en él diez días y diez noches a fuego constante. Toma entonces el agua ardens que contiene el espíritu o el anima, vierte un dedo sobre esta tierra y vuelve a ponerlo todo por una jornada sobre el atanor, ponlo después al baño y saca por destilación el agua ardiente sin spi­ritus o alma, pues el spiritus quedó en la tierra; pon otra vez nueva agua ardiente encima, y repite el proceso hasta que la tierra haya bebi­do todo su espíritu, lo que reconocerás poniéndola sobre una lámina enrojecida al fuego: volará entonces en su mayor parte en humo. Di­giere esta tierra seis días enteros en el trípode y ponla en el baño de cenizas a fuego más fuerte, hasta que se deposite por sublimación so­bre las paredes del vaso el mercurio vegetable, y que la `tierra conde­nada' quede al fondo, la cual no entra en nuestra obra de ningún mo­do. Recoge prontamente este mercurio y ponlo desde su nacimiento al aire, durante dos días, de forma que se mezcle y se penetre con su `agua' (in mixtionem cum sua aqua); será entonces un `agua' que ten­drá la fuerza de disolver todos los metales conservando su esencia, un agua a la que llamamos menstruo vegetable."

He expuesto en toda su largura este procedimiento que conduce del vinum rubeum vel album a la adquisición del mercurio, tan a me­nudo nombrado e incomprendido, para mostrar cuán largos y peno­sos son estos trabajos alquímicos; más aún, esto no forma sino una parte de la Gran Obra hermética. Es ordinariamente aquí que la mayor parte de los maestros herméticos comienzan la exposición de la vía que conduce a la preparación de la piedra filosofal, o bien, sitúan al spiritus vini (vinum rubeum vel album) al comienzo de su exposición, pero sin dejar transpirar el menor detalle de su preparación, y pasan a continuación directamente a las llamadas `rotaciones', después que el mercurio ya ha sido preparado y que la `simiente áurea', ha sido ya arrojada en la tierra virgen para pasar por los diferentes `colores'.
Como se ve, los Adeptos podían entregar sin escrúpulos fragmen­tos enteros del procedimiento Universal, siempre que tuviesen en la obscuridad la preparación del spiritus vini philosophici, de su espíri­tu de vino y de su fuego secreto, y esto es lo que hicieron sin excepción, en el curso de los siglos. Si mencionan no obstante de forma más o menos explícita su espíritu de vino secreto, no se encuentra a pesar de ello en casi ninguna parte de sus escritos la alusión repetida a su fuego secreto salino. Hablan aquí y allá de `nuestro' fuego y dicen: "Nuestro fuego no el es fuego elemental", pero eso es todo. El fuego salino secreto tiene sin embargo su lugar al comienzo de la Gran Obra y en cada una de sus operaciones, y sin él no es posible preparar su vinum rubeum vel album, el spiritus vini philosophici. El elevado ran­go que asignan a este fuego puede medirse por el hecho de que la sala­mandra, que simboliza e1 fuego secreto, sirve de capitel a la jamba mediana de la puerta de Lisieux, como lo indica Fulcanelli en el pasaje citado más arriba.

Las dos vías

Como se sabe, existen en alquimia dos vías para alcanzar el objeti­vo del trabajo hermético: la vía llamada breve o seca, y la vía llamada larga o húmeda; estas cualifcaciones de húmeda o seca no son válidas sino de una manera muy aproximativa, pues ‑como ya se ha dicho­ lo que debe ser preparado en primer lugar es el `fuego salino', lo que no es posible hacer sin el empleo de agua. Este trabajo preliminar, muy fastidioso y monótono, era comparado por los alquimistas a las manipulaciones de los fabricantes de salitre, al menos en la primera etapa, a la que llamaban `trabajo de mujer', a causa del empleo necesa­rio de una lejía. En la última etapa, sin embargo, este trabajo no es ya del todo un trabajo de mujer, sino un procedimiento muy minucioso y a menudo peligroso.
La vía llamada corta o seca no conduce al espíritu de vino secre­to, sino directamente a la manipulación de los minerales y de los me­tales por el fuego salino y, desde este punto de vista, la denominación de vía seca está justificada; la vía larga o húmeda, mucho más noble, pero también más difícil y fastidiosa, conduce a un resultado infinita­mente más cumplido, y toma su calificación de las innumerables des­tilaciones que necesita.
En el pequeño libro, por otra parte sumamente secreto titulado El verdadero camino antiguo de la Naturaleza de Hermes Trismegisto, por un auténtico Francmasón, Leipzig 1782, (Des Hermes Trismegis­tus wahrer alter Naturweg, von einem ächten Freymaurer) se encuen­tra, con motivo de la vías `húmeda' y `seca', el siguiente pasaje:

'Los filósofos mencionan en sus escritos dos vías que permiten obtener la tintura. Los llaman la vía seca y la vía húmeda. Que se esco­ja una u otra para la elaboración de la tintuta, no hace diferencia al comienzo, pues en ambos casos se ha de operar por lo seco y por lo húmedo. Las dos vías sacan sus nombres respectivos del hecho de que la tintura preparada por vía seca `abre' el oro en el crisol bajo la forma de un polvo seco y eleva al metal a un estado más que perfecto o tin­torial; en contrapartida, en la vía húmeda, la 'apertura' del oro se hace resuelto por nuestro mercurio filosófico, y por la intervención de los elementos, a fin de llegar al estado tintorial. "

La `materia primera'

El procedimiento fragmentario que hemos sacado de la obra de Weidenfeld, concernía a la vía larga y húmeda. Esta vía conduce de la prepración de la `goma' a la de la célebre prima materia que no pue­de encontrarse en parte alguna, pero que debe ser penosamente prepa­rada y de la que se destila a continuación el mercurio. Sólo en este momento se llega a adquirir el spiritus vini philosophici o el espíritu de vino secreto de los Adeptos. Se dispone entonces de vinum rubeum vel album, a partir del cual el camino se prosigue hacia la manipula­ción del oro o de la plata (o de los dos), por las `rotaciones', hasta la obtención de la tintura al rojo o al blanco.
La prima materia es por otra parte otro enigma que ha desespera­do a los buscadores alquímicos. ¿De dónde sacarla? ¿Dónde encon­trarla? El conde Bernardo de la Marca Trevisana (1406‑1490) quien, al cabo de sesenta años de vanas investigaciones, consiguió sin embargo el objetivo y preparó la piedra pese a su avanzada edad, escribe, con motivo de la prima materia, "que no se la debe buscar ni en el reino mineral ni en el vegetal, ni en el animal, pues no se la puede encontrar en ninguno de los tres reinos". La misma advertencia se encuentra también en otros autores alquímicos dignos de confianza. ¿Dónde está entonces? ¿Dónde podemos procurárnosla? En el Hydrolithus Sophi­cus (1619), muy buena obra alquímica, pero sumamente difícil, se lee igualmente: "Así pues, tras haberlo considerado bien todo, y haber llegado al conocimiento operativo de la verdadera prima materia, podrás entonces dedicarte a la práctica manual. . ." y más adelante: "Esta pie­dra filosofal oculta está de tal modo ligada a la necesidad de conocer la prima materia, alias materia secunda, para aquellos que la desean, que los filósofos no han podido recordar lo bastante ni poner suficien­temente en guardia a los lectores sobre este punto, y esta materia no es sin embargo más que una sola cosa, de la que está hecha nuestra pie­dra sin añadirla ninguna cosa extraña, bien que se la den mil nombres. Los filósofos describen sus cualidades y propiedades de forma mara­villosa y las resumen aproximativamente así: saber que ella se compo­ne al comienzo de tres, y sin embargo solamente de uno. . . " Y más adelante todavía: "Primeramente, debes, antes que todo, disolver y re­solver la materia ya mencionada, o primum ens, que los filósofos han llamado también el más alto bien de la naturaleza. " Se pueden encon­trar en otros escritos alquímicos pasajes significativos y reveladores con motivo de la prima materia pues, una vez que se ha comentado que la materia puede ser denominada también materia secunda, y que se hace de tres al comienzo y sin embargo no es más que una, resulta claramente de ello que la prima materia no ha de encontrarse en parte alguna, sino que debe ser preparada.
En la época del conde Bernardo de la Marca Trevisana (citado a menudo bajo el nombre de Bernardus Trevisanus), dos siglos antes de la invención de la imprenta, no se encontraba por así decirlo una indi­cación análoga en los dispersos manuscritos alquímicos, de suerte que puede concebirse que el conde haya podido seguir durante decenas de años convencido de que la prima materia debía encontrarse en uno de los tres reinos de la naturaleza.
Es agradable leer la enumeración, hecha en su cándido estilo, de todas las materias que ensayó antes de haber aprendido finalmente al cabo de largos años y al precio de grandes dispendios, que todos sus esfuerzos habían sido vanos.

"El primer libro que tuve ‑dice‑ fue Rasís; emplee cuatro años de mi tiempo, y me costó ochocientos escudos experimentarlo; y después Geber, que me costó dos mil y más, y siempre con gentes que me avasallaban para destruirme. Vi el libro de Arquelao por tres años; encontré un monje, y él y yo laboramos durante tres años sobre los li­bros de Rupescissa, y con agua‑de‑vida rectificada treinta veces sobre las heces; tanto que, por Dios, la hicimos tan fuerte, que no podíamos encontrar vidrio que la sufriese para trabajarla, y gastamos en ello tres­cientos escudos. Después que hube pasado doce o quince años así, y que hube gastado tanto y no encontrado nada, y que hube experimen­tado infinitas recetas y toda clase de sales, disolviendo y coagulando, como sal común, sal amoniaco, sal sarracena, sal metálica, disolvien­do y coagulando, calcinando más de cien veces por dos años, en alum­bres de roca, de hielo, de pluma, en todas las marcasitas, en sangre, en cabellos, en orina, en excremento de hombre, en esperma, en animales y caparrosas, en atramentos, en huevos, en separaciones de los elemen­tos, en atanor, y por alambiques y pelícano, por circulación, por decocc­ión, por reverberación, por ascenso y descenso, fusión, ignición, ele­mentación, rectificación, evaporación, conjunción, elevación, sublima­ción y por infinitos otros regímenes sofísticos. Y estuve en todas estas operaciones doce años; de tal modo que hacía treinta y ocho años que estaba tras la preparación del mercurio de las hierbas y de los animales, de modo que gasté alrededor de seis mil escudos. "

"Si tuviese la fe del tamaño de un grano de mostaza. . ." Su fe recibió finalmente su recompensa.
La prima materia: se trata de un largo camino, verdaderamente le­gendario, el que conduce hasta la caverna del dragón que vomita fuego y a la morada del León rojo.

Las etapas de la preparación

No cito sino las etapas principales. El que no esté llamado no se encontrará por ello más avanzado. No es verdaderamente posible des­cubrirlo sin una iluminación o un don de Dios.

Las estaciones
‑ La preparación del fuego secreto.
‑ La preparación del mercurio de los metales.
‑ La preparación del agua seca de los metales.
‑ La preparación de la prima materia o goma de los sabios, de la que se destila el spiritus mercurii.
‑ La preparación del aceite blanco y rojo (vinum rubeum vel album).
‑ Disolución de oro perfectamente puro en el spiritus mercurii.
‑ Unión del spiritus mercurii que ha disuelto el oro con el aceite blanco y rojo vinum rubeum vel album).
‑ Hacer pasar esto por los colores (rotaciones), a calor dulcemente creciente, en un pelícano.
‑ Preparación del elixir.

Hay todavía diversos trabajos anexos necesarios a la obra misma, como la preparación del Electro inmaduro, etc.
Según mi conocimiento, no existe obra alguna, antigua o moder­na, que exponga el proceso de la Gran Obra alquímica en el orden exacto de las operaciones y tan abiertamente como yo lo hago aquí. Sin embargo, en lo que concierne a la preparación del fuego salino se­creto y del spiritus vini philosophorum, el silencio guardado desde hace siglos debe ser respetado todavía hoy en día.


El libro clave de Weidenfeld

Weidenfeld, que responde a tantas preguntas, se defiende sin em­bargo de haber entregado el secreto:
"Todo Adepto lo sabía: mientras el secreto del spiritus vini si­guiera siendo un misterio de orden mágico, todo el resto, aunque fuese incluso entregado completamente su secreto a los discípulos del Arte, no podría ser de la más pequeña utilidad al lector. Así, no temo ni la cólera de los Adeptos ni el anatema lanzado contra los que traicionan su secreto; lo repito una vez más: he dicho menos que ellos y no he hecho sino ordenar en lo posible lo que ellos han desparramado aquí y allá. "

Habent sua Jata libelli. Cosa digna de advertirse, la obra de Wei­denfeld sobre ‑el espíritu de vino secreto de los Adeptos, uno de los li­bros más reveladores de todo el corpus alquímico, conoció una nueva edición en Hamburgo en 1685, exactamente un año después de la pu­blicación de la primera edición en Londres, lo que prueba cl interés que suscitó; sin embargo, no ha sido reimpreso sino en 1768 en Leipzig, y no se encuentra mención de él, a no ser de pasada, en ningún autor al­químico de los siglos XVII y XVIII; no conozco una sola biblioteca ale­mana en la que se lo pueda encontrar. Está entre los libros alquímicos más raros y más difíciles de descubrir. Este estado de cosas deja presu­mir que las tres ediciones han sido compradas, desde su publicación, por las Logias rosacruces, que han impedido así una reedición o una más larga difusión del libro. No se explica uno de otro modo el miste­rio de la desaparición casi completa de este libro, único en su género en la literatura alquímica. Los Rosa‑Cruces e Iluminados, entonces guar­dianes del secreto alquímico, han debido estimar que se hacía resaltar demasiado claramente en este libro el lugar en el que yace el secreto, el escondrijo en el que el investigador debe deslizar su palanca. Es por otra parte probable que la misma razón explique porqué el quinto li­bro, en el que Weidenfeld prometía esclarecimientos suplementarios, no ha aparecido nunca. En lo que me concierne, el `azar' ‑llamemos así a la cosa‑ me ha puesto las dos primeras ediciones entre las ma­nos. A continuación, la segunda ha desaparecido de mi pequeña biblio­teca de cabecera, durante mi ausencia, cuando la ocupación de Baden­-Baden y la requisición de la morada que yo poseía ahí. El hecho es cu­rioso, pues esta pequeña colección de libros seleccionados ha permane­cido intacta en su conjunto. Por lo demás, eso hace un ejemplar menos entre el pequeño número de los que están todavía disponibles, mien­tras que poseo aún la edición de Londres.
Lo repito aquí: Weidenfeld no ha entregado la clave de la prepara­ción del espíritu de vino secreto (y menos aún la del fuego secreto), pero ha indicado la vía á seguir. Lo que él escribe es verídico y debe ser tomado al pie de la letra, pero sigue siendo inutilizable si se trata de pasar a la práctica.


La interpretación del doctor Becker

Dije más arriba que no se encuentra entre los autores alquímicos de los siglos XVII y XVIII alusión alguna al libro de Weidenfeld. Sin embargo, en 1862 apareció en Mülhausen, en Turingia, un pequeño li­bro de 62 páginas, titulado El espíritu de vino secreto de los Adeptos (Spiritus Vini Philosophici s. Lulliani) y su empleo terapéutico para los médicos y químicos (Der geheime Weingeist der Adepten [Spiritus vini Lulliana s. philosophici] und reine medizinische Anwendung für Arzte und Chemiker). Su autor es el médico de distrito y consejero sa­nitario Christian August Becker. Es un pequeño libro muy raro y cu­rioso, bien que no date todavía de un siglo. Yo lo he tenido por azar, por intermedio de Gustave Meyrink. Fue durante la primera guerra mundial, cuando acababa de comenzar mis primeros ensayos prácticos en alquimia; una relación de Meyrink, ante la necesidad, me envió una caja llena de libros alquímicos entre los cuales se encontraba la peque­ña obra del doctor C. A. Becker. La página en blanco final lleva una nota manuscrita:

"En el año 1867, mientras dirigía en Berlín la revista farmacéuti­ca Die Retorte, el doctor Becker de Mülhausen tuvo la bondad de en­viarme su notable escrito sobre la acetona, el espíritu de vino secreto de los Adeptos, y su empleo en medicina. Como tantas cosas de valor, este trabajo fue sofocado por los sabios de la Facultad, pues entendie­ron que había que ponerlo bajo el celemín."

¡Se ve que la Universidad no ha cambiado apenas de método! Por mi parte, no he podido encontrar este libro en ninguna biblioteca pú­blica, ni en ningún catálogo de librería. Pero conocí a un hombre que lo conocía y que también él lo apreciaba. Era el farmacéutico Müller, en esta época propietario y director de la fábrica farmacéutica de Góppingen, muerto en los años treinta. Se introdujo en mí de una for­ma verdaderamente poco ordinaria. Esto pasó durante el estío de 1921, muy poco tiempo después de que yo hubiese abierto mi laboratorio farmacéutico‑espagírico en Stift‑Neuburg, cerca de Heidelberg, tras siete años de trabajo de investigaciones preliminares. A una hora que no era precisamente la de las visitas habituales, hacia las ocho de la mañana, un doctor en medicina, de Ulm, llamado Lang, se hizo anun­ciar a mí. Lo recibí. Era un hombre imponente, de bella presencia, y que inspiraba una entera confianza. Dijo haber oído hablar de la fun­dación de mi laboratorio espagírico y, como él prescribía ya los reme­dios del doctor Zimpel de la fábrica farmacéutica de Góppingen, estaba igualmente interesado por los remedios Soluna (en aquella época, remedios Stift‑Neuburg) que deseaba utilizar en su práctica médica. En consecuencia, quería obtener informaciones más precisas sobre su composición y sobre su modo de preparación. Satisfací su primer deseo, que me pareció fundado, sin revelar nada sobre el modo de pre­paración. En el curso de la entrevista, fuimos conducidos a hablar igualmente de la preparación de los remedios del doctor Zimpel, respec­to a los cuales hizo prueba de conocimientos asombrosos. Le expresé mi sorpresa con este motivo, y me respondió que estaba ligado en amistad desde hacía muchos años al farmacéutico Müller, quien preparaba estos remedios. Aprendí así que los pretendidos `arcanos' del doctor Zimpel eran pura y simplemente mezclas que comprendían compuestos minerales crudos; una suerte de arcanos bien extra­ña. Mi visitante me rogó hacerle llegar una muestra de los remedios de mi laboratorio a su dirección: doctor Lang, Münstergasse, Ulm, y tuvo obligatoriamente que despedirse sin haber llegado a sus fines. Yo esta­ba por mi parte muy satisfecho de lo que me había dicho.
Algunos días más tarde, el paquete que yo había expedido a Ulm me fue devuelto con la mención: "Destinatario desconocido en Ulm." Una encuesta posterior en Correos reveló que no había existido nunca un doctor Lang en Ulm. Algunas semanas más tarde, tuve la visita del joven asistente del sanador Gottlieb, autor de un excelente aceite para la piel y director de un periódico de mucho éxito. Era amigo del far­macéutico Müller. Este asistente (del que he olvidado el nombre) me refirió que recientemente el farmacéutico Müller había venido una ma­ñana a Gottlieb y que él había sido involuntariamente testigo de su entrevista, ya que trabajaba en la pieza vecina cuya puerta estaba abierta. Müller había hecho parte a su amigo Gottlieb de sus remor­dimientos por su conducta imperdonable respecto a mí, conducta que contrastaba con mi gentileza hacia él; pero ya no era posible remediar­lo. Dos o tres años más tarde tuvo lugar una reunión de sanadores en Heidelberg y el farmacéutico Müller participó igualmente en ella. Fue organizada una visita colectiva a Stift‑Neuburg con esta ocasión. Du­rante la recepción, el farmacéutico Müller me llevó aparte y me dijo: "Ante vos, deseo que me trague la tierra. No sé qué demonio me ha impulsado hace poco a introducirme en vos. Haced de mí lo que que­ráis; arrojadme fuera, no merezco nada mejor." Yo le respondí que me regocijaba de conocerle por `segunda vez', en su calidad de farmacéutico Müller, y que era bienvenido ante mí.
No refiero este incidente para empañar su memoria. De mortuis nihil nisi bene. . . Dejando aparte esta indelicadeza (¿y qué no se hace para descubrir los secretos de los `concurrentes'?), era un hombre dig­no de respeto, muy simpático y experimentado, que había adquirido grandes méritos en la fábrica de Góppingen, incluso si sus `arcanos' se componían de metales crudos. Quería simplemente mostrar por esta anécdota todo lo que le puede suceder a cualquiera que tiene la repu­tación de dedicarse a la alquimia. Podría contar muchas otras aventuras análogas y más aún sobre los truhanes que se han presentado an­te mí en el curso de los años, para tener permiso de trabajar en mi la­boratorio y preparar en él, naturalmente, la piedra filosofal, mientras que la mayor parte de entre ellos no sabían siquiera destilar conve­nientemente un agua fuerte. Es así, por ejemplo, que conocí a uno que, desde hacía cuarenta años, quería sacar el mercurius philosopho­rum del aire (sin duda atrapándolo con su sombrero). El se llevará sus espejismos consigo a la tumba.
Mientras escribo esto, se me informa de que acaba de abrir en Fri­bourg‑en‑Brisgau un laboratorio pretendidamente espagíríco, que, pla­giando mi laboratorio Soluna, se titula Solaris. Los remedios llevan igualmente nombres groseramente plagiados; por ejemplo: Cordina en lugar de Cordiak, Hepatina en lugar de Hepatik, etc. . . El propietario y fundador de este laboratorio es (o era) un simple electricista de su estado. Hace algunos años ejercía al mismo tiempo la actividad de sa­nador (no sabría decir si era con o sin licencia[1]). Se dirigió a mí al comienzo de la era hitleriana, para utilizar los remedios Soluna, y vol­vió algún tiempo después solicitando indicaciones para la preparación de la piedra filosofal. (¡No se podría creer el número de gentes que, todavía hoy en día, quieren preparar el Gran Elixir!). Estaba persuadi­do de poder obtener el mercurius philosophorum del humus largo tiempo digerido a calor dulce y después podrido... ¡Cuántos estragos no ha cometido el mercurius en el curso de los tiempos en la cabeza de los autodidactas más o menos ignorantes!
[1] N. del Tr.: El ejercicio de la medicina es libre en Alemania, pero los sanado­res deben obtener una licencia.


Le di entonces, para incitarle a seguir otra vía, un procedimiento sobre el vitriolo que, aun no sirviendo a la preparación de la piedra, es utilizado en la elaboración de un remedio muy eficaz, y que pertenece al mismo tiempo a los trabajos anexos a la Gran Obra. Pero no quiso dedicarse a él. Sin duda, este trabajo le parecería demasiado penoso y es por esto que se atuvo, al menos por esta vez, a su humus. Me ha rendido visita dos o tres veces en total, tanto en el castillo de Donau­münster como en Baden‑Baden, antes y durante la segunda guerra mundial. Poco antes de la debacle, recibí todavía dos o tres cartas de él para cuestionarme sobre los trabajos alquímicos, pero yo no le res­pondí, no teniendo tiempo que perder. ¡Y he aquí que me entero de que ha abierto un laboratorio espagírico!
¡Qué no le sucede al buscador en este domino `al margen de la ciencia'! Este hombre no es capaz en todo caso de descubrimientos; lo quiere todo. ¡Tempora mutantur, sed non mutantur in illis! Hace ya ciento cincuenta años, los Rosa‑Cruces hablaron de estos plagia­rios y ladrones alquímicos en los "Discursos de Reuniones de los Ro­sa‑Cruces de Oro" (Versammlungsreden der Gold‑und‑Rosenkreutzer, Amsterdam, 1779). El conde Bernardo de la Marca Trevisana supo acomodar a esta ralea de un modo sumamente divertido: `Pese a su gran ignorancia, apenas capaces de pronunciar dos palabras latinas, no sabiendo siquiera leer correctamente su lengua materna, estos infames quieren ataviar su `baratija' con las más maravillosas etiquetas. "
Pero sea ya suficiente sobre el aspecto anecdótico de la cuestión. Decía pues que el farmacéutico Müller dominaba bien su tema y cono­cía igualmente el libro del doctor Becker, al que juzgaba interesante y digno de ser leído. En verdad, es un libro notable. Está basado entera­mente sobre la gran obra de Weidenfeld. El doctor Becker trata de des­cubrir el spiritus vini philosophici y, más aún, está persuadido de ha­ber penetrado en su secreto. Justifica por otra parte su interpretación de forma plausible y científicamente irreprochable. Llega a la conclu­sión de que se trata de la acetona, lo que no deja de sorprender a pri­mera vista, pero los argumentos avanzados hacen reflexionar.
Lo digo cuanto antes: el espíritu de vino secreto no es, natural­mente, la acetona. No se puede negar sin embargo que numerosos ele­mentos hacen verosímil la presunción del doctor Becker. La acetona pura, CH3 COCH3, que se obtiene en la industria química no es sin em­bargo idéntica a la acetona del doctor Becker, pues éste considera que el spiritus vini philosophici es el producto completo de1a destilación de los acetatos, comprendiendo en él al aceite que sobrenada, es decir, el acetado y sus derivados. El doctor Becker llamaba a este extracto, prepa­rado en su farmacia a partir del acetato de sodio, spiritus aceti oleosus. Empleó esta preparación con éxito contra un gran número de enfermedades de las que da la lista.
Su pequeña obra es tan atractiva, contiene puntos de vista de tal modo sorprendentes, que merece la pena extenderse más explícita­mente sobre ella. Tras haber hablado brevemente en su prefacio de los aíios consagrados a la alquimia y a los arcanos en que se había esfor­zado vanamente por penetrar, el doctor Becker continúa:

"He perseverado en esta vía y he llegado a una serie de remedios que no fguran en la farmacopea, pero que permiten obtener resulta­dos ciertos en la práctica. El escrito de Weidenfeld me dejó esperar los mayores esclarecimientos, pero lo esencial, el spiritus vini philoso­phici, permaneció oculto para mf en su descripción misteriosa, casi co mo un presentimiento. Hoy en día, después de veinte años, he recono­cido, en el curso de un nuevo estudio, la acetona. Este descubrimiento proyecta una nueva luz sobre los medicamentos de los Adeptos y disi­pa la oscuridad de sus escritos. "

He aquí algunos pasajes entre los más importantes, en los que el doctor Becker analiza su conclusión en lo que concierne a la naturale­za y el origen del spiritus vini Lulliani:

"El fundamento de esta investigación reside en la obra de Johan­nes Seger Weidenfeld: De Secretis Adeptorum, sive de usu spiritus vini Lulliani, libri IV, 1685.
"Es sorprendente que este spiritus vini philosophici, cuya prepara­ción es descrita en la bien conocida obra de Weidenfeld, no sea citado por los químicos posteriores. No es sino en Pott (Exerc. Chym. Beroli­ni, 1738, p. 21) que lo encuentro descrito en estos términos: "Es un disolvente oleoso que no tiene todavía nombre y que no ha sido reve­lado por químico alguno. Es un líquido limpio, volátil, puro, oleoso, inflamable como el espíritu de vino, ácido como el vinagre, que pasa en la destilación bajo la forma de copos de nieve. Este líquido digerido y cohobado sobre los metales, sobre todo después de que han sido cal­cinados, los disuelve casi todos. Retira del oro una tintura muy roja y, cuando se lo quita de encima del oro, queda una materia resinosa en­teramente soluble en el espíritu de vino, que adquiere por este medio un bello color rojo. Queda un residuo negro con el cual, pienso, se puede preparar la sal auri. Este disolvente se mezcla indiferentemente con los licores acuosos o grasos, y convierte los corales en un licor de un verde marino. Es un licor graso saturado de sal amoníaco. Es el verdadero menstruo de Weidenfeld, o el espíritu de vino filosófico, ya que se retiran de la misma materia los vinos blancos y rojos de Raimundo Lulio. Su preparación, aunque oscura y oculta, es sin embargo muy fácil." ‑

Y Pott enmudece‑igualmente.
El doctor Becker llega a las diversas recetas del espíritu de vino se­creto, de las que cita un gran número, antes de sacar de ellas a conti­nuación sus conclusiones. Comienza por la prescripción original de Rairnundo Lulio:

"Raimundo Lulio da la primera receta en el libro De la Quinta­esencia. Es por ella que comienzan las citas de Weidenfeld.
Se destila el mejor vino rojo o blanco, vinum rubeum vel album, de la forma habitual para hacer de él, el agua ardiente. Esta es tres veces rectificada y bien preservada deforma que el espíritu inflamable no se evapore. El signo infalible del éxito es que, si se enciende el azúcar imbibido con él, se inflama el agua de la vida. Cuando este agua está así preparada, se tiene la materia de la que se saca la quinta­esencia. Se pone este agua en un vaso circulatorio y, tras haberlo cerra­do herméticamente, se coloca en el estiércol de caballo en el que el ca­lor permanece igual. Es preciso que el calor no disminuya; sin ello la circulación (digestión) del agua sería estorbada y no se obtendría lo que se busca. Pero cuando se aplica un calor constante prosiguiendo la digestión, la quintaesencia sobrenada y se separa netamente de una parte inferior trastornada. Cuando la digestión ha durado lo bastante, se abre el vaso; si se desprende de él un perfume incomparablemente suave, que ejerce sobre cualquiera una atracción invencible, es el signo de que la quintaesencia está lista. A falta de este signo, el vaso debe ser recubierto de nuevo y puesto otra vez en digestión hasta que el signo aparezca.
"Este agua ardiente, spiritus vini philosophici, tiene muchas ana­logías con el espíritu de vino ordinario, lo que ha impedido su descu­brimiento. Pero contrariamente a este último, si se prosigue la diges­tión, se obtiene un aceite que sobrenada. Es la base, el origen y el fin de todos los disolventes de los Adeptos. En su simplicidad, es el más débil de todos; pero combinado con otros cuerpos, es el más poderoso de los menstruos. Aparece bajo una forma doble; la primera como un espíritu de vino ordinario, miscible con el agua; la segunda como un aceite que sobrenada. Se trata siempre sin embargo del mismo cuerpo; la diferencia no concierne sino a su pureza y sutileza. La receta de Lu­lio es verdaderamente exacta, pero no comprende sino una parte del procedimiento, que puede completarse por otras recetas que saco de Weidenfeld. "

Para comprender el pensamiento de Becker, hay que exponer aquí al menos dos de los procedimientos que cita. (página 128):

"Coelum vinosum parisini.
"Tras la destilación del aqua ardens y de la flema, queda una ma­sa negra pesada como la pez fundida; ésta es lavada con la flema, mez­clada al spiritus vini, digerida y destilada, lo que se repite con nuevo espíritu hasta que el residuo esté seco. El producto de la destilación se llama spiritus animatus. Es vertido gradualmente sobre el residuo, por cantidades crecientes, y digerido hasta que éste esté saturado y deven­ga blanco. En este momento, se sublima. El sublimado es claro y bri­llante como el diamante. Es puesto al baño‑manía, donde deviene lí­quido, y después el agua superflua es destilada. Se recomienza cuatro veces la destilación, volviendo a poner cada vez nuevas cantidades del primer espíritu. La substancia así obtenida será puesta en digestión durante sesenta días. Se reconoce que el trabajo ha tenido éxito en la formación de un depósito semejante al de una orina sana. Se separa la quintaesencia, tan clara que se duda que esté presente, y se la guar­da en un lugar frío. "

Otra receta ligeramente modificada (página 134):
"Coelum vinosum Lullii:
"Aquí el aqua ardens es directamente vertida sobre el residuo ne­gro, que es digerido; se saca de él por destilación primero el aqua ani­mata y a continuación el aceite, activando el fuego. El residuo es cal­cinado hasta que esté blanco. A continuación es imbibido cuatro ve­ces de aqua animata y sublimado. El sublimado centelleante es mez­clado al aqua animata y destilado una vez, lo que tiene por efecto ha­cer pasar la sal por el pico. El destilado es tenido sesenta días en di­gestión y se cambia en la quintaesencia perfumada, clara y brillante como una estrella. Se forma un depósito como en la orina de un ado­lescente en buena salud. "

Becker cita a continuación otros siete procedimientos análogos con variantes. Da entonces su propia versión, para explicar la naturale­za del procedimiento. Aporta también dos métodos emparentados pa­ra la volatilización de la sal de tártaro, y acaba finalmente en la conclusión siguiente:

"Revelación del espíritu de vino secreto de los Adeptos. En la se­gunda parte del libro consagrada a los disolventes minerales, Weiden­feld da indicaciones sobre el secreto del spiritus vini philosophici, que esclarecen suficientemente este último. De la confrontación de las di­versas prescripciones se desprende el siguiente contenido: El cuerpo misterioso, oculto bajo múltiples nombres, materia de la piedra filoso­fal (prima materia lapidis), es calcinado al rojo y disuelto en vinagre destilado. La solución es evaporada hasta la consistencia de una go­ma, De esta última se destila primeramente a fuego dulce un agua in­sípida y, cuando aparecen humos blancos, se cambia de recipiente y se obtiene así el aqua ardens. Este agua tiene un gusto muy fuerte y un olor nauseabundo, y es por esto que se la llama aqua foetens, mens­truum foetens; prosiguiendo la destilación a fuego más fuerte, aparece un vapor rojo y, en último lugar, gotas rojas. Se deja entonces decaer el fuego poco a poco y se conserva el producto de la destilación en un vaso bien cerrado, de manera que no se deje disipar su espíritu volátil.
El residuo que queda en la cornuda es negro como el hollín; se extien­de sobre una piedra y se enciende en una extremedidad con un carbón ardiente: En el espacio de media hora la incandescencia gana toda la masa, que se calcina en color amarillo. Entonces se la disuelve en vina­gre destilado y se evapora hasta la consistencia de una goma, que se so­mete a la destilación. Esto se repite hasta que la mayor parte del licor sea reducido. Se junta este licor al producto de la primera destilación, se hace digerir catorce días y se destila de nuevo. El aqua ardens pasa en primer lugar, sobrenadada por un aceite blanco. Este destilado es recti­ficado siete veces, hasta que una estofa humedecida y presentada a la llama se consuma. Queda un aceite amarillo que se destila a fuego vivo.
"Se deja resolver el sublimado adherido al cuello de la cornuda en un bacín de hierro colocado en un lugar fresco. Se añade un poco de aqua ardens al licor filtrado, y se recoge el aceite verde que se separa en la superficie. La destilación es entonces retomada; en primer lugar, viene el agua; después, un aceite espeso y negro. Desde que aparecen vapores blancos, se cambia de recipiente. El producto blanco de la des­tilación es puesto a evaporar a calor moderado hasta que quede una masa oleaginosa espesa como la pez fundida. "
"Esta masa negra es tratada de nuevo hasta el agotamiento com­pleto del residuo, operación que sería inútil describir en detalle. Ri­pley explica que en el menstruo fétido preparado a partir de dicha goma están contenidas tres substancias:
1) El agua ardiente que, encendida, arde como el espíritu de vino ordinario.
2) Un agua blanca espesa, la lac virginum de los Adeptos.
3) Un aceite rojo, la sangre del león verde de los Adeptos."

He subrayado este último pasaje, porque contiene todo el secreto del vinum rubeum vel album; es el verdadero "vino blanco o rojo" de los Adeptos, y no, como lo supone Becker de forma aparentemente plausible pero errónea, la acetona y sus derivados.
Becker prosigue:

"Ripley dice que nadie ha hablado nunca tan claramente y que te­me por este hecho la cólera de Dios y de los Adeptos. Weidenfeld co­menta que ha revelado ahí un gran secreto del Arte. Los Adeptos han enseñado bien claramente en sus indicaciones prácticas el uso del vino filosófico, pero han callado la manera de obtenerlo. Ripley, el primero y único, explica que la clave de toda la química secreta está ahí ocul­ta, a saber que el menstruo fétido con la leche de la Virgen y la sangre del León, tenidos en digestión dulce catorce días, son el vinum rubeum vel album de Lulio, y, en confirmación de lo que dice, añade que de este menstruo fétido se prepara el aqua vitae rectificata de Rai­mundo Lulio. "

Becker continúa así:

"La materia primordial, la prima materia, está revestida de los nombres más diversos, destinados a guardar su secreto. Los Adeptos han trabajado en parte sobre los metales y en parte sobre las sales y los minerales metálicos. El León Verde se llama así porque su solución es verde; se le disuelve primero en ácido sulfúrico para purificarlo; da cristales azafranados en esta disolución. La materia primera así prepa­rada es a continuación calcinada al rojo, lo que tiene por efecto expul­sar el ácido; se la disuelve entonces en vinagre destilado y se espesa hasta la consistencia de goma. Esta goma, destilada, da el spiritus vini philosophici.

"De los hechos siguientes: 1) la materia primera calcinada al rojo es disuelta en vinagre, lo que conduce a la formación de un acetato; 2) el residuo negro de la cornuda se deja inflamar y llevar a la incan­descencia, lo que es una propiedad de los acetatos; 3) la destilación da un espíritu de vino ordinario y un aceite volátil; se deduce claramente que no se trata aquí sino de la preparación de la acetona":

En la continuación de su exposición, Becker suministra justifica­ciones más detalladas de su hipótesis y da como apoyo algunas citas de Weidenfeld sobre la preparación del spiritus vini philosophici. Estas citas se encuentran ya mencionadas al comienzo de este capítulo.
Como se ve, las deducciones de Becker son seductoras e incluso convincentes en apariencia. Las he referido a propósito de forma tan detallada, para mostrar cómo la verdad y el error se flanquean en este misterioso dominio.
Becker se cree autorizado a suponer que al hablar de la prepara­ción de su espíritu de vino secreto, los Adeptos entienden la producción de la acetona. Se funda sobre las tres particularidades siguientes:
1) La "materia primera" calcinada al rojo es disuelta en vinagre, lo que provoca la formación de un acetato.
2) El residuo negro que queda en la cornuda se deja inflamar y se consume, lo que es propiedad de los acetatos.
3) La destilación produce un espíritu de vino semejante al espíri­tu de vino ordinario, así como un aceite volátil.
Estas tres particularidades sobre las que se funda se observan en efecto durante la preparación de la acetona, que puede efectuarse, entre otros, a partir de la destilación del acetato de plomo, de potasio o de sodio. Becker mismo utilizó este último producto para la prepa­ración de la acetona que empleó, con sus derivados, para fines medi­cinales, bajo el nombre de spiritus aceti oleosus. Sin embargo, estas sales no son previamente calcinadas al rojo y el procedimiento es del todo falso.
Esta receta no vale más que para la preparación de la acetona a partir del vitriolo de hierro o del vitriolo de cobre o verdete. Pero en estos casos no quedan residuos que puedan encenderse tras la desti­lación y que arderían sin llama... Las suposiciones de Becker no son, pues, justas sino en parte. ¿Qué hay que entender entonces por mate­ria primera a calcinar al rojo? Como lo hemos dicho al comienzo de esta exposición, la prima materia no es una `materia primera', sino el resultado de un proceso largo y complejo; es idéntica a la `gomma' de los maestros herméticos. Sin embargo, de esta prima materia de los Adeptos se saca en último lugar un `espíritu' que es verdaderamente el mercurio de los filósofos, tan buscado, y que, una vez preparado, se deja aumentar en peso a voluntad por el mercurio vulgar. Se destila de ella la `leche de la Virgen' y el `aceite rojo': vinum album vel ru­beum. Los Adeptos no comienzan a exponer el proceso de la obra más que a partir de esta etapa; dejan en la oscuridad todos los trabajos preliminares que conducen a la preparación de la materia primera. Más aún: todo ello no se aplica sino a la vía larga y húmeda.
Para retomar de nuevo una frase de Becker:

"El `Léon verde' es primero disuelto en el ácido sulfúrico, para purificarlo; da en solución cristales amarillo azafrán; la materia pri­mera (?) preparada es a continuación calcinada al rojo, lo que tiene por efecto expulsar de ella el ácido; se la disuelve entonces en vinagre destilado y se espesa hasta la consistencia de una goma; cuya destila­ción da el spiritus vini philosophici."

Esta sola frase contiene un tropel de suposiciones erróneas: pri­meramente, el `león verde' es un producto regio obtenido al final de la operación y no es nunca disuelto en el ácido sulfúrico con el fin de su purificación; en segundo lugar, la materia primera purificada (que no existe como tal) no es calcinada al rojo (sin duda, el autor piensa en el vitriolo) y no puede en consecuencia ser disuelta en vinagre des­tilado para ser espesada hasta la consistencia de goma. Incluso cuando la alusión del autor se refiere a la preparación de la acetona, no se ve cómo a partir de esta combinación viene de ella al León rojo, ni cuál es el papel de la goma en su preparación. Sin embargo, como acaba de decirse, la acetona es destilada de los acetatos: Becker la ha obtenido a partir del acetato de sodio. Es exacto que la destilación de la verda­dera goma de los Adeptos, es decir la prima materia de los sabios, preparada por procedimientos largos y minuciosos, da el spiritus vini philosophici o, más exactamente, `el aceite blanco y rojo y el mercu­rio de los sabios'. Decir más sería levantar demasiado el velo. Estamos quizá ya demasiado avanzados en la vía de las revelaciones.
El malentendido que está en la base del error de Becker reside en que confunde y mezcla las suposiciones de Weidenfeld, que conciernen exclusivamente al spirttus vini philosophici, con las recetas de yatro­químicos como Agrícola o Zwelfer, que han tratado la preparación del spiritus saturni a partir del azúcar de Saturno (en suma, algo análogo a la acetona, pero llevado más lejos). En efecto, en la continuación de su obra, por otra parte notable, Becker da una serie de indicaciones que se aplican exclusivamente a la producción del espíritu y del aceite ro­jo a partir del acetato de plomo, con fines curativos. No se trata de la `goma de los sabios' en el sentido en que lo entienden los Adeptos, ni del vinum rubeum vel album. Los grandes médicos yatroquímicos de fines del siglo XVII y del siglo XVIII no eran Adeptos, y no han rei­vindicado nunca este rango por otra parte. No obstante, poseían un conocimiento muy extenso de la farmacopea espagírica, y sabían cu­rar enfermedades contra las cuales nuestra terapéutica moderna sigue siendo impotente.
Es así que el spiritus saturní, preparado espagíricamente, es un re­medio efectivamente soberano contra todas las afecciones saturninas, que justifican un tratamiento por los derivados del plomo. El doctor Becker da el resumen de una receta sacada de la obra médica de Agrí­cola (primera parte, página 222):

"El azúcar de Saturno es digerido cuatro meses al baño de vapor con buen espíritu de vino; a continuación se saca el espíritu de vino y queda un bello licor espeso. Este es mezclado con arena[1] y destila­do por grados en la cornuda; se obtiene un bello aceite amarillo y rojo, y un bello espíritu blanco. El espíritu y el aceite deben ser rectificados conjuntamente al baño de vapor en una cornuda de vidrio; el espíritu pasa primero gota a gota, después viene un aceite amarillo; se debe cambiar de recipiente en este momento, sin que se pierda el aroma espiritual, más delicado que el ámbar y el musgo. Pasado el aceite ama­rillo, aparece la flema con numerosas rayas blancas; se debe entonces cambiar de nuevo de recipiente y hacer pasar toda la flema. En último lugar viene un bello aceite rojo cuya destilación exige un fuego vivo, pues pasa difícilmente. El residuo negro de la cornuda es calcinado al fuego violento hasta que sea blanco como la nieve, después es disuelto en vinagre destilado, y a continuación cristalizado. La sal es tenida en digestión ocho días al baño de vapor, con el espíritu precedentemente rectificado, y después es destilado éste: la sal se sublima entonces en su mayor parte. Lo que ha pasado es vertido de nuevo sobre el residuo, digerido de nuevo y destilado, y esto es repetido tan a menudo como haga falta para que la totalidad de la sal volátil pase bajo la forma de spiritus. Se añade entonces el aceite rojo, lo que tiene por efecto mez­clarlos indisolublemente y dar un remedio extremadamente precioso. "

Esta es la receta de Agrícola para la preparación del spiritus y del oleum satumi, destinados a empleos médicos. Sin embargo, no se en­cuentra en Agrícola que el espíritu y los aceites blanco y rojo se mez­clen indisolublemente. Se trata de una adición de Becker, sacada de las indicaciones herméticas para la preparación del verdadero vinum ru­beum vel album. Aparte de ello, el procedimiento es exacto y el reme­dio espagírico así preparado es de una extraordinaria eficacia. Becker da por otra parte un extracto de los informes de Agrícola sobre las cu­raciones operadas por este remedio, principalmente en los casos de abscesos de pulmón, de nefritis, de blenorragia virulenta, de picaduras infectadas y de panadizo. Con motivo de éste último, Agrícola comen­ta: "Aplicado sobre el panadizo, lo cura rápidamente. " El autor, que ha preparado él mismo este remedio en su laboratorio, puede confir­mar plenamente esta observación.
Como se deduce de la receta de Agrícola para la preparación de su spiritus saturni, no se trata ahí de la acetona, sino de la preparación de un remedio muy complejo, a partir del plomo cuyo poder de penetración se encuentra considerablemente aumentado por el procedimiento espagírico. Partiendo de la hipótesis errónea de que se trataba ante todo de acetona, incluso si se conservan los productos anexos ob­tenidos en el curso de su preparación, Becker hace preparar su spiritus aceti oleosus a partir del acetato de sodio. Escribe con este motivo:

"A instancias mías, el farmacéutico Klauer emprendió su prepara­ción en 1840. Refiere con este motivo: cuatro libras de acetato de so­dio dieron veinte onzas de destilado. La destilación, hecha al baño de arena, duró tres días. El destilado fue rectificado al baño maría. Lo que pasa primero es la acetona, con un poco de agua (la acetona co­mienza a destilar a 55°). La destilación, llevada más adelante, da agua, ácido acético y un poco de aceite (metacetona). El residuo es un acei­te pardo oscuro de consistencia espesa, que se disuelve muy fácilmente en la acetona. Para obtener la acetona anhidra, hay que rectificar sobre el cloruro de calcio. Seis onzas y media de acetona acuosa, obtenidas a partir de cuatro libras de acetato de sodio, dieron cuatro on­zas y media de acetona anhidra. He prescrito la acetona, unida a los dos aceites, bajo el nombre de spiritus aceti oleosus. Desde 1840, he empleado muy a menudo este remedio. El producto así preparado es bueno, pero no responde enteramente a la descripción de los viejos químicos; le falta principalmente el famoso perfume, lo que se expli­ca fácilmente por el hecho de que el procedimiento antiguamente en uso maduraba en algún modo el remedio, por digestiones y destilacio­nes largo tiempo reiteradas. Lo mismo ocurre con un vino almacena­do en un local caldeado por la paja húmeda: el calor así producido lo ennoblece en el espacio de tres meses tanto como lo haría una estan­cia de tres años enteros en botellas. Como se deduce de las antiguas prescripciones, se trata de una operación muy delicada, cuya condi­ción fundamental es: `correr sin precipitarse' Si es químicamente correcto deshidratar la acetona por destilación sobre el cloruro de cal­cio, no es lo mismo desde el punto de vista medicinal. La acetona pu­ra, tal como la suministra actualmente la industria química, no tiene la misma fuerza, ni por lo que respecta al perfume y al sabor, ni en cuan­to a su eficacia terapéutica. No actúa sobre el reumatismo, como lo hace el spiritus aceti oleosus: el aceite etéreo es pues indispensable en la composición de este último remedio. "

El doctor Becker refiere a continuación diez casos de éxito en el tratamiento de diversas afecciones, sobre todo reumáticas, pero igual­mente de la meningitis cerebro‑espinal. Comenta, sin embargo, que este remedio no es indicado contra las afecciones febriles, pues calien­ta demasiado. Si hubiese hecho preparar su remedio a partir del aceta­to de plomo, habría llegado a un resultado del todo distinto, pues el plomo se distingue por su gran frialdad.
Es incomprensible que Becker no haya utilizado el acetato de plo­mo en lugar del acetato de sodio, mientras que todos los procedimien­tos que cita son a base de plomo y que, sobre todo, subraya esta frase de Raimundo Lulio: "Ex plumbo nigro extrahitur oleum philosopho­rum aurei colore vel quasi, et scias, quod in mundo nihil secretius eo est. " Un pasaje así habría debido incitar a Becker a escoger para la prepa­ración de su spiritus aceti oleosus, no el acetato de sodio, sino el acetato de plomo, incluso si estaba firmemente convencido de que se trata de la acetona cuando se habla del espíritu de vino de los Adeptos. Si hu­biera procedido así, Becker habría obtenido éxitos terapéuticos mu­cho mayores, aun cuando el spiritus saturni no sea el spiritus vini phi­losophici, como él pensaba. Por lo demás, en la frase citada, Lulio no sobreentiende en modo alguno el plomo ordinario, sino el plomo de los sabios, los cuales designaban frecuentemente a su `goma', su prima materia, con el engañoso nombre de plumbum nostrum. Como lo he­mos dicho, Becker toma sus hipótesis por las realidades. De hecho, sin una inspiración de lo alto, es verdaderamente imposible llegar al cono­cimiento auténtico de este secreto.
Para evitar todo malentendido, queremos precisar una vez más que en toda esta exposición no se trataba más que de la vía llamada húmeda y larga, para la preparación de la prima materia de la que se destila el spiritus vini philosophiri. Sin embargo, la preparación del fuego secreto de los Adeptos es indispensable para esta vía, igual que es indispensable para la vía llamada breve o seca. Pero antes de pasar a esta última, digamos todavía alguna cosa del spiritus satumi, aun cuan­do no sea idéntico al espíritu de vino secreto.
El espíritu de Saturno, preparado según el arte espagírico, es un remedio de gran valor, bien que no tenga interés para la preparación del Gran Elixir de los Sabios. Un laboratorio espagírico‑farmacéutico podría fundar su existencia sobre esta única preparación. Se precisa no obstante que el espíritu de Saturno sea elaborado en conformidad es­crupulosa con las indicaciones de los yatroquímicos, y no según el procedimiento abreviado empleado por Becker para la preparación de su spiritus aceti oleosus, a partir del acetato de sodio éste trabajo larguísimo y minucioso requiere para su éxito toda suerte de trucos que demandan un artista experimentado o, como dice Paracelso, `probado en el fuego'. Más aún, el procedimiento es costoso, pues debe prepa­rar uno mismo todos los ingredientes necesarios, comenzando por el azúcar de Saturno, ya que el acetato de plomo del comercio no es bue­no para nada. ¡Hay que partir del litargirio, o mejor aún de la galena! Se sirve uno de vinagre puro de vino y sobretodo de un espíritu de vi­no bien rectificado, que ha sacado uno mismo de un buen vino licoro­so, y no del alcohol desnaturalizado del comercio, del alcohol de ma­dera o de patatas. La preparación del producto demanda alrededor de cuatro meses, a causa de las múltiples digestiones que duran nu­merosas semanas, y de las destilaciones repetidas. Además, el pro­ducto no se deja preparar en grandes cantidades, de suerte que hay que utilizar un grandísimo número de recipientes. En lo que concierne a estos últimos, hay que tener cuidado de no emplear más que las cor­nudas de vidrio, de porcelana o de cristal de roca. Las cornudas de vi­drio deben ser circundadas bien antes de la destilación del aceite blan­co o rojo, pues se quiebran, como consecuencia de la dilatación de la materia, de suerte que no se las puede utilizar más que una sola vez. Como se ve, el spirftus satumi no es un medicamento simple de fabri­car, pero su eficacia recompensa abundantemente el esfuerzo tomado. Su campo de acción engloba todas las afecciones del bazo, la arterios­clerosis, las conjuntivitis, blefaritis, keratitis y úlceras, las quemaduras de 1°, 2° y 3° grado, el panadizo, las hemorroides y, en fin, la erisi­pela. Conviene recordar con este motivo que por regla general la eri­sipela no debe ser tratada por vía húmeda, pero aquí la excepción con­firma la regla. Johannes Agrícola escribe en su Medicina Química (Leipzig, 1638):

"Sé bien que se dice comúnmente que no se debe humedecer la erisipela, lo que sin duda tiene su razón de ser, pero cuando se hace con el específico apropiado, la cosa no sólo es desprovista de peligro, sino que además hace desaparecer toda inflamación y fiebre de cual­quier lugar que sea, cabeza o muslo. Si la llaga está abierta, se debe la­var a menudo con este agua y utilizar en compresa, esto tres veces al día; entonces el pus se escapa de ella y cura completamente. En suma, puede utilizarse con éxito no sólo contra la erisipela, sino contra otras infecciones inflamatorias, pues acaba con los tumores endurecidos, ex­trae de ellos el humor maligno acumulado, a través de la piel, y se po­dría escribir todo un libro sobre este único bálsamo. "

Se puede también, por un procedimiento relacionado, preparar a partir del vitriolo de cobre el gran antiepiléptico de Paracelso. Pero, también ahí, no se debe emplear más que el vitriolo nativo, que es muy difícil de procurarse.
Como se ve, para preparar numerosos remedios espagíricos autén­ticos, no es en modo alguno necesario poseer el fuego secreto de los Adeptos, incluso si los grandes arcanos no son realizables sin él.


Vuelta al fuego secreto

El fuego secreto ¿qué es? ¿Cómo se obtiene? Ninguna obra al­química ofrece nada concluyente a este respecto. Los Adeptos han ro­deado su fuego secreto de una oscuridad más profunda todavía que la que envuelve a su espíritu de vino secreto. Yo no me arriesgaría a ser el primero en decir alguna cosa de él. Pero Max Retschiag, el sanador muerto en los años treinta que había penetrado mucho antes en el estu­dio de la alquimia, se expresa muy claramente a este respecto en su pequeña obra aparecida en 1926 y tirada sólo con 333 ejemplares: De la materia original del Elixir de la fuerza: el camino de la verdadera Piedra (Von der Urmaterie zum Urkraft‑Elixir ‑ Der Weg zum wahren Stein). En el capítulo titulado "De la materia primera de la preparación del Elixir", escribe:

"Nuestros conocimientos sobre la constitución del cuerpo, la es­tructura de las células y de las entidades vivientes más pequeñas, así como sus funciones, hacen perfectamente posible que se pueda en­contrar un cierto remedio, constituido de energía latente y con­centrada, que actúe por ello como remedio universal para todas las enfermedades. Como la fuerza vital es una fuerza electromotriz, este remedio debe estar constituido de cuerpos capaces de liberar una ener­gía eléctrica concentrada, tras su disolución en los humores del cuerpo humano, del mismo modo que existen en las pilas galvánicas ciertas sa­les cuya disolución produce una corriente más o menos constante en­tre los bornes. De innumerables alusiones hechas por los antiguos maestros herméticos, se deduce que son igualmente ciertas sales las que entran como material de base en la preparación del elixir de la vi­da. Estas alusiones se vuelven a encontrar igualmente entre los pitagó­ricos, entre los esenios y en todas escuelas filosóficas cuyos maestros habían adquirido el más alto grado de la iniciación egipcia, tales como Pitágoras y Moisés.
"La sal, en tanto que término colectivo que engloba todo lo que se cristaliza, es, según los antiguos maestros, el primer ente, pues toda ma­teria se deja reducir a una forma salina. Es la palabra de Dios devenida materia; en una sal particular, un agente celeste, hijo del divino fuego solar, se une a una terrestreidad, para dar una encarnación salina.
`Esta sal se compone de una humedad mercurial y de una grasa sulfurosa, y las dos esencias, opuestas la una a la otra, forman, como el alcali y el ácido con la sal, la trinidad, origen de la vida. La sal es siem­pre semejante a sí misma, su alma cristalina viviente da constantemen­te nacimiento a las mismas formas, no difiere sino por el lugar y las circunstancias de su origen. Revela su noble procedencia en el paren­tesco cercano de los nombres latino Sol y Sal, y la verdadera alqui­mia es la Halquimia, la `cocción de la sal' (χνω ‑yo fundo, yo cuezo). En la antigüedad, grandes honores se rendían a la sal; durante la cele­bración de las grandes alianzas, se colocaban la sal y el fuego en medio de la asamblea. La sal era siempre aportada la primera sobre las mesas y retirada la última; se la honraba al pasar con una reverencia. Duran­te la comunión de la joven asamblea cristiana, la sal estaba constante­mente presente, al lado del pan y del vino, y se ponía una pizca de sal en la boca de los bautizados. Todavía hoy en dia, se ofrece simbólica­mente el pan y la sal, como sé había hecho en los días bíblicos. Se en­cuentran con este motivo menciones frecuentes en el Antiguo Testa­mento. Se lee en el segundo capítulo del Génesis, v. 10‑15, una alu­sión enigmática que ha dado lugar a numerosas controversias, pues los países y los ríos mencionados ahí no deberían ser buscados por los geógrafos; no se los podría encontrar sobre ninguna carta, incluso an­tiquísima.
"Es a la sal metálica que se refiere al adagio oculto bien conocido:
Visita interiora terrae rectificandoque invenies occultum lapidem v­eram medicinam, y es por el signo simbólico por excelencia que es repre­sentada la sal secreta de los filósofos: un globlo crucífero rodeado de un círculo horizontal en medio y de un semicírculo en su parte supe­rior. La profunda significación de este signo no es comprensible más que para los iniciados.
La sal, de origen celeste, concebida por una madre terrestre, nace en un establo. Tras haber vencido a la muerte, resucitará con un cuerpo nuevo, glorioso, para devenir el salvador de la humanidad su­friente, del mismo modo que Cristo devino el Salvador de la humani­dad espiritual. "

[1] Nota del Autor: La cual debe ser previamente enrojecida al fuego.

Vuélvase a leer esta frase comparándola con el pasaje de Fulca­nelli, citado al comienzo de este capítulo: "Acostado sobre la paja de su pesebre, en la gruta de Belén, Jesús, ¿no es acaso el nuevo sol que trae la luz al mundo?. . . " En las dos citas se trata del mismo conoci­miento secreto de un profundo misterio cósmico, cuyo sentido no es puramente simbólico, como lo querría C.G. Jung; debe ser compren­dido en el espíritu de la verdad, válido para todos los planos, tanto para lo bajo como para lo alto.
Sol ‑ Sal ‑ Salamandra ‑ Sal de las cavernas ‑ Halquimia ‑cocción de la sal que conduce a la Salud: ¡Salus!
En la sal (comprendida en el sentido más vasto), la luz es rete­nida mágicamente cautiva. Liberarla de nuevo, esto es la halquimia, y esta sal nacida de nuevo es el fuego secreto de los Adeptos.
La luz mágicamente aprisionada en la sal y que se quiere liberar de ella: ¡he aquí sin duda una noción aberrante para el físico de hoy en día! Y sin embargo, es así.
Si los Adeptos han rodeado su sal secreta de las más profundas ti­nieblas, existe sin embargo un escrito de fines del siglo XVIII que tie­ne por objeto el misterio de la sal. Esta obra fue publicada sin nombre de autor (se presume que se trataba de F. C. Oettinger), bajo el título siguiente: El Secreto de la Sal, la más noble criatura producida por la mayor bondad de Dios en el reino de la Naturaleza, por Elias Artis­ta Hermética, 1770 (Das Geheimnis vom Saiz, als dem edelsten Wesen der htichsten Wohltat Gottes in dem Reich der Natur). Este texto de 142 páginas ha devenido casi inencontrable. Apareció de él una reedi­ción alrededor de los años veinte si no me equivoco, con una introduc­ción de H. Wohlbold que pasa de lado lo esencial. El libro comienza por la frase: "La sal es una buena cosa, dice Cristo, voz de la Sabiduría eterna. " Un comentario detallado desbordaría el marco de este estu­dio y nos contentaremos con reproducir de ella algunos pasajes, a tí­tulo de desarrollo de las citas de Max Retschlag, ya dadas.

Párrafo 6:
"La sal tiene su esencia, su origen y su nacimiento de dos extre­mos o centros, del celeste y del terrestre, y en éste último actúa toda­vía un tercero, lo que demuestra las partes constituyentes que la dan su ser. La primera, por su naturaleza celeste, la da una cualidad espi­ritual, invisible e inaprensible, que es denominada espíritu, forma ac­tiva, fuego espiritual mercurial o nitro celeste. La segunda, terrestre, bien que no haya nada de terrestre en ella, sino que el espiritu celeste, como simiente astral, se ha coagulado en su surco o en su matriz, se espesa ahí, se coagula y toma ahí un cuerpo de una consistencia pé­trea. La tercera es el éter o el elemento activo, del que Hermes dice: "El viento la ha llevado en su vientre", es decir, la ha comunicado su fuerza aérea, la ha sembrado y la ha impregnado con su alma sulfuro­sa, con su espíritu sulfuroso ígneo, con el ser espiritual ígneo que es un ácido, un ser de 1uz y de fuerza, un alma y una vida, el nitro celeste o simiente astral. Esta simiente, el viento la ha conducido a la tierra, a la nodriza, a la madre que debe engendrarla y conducirla a su naturale­za esencial, que es la Sal de la Naturaleza. "

Párrafo 56:
"La Sal sacada de las cenizas tiene una gran potencia y hay mu­chas virtudes ocultas en ella, pero Basilio Valentín escribe que la sal no es buena para nada si su interior no es puesto en el exterior e inver­tido. Pues es solamente el espíritu quien da la fuerza así como la vida; el cuerpo por sí solo no tiene aquí ningún poder; si puedes encontrar aquél, tienes entonces la sal de los maestros y verdaderamente el aceite incombustible. Sin embargo, debes ser prudente en la elección de esta sal, pues entre todas las sales no hay sino una que sea útil a los sabios; de naturaleza terrestre, Metálica y saturnina, de la que hay que hacer salir no solamente la sal, sino su fuerza interna esencial, es decir, su espí­ritu y su alma ocultos en su interior, que es un aceite incombusti­ble. . . En conclusión, decimos aquí; que la sal es una criatura tal que su virtud y propiedad sobrepasan todo lo que podría proferir de ella la lengua para rendir por ella suficientemente homenaje a Dios, y to­do lo que podría escribir la pluma de ella para el bienestar del mundo.
"Rhasis dice que en el mundo sublunar no hay cosa tan noble como esta sal, supuesto que sea invertida y que su interior sea puesto afuera. La sangre de la Naturaleza, dice que toda la ciencia de esta sal consis­te en saber volver volátil su parte fija y fija su parte volátil. "

Y para terminar, el párrafo 42:

"Los antiguos romanos, espartanos, egipcios y otros pueblos, han tenido igualmente la sal en gran estima, elevándola ‑como lo refiere la crónica‑ Pirámides y columnas, sobre las cuales han representado a un lado un dragón mordiéndose su cola, como si fuese a devorarla, sin cesar de conservar su integridad; y, del otro lado, dos dragones: uno con alas y el otro sin alas, de los que cada uno muerde la cola del otro como si fuesen a devorarla. Es así que han significado la unión del fijo y del volátil, o bien la victoria del volátil sobre el fijo, según lo que es­cribe Nicolás Flamel con este motivo. "


El simbolismo de los dos dragones

El dragón superior alado y el dragón inferior áptero, que se devo­ran uno al otro, constituyen el símbolo más extendido de la lengua hermética. Es el símbolo más significativo, pero también el menos comprendido. Decir, en efecto, que el dragón superior corresponde al volátil y el dragón inferior al fijo, no es sino una mezquina revelación para el entendimiento común. Sin embargo, el presuntuoso que se consagre a la elaboración de los arcanos y sobre todo de la piedra, sin saber qué substancias simbolizan los dos dragones, tomará una ruta fal­sa desde el principio. En el primer capítulo de este libro, capítulo que ha dado su título a toda la obra, hemos dado una explicación del sím­bolo del doble dragón, tan claramente como era lícito hacerla. Sin em­bargo, para evitar al lector referirse a ella, y al mismo tiempo para es­clarecer este tema bajo otro ángulo, vamos a tratar de ello aquí más claramente.
Los Rosa‑Cruces y los maestros no han hecho nunca un secreto de la naturaleza del dragón alado. Se habla abiertamente de aquél en la segunda edición de la Aurea Catena, publicada en 1781, con numero­sos comentarios por el médico rosacruz Anton Joseph Kirchweger de Mährisch Kromau. (La primera edición, sin comentarios, conocida por Goethe, apareció en 1723 en Leipzig.) Kirchweger da igualmente una indicación del todo clara sobre el dragón superior en su obra aparecida en Berlín en 1790, en el Microscopium Bisilli Valentini, ya citado en el primer capítulo:

"Tenemos en nuestro reino un cierto león omnium sublunarium gobernator et actor, muy común en todos los lugares. No solamente los hombres, sino los corderos también, lo pisotean en su ignorancia, pues les es compasivo y los corderos mismos le ofrecen una parte de su subsistencia. En su gloria y en su autoridad, este león es feroz cuando su cólera se desencadena. Su potencia es tal que todos los dioses le es­tán sometidos. En la sangre de este león reinan la sangre del Sol y de la Luna, con una potencia que los que tratan diariamente con él y no lo utilizan más que en empleos viles no pueden suponer. El verdadero ju­go blanco y rojo está sin embargo oculto en él, como lo demuestra su resolución en leche blanca y sangre roja. Todos los sabios suspiran tras él, pero bien raros son los que le conocen, como consecuencia de un prejuicio natural. Se le maneja todos los días, y se desdeña a causa de su origen rústico; se acomoda con cosas muy comunes, lo que los an­tiguos han descubierto al precio de tantos cuidados y penas. Ellos han recibido en su corazón con gran contento este hijo del sol y de la luna, tras haberlo reconocido y encontrado.
"No se le estima nada, por cuanto que se le encuentra comúnmen­te en el estiércol, pero pese a todo el desdén que se tiene por él, no po­demos pasarnos sin él, ni para las menores obras, ni para la medicina; debe ayudarles a regular y a acomodar todo; es el verdadero baño de nuestro Saturno en el cual Diana se pasma de amor. Apolo recibe de él un bello resplandor. Es la verdadera lluvia de oro de Júpiter; Marte y Venus revelan sus colores en él; Mercurio es su mejor amigo, pues su­blima su cuerpo hasta darle una forma celeste. Cuando este León en­gulle un Águila, es tan poderoso que puede combatir con el más gran­de rey y todos sus sujetos y abatirlos completamente, para a continua­ción regenerarlos en lo que eran antes.
"¡Oh mundo ciego, que no reconoce al Ens naturae concentra­turn, la quinta essentia solis et lunae et omnium rerum! ¡Tienes ante ti el fuego suficiente, la substancia furiosa del jugo ardiente; el mayor corrosivo de la misericordiosa naturaleza, y te apartas de él como del diablo, por ignorancia pura e inatención! ¡Oh! Si conocieras su esplen­dor y su potencia, tus rodillas se plegarían ante él más a menudo que ante los señores más poderosos de la tierra. Buscas en centrum centri y no sabes lo que tienes entre las manos; buscas el spiritus mundi en el mundo entero, y hasta en el Nilo de Egipto, y no lo apercibes delante tuyo. Ves su fuerza con tus propios ojos y le dejas desvanescerse en el aire sin tener cuidado de ello. ¿No merece pues tu atención, cuando está probado y es mostrado visiblemente, claro como la luz del día, que, del mismo modo que todo ha sido hecho del agua, puede, más que ninguna otra cosa en toda la naturaleza, cambiar de nuevo todo en agua y en forma líquida? ¿No se impone la materia a reflexión? ¿Te­mes su crueldad y no has aprendido que un jugo del reino de Baco, in­significante y sin embargo venerable, transforma su rudeza y su caus­ticidad y lo vuelve tan dulce como el azúcar puro? ¡Oh, alquimistas, abrid pues los ojos, captad la luz de la Naturaleza, buscad el bálsamo allá donde se encuentra! No está lejos, ahí, delante de tu nariz, en todas las cosas de este mundo, y todos los abaceros lo venden a vil precio. "

Incluso un profano reconocerá en estas citas la alusión al ácido nítrico, del que los alquimistas han hablado bajo el nombre de fuego as­tral, y que no es otro que el dragón alado superior. Los alquimistas nunca han ocultado en sus escritos el método de preparar el ácido ní­trico. Los salitreros estaban extendidos por todas partes en esta época, y el estado de refinador de salitre era un oficio bien definido.
Los alquimistas sabían perfectamente que no había nada que sa­car del conocimiento único del fuego superior, ni para prepararlos ar­canos, ni para preparar la piedra filosofal. Mencionan su fuego astral, su dragón alado superior, con tarta más complacencia cuanto que ello desviaba la atención del dragón de abajo que no era así sino mejor de­jado en la sombra. Es este mismo artificio el que se encuentra en Aurea Catena Homeri. Esta obra, por otra parte admirable, no contiene ningún engaño deliberado, pero toda la atención está en ella desvia­da en provecho del dragón superior, pese a que nada se dice del dra­gón de abajo, de suerte que quien trabaje según estas indicaciones no obtendrá ningún resultado satisfactorio y no se apercibirá siquiera de que algo esencial se ha omitido en ellas. Es igualmente por esto que el investigador sin malicia se esforzará vanamente en obtener la dulcifi­cación: pues el digno jugo del reino de Baco ‑como se dice en el pasa­je citado de Kirchweger‑ no basta por sí solo, cualquiera que sea su importancia. La condición previa del éxito de esta operación es el do­ble fuego secreto, realizable por la unión íntima del dragón superior y del dragón inferior. Es el doble fuego secreto salino de los Adeptos: la salamandra. El autor debe dejar sin respuesta la‑pregunta planteada por R. Bernoulli en su ensayo mencionado en el primer capítulo de este libro: ¿Qué se hace con él? Desde hace milenios, un espeso velo re­cubre el fuego secreto de los Adeptos, y la maldición siempre actuan­te de los maestros alcanzaría todavía hoy en día al que revelase este secreto al profano.
Los dos primeros versos del poema de Basilio Valentín, titulado De prima materia lapidis philosophici, podrían quizá acercar al buscador de la verdad, bien que este poema no trate de la preparación de la sal ígnea, sino que concierna, como casi todas las indicaciones de los maestros, al tratamiento ulterior de la prima materia, ya preparada. La piedra de la que se trata en el caso de Basilio Valentín es ya la prima materia penosamente adquirida. Recordemos este poema maravillosa­mente revelador, del que ya hemos citado algunos versos en el primer capítulo de este libro:

Se encuentra una piedra de precio vil
De la que se saca un fuego volador,
Del que la piedra misma es hecha,
Compuesta de blanco y de rojo.
(Recipe vinum rubeum vel album), y a continuación:

Pero ella es piedra y no piedra,
Pues sólo en ella actúa la Naturaleza.
Sale de ella una clara fuente,
Para abrevar a su padre fijo...

(La fuente: se trata del spiritus mercurii, destilado a partir de la prima materia.) ¡Sapienti sat! Repitámoslo. No se trata aquí de la prepa­ración de la sal ígnea, del fuego secreto de los Adeptas. Sin embargo, gracias a la multiplicidad de sentidos que caracteriza los escrito, de Ba­silio Valentín, como de todos los Adeptos en general, se podría ahí descubrir quizá, con un poco de olfato, el escondrijo del dragón infe­rior... He aquí la continuación del poema:

Esto no es nada, dice el filósofo,
Sino un doble Mercurius.
No digo más de él, está nombrado,
¡Dichoso quien lo conoce justamente!

En la Disertación final, Basilio Valentín vuelve sobre esta piedra que no es sin embargo una piedra:

"Así, el spiritus coagulatus in metallis debe ser reducido de nuevo en azogue por el arte, y este espíritu debe a continuación devenir agua, su materia prima, a saber el agua mercurial. Entonces es una pie­dra sin ser una piedra no obstante, de la que se prepara un fuego volá­til, bajo la forma de un agua la cual hace ruido, disuelve y lava a su pa­dre fijo y a su madre volátil. . . Del mismo modo nuestro oro posee un imán y este imán es la primera materia de nuestra gran piedra. Si com­prendes mi discurso, eres rico y dichoso más que nadie en el mundo. "

Pese a sus estudios consagrados al simbolismo alquímico, C. G. Jung no ha llegado aún a esta comprensión.
En fin, para esclarecer bajo otro ángulo el oscuro problema de la materia remota y de la materia prima, citemos un pasaje del pequeño libro que Marsilio Ficino ha consagrado a la piedra filosofal (traduc­ción alemana aparecida en Nuremberg en 1667):

"Los filósofos pretenden que su piedra se encuentre por todas partes, sobre las montañas y en los valles, e incluso en los hoyos de la tierra y en los roquedales huecos. Soy de la opinión de que esta propo­sición ha sido falsamente interpretada por muchos, y ahí se encuentra el origen de todos los errores cometidos por los antiguos y por sus su­cesores, por todos los que, buscando su piedra en la sangre, en los hue­vos, en la orina y en otras cosas semejantemente inútiles, se han agota­do en vanos trabajos hasta su último día. Sino que debes comprender esta proposición así: del mismo modo que el sol celeste está presente por todas partes con sus rayos, del mismo modo nuestro sol terrestre, el oro, se encuentra por todas partes en el vaso entero, es decir, en el pequeño mundo, con sus surcos; sobre las montañas, es decir, en el capitel del alambique, en el cielo, así como en las cavernas de la tierra, es decir, en el fondo del vaso.
"Dicen también que nuestra piedra nace sobre dos montañas, en el cielo y Sobre la tierra. Compréndelo bien: en el vaso. Declaran tam­bién que la piedra se encuentra en todas las cosas: esto quiere decir en todos los metales. Item. Puede comprenderse como sigue: que la na­turaleza existe en cada cosa, ya que ella tiene todos los nombres y es el mundo entero. Es por esto que esta piedra posee todos los nombres y se dice de ella que se encuentra en toda cosa, bien que se encuentre en mayor cantidad y más cerca en una cosa que en otras, porque los fi­lósofos no desean y no exigen más que la naturaleza prolífica de los metales.
"Es por esto que dicen también que los ricos, es decir, los pueblos perfectos, es decir, el oro y la plata, poseen esta naturaleza prolífica. Los pobres, es decir, los metales imperfectos e inferiores, no la poseen. Pues la naturaleza prolífica del oro y de la plata es mucho más perfec­ta y más refractaria al fuego que la de los otros metales.
"Los filósofos buscan también una cosa fija y perdurable que go­bierna al mundo entero; es decir, el sol y la luna. Es por esto que el sol dice: yo soy la piedra y la piedra está en mí.
"Los filósofos dicen también: esta obra de la piedra es un trabajo de mujer y un juego de niños. La mujer es ora el mundo terrestre, ora el Mercurio, y es por esto que parece que lleva a cabo el trabajo entero.
"Los jóvenes muchachos juegan con la piedra, es decir: los tres elementos con la tierra. O también: los cuerpos inferiores juegan con la piedra de oro y de plata, cuando la han aumentado al final.
"Dicen del mismo modo: los muchachillos juegan con esta piedra y la arrojan. Esto quiere decir: los tontos ignorantes y sin experiencia arrojan la tierra negra, tras haber retirado de ella sus elementos por la sublimación; y menosprecian esta tierra que queda al fondo del vaso. "



Del fuego secreto a los arcanos y al elixir

La preparación del doble fuego secreto (existe también un fuego triple, salido de los tres reinos) es el gran trabajo preparatorio indispensable que los alquimistas llaman `trabajo de mujer', pues recuerda a un trabajo de lejía, por analogía con el trabajo de los refinadores de salitre. Es así al menos al comienzo, pero la continuación de este tra­bajo deviene singularmente complicada y no puede ser realizada más que si se conocen exactamente la medida, el número y el peso. Es por esto que los alquimistas hablaban también del trabajo de Hércules Una vez que este fuego secreto, doble o triple, está preparado y es `vuelto espiritual', por hablar la lengua hermética (aunque se trate igualmente de un procedimiento químico), la vía está abierta a los ar­canos y a la lapis. Está abierta al menos al investigador experimenta­do: insistimos sobre este último punto.
La preparación de los arcanos es la misma que la de la lapis por la vía llamada seca y corta, o más bien es una de las etapas de esta vía, bien que sea una etapa ya avanzada; pues sin el fuego salino doble espi­ritualizado, el Alkahest, los arcanos no son realizables.
El fuego salino doblé o triple es también el agua solvens, el Circu­lado mayor o menor de Paracelso, según su grado. Los metales, los mi­nerales, así como los corales que entran en la preparación de los arca­nos, son tratados por el fuego secreto salino, y pasan finalmente con este último en la destilación. Hay que observar igualmente que no se deben emplear a este efecto más que los metales naturales, es decir, nativos, lo que vale particularmente para el antimonio.
La vía llamada húmeda y larga, pasando de la preparación del spi­ritus vini philosophici a la del mercurio de los sabios, y después al es­píritu de vino secreto: "Recipe vinum rubeum vel album" no contem­pla los arcanos. La piedra, el elixir, o la tintura acabada al blanco o al rojo es sin embargo el mayor de los arcanos. Como lo dice justamente Max Retschlag, es un remedio que, por la energía latente y concentra­da que desprende en las células, actúa sobre ellas como un remedio universal. Esta representación responde perfectamente a nuestro cono­cimiento presente de la constitución del cuerpo y de la estructura de las células. Max Retschlag, que ha practicado él mismo la alquimia, llegó a un elixir salino de gran poder curativo, sin que hubiese poseído sin embargo la piedra. En el capítulo "Ensayos prácticos y sus resulta­dos", escribe:

"Ensayos proseguidos durante años, fundados sobre antiguas obras herméticas accesibles, han conducido a un elixir cuyo efecto re­cordaba en diversos aspectos a lo que se atribuye al Gran Elixir. Su preparación exige un trabajo extremadamente sutil, que dura nume­rosos meses y que no es posible sino a una escala muy reducida. Pero el éxito compensa ampliamente los esfuerzos, el tiempo y los gastos empeñados. El carbono y los elementos que le están asociados, en particular el ázoe, deben entrar en este elixir bajo la forma de sales dinami­zantes. No se trata sin embargo de sales `bioquímicas' ni de sales áci­das orgánicas, sino de combinaciones hasta aquí desconocidas o ne­gligidas. Este elixir debe ser prescrito en dosis relativamente mínimas, más o menos frecuentes según la gravedad de la enfermedad. Se com­prende que un elixir así tenga efectos igualmente felices sobre los ani­males. La acción es también favorable sobre el crecimiento de las plantas, pero habría ciertamente que emplear otra preparación para obtener en el reino mineral un efecto comparable a los resultados ex­traordinarios que los antiguos maestros herméticos han obtenido con su elixir secreto':

El autor no podría afirmar que Max Retschlag haya conocido el secreto del fuego de los Adeptos o que lo haya preparado él mismo. No ha conocido a Retschlag personalmente y nunca ha visto su elixir salino. Cuando Retschlag dice que su elixir no se deja preparar más que en pequeñas cantidades, dice ciertamente la verdad, pero en un gran laboratorio se pueden poner en rueda muchas operaciones a la vez. Sin embargo, no es posible preparar este fuego salino por cubas enteras, como en las fábricas.
Una de las dificultades principales reside en el aparataje, que falta hoy en día: los alquimistas trabajaban en condiciones completamente diferentes de las de la química moderna, de suerte que hay que hacer confeccionar especialmente los instrumentos necesarios, lo que no siempre es simple, ya que la industria química no está adaptada del to­do a estas exigencias
Tan sorprendente como pueda parecer esta afirmación, los alqui­mistas trabajaban muchos aspectos de forma más exacta, más precisa y más cuidadosa que las industrias químicas modernas. La producción del espíritu de vino o del agua destilada en los alambiques de cobre, el transporte de los alcoholes en recipientes de zinc en lugar de bombo­nas de vidrio, o de los aceites esenciales en recipientes de hierro blan­co, como tiene lugar a menudo hoy en día, le parecería inadmisible al alquimista, pues el alcohol o los aceites esenciales conservan así trazas de emanaciones metálicas. Las destilaciones no pueden ser emprendi­das más que en vasos o cornudas de vidrio, de porcelana o de cristal de roca; el fastidio de estos recipientes es que se quiebran en su mayor parte a la primera destilación, bajo el efecto de la dilatación de los cuerpos tratados, de suerte que estos recipientes no pueden ser em­pleados sino una sola vez, incluso si son bien circundados y lutados. Es por esta razón que Kunckel se lamenta: "¡Si no hubiera, rotura de los vasos!"
Así, el que recorre el difícil camino debe prepararlo todo él mismo, comenzando por el spiritus e vino, destilado a partir de vino li­coroso, hasta el salitre natural y el vitriolo nativo. Puede tenerse así una idea de las dificultades accesorias del trabajo alquímico, que se en­cuentra ahora privado de métodos de realización adaptados a la `in­dustria química' de los tiempos pasados.
En el curso de este capítulo, el autor ha recordado de pasada a al­gunos truhanes e iluminados que ha tenido ocasión de encontrar en sus peregrinaciones en el laberinto alquímico. Se recordará a uno de entre ellos que pretendía captar el mercurio directamente del aire, con la ayuda de ciertas manipulaciones. Bien que este hombre, casi octoge­nario, desnudo de todo conocimiento químico o de otro tipo, prosiga una quimera desde hace más de cincuenta años, no deja de tener una vaga intuición del más profundo secreto de los Adeptos. Sin embargo, incluso entre los que sabían preparar la piedra por la vía seca o húme­da, solamente algunos han poseído la clave de este último secreto. Los escritos alquímicos no tratan de él más que raramente, y siempre en parábolas y en enigmas. Uno se pregunta incluso si todos los que han escrito por alusión han recorrido realmente el camino, o si no hablan de él más que de oídas. Esta última hipótesis parece más verosímil. No es el caso, para mis conocimientos, ni de Isaac el Holandés, ni de Basi­lio Valentín, ni de la Aurea Catena (se trata siempre de la vía seca y de la vía húmeda). Henry Kunrath parece haber tenido conocimiento de ello, si nos referimos a su libro: Magnesia Catholica Philosophorum, o cómo obtener la magnesia católica oculta de la Piedra universal secreta de los verdaderos filósofos (...Anweisung die verbogene catholische Magnesie des geheimen Universaisteins der ächten Philophen zu erlangen, 1599). En Montfaucon de Villars (1670) se encuentra el pasaje:

"No hay sino que concentrar el fuego del mundo por espejos cón­cavos, en un globo de vidrio; éste es el artificio que todos los antiguos han ocultado religiosamente, y que el divino Teofrasto ha descubierto. Se forma en este globo un polvo solar, el cual, estando purificado por sí mismo de la mezcla de los otros elementos, y preparado según, el ar­te, deviene en poquísimo tiempo soberanamente propio a exaltar el fuego que hay en nosotros. "

De acuerdo con esta concepción, un teósofo de nuestro tiempo, Van der Meulen, escribió en 1922:

"El éter es puesto en movimiento por los rayos del sol. Quien consigue concentrar estos rayos por espejos o lentillas, sería capaz de provocar ciertas ondas en el éter (se trata del Prana de los hindúes y no del éter hipotético, por otra parte sobrepasad, de la ciencia). Así, aquel que sepa unir la fuerza del fuego elemental con la del ignis essen­tialis, verá aparecer, muy lenta pero regularmente, gota a gota, un li­quido, un remedio incomparable contra muchas enfermedades: tuber­culosis, hidropesía, etc.

Pero las alusiones y las instrucciones son incompletas con motivo de esta vía antigua y más que secreta. El `polvo solar', obtenido con la ayuda de un espejo ardiente, al que se llama de una forma significati­va sal naturae, debe ser completado por el `agua filosofal' que se obtie­ne por un método análogo y no menos curioso; reducida por evapora­ción, este agua deja una sal roja. La preparación del Gran Elixir exige la unión de estos dos ingredientes misteriosos.
Esta vía, la más oscura y oculta, no tiene nada en común con la vía seca y la vía húmeda, por intermedio del fuego secreto y el espíri­tu de vino secreto, seguidas por la mayor parte de los Adeptos conoci­dos. La mencionamos, sin embargo, en previsión de preguntas even­tuales. El autor no ha tenido ninguna experiencia práctica de ella y no sabría por tanto decir nada más de ella. Esta vía debe por otra parte ser impracticable a priori en Alemania y en los países nórdicos, donde "el estío no es más que un invierno pintarrajeado de verde"; para citar a Heinrich Heine: el calor y la intensidad de los rayos solares serían en efecto insuficientes en ellos; en cambio, Italia y los países meridionales se prestarían más a este método. Se presume que fue practicado por los iniciados del antiguo Egipto.
La concentración, incluso muy prolongada, de los rayos solares por un espejo cóncavo, no es por otra parte apenas suficiente para ob­tener este pulvis solaris. Todo trabajo estaría condenado al fracaso, faltos de poseer el imán oculto, indispensable a esta operación. El abad Montfaucon de Villars diserta, en su famoso libro, sobre este espe­jo cóncavo y sobre la posibilidad de establecer relaciones mágicas con los "habitantes del elemento ígneo" por este medio. A propósito de esto, no carece de interés citar un pasaje de la Opus Magocabbalisti­cum de Georg von Welling:

"Nos es forzoso declarar que el conde de Gabalis parece ser un bien mísero filósofo: ha oído bien sonar, pero no ha captado la hora. Sin esto, no habría divagado sobre el medio de concentrar el polvo solar rojo en un globo de vidrio; se requiere una cosa distinta, en verdad, pa­ra obtener este azufre macho rojo de los filósofos. Habla bien del glo­bo de vidrio, pero no dice nada del vehículo magnético."

Lo repito: todo el procedimiento me parece oscuro e ignoro el imán necesario a su realización. No obstante, tras cuarenta años de familiaridad con el universo alquímico, estoy forzado a admitir intuitivamente su posibilidad. He pensado durante largo tiempo sino se trataba toda­vía de símbolos particularmente oscuros, concernientes a la prepara­ción del spiritus vini rubei vel albi, y por tanto del león rojo y de la leche virginal. Pues, incluso el que tiene conocimientos sobre la Obra fracasa a veces en su tentativa de descifrar las descripciones alegóricas de los Adeptos. Hoy en día, sin embargo, ya no puedo rechazar la hi­pótesis de que existe todavía una vía secreta y diferente para obtener el pulvis solaris, y que es posible preparar la piedra filosofal con ayuda de este polvo y del `agua filosofal' elaborada por una vía análoga.
Creemos haber alcanzado en este capítulo los límites de lo lícito, e incluso haberlos sobrepasado. El modo de preparación de uno u otro magisterio no puede ser descrito. Pero hemos indicado más clara­mente y con menos reticencias que ningún otro autor alquímico, la dirección en la cual deben comprometerse la reflexión y la búsqueda. La vía que conduce del espíritu de vino secreto al mercurio de los fi­lósofos, al vino blanco y rojo y, finalmente, a la lapis, es una vía extre­madamente penosa y larga, pero es también la vía regia y soberana: la piedra así preparada tiñe mucho más que la obtenida por la vía seca, llamada corta, con ayuda únicamente de las sales ígneas. La primera de estas vías no puede ser encontrada; es un don que se recibe. En cuanto a la segunda, se la puede descubrir a fuerza de trabajo y de perseverancia incansable. Este parece haber sido el caso de Max Rets­chalg, pero él no ha encontrado sin embargo el elixir tingente.
Como ya se ha dicho: "En la sal, la luz está retenida, mágicamente cautiva. " Se trata de liberarla de ella, pues "la sal es una buena cosa", como dijo la boca del que fue la luz del mundo.


De lapide philosophorum

Séame permitido cerrar este capítulo por la conclusión apenas abre­viada, del tratado Descripción de diversos sujetos físicos, medicinales, químicos y económicos raros y agradables (Beschreibung interschiedli­cher rarer und schöner physic., medizinischer, chymischer und oeco­nomischer Dinge), obra póstuma debida a Johannes Otto von Helbig, editada por su hermano L. Christoph von Hellwig (sic), médico de Er­furt (Francfort y Leipzig, 1704). Estas líneas, consagradas a la piedra filosofal, son de una concisión sin parecido:

"Querría finalmente añadir aquí la piedra filosofal para que las al­mas curiosas puedan reflexionar más largamente sobre ella, lo que me está prohibido a mi a causa de mis ocupaciones y de otros desvelos. Estoy por otra parte decidido a renunciar a este trabajo de ahora en adelante y a contentarme con el conocimiento de este bello secreto, sin poseerlo no obstante.
"Esta piedra es verdaderamente una piedra, a saber un piedra de tropiezo contra la que algunos han fracasado cabeza, fortuna, bien y honor, sin haber conseguido nada, visto que pocos buscan en ella la sa­biduría , sino más bien las riquezas, los honores temporales y la larga vida. . ., La materia alejada (no describo todo esto más que en algunas líneas) de este magisterio es el aire; la materia próxima, un agua salina­-dulce atractiva; la materia más cercana es una tierra blanca como la nieve, preparada del agua; la más cercana, en fin, es el mercurio salido de la doble sal de esta tierra.
`No se puede comprar esta materia en ninguna parte; no se en­cuentra ni en la mar ni sobre la tierra; en su ser grosero, es capaz ya de abrir el oro más fino y fermentarlo como la levadura.
"Su fuerza es grande en el arte médico.
"Con grandes gastos, con fuertes cogitaciones y con el dinero no se llega sin embargo a nada en este Arte, sino más bien por la oración, la reflexión y al precio de un poco de esfuerzo. Por esta vez he dicho lo baste de ella.”



ENCUENTRO PRIMORDIAL DE GOETHE



Vosotros, instrumentos que os reís de mí a gusto.
Dentaduras, ruedas, estribos y rodillos,
Ante la puerta deberíais serme las llaves,
Pero vuestros paletones frisan. . . ¡el cerrojo sigue echado!

* * *

Misteriosa a la luz del día,
La Naturaleza no se deja arrebatar su velo;
Y lo que no quiera revelar en espíritu,
No lo forzarás de ella ni por palancas ni por terrajas.

Fausto I

La escena maravillosa de la solidaridad alquímica universal se ba­ña todavía en el claroscuro rembrandtiano que la ensombreció desde el último tercio del siglo XVIII, después de que en vísperas de la Revo­lución francesa los maestros del hermetismo echasen definitivamente el cerrojo a la puerta; la llave que cierra e impide la entrada, la llave que abre y no deja a nadie fuera, reposa sin embargo en el fondo del pozo.
Los últimos momentos de la época que acababa, cuando al menos la tradición vivía todavía y permitía nutrir la esperanza de que la en­trada siguiese siendo accesible y pudiese ser descubierta, son los años del joven Goethe.
En el octavo libro de Poesía y Verdad, Goethe menciona un in­cidente misterioso que ha marcado profundamente su existencia. El valor simbólico de este acontecimiento sigue inexplicado hasta este día. Se trata del encuentro primordial de Goethe.


Las claves del destino

Los eventos fatales siguen la ley de una realidad espiritual, pero este encadenamiento irracional se hurta a la descripción histórica, que se detiene en el exterior dé las cosas. Así se explica que la literatura consagrada a Goethe no contenga ‑pese a su abundancia‑ ni biografía espiritual cosmológica, ni siquiera una primera tentativa de captar y de interpretar esta figura de dimensiones universales en su individualidad trascendente. Es por esto también que se han negligido los momentos, sin duda discretos, que han sin embargo modelado esta existencia. En estos momentos, las potencias cósmicas del destino aparecen a plena luz. Aquel cuya visión interior está despierta puede entonces compren­der las fuerzas que sobrepasan al individuo y labran el destino; en bre­ve, puede adquirir la experiencia viviente del mito de Goethe. Pues mi­to y biografía espiritual son idénticos. En la vida de los individuos, co­mo en la de los pueblos, en el trasfondo de cada existencia e impri­miéndola su sentido y su dirección, opera el elemento generador del mito, lo espiritual, que la visión intuitiva conocía en el origen, pero del que no quedó más tarde sino un sentimiento oscuro. La clave del destino es el horóscopo; es el jeroglífico cósmico de la existencia en el cumplimiento de su Karma. Para responder a esta necesidad de la ley espiritual, Goethe sitúa al comienzo de su biografía los elementos de su horóscopo breve y claramente esbozados.
Pero si es así, la existencia más banal, vivida en la más completa indiferencia, debía sin embargo tener, ella también, su mito propio, ya que cada individuo cumple su destino conforme al Karma, en el retor­no perpetuo de sus encarnaciones, para volver a entrar a continuación en el mundo suprasensible del que había venido. Posee pues su bio­grafía espiritual intemporal. Y este razonamiento es justo. Pero nume­rosas almas apenas despiertan a la conciencia, y su destino es todavía demasiado indiferenciado, demasiado encerrado en sí mismo, para ju­gar un papel significativo en la marcha de la humanidad. Es por esto que un destino semejante no puede manifestarse de una manera sim­bólica. Una comprensión intuitiva de la historia de los mitos permite sin embargo encontrar, en particular en ciertas categorías de cuentos, ejemplos de mitos tipificantes, en algún modo, del mito general del hombre del pueblo (minero, pastor, pescador, artesano, vagabundo y otros). En cambio, las figuras excepcionales de la humanidad, cuyas dimensiones sobrepasan lo ordinario, han forjado y forjan todavía en nuestros días el mito simbólicamente vivido con su presencia, en la autenticidad única y ejemplar de una encarnación. Para ilustrar este hecho, recordemos algunos nombres que pertenecen ya a la historia oficial, y que participan al mismo tiempo del mito: Homero, Paréci­des, Pitágoras, Alejandro Magno, Simón el Mago, Dionisio el Areopagi­ta, Teodorico el Grande, Carlomagno, Alberto Magno, Federico Bar­barroja, San Francisco de Asís, Dante, Paracelso, Shakespeare... Las comunidades nacionales, igual que las personalidades excepcionales, se expresan bajo una forma mítica, a medida que nos alejamos de ellas en el tiempo. Pues no se trata de una noción abstracta, sino más bien de la individualidad diversa, espiritualmente real, de las almas popula­res; y es ésta la que permanece finalmente, bajo una forma simbólica duradera, desembarazada de lo accidental, de todo lo que pertenece a la simple anécdota histórica. Así el mito es la única historia verdadera, lo que no registra más que lo que pertenece al espíritu y elimina la efemérides accesoria. Esto es verdad en primer lugar para el mito de la lejana prehistoria, de ese tiempo original en el que la intuición perci­bía aún el mundo suprasensible, con todas las fuerzas y esencias espi­rituales actuando por detrás del conjunto de los fenómenos y de los acontecimientos terrestres, de un tiempo en el que los centros iniciá­ticos conservaban y transformaban en leyenda el conocimiento así adquirido. El hombre prehistórico, más cercano también a su patria es­piritual de origen, demasiado absorbido en la contemplación visiona­ria, experimentaba necesariamente el mundo material como el maya. Las cosas que le rodeaban le parecían no ser sino una ilusión a la que no merecía la pena aferrarse. Los acontecimientos que se desarrolla­ban ante sus ojos apenas despiertos no le parecían en modo alguno dignos de ser retenidos. Su propia existencia, todo lo que da forma y dirige el destino humano general y particular, recibía así, a través de su experiencia interior, una expresión mítica. El cielo estrellado toma­ba la forma de un universo de dioses escribiendo las leyes eternas, en el sentido de la astrología. La naturaleza espiritual y sensible aparecía en su equilibrio perpetuo, tomando y restituyendo por turno: "Lo que está arriba es como lo que está abajo." Era abordada con respeto y humildad por una visión que debía encontrar su expresión conscien­te en la alquimia.


El obscurantismo moderno

Con el despertar de la facultad del juicio racional, la ruptura del intercambio espiritual viviente con el mundo suprasensible se manifes­tó por las primeras meditaciones especulativas sobre el yo y sobre el universo, bajo la forma de un razonamiento conceptual lógico. Y esta misma etapa de la evolución humana corresponde no solamente al na­cimiento de la filosofía, sino también a la aparición de la Historia ba­nal, limitada en adelante únicamente al inventario de los aconteci­mientos superficiales. Pues aquello que más conmueve, lo que preocu­pa al hombre sobre todo, que abre el ojo y el oído al mundo sensible y se esfuerza por descubrir en él su lugar, son los incidentes que le conciernen a él mismo o que se desarrollan en las tribus más o menos próximas. El mito cargado de alma y de espiritualidad cede el paso a la Historia que cada siglo vuelve un poco más material, a la Historia oscurecida por las simpatías y las aversiones, zarandeada sin cesar entre las opiniones contrarias, sometida a mil azares, y devenida finalmente extraña a todo valor espiritual, incapaz incluso de captar las relaciones secretas que se ocultan tras los fenómenos sensibles. Pero aunque la Historia estaba constituida desde hacia largo tiempo como medio, úni­co en lo sucesivo, de perpetuar el recuerdo de la existencia humana y de la vida de los pueblos, las formas espirituales generatrices de mitos no dejaban menos de seguir actuando en ella. Sus manifestaciones se vuelven a encontrar todavía en plena época del Renacimiento. El re­chazo de la astrología no comienza sino muy tarde, cuando el univer­so ptolemaico desaparece y la astronomía mecanicista, con la victoria de Copérnico, rechaza la antigua ciencia, como especulación inconsis­tente. La lucha contra el abandono de la alquimia ha durado un tiem­po mucho más largo, y hasta en el período de transición entre el siglo de las Luces y la época puramente materialista, como si el alma hubie­se sentido oscuramente que con este último renunciamiento, todas las vías de acceso al universo espiritual serían sepultadas.
La alquimia no se extingue más que con la Revolución francesa. En 1789, se desfonda súbitamente, y una generación más tarde, las co­sas pasan como si no hubiese existido nunca. Parece incomprensible que esta ciencia, la más antigua, la más profundamente enraizada y la más extendida en sus ramificaciones, haya podido desvanecerse tan to­talmente y de una manera tan abrupta. El caso es por otra parte único en la historia espiritual de la humanidad. Sin embargó, la explicación se ofrece por sí misma a aquél cuyo examen intuitivo abarca y discier­ne los encadenamientos ocultos: sólo la desaparición de la alquimia, la pérdida ‑al menos por un cierto tiempo‑ de este conocimiento eso­térico profundo y espiritualmente viviente de la naturaleza, podía per­mitir a las ciencias materialistas desarrollarse y adquirir una posición dominante. Ciertamente, la orientación del pensamiento actual es su­mamente extraña a una concepción que ve el mundo en la perspectiva de una teología trascendental. Hay que reconocer por otra parte que esta concepción abocó a menudo a conclusiones que pueden parecer grotescas cuando son aplicadas a cosas groseramente materiales. La verdad es­piritual no sigue estando menos en ella. Lessing, en su clarividencia, la ha reconocido en pleno `siglo de las Luces'. En su última obra, La Educación de la Humanidad, afirma que la marcha de la evolución hu­mana está sometida a una voluntad espiritual de esencia divina, que le impone su término y su dirección. A medida que se aleja de su ori­gen suprasensible, el hombre se hunde cada vez más en la materia y, con esta `materialización progresiva', pierde también el contacto vi­viente con el mundo espiritual y acaba por cerrarse completamente al espíritu. Sin embargo, el hombre no puede desarrollar su personalidad, y con ella su libertad individual querida por Dios, más que por este pa­saje a través de la materia. Es preciso que él se aboque al materialismo más total, el más exclusivo, para que se produzca el despertar gradual de la conciencia de sí, en el interior mismo de la materia. Mas, una vez adquirida esta libertad, y gracias a su libre arbitrio, el hombre puede finalmente triunfar sobre la materia y obtener su rescate por una espi­ritualización redentora. Sin plantear ningún juicio de valor, nos limita­mos pues a constatar objetivamente el hecho cosmológico: el alma y el espíritu del mito devienen la Historia banal, vacía de espiritualidad. La astronomía mecanicista, de la que toda espiritualidad está ausente, reemplaza al alma y al espíritu de la astrología. La química y la física materialistas, abandonadas por el espíritu, toman el relevo de la alqui­mia saturada de espiritualidad. Así, historia, astronomía, física y quí­mica, no, son sino los reflejos materiales, efímeros, de la astrología y de la alquimia. Finalmente, no son sino maya, sin ser no obstante ilusiones, sino el algún modo imágenes‑cosas: maya‑realidad.

La ley de los ciclos y del "retorno"

La humanidad acaba de franquear actualmente el punto más bajo, el nadir de esta curva de evolución. Se encuentra ya al comienzo de un nuevo ascenso que se efectuará lentamente, igual que el descenso ha­bía sido largo. El hombre aborda sin embargo una nueva espiritualiza­ción con la facultad del juicio racional, que ha podido desarrollar gra­cias al libre albedrío adquirido por su pasaje a través de la materia. En la conquista gradual del mundo suprasensible, la consciencia diurna, lúcida, acompañará en lo sucesivo el nuevo poder de contemplación intuitiva que no cesará de agrandarse. El hombre devendrá así un ciu­dadano de los dos mundos, en el verdadero sentido del término; no como antaño Homero, ciego al mundo material pero, gracias a su vi­sión interior, capaz todavía de percibir el mundo divino y elementa­ria, y de expresar por la imagen de la creación poética lo que ha podido contemplar por el espíritu (símbolo y mito de Homero); tampoco como Baldur, el vidente cegado al conocimiento espiritual y reducido en lo sucesivo únicamente a sus ojos físicos por Hódur el ciego, con la ayuda de la rama de muérdago, la planta lunar de Loki‑Lucifer (Cre­púsculo de los Dioses); será doblemente vidente en verdad: el Hom­bre‑Jano.
Los primeros pasos hacia este objetivo lejano se han dado ya. In­cluso si sólo es en algunos individuos aislados, se discierne ya, bajo la torpeza del debutante, la nueva actitud, más conforme al espíritu y a la realidad, que adoptará el porvenir en relación al mundo sensible y al mundo superior. Un día, esta evolución será acabada. Se verá enton­ces esto: una Historia capaz de abarcar a la vez la parte de delante de la escena y el plan de trasfondo, la historia y el mito revivido; una as­trognosis afirmada en sus pruebas y en sus fundamentos, gracias a las aportaciones de la astronomía; una ciencia que reúne la física y la me­tafísica, la química y la metaquímica, al servicio de un verdadero co­nocimiento de la naturaleza.


Goethe, esoterista e iniciado

Misteriosa a la luz del día,
La naturaleza no se deja arrebatar su velo;
Y lo que no quiera revelar en espiritu,
No lo forzaras de ella ni por palancas ni por terrajas
(Fausto I)


Estas estrofas de Fausto, que, para nuestro conocimiento no han sido nunca elucidadas del todo, se remontan a la juventud del poeta, a la época de su apasionada lucha por arrancar el secreto de la alquimia. Toman su origen en el gran tratado cosmológico de Georg von Welling, Opus mago‑cabbalisticum et theosophicum, y en la obra regia de los Rosa‑Cruces, Aurea Catena. Estas estrofas contienen, prácticamente desconocida hasta este día, la clave del secreto íntimo de Goethe, la llave misma de su laboratorio interior. Es el "secreto público y sagra­do" del que hablará más tarde. Cada vez que él se aproxima a los arca­nos más profundos, gira ‑consciente o inconscientemente‑ alrededor del mismo polo. Tras cuarenta años pasados en un universo totalmen­te diferente, Goethe, sexagenario, resucita el recuerdo de la Aurea Ca­tena en el octavo libro de Poesía y Verdad. A través del tono pondera­do y reservado, el lector sensible a las substancias percibe las vibracio­nes atenuadas que agitan todavía inconscientemente el alma del poe­ta, las resonancias del efecto lejano producido por este libro sobre el joven de veinte años apenas que, en compañía de Suzanne von Klet­tenberg, se empeñó en el estudio de la alquimia.
"Me gustaba particularmente la Aurea Catena Homeri, que pre­senta la naturaleza, de una forma quizá imaginativa, en un bello en­cadenamiento. . . ". Es cierto que, muy poco después de sus absorben­tes estudios alquímicos y la tentativa sin embargo fallida de realizar el descenso de las Madres, tan pronto como acabó el semestre del invierno de Francfort y desde el período de Estrasburgo, Goethe fue atraído cada vez más por las corrientes contemporáneas, que actuaban más bien sobre los acontecimientos exteriores, y por el despertar lite­rario del Sturm und Drang al que estaba llamado a conducir a su más pura cima. Pronto, con la publicación de Cöthz y del Werther, su propia gloria le impulsó sobre la vía que le estaba predestinada. Por otra par­te, sus esfuerzos incesantes por comprender la naturaleza le han permi­tido renovar la orientación de la ciencia ‑o, al menos, del método científico‑ y encontrar así una compensación a lo que le había sido cerrado antaño por un velo del que no había levantado más que el bor­de. No es menos cierto que en lo más profundo de sí mismo y, final­mente, quizá sólo en su subconsciente, nunca ha podido superar el fracaso ante el templo de Hermes. Pero la experiencia de este límite se ha transmutado en él, para devenir el fermento de su genio creador. Así, desflora sin cesar lo que había buscado desde el principio: el Fausto que le acompaña toda su vida porta el testimonio de ello de principio a fin. Goethe, a quien fue confiada la misión alemana y euro­pea, fue también el único en recibir el privilegio de acercarse, cuando era muy joven, al misterio original, y de presentarse realmente ante la estatua velada de Sais que, sin saberlo, le acordó la iniciación: así, ha podido realizar, al acercarse a la vejez, la conversión de lis fuerzas de Eros en las de Perséfona, mientras que el que no ha podido realizar este pasaje debe necesariamente tropezar de una manera u otra ante este obs­táculo. Lo importante de esta conversión aparece particularmente en el poeta, porque él es el más locamente pródigo de las fuerzas de Eros: Hölderlin y Nietzsche se sepultan en la noche, Schiller deja la existen­cia, Federic Schlegel y Brentano se enrolan en la Iglesia, la voz de Eichendorff se extingue casi completamente, durante su vida, Stefane George devine su propio monumento, y Hoffmannsthal y Rilke in­terrumpen también su curso en este cruce de caminos.
En toda personalidad notable cuya vida y obra nos son más o menos perfectamente conocidas, se pueden desprender, como acaba­mos de hacerlo, los impulsos subterráneos y secretos (que no se dejan sin embargo descubrir por la vía del psicoanálisis). Estos instintos ig­norados por la conciencia provocan ‑conforme a una necesidad su­perior del Karma‑ situaciones y eventos aparentemente debidos a una fatalidad exterior, que permiten al individuo sufrir precisamente las experiencias que sirven al desarrollo temporal e intemporal del Yo, a través de sus encarnaciones sucesivas. Así el destino se revela como siendo la substancia propia del alma. Tales son igualmente la cave y la ley de la astrología, manifestadas por la acción conjugada del Astro, en el hombre y fuera de él, según la concepción de Paracelso.


Una enfermedad "metafísica" tratada por un extraño médico

Al término de estas consideraciones, volvamos al acontecimien­to que Goethe menciona de una manera tan misteriosa en el octavo libro de Poesía y Verdad, acontecimiento que le ha iniciado a sumir­se en el estudio de la alquimia. Goethe volvió de Leipzig seriamente enfermo, en septiembre de 1768, y su mal ‑que no se dejó definir exactamente‑ se agravó rápidamente. Si se exceptúa un cirujano cuyo papel fue secundario, él tratamiento fue confiado a un médico yatro­químico casi completamente olvidado hoy en día, del que Goethe es­cribe esto:

"El médico, un hombre extraño, de mirada sutil, de trato agrada­ble, pero por otra parte difícil de penetrar, había adquirido una repu­tación muy particular en el círculo piadoso. Activo y lleno de aten­ciones, era reconfortante para los enfermos, pero había sobre todo aumentado su clientela acordando el favor de mostrar a escondidas al­gunos remedios misteriosos que había preparado él mismo y de los que nadie debía hablar, pues estaba rigurosamente prohibido entre no­sotros confeccionar sus propios medicamentos. Se mostraba menos se­creto con ciertos polvos, probablemente digestivos; pero de la impor­tante sal que no debía ser empleada más que en caso de extremo peli­gro, sólo se hablaba entre los fieles, bien que nadie hubiese visto nunca esta sal, ni experimentado su efecto. Para provocar y afirmar la fe de sus enfermos en la existencia posible de un tal remedio universal, el médico recomendaba a los pacientes que le parecían dotados de cierta apertura, ciertas obras de mística y de química alquímica, haciéndoles entender que por el estudio de estos libros podía uno mismo adquirir este tesoro, lo que era por otra parte tanto más necesario cuanto que, por razones físicas y sobre todo morales, era difícil transmitir el secre­to de su preparación. Más aún, para comprender, preparar y utilizar es­ta Gran Obra, había que conocer la naturaleza en todas sus relaciones secretas, ya que no se trataba de una cosa particular, sino de un prin­cipio universal que podía por otra parte obtenerse bajo formas y as­pectos diversos.
"Sin embargo, una durísima prueba me aguardaba: pues una digestión trastornada, se puede incluso decir que destruida en ciertos mo­mentos, provocó síntomas tales que fui atrapado por la angustia, cre­yendo perder la vida, y ninguno de los remedios empleados quería actuar ya. En esta angustia extrema, mi madre, en la desesperación, agarró con una extraordinaria violencia al turbado médico, para de­cidirle a librar su remedio universal. Tras una larga resistencia, acabó por volver a su casa tarde en la noche, para volver a paso apresurado con una pequeña redoma de sal, cristalina y seca, que fue disuelta en agua y engullida por el enfermo. El producto tenía un gusto neta­mente alcalino. Apenas absorbida la sal, se manifestó un alivio. A par­tir de este instante, el curso de la enfermedad cambió y se produjo una mejoría progresiva. No puedo expresar hasta qué punto reafirmó esto la fe en nuestro médico y aumentó nuestro celo de poseer un tal tesoro. "

¡El mito de Goethe! En el punto de partida de esta vida que ha determinado más que ninguna otra la orientación del hombre alemán y europeo, se sitúa este incidente decisivo para el destino físico, mo­ral y espiritual del poeta. No se encuentra apenas existencia alguna que revele tan claramente los hilos secretos que ligan lo temporal a lo intemporal, por detrás de la superficie devenida transparente. Estos hi­los son tan netos que el fracaso de todos los biógrafos de Goethe, sin excepción, ante este acontecimiento esencial, parece incomprensible. Se debe buscar la explicación de ello en la atrofia completa que ha gol­peado, en el curso del último siglo, los órganos primitivos, más sensi­bles, destinados a la percepción de lo irracional. (Corresponde al por­venir desarrollarlos de nuevo). Por otra parte, invadimos aquí "el do­minio más extraño", un dominio sumamente alejado en todo caso de los carriles de la búsqueda y del pensamiento de antes y de hoy. Sólo una época futura, más abierta a la espiritualidad, reconocerá plena­mente que hay que buscar aquí la entrada secreta para acceder a la esencia profunda de Goethe, para captar sus relaciones con Dios y con el universo, para comprender en fin "su concepción del mundo" y to­da su actividad creadora que se relaciona estrechamente con ella; en breve, para alcanzar una comprensión verdadera, libre de prejuicios científicos y estéticos, despojada de las opiniones y de las tendencias.
Si pretendemos que Goethe ha recibido en el pórtico del Templo hermético la iniciación y los conocimientos intuitivos de las cosas ocultas, si afirmamos que el saber así obtenido y la insatisfacción resentida ante lo que no fue revelado maduraron en él en fermento espi­ritual, ello no quiere decir que la experiencia hermética rosacruz nos parezca el único factor determinante en la elaboración del destino y de la naturaleza íntima de Goethe; pero es el factor que ha actuado más profundamente, aquél cuyos efectos han continuado manifestán­dose de la manera más duradera, y al mismo tiempo aquél cuya exten­sión y alcance metafísicos han aparecido menos claramente ante su consciencia. Los impulsos y los estimulantes no le han faltado nunca, ciertamente. La envergadura de su espíritu, su facultad excepcional de asimilación, le han permitido recogerlos en una abundancia y en una diversidad sin igual. Mejor que ningún otro, sabía procurarse, en el momento mismo en que tenía necesidad de ello, todo lo que podía serle útil o necesario, por cuanto que las cosas no se ofrecían a él, no venían por sí mismas a solicitar a su espíritu. La extensión de su cul­tura no se explica de otro modo. Pero todo ello es demasiado cono­cido, demasiado a menudo descrito, para que sea necesario volver a ello. Se trata aquí de una cosa del todo distinta. Esta breve alusión bas­ta para evitar todo malentendido.
Pero volvamos al acontecimiento descrito por Goethe. En esta cri­sis extrema, fue salvado, gracias a la apremiante insistencia de su ma­dre, por el médico yatroquímico que le hizo absorber la misteriosa sal de la que ‑según las palabras mismas de Goethe‑ los círculos más íntimos tenían buen conocimiento de oídas, pero que no habían sin embargo visto nunca, de la que nunca habían experimentado el efecto. Este oscuro instante reviste un alcance considerable en la historia del mundo y de la civilización. Según el testimonio mismo del poeta, el médico‑adepto consiente por primera vez en recurrir al poderoso arca­no espagírico, para conservar una única existencia: la de Goethe. Una hendidura sé abre y un rayo de luz cae sobre el taller oculto en el que se elaboran el destino y la historia de la humanidad, sobre la línea de división de ordinario invisible al ojo físico, ahí donde mito e historia se interpenetran.
Goethe contrajo en Leipzig una enfermedad que le condujo al umbral de la muerte. Pero la enfermedad no es solamente un fenó­meno orgánico, un trastorno fisiológico, como lo quiere una concep­ción materialista limitada. Posee también una contraparte espiritual y moral, bajo el doble aspecto de causa y predestinación. Para con­formar la constitución física de Goethe de tal suerte que le permitiese llevar a cabo plenamente su tarea aquí abajo, era preciso que se produje­se, en este momento particular, un acontecimiento que provocase una suerte de relajación de los lazos entre su naturaleza física y espiritual. Y es este relajamiento, cuyos efectos no han dejado de manifestarse durante toda su existencia, el que fue desencadenado por la grave en­fermedad, casi mortal, indefinible por los medios de diagnóstico de la medicina oficial, que había comenzado en Leipzig. Esta relajación de las fuerzas espirituales (de su cuerpo etérico) que le estaba virtualmen­te acordada, pero que no devino efectiva más que por la enfermedad, protegió a su organismo del peligro de consumirse demasiado rápida y demasiado apasionadamente ‑como fue el caso de Schiller y en Nova­lis‑. Por otra parte, exaltó la receptividad de su espíritu hasta tal gra­do, que sus relaciones espirituales con el mundo exterior y el univer­so suprasensible devinieron del todo diferente de lo que podían cono­cer sus contemporáneos del "siglo de las Luces", abandonados única­mente a las fuerzas de su inteligencia racional. A partir de las condicio­nes así realizadas, consiguió más tarde desarrollar su visión intuitiva hasta el punto de experimentar en su realidad viviente los arquetipos que Platón llamaba ideas.

El mundo de los espíritus no está cerrado;
Tu sentido está amodorrado, tu corazón está muerto.

Este punto de partida le permite bosquejar, en el curso de su evo­lución ulterior, los principios fundamentales de una concepción reno­vada de la naturaleza que no se desarrollará sino más tarde.
Las correspondencias espirituales así descritas de la enferme­dad de juventud de Goethe permiten comprender que la curación no podía producirse ya de manera banal. Por otra parte, el límite, a par­tir del cual el retorno ya no era posible, había sido ya franqueado. Las palabras mismas de Goethe lo confirman plenamente: "Ninguno de los remedios empleados quería ya actuar." Una intervención particu­larísima era pues necesaria para conservar esta vida que se escapaba ya, para sujetar de nuevo al organismo la substancia espiritual, incluso si los lazos debían permanecer más lacios en lo sucesivo. Un remedio or­dinario no podía conducir a este resultado. Había que recurrir a lo que pertenecía ya al "dominio más extraño", es decir, a los grandes arca­nos alquímicos. Que la terapéutica y la ciencia corrientes hayan sido incapaces de conducir a la curación, sino que deviniera necesario ape­lar una vez más ‑y de la manera más visible‑ a la ciencia hermética de los Rosa‑Cruces iniciados, reviste también una significación decisiva para Goethe mismo y para el conjunto de la historia espiritual.
El médico‑adepto casi olvidado ha debido conseguir en todo caso un alto grado de conocimientos espirituales, sin el cual no se obtiene nunca el arcano. Pero ya no es posible determinar hoy en día en qué medida sabía él por visión intuitiva y adivinatoria de quién y de qué se trataba. No más por otra parte de lo que podemos saber de qué natu­raleza y de qué grado de perfección era la sal misteriosa de la salud. Todo lo que Goethe puede decirnos a este respecto, es que tenía el "gusto alcalino" (quizás una tintura al blanco). Pero ello no importa apenas. Lo esencial es esto: Goethe, que se sitúa entre la Edad Media y la época moderna, cuya juventud participa todavía de la primera y la madurez de la segunda, experimentó sobre sí mismo los efectos bene­factores y saludables de la alquimia, y ello de la manera más total. El evento se sitúa de una manera simbólica en el giro de la época. Pues veinte años más tarde, a partir de 1789, no apareció ya ningún libro de alquimia auténtica, los maestros se retiraron completamente en la os­curidad, y la alquimia que se practicaba aún en las Logias de los Ilumi­nados no fue ya más que ensayo a tientas sin conocimiento verdadero, vana búsqueda del secreto sellado.
Pero antes de que estalle la Revolución francesa, en tanto que ex­presión visible de los tiempos modernos, antes de que la Tradición se interrumpa bruscamente con la retirada a la oscuridad de los maestros, los filósofos herméticos del siglo XVIII dejan todavía por aquí y por allá testimonios de una autenticidad indiscutible, que prueban tanto el poder de transmutación de la piedra filosofal como su ilimitada po­tencia de curación. La inatacable realidad de los acontecimientos aquí examinados es garantizada por testigos oculares dignos de confianza. Es por esto que parece tan absurdo reconocer sin la menor vacilación el valor de ciertos testimonios históricos, únicamente porque el enca­denamiento de los hechos aparece inmediatamente y da la impresión de poder ser elucidado, mientras que otros hechos no menos atestigua­dos se ven rechazados al dominio de la leyenda, del error o de la super­chería, faltos de postulados que permitan explicarlos. Así ocurre con la historia de un maestro alquimista que se las daba de archimandrita griego, de nombre Lascaris. Recorría Europa en todos los sentidos, en el curso de los dos primeros decenios del siglo XVIII, y daba en diver­sos lugares, ante testigos competentes y seguros, pruebas incontesta­bles de la transmutación de los metales, sea operando él mismo, sea por el trujamán de otras personas a las que confiaba antes de su parti­da algunos granos de la piedra filosofal. Este hecho está garantizado con tanta seguridad al menos como otros acontecimientos históricos.
Por primera vez, proclamamos el hecho: uno de los últimos dones intemporales, simbólicamente legado por la alquimia antes de su retirada del mundo occidental, fue el de perseverar una existencia única -la de Goethe‑. En señal de gratitud, sin duda, desde la genera­ción siguiente, se empeñaron en negar todo crédito al arte regio que fue tratado de fábula, de superstición, de estafa o, en el mejor de los casos, de autosugestión, y se rehusó obstinadamente reconocer los fe­nómenos cuya realización exige, es verdad, la ayuda de un saber cos­mofísico superior.
Muy otra fue la reacción de Goethe. Bajo el impulso de la cura­ción que debía al arte espagírico, se volvió hacia el estudio de la al­quimia, sin duda durante un corto semestre de invierno solamente, pero con el entusiasmo apasionado que le caracteriza. Así, llegó, si no al interior, al menos al pórtico del templo hermético. Elevar las cortinas del Santo de los Santos hubiese exigido un esfuerzo incom­parablemente más grande. Estaba por otra parte destinado a otra mi­sión. Pero sin la iniciación que le fue acordada en el Narthex, no ha­bría podido acabar la construcción de la torre cuya terraza permite a Linceo, el guardián, llevar a cabo su última ronda. Pues, cuanto más alto se levanta una construcción de piedra, más exige funda­mentos sólidos y profundos. Goethe no ha podido alcanzar la ma­durez que el observador designa como su consecución armoniosa más que absorbiendo las energías formatrices de las substancias originales, y asimilándolas hasta volverlas partes integrantes y substancia propia. No ha penetrado sin embargo hasta la plena luz y a la contemplación del sol de medianoche. ("La vista sobre el más allá nos está vedada": es por esto que el poema Los misterios estaba condenado desde el origen a permanecer como un fragmento.) La oposición expresada en el verso: "insatisfecho a cada instante", condujo a una lucha faustiana sin relajación durante la existencia entera de Goethe, y fue la única que pudo permitir al poeta conquistar finalmente el equi­librio:

Vosotros, instrumentos que os reís de mi a gusto
Dentaduras, ruedas, estribos y rodillos,
Ante la puerta deberíais serme las llaves.
Pero vuestros paletones frisan... el cerrojo sigue echado.
El Gran Espíritu me ha desdeñado,
Para mí se cierra la Naturaleza.

Porque había alcanzado la puerta que abre el acceso al corazón de la naturaleza, y ella le permanecía cerrada, a pesar de los tornos y las palancas, Goethe‑Fausto se vende a Mefistófeles y toma el camino del exterior. Mas porque ha tenido la osadía de emprender el peregrinaje a las Madres, "para encontrar el Todo en la Nada", puede ser salvado y sobrepasa la falange de los bienaventurados inmediatamente después de la muerte. Vuelve a ser así iniciado, gracias a la consagración que ha recibido inconscientemente en el pórtico del templo hermético.
"Y lo que encontrará es la Nada", proclama la divisa de un gran alquimista. En las líneas que siguen, Goethe‑Fausto piensa en los ra­ros elegidos que han encontrado esta nada, incluso si el sentido del pasaje parece más general (lo que sería una trivialidad indigna de Goe­the); el contexto disipa por otra parte toda vacilación:

¿No he leído en mil obras
Que el hombre fue atormentado por todas partes,
Salvo un dichoso aquí o allá?

¡Un dichoso que ha visto abrirse ante él el Santo de los Santos del templo hermético! Los maestros de esta clase, que ofrecen todas las garantías de certeza histórica, son con seguridad poco numerosos. Goethe mismo menciona dos de ellos en el octavo libro de Poesía y Verdad: Theofrasto Paracelso y Basilio Valentín.
Esta interpretación aclara la relación de causa‑efecto, y la necesi­dad interior que impulsa a Goethe a terminar precisamente este octa­vo libro de Poesía y, Verdad por la exposición de su concepción rosa­cruz del mundo, adquirida en la época gracias al estudio en profundi­dad de la Aurea Catena, de la Opus Magocabbalisticum de Welling y de los filósofos herméticos. ¿Qué importa si el Goethe prudente de la se­sentena, que había seguido desde estos días lejanos vías del todo dife­rentes, introduce esta cosmología por el circunspecto giro: "y me construí así un universo que tenía el aire bastante extraño"? La obje­ción de los pedantes no tiene valor. La experiencia se había enraizado tan profundamente que había devenido un fermento espiritual lo bas­tante poderoso para impulsarle, cuarenta años más tarde, a darle for­ma y duración; que en fin de cuentas todo el Fausto entero está fun­dado sobre ella; que esta experiencia le transporta de principio a fin, incluso si se aleja de ella cada vez más en su contenido propiamente dicho.
En cuanto al Cuento, no está permitido pasarlo en silencio, ya que bajo ciertas relaciones estaría bien en su lugar aquí. No nos alejaría­mos demasiado de nuestro tema si quisiéramos examinarlo en detalle y, por otra parte, es imposible elucidarlo por algunas palabras de pasa­da. Contentémonos con mencionar que es sin duda alguna alquímico en sus elementos, bien que numerosos planos convergentes de igual importancia deben ser considerados para dar una interpretación defini­tiva de él.Aquél que adopte, sin ideas preconcebidas, y con una cierta dis­ponibilidad interior, esta visión más profunda, tocante a las substan­cias mismas, para descubrir las relaciones secretas y misteriosas en este giro ‑quizá el más significativo de la vida de Goethe‑, reconocerá el papel determinante de este incidente que debe su eficacia a su origen hermético. Verá cómo la existencia física del poeta fue preservada, de qué decisiva manera fue influenciada y esclarecida la configuración de su alma por este acontecimiento que le impone su objetivo y su orienta­ción. En el umbral de la partida y de la ascensión del poeta se sitúa el acontecimiento que determina la curva de su destino exterior y ocul­to, que suministra la clave de su biografía espiritual ‑la clave del mito de Goethe.


APENDICE

por el doctor R. A. B. Oosterhuis



Algunas experiencias con remedios espagíricos

Encontrándome en Salzburgo, con ocasión de las fiestas del IV cen­tenario de la muerte de Paracelso (1493‑1541), leí sobre su testamento el epitafio latino: qui dira illa vulnera: lepram, podagram, hydropisin, aliaque corporis contagia mirifica arte sustulit (el que ha hecho des­aparecer por su arte maravilloso estas plagas crueles: la lepra, la podagra, la hidropesía y otras enfermedades incurables). Más de cien años des­pués de la fecha que se acaba de conmemorar, en 1660, apareció la edición holandesa de La aurora de la medicina, por J. B. van Helmont, con un soneto de J. J. Schipper en honor del gran médico:

Escucha Dama Naturaleza,
aprende a defenderte contra la muerte...
y a curar igualmente la epilepsia,
la fiebre terciana, así como el cáncer,
que se creía incurable
cuando el escalpelo llegaba tarde.
¡Oh milagro de nuestro tiempo!

Estos dos testimonios prueban que el maestro suizo y el gran ho­landés eran considerados por sus contemporáneos como sabios extraor­dinarios, capaces de curar las enfermedades y las afecciones hasta en­tonces tenidas por incurables. Paracelso da a entender claramente, por otra parte, su voluntad de sobrepasar el arte de los antiguos, comprendida ahí la medicina de Hipócrates. Van Helmont, por su lado, se apoya sobre un estudio en profundidad de Paracelso para elaborar una doc­trina que es la realización de las enseñanzas de este último, en el espí­ritu holandés. Los dos sabios pueden ser clasificados ‑según la expre­sión de Rademacher‑ entre los médicos llamados "secretos". Ni uno ni otro deseaban revelar la preparación de sus remedios más importan­tes: los arcanos. Las oscuras alusiones de Paracelso permanecen incomprensibles para nosotros. En cuanto a Van Helmont es en general silencioso sobre este tema.
El valor incontestable que atribuían ellos mismos a sus "arcanos", el juicio de los contemporáneos, así como el hecho de que Boerhaave utilizaba al menos uno de los arcanos de Van Helmont, nos hacía es­perar que nos sería posible penetrar en el secreto de la preparación de estos arcanos por estudios e investigaciones en profundidad. Una cosa era cierta: los arcanos habían sido elaborados con la ayuda del fuego. Los dos sabios lo afirman claramente, y se sabe la importancia de la destilación en los métodos de trabajo alquímicos. Ahora bien, yo sabía desde hacía largo tiempo que los historiadores de la química se inte­resaban en las técnicas alquímicas; así, Darmstädter había publicado precisiones importantes sobre la composición de los remedios de Para­celso. Antes de él, Rademacher había fundado la doctrina de sus me­dicamentos universales y orgánicos apoyándose sobre la tradición alquímica. Más aún, se sabía el uso que los antiguos médicos habían hecho de la acetona. Sin embargo, yo ignoraba la existencia de otras investigaciones en este dominio. El laboratorio que se llamaba Bom­bastus‑Werke sacaba algunos remedios pretendidamente preparados por métodos paracélsicos ‑como el polvo Arhama‑ y que contenían mucho ácido tartárico, en recuerdo de las enfermedades del tártaro, pero no existía ni la sombra de una prueba que permitiese pensar que estas preparaciones eran elaboradas según las antiguas técnicas redes­cubiertas. Sucede algo muy distinto con Alexander von Bernus, quien ha consagrado, en un retiro tranquilo, más de cuarenta años de su vida a la reconstitución de los antiguos métodos. He aquí cómo trabé conocimiento con él:
De 1920 a 1930 yo estudiaba particularmente las substancias que tuvieran una influencia sobre la vesícula biliar y sus cálculos. Consta­taba que si era importante incorporar al régimen alimentos crudos, sobre todo la ensalada de limón, rábanos rosas y negros, zanahorias peladas, chirivías, etc., esto no era ni suficiente, ni lo más importante. Ciertas plantas, como el boldo, la berberis (el agracejo), la celedonia, tienen una influencia saludable, empleadas bajo diversas formas, de las que la preparación homeopática es la más diferenciada. Más aún, los complejos homeopáticos pueden tener una eficacia notable, entre otros los de Felke: Hepatik. Ahora bien, Hepatik forma parte de las prepa­raciones alquímicas de von Bernus. Bien que este remedio me hubo rendido servicios indiscutibles lo abandoné, falto de conocer su com­posición. Lo retomé en 1928, después de que Bernus me hubiese comunicado informaciones sobre su composición ‑sin revelar, sin embar­go, su preparación‑. Hepatik contiene, aparte de las hierbas medicinales hepatotropas bien conocidas, cinc espagírico, Mí interés por este reme­dio no se ha debilitado desde este tiempo. Bernus me envió en 1928 nu­merosos de sus trabajos sobre Goethe, la alquimia y el mito, la espagi­ria teórica y práctica, y me dio detalles sobre la composición de otros medicamentos distintos al Hepatik. Todo ello me incitó a ensayar y a emplear ciertos de sus veintisiete remedios.
Von Bernus distingue dos remedios principales, que se pueden comparar a los remedios "universales" de Paracelso y de Rademachar, y, de otra parte, a los remedios llamados "orgánicos". El Azínat es una preparación compleja a base de antimonio que se emplea en las afeccio­nes agudas, sobre todo si estas últimas se acompañan de hipertermia. El Dyskrasin es igualmente de origen espagírico, y se aplica en las alte­raciones crónicas de los tejidos y de los humores, sean afrebiles, sea que no comporten sino una ligera hipertermia; tuberculosis tórpida, cáncer, procesos degenerativos, reumatismos y enfermedades crónicas del tejido conjuntivo. Uno de estos medicamentos debe estar acompañado de un remedio "orgánico" cuyo nombre indica el tropismo: Cordiak, Stomachik, Pulmonik, Renalin, etc, Me propongo dar cuenta de mis experiencias en la continuación de esta exposición. Séame permi­tido comenzar por tres casos de cirrosis de hígado, y en donde el empleo de los remedios espagíricos me ha dado resultados sorprendentes.
Ya Galiano ha descrito el síndrome general de la cirrosis hepática. Pero es a Laënnec que debemos la tabla clásica de esta enfermedad: la infiltración grasosa del tejido hepático es la lesión inicial; ella es segui­da por la reacción esclerosa alrededor de los lóbulos; un agrandamien­to inicial del órgano precede, pues, a la atrofia.
La causa esencial de esta enfermedad es el abuso de alcohol, combi­nado o no a la carencia alimenticia (frecuente en ciertos países de Asia); ciertas intoxicaciones, estados tóxico‑infecciosos, el paludismo, la tu­berculosis, pueden igualmente provocarla. Del mismo modo, la sífilis puede abocar a una cirrosis, pero sin infiltración grasosa previa,
Los síntomas comprenden trastornos dispépticos primero, hinchazón del vientre después de las comidas, eructos, alternancia de consti­pación y de diarreas, aumento del volumen del hígado (al principio), palidez, enflaquecimiento, sangramiento por las narices, hemorroides y después subictericia que llega a la ictericia franca. El edema de los tobillos precede generalmente a la ascitis tan temida; más tarde, la infiltración se extiende a las piernas. El abdomen inflado muestra una red venosa visible: la cabeza de Medusa. La evolución es fatal en el es­pacio de uno a tres años (1942).
¿Debemos desesperarnos ante las descripciones pesimistas de los tratados de patología? Me parece que el médico no puede adoptar esta actitud. Existen por otra parte casos atípicos más alentadores. Sucede que los síntomas alarmantes, entre ellos la ascitis, desaparecen por lar­gos períodos. La forma sifilítica presenta igualmente remisiones, bien que su consecuencia sea fatal. Estos fenómenos revelan manifestacio­nes de las fuerzas curativas de la naturaleza; no hay, pues, que renunciar a encontrar una terapéutica eficaz. Antes de volverme hacia los medi­camentos que constituyen el objeto de este estudio, había tratado a mis enfermos cirróticos por diversos remedios homeopáticos, de los que los más importantes era Aurum, Lycopodium, Mercurius Biioda­tus, Chelidonium y Quassia, sin obtener, no obstante, resultados dura­deros. He creído retardar la evolución por un dializado de Nasturtium aquaticum (berro). El empleo de la tintura de Quassia en un caso de cirrosis hipertrófica (1930) no careció de efecto. Como Rademacher menciona en su Erfahrungsheillehre una preparación de Quassia obte­nida por destilación, recurrí a este producto ‑esta vez con un éxito manifiesto. Es por otra parte así que fui conducido a emplear en los otros casos de cirrosis los remedios de Bernus. He aquí la historia del primer caso:
Señora S., cincuenta y seis años: emprendí el tratamiento el 25 de noviembre de 1933. Ella viene de una familia de 14 niños, de los que dos han muerto de una enfermedad de corazón. Padre alcohólico. Nin­gún signo de sífilis congénita o adquirida. Abuso de sal, de especias y de vinagre; de constitución muy resistente, comienza a sentirse fatiga­da y adelgaza desde julio de 1932. Principio de ascitis a mediados de noviembre de 1932. Diagnóstico: cirrosis del hígado. La ascitis necesita una primera punción de cinco litros de líquido el 8 de enero de 1933. Otras punciones emprendidas una vez por mes, aproximadamente: 7, 8, 11 y 12 litros. Tras haber procedido a una última punción el 3 de junio, se decide a la operación de Talma, de acuerdo con el cirujano y gastroenterólogo consultados; este último confirma el diagnóstico y la indi­cación operatoria. La intervención (20 por 100 de mortalidad), em­prendida el 13 de junio, tiene éxito. 14 litros de ascitis son evacuados. El informe operatorio y la biopsia hepática hacen inclinarse más bien hacia un ataque sifilítico que hacia la cirrosis de Laënnec. Pese al éxito técnico de la operación, el resultado terapéutico es nulo; tres semanas más tarde, una nueva punción se confirma necesaria: 12 litros de líqui­do. Las punciones deben ser repetidas cada quince días. Comienzos de septiembre: edema de las piernas, hemorroides, hernia umbilical. La enferma está achacosa. Reacciones serológicas negativas el 24 de no­viembre de 1933.
Ante el estado desesperado de la enferma, resolví aplicar desde el día siguiente los remedios espagíricos: Dyskrasin, Hepatik y Splenetik. La enferma se asombra de que su vientre permanezca distendido; orina mejor (cuatro veces a la noche, en lugar de una vez) hasta dos litros por día; se siente mejor, el apetito vuelve, la coloración parduzca de los tegumentos desaparece, así como la sed torturante. El 5 de enero, ya no quedan trazas de edema, ni de ascitis; la enferma se levanta para pasearse tres cuartos de hora, y asegura que va del todo bien, ya que monta en cólera por fruslerías, como anteriormente. El estado perma­nece excelente todo el año 1934, pero en 1935 la enferma comienza a quejarse de dolores abdominales y se constata una hipertrofia nodu­losa del hígado. Examen serológico del doctor Terwen el 15 de abril: Müller positivo, Wasserman negativo; se admite el origen sifilítico de 1a cirrosis. El 2 de julio, hemorragia oseofagiana. La enferma sucumbe el 3 de mayo de 1936, pese a los tratamientos antisifilíticos. Gracias a los remedios espagíricos, la diuresis sigue siendo posible hasta el fin.
En conclusión: mientras que los otros tratamientos han permane­cido ineficaces, los medicamentos espagíricos han rendido un servicio señalado para desencadenar y mantener la diuresis; han contribuido a prolongar la existencia de la enferma durante cuatro años a partir del comienzo de la afección.
Señora K., que habita en el campo, se dirige el 1 de septiembre de 1938 a mi emplazamiento, tras una larga enfermedad y once semanas de tratamiento ineficaz en el hospital, donde se había constatado una hipertrofia del hígado y una ascitis importante, necesitando varias punciones de 8 a 10 litros. Diagnóstico: cirrosis hepática. Ella me es­cribe el 1 de octubre que ha tomado las tinturas‑madre homeopáticas prescritas: Quassia y Ceanothus; ella va mejor y me demanda consejos suplementarios. Yo le aconsejo Hepatik, Vinum purgativum y Epide­mik. El vino purgativo contiene, entre otras, las substancias siguientes: tártarus emeticus, folia cassiae, icus, frangula. El Epidemik posee las mismas indicaciones que Natrum nitricum, uno de los remedios "uni­versales" de Rademacher, pero es más complejo y contiene, entre otros, cloruro y silicato de sodio. En mi tercera orden, reemplazo el Vinum purgativum por Splenetik. El tratamiento no sufre ya cambio a continuación. Tras la absorción de estos remedios, la enferma no debe ya ser punzada, y se desembaraza rápidamente de sus malestares. Puede volver a su casa el 22 de febrero de 1939, y reemprende la vida normal tras un año de sufrimientos. En este momento, reemplazo una vez Epidemik por Dyskrasin, en tanto que remedio que "finiquita" el caso. La enferma me señala haber advertido el efecto particularmente notable de Epidemik sobre la diuresis. Supongo que no sólo el silicato de sodio, sino igualmente todos los tros componentes de este reme­dio deben actuar en este sentido.
La enferma no toma más remedios para su cirrosis y se contenta con constituirse una pequeña reserva.
Yo estaba, naturalmente, muy deseoso de trabar conocimiento personal con esta enferma y quería, en particular, hacer una toma de sangre. Sin embargo, las circunstancias no la permitieron verme, y la aconsejé dirigirse al médico local. Este último, sabiendo que yo era el médico que la trataba, reaccionó con un mal humor violento, de suerte que el análisis debió ser aplazado hasta más tarde. En 1941 so­brevino un cambio de médico, lo que volvió posible el análisis. Todas las investigaciones serológicas fueron negativas. No pude satisfacer ple­namente mi curiosidad hasta el 15 de mayo de 1942, cuando la cliente se presentó ella misma, tras curación mantenida desde hacia tres años. Vi una mujer de cincuenta y ocho años, que parecía en buen estado de salud; ligero aumento de volumen de hígado y bazo, sin nudosidad per­ceptible; corazón normal, tensión 14‑9. No hay elementos de especificación en la anamnesis, El abdomen presentaba una varicosidad de 5 centímetros de largo y 1,5 centímetros de ancho, único recuerdo de una "cabeza de medusa" muy extendida. El lado izquierdo del vientre es muy sensible, como consecuencia de las múltiples cicatrices debidas a las punciones repetidas. En 1941, la señora K., había contraído una erisipela de la pierna derecha que no tuvo, sin embargo, consecuencias. Se trataba manifiestamente de una cirrosis de Laánnec (y no de una cirrosis sifilítica) que había alcanzado una etapa de equilibrio. Subjetívamente, la paciente se siente curada desde hace años. Los remedios espagíricos, pues, han curado prácticamente este caso.
Un caso reciente de cirrosis me parece bien instructivo, pese al re­sultado fatal sobrevenido por culpa de la enferma misma. El 28 de ju­lio de 1950, fui llamado de urgencia a casa de la familia B. en Amster­dam. El padre, un oficial en retiro de las Indias holandesas, me condu­jo junto a su hija Elly. Postrada, respirando con esfuerzo, la enferma ofrecía un espectáculo bien triste, El semblante y el rostro demacrado contrastaban con un bocio muy evidente y el abdomen distendido al extremo. El pulso, débil, estaba en 118; corazón y pulmones repelidos por el contenido abdominal., Por un examen rápido, adquirí la convic­ción de que debía tratarse de una cirrosis hepática (confirmada más tarde por exámenes de laboratorio y test hepáticos), habiendo podido ser excluido un quiste de ovario. Hice llamar inmediatamente a un ci­rujano, que practicó una punción el mismo día, haciendo eliminar 15 litros de líquido de ascitis, lo que debía representar alrededor de un tercio del peso total de la enferma.
Yo era el primer médico que la señorita Elly B., entonces de cua­renta y seis años de edad, había consultado nunca. Ninguna enfermedad importante en el pasado; padres y hermanos en buena salud. Resumo al­gunos puntos salientes del examen: tegumentos pardo‑grisáceos (la ma­dre es mestiza), ligeramente ictéricos. Pulso 118, un poco irregular, ten­sión 17‑10; exoftalmia ligera, nada de nystagmus. Graefe positivo. La glándula tiroides hipertrofiada se desprende bajo la forma de un tumor del tamaño de una mandarina. Pulmones: respiración superficial y rá­pida. Corazón: ruido sordo, con soplo funcional. Senos atrofiados. Circulación venosa colateral extendida al epigastrio, soplo venoso sis­tólico perceptible en la palpitación. Vientre muy distendido. Orina oscura, trazas de albúmina y de urobilina.
Su adhesión a la "Ciencia Cristiana" explica el retardo aportado a los cuidados, pero "una voz" acababa de aconsejarla que me llamase. Prescribí remedios espagíricos: Hepatik, Splenetik y Dyskrasin, e hice alternar este último con Lympathik, Polypathik y Renalin. Régimen vegetariano y de alimentos crudos, pobre en sal, yoghourt descrema­do, muchas alcachofas y nueces.
Durante un año y medio, el estado de la enferma mejoró constan­temente (exceptuando un pequeño período de recaída por falta de medicamentos), para gran asombro del cirujano. De enero a marzo de 1952, el tratamiento comportaba la administración de la tríada: Dyskrasin, Splenetik y Hepatik. El estado de la señorita B., devino de tal modo satisfactorio que tomó súbitamente la decisión de interrumpir todo tratamiento y control médico, y retornar a su "Ciencia Cristiana". Bien que ella debía su vida a los remedios de Bernus, estaba convenci­da de no tener ya necesidad de ellos.
Los exámenes de laboratorio emprendidos en esta época testimo­nian una afección del parénquima hepático; las pruebas serológicas eran negativas.
¿En qué podía concluir, estando la enferma en este estado? Bien que netamente influenciada, la cirrosis no estaba, sin embargo, curada. Pese a mis exhortaciones la señorita B. cesó todo tratamiento para fiarse exclusivamente de la "Ciencia Cristiana".
Este caso es particularmente instructivo por la desaparición com­pleta de la ascitis. La circulación y la respiración se encuentran de tal modo mejoradas por ello, que la enferma concluye la curación com­pleta. La desaparición casi completa de su bocio tóxico, con todos sus síntomas, no puede sino reforzar la convicción de la enferma. Falta de haber sufrido una hospitalización prolongada y las observaciones que sólo una estancia en clínica habrían vuelto posibles, es difícil saber si la mejora espectacular era debida únicamente a la desaparición de la as­citis, o si las lesiones hepáticas se encontraban igualmente influenciadas. La enfermedad había comenzado en julio de 1949, destruyendo a una mujer hasta entonces robusta, para reducirla al estado en que la en­contré un año después. Se puede ciertamente admitir que los remedios espagíricos han detenido el proceso fatal; es posible que su papel no haya sido sino paliativo, pero sólo una larga experimentación clínica con control constante del laboratorio, permitiría zanjar la cuestión.
En cuanto a la señorita B., he aquí el final de su historia: desde abril de 1952, había podido retomar su actividad de institutriz privada, du­rante un año y medio, sin seguir tratamiento alguno, y todo ello participando de una vida religiosa intensa en el marco de la "Ciencia Cris­tiana". Su madre, a la que nuestra enferma se encontraba ligada de una forma particularmente estrecha, murió súbitamente el 14 de noviem­bre de 1943; resultó de ello para la señorita B. una depresión psíquica y moral profunda. En la perspectiva de una medicina psicosomática, puede quizá estar permitido asociarle el accidente sobrevenido el 24 de noviembre de 1953: la señorita B. se fracturó el cuello del fémur iz­quierdo resbalando ante su morada. Fue hospitalizada en el Burger­ziekenhuis, para morir en él súbitamente el 22 de diciembre de 1953, a consecuencia de una embolia pulmonar. Debo a la amabilidad del ci­rujano y del médico que la trataban haber podido consultar el volumi­noso dossier que comprendía todos los exámenes clínicos y de labora­torio, así como los tratamientos. Comparando los análisis con los efec­tuados en la época de la interrupción del tratamiento espagírico, se llega a las conclusiones siguientes: el estado general se había natural­mente agravado durante el período en que la enferma se había confia­do únicamente a la "Ciencia Cristiana", pero los remedios espagíricos que la había permitido remontar la pendiente en 1950 continuaron ciertamente manteniéndola en un estado de salud sufïciente para con­tinuar sus ocupaciones profesionales, pese a la interrupción del trata­miento. Ignoro lo que estos remedios habrían podido conseguir duran­te los últimos meses de la enfermedad, pero me parece deseable, a la luz de mis experiencias, que los medicamentos espagíricos sean am­pliamente utilizados en todas las etapas de la cirrosis hepática, al mis­mo título que la colina y la metionina, recientemente introducidas en la terapéutica. Los remedios de Bernus me parecen los únicos capaces de eliminar la ascitis de una forma duradera.
Tras estas pocas observaciones consagradas a los remedios hepáti­cos, volvamos a los otros medicamentos espagíricos. Como para los remedios homeopáticos, la calidad es más importante aquí que la can­tidad. En cuanto a la composición, se reconocen en ellos las influencias paracélsicas. Así por ejemplo, el remedio antiepiléptico Polypathik contiene entre otras substancias Viscum y Paeonia. En su conjunto, Bernus utiliza las mismas substancias que las contenidas en los complejos homeopáticos, pero bajo una forma modificada. Lo que le impor­ta, es la preparación espagírica de los medicamentos, para aumentar su efecto, para "exaltarlos", como dice Goethe. Este método, largo y di­fícil, aboca a una mejor "apertura" de los ingredientes, lo que vuelve los remedios así preparados mejor asimilables para el organismo.
Citaré, entre estos medicamentos primero el Alcangrol, que me pa­rece poder frenar el cáncer de seno y de estómago. En un caso de lin­foma, he podido ver el efecto de Lymphatik, tras el fracaso de otros tratamientos. Este mismo remedio me ha dado buenos resultados en dos casos de Elephantiasis nostras. El efecto de Matrigen I y Matrigen II sobre las reglas ha podido ser confirmado, del mismo modo que el de Polypatik en los casos de espasmo, de epilepsia y de ciertas parálisis. Esta preparación tiene ciertas analogías con el Causticum de los ho­meópatas. Pulmonik es excelente en los catarros y la enfisema. Sangulsol se aplica a las depresiones físicas y psíquicas, así como a las conse­cuencias de la hemorragia cerebral. Stomachik II me ha rendido gran­des servicios en la apendicitis crónica.
En la composición de Strumatik, se asombra uno por el acento puesto sobre Calcarea carbonica y silicea. Estos dos remedios, que presentan una periodicidad marcada, se vuelven a encontrar también en los constituyentes tanto minerales como vegetales de esta prepara­ción. La patogénesis homeopática de estos remedios revela el agrava­miento en la luna nueva y en la luna llena, particularmente para Sili­cea. Ahora bien, Causticum muestra igualmente una fuerte agravación en el novilunio, y en menor grado en el plenilunio; el mismo fenóme­no se observa también con Kali nitricum. El potassium no se encuentra sin embargo bajo esta forma en Strumatik, pero Chamomilla lo en­cierra bajo su aspecto vegetal. Scrofularia nodosa revela un cierto ritmo en sus nudos; esta planta contiene manganeso, remedio de ciertas hi­pertrofias tisulares, con organotropía de la región laríngea. En conse­cuencia, Bernus prescribe una aplicación periódica de su Strumatik: desde el novilunio hasta el plenilunio siguiente. He empleado Struma­tik I y II con éxitos repetidos en el tratamiento del bocio de formas ligeras de la enfermedad de Basedow. No tengo experiencia para las formas graves, no reaccionando ya al tratamiento espagírico (ni por otra parte a los otros tratamientos) los casos tratados durante largo tiempo con compuestos de thiouraciclo.
Caso I: La señora K. de A., casada desde hacía año y medio, en me­dio de complicaciones familiares serias, emigró a Johannesburgo, en Africa del Sur, pero tuvo que volver a Holanda a consecuencia de la basedowificación de un bocio ligero que tenía desde hacía varios años. Se presenta el 23 de junio de 1949 en mi consulta: ha adelgazado diez kilos en Africa, y está fatigada, deprimida; agravamiento durante las reglas, siendo abundantes estas últimas y ligeramente dolorosas. Co­mienzo de la mejora después de tres semanas, curación tras seis meses.

Caso II: señora V., de Amsterdam, cincuenta y un años, bocio. Pe­rímetro del cuello 37,50 centímetros, peso 80 kilos, pulso 96. A con­tinuación de un tratamiento homeopático prolongado, puede dedicar­se a sus ocupaciones domésticas. Prescribo Strumatik I y 11 en enero de 1950. Tras dos meses, ella se declara perfectamente bien de salud. Perímetros del cuello: 36,75 centímetros, peso 90 kilos, pulso 72. Considerada como curada.
Yo citaría dos casos interesantes, para ilustrar la acción de Cere­bretik:
Caso I: La señora Chr. H. de Z., viene a verme el 19 de febrero de 1942 a consecuencia de trastornos histérico‑paranoides. Adenitis re­petidas en su juventud. Sensación de desdoblamiento, angustias alu­cinatorias, temor de ser violentada por un caballero, pero se cree pro­tegida por una mujer con una rueca. Enflaquecida, semblante desolado por el pesar. Numerosos tratamientos, de los que los tratamientos psiquiátricos no han conducido a ninguna mejora. Prescribo Cerebre­tik. La enferma se siente bien y calmada, las alucionaciones dismi­nuyen progresivamente. Ha tomado Cerebretik con algunas interrup­ciones hasta septiembre de 1944, pero ha tenido que interrumpir el tratamiento, como consecuencia de la imposibilidad de procurarse el remedio. Vuelve en 1948 y recibe de nuevo Cerebretlk. Ella no tiene ya necesidad de remedio alguno desde 1949. La psicosis de angustia ha desaparecido. La vuelvo a ver en enero de 1954 por un retardo de las reglas. Nada que señalar por lo demás.
Caso II: La señora I.H.W.A., de treinta y siete años, anteriormente pianista de concierto, actualmente profesora de música, me llama el 5 de julio de 1942. Sufre de esclerosis en placas desde hace cinco años, con todos los síntomas clásicos. Todo lo que ella me demanda es un re­medio que le permita de nuevo tocar el piano, lo que ha devenido imposi­ble a consecuencia de la ataxia y del agravamiento del estado de las ma­nos y de los dedos. Cerebretik actúa rápidamente. Tras 15 días, marcha mejor y toca de nuevo el piano. Estado satisfactorio hasta septiembre de 1944, pero a continuación es víctima de las dificultades de la épo­ca. No hay medicamentos. Agravamiento progresivo sin remisión. In­válida completa en 1948.
El ungüento Alcangrol tiene un gran valor en el tratamiento de los cánceres de la piel. Splenetlk se emplea con éxito en los casos de mi­graña, de gota, de litiasis renales y vesicales (las "enfermedades del tártaro", de Paracelso).
En lo que concierne al tratamiento espagírico del reumatismo y de la gota, hay que subrayar la importancia primordial del antimonio y del oro.
Paracelso parecía poseer conocimientos profundos y una destreza particular en el tratamiento del reumatismo y de la gota, como lo tes­timonia su epitafio. No puede impedir uno verse impresionado por su optimismo terapéutico con motivo de las artritis y de las contracturas, leyendo su libro De Podagrae, uno de sus primeros escritos. Entre los remedios internos que él emplea en todas las enfermedades, el antimonio y sus compuestos se repiten sin cesar. Todavía en el siglo XVIII, se con­funden más o menos los conceptos de reumatismo y de gota. Las en­fermedades articulares y las afecciones reumatismales son reunidas bajo el nombre de artritis, cualquiera que sea su origen. El término gonagra designaba indistintamente una afección reumática o gotosa de las rodillas. Se clasificaba el reumatismo muscular entre los catarros, y se le trataba en consecuencia por la transpiración, activada por el antimonio diaphoreticum, asociado a un diurético y a la purga. Se atri­buía al antimonio una acción depurativa y fortificante sobre el híga­do. Paracelso fue quizá el primer médico en señalar que una afección hepática precedía a menudo a las enfermedades a las que llamaba "tár­tricas". (Estas enfermedades del tártaro se caracterizan por su tenden­cia a las precipitaciones y a las cristalizaciones: litiasis biliar o renal, depósitos articulares.)
Es el mérito particular de Alexander von Bernus haber rendido su lugar de honor a un policresta de los siglos pasados, el antimonio. No imaginamos ya los empleos múltiples de las diferentes preparaciones del antimonio. Los discípulos de Paracelso lo han utilizado mucho, na­turalmente, y estaba todavía muy extendido en el siglo XVIII, cerrado éste, sin embargo, a las concepciones iatroquímicas. El declinar del anti­monio no ha comenzado sino en el siglo XIX, con los comienzos de la gran industria y la legión de los remedios paliativos.
Las combinaciones y preparaciones múltiples cuyos nombres nos son transmitidos (Antimonium crudum, Nitrum antimoniatum, Regu­lus antimoni, Antimonium sulfuratum auranticum, Vitrum antimonii, Mercurius vitae, Antimonium sulfuratum nigrum et rubeum, Kermes minerale, Tartarus emeticus, Antimonium diaphoreticum, Bezoar­dicum minerale, etc.) ilustran bien el lugar preponderante ocupado por el antimonio en la medicina. Emparentado con el arsénico, el antimonio tiene efectos menos violentos; la autopsia de los animales que han sucumbido a una intoxicación aguda revela afecciones hepáti­cas, gástricas e intestinales semejantes a las de la intoxicación arsenical. La dosis máxima es del orden de 200 miligramos. Su toxicidad, relati­vamente reducida con relación al arsénico, explica su popularidad. Hahnemann y sus discípulos han desarrollado la patogénesis homeopática del antimonio, y han registrado, entre otros, síntomas psíquicos semejantes a los del arsénico: agitación, angustia, miedo a la soledad, etc., pero de un carácter menos marcado y ligados a menudo a trastor­nos gástricos e intestinales. En cuanto a la agravación por el movimien­to, este síntoma revelado por la experimentación homeopática es bien conocido de los reumáticos.
Descrito por primera vez por Basilio Valentín, y habiéndole toma­do cariño a continuación Paracelso, este remedio, de una eficacia asombrosa, debía conocer una ascensión rápida, como vomitivo y pur­gativo sin peligro, y sobre todo como diaforético. La patología humo­ral hacía gran caso de él, y se acabó por exagerar sus virtudes depura­tivas: se recomendaba el antimonio diaforético contra las pecas, y se le prescribía como antídoto contra los filtros de amor y los encantamientos.
Se comprende que Alexander von Bemus haya reservado un lugar muy importante al antimonio y a sus compuestos, en su sistema espa­gírico fundado sobre la tradición paracélsica.
La crisoterapia de afecciones tan graves como la tuberculosis y las artritis crónicas comenzó en 1925 con éxitos aparentes. Pero efectos secundarios fastidiosos no tardaron en manifestarse, y el número de los enfermos intolerantes a esta medicación aumenta sin cesar. La in­troducción de las sales de oro ha sido considerada, sin embargo, como una conquista importante de la medicina moderna. Debe plantearse la cuestión: la prioridad de este método terapéutico, ¿pertenece real­mente a la ciencia oficial contemporánea? Se convence uno fácilmen­te de lo contrario si se estudian los trabajos de Bernus y la composi­ción de sus remedios Soluna. En efecto, las primeras publicaciones de su laboratorio datan de 1921, y se encuentra ahí ya la mención al tra­tamiento a base de oro de los reumatismos articulares y musculares. Más aún, se trataba de una crisoterapia sin ningún efecto secundario nocivo. Se recomienda ahí claramente Cordiak contra estas afeccio­nes, y Cordiak es una preparación espagírica verdadera del oro. Re­montándonos más atrás en la historia, encontramos en Paracelso que el oro es indispensable al tratamiento de los reumatismos articulares graves (que él llama contracturas):

"Como lo hemos indicado, es imposible curar las contracturas sin un remedio llevado al más alto grado de perfección, como el oro pota­ble o sus semejantes... "


¡No puede uno explicarse más claramente!
Que Paracelso haya realmente curado a los enfermos y paralíticos es algo que su celebridad legendaria testimonia. Bernus se ha tomado el esfuerzo de estudiar todos los escritos del maestro, para adquirir un conocimiento profundo de sus métodos alquímicos y espagíricos. Lar­gas investigaciones sobre los trabajos de los alquimistas antiguos y más recientes, y un trabajo incesante en el laboratorio, han abocado a la coro­nación de sus esfuerzos: el redescubrimiento de los métodos espagíricos. ¿Puede imaginarse un mejor discípulo de Paracelso que este poeta sabio que prosigue sus trabajos lejos del ruido del mundo científico, y consi­gue comprender el difícil lenguaje de Paracelso y descifrar sus fórmulas enigmáticas? El ha consagrado una vida entera a este trabajo, que le ha permitido construir un conjunto coherente de remedios espagíricos.
Von Bernus nos da él mismo aclaraciones sobre el Arte espagírico:

"El término espagiria se aplica casi exclusivamente al tratamiento de los metales, de los metaloides y de los minerales por la química, es decir, a la elaboración de la tintura o de la quintaesencia de estas subs­tancias por los métodos espagíricos. El comienzo y el fin del secreto alquímico reside en la "apertura" verdadera de las substancias minera­les. Sólo quien posee este secreto tiene el derecho soberano de llamar­se espagirista y de designar con el nombre "espagírico" a los elixires que habrá preparado de esta forma. Serán entonces estos remedios quienes llevarán a cabo, en el lecho del enfermo y al límite extremo de lo posible, efectos que los medicamentos vegetales, incluso preparados por los mejores métodos, permanecerán siempre incapaces de con­seguir. "

Dice en otra parte:

"La alquimia y el arte espagirico se separan a partir de un cierto punto de la obra que es en cualquier caso indispensable alcanzar. Si­guen a continuación dos caminos paralelos, de los que uno conduce a la Transmutación, y el otro a la preparación de los Magisterios y Ar­canos metálicos, marcasíticos y minerales. Sólo estos últimos pueden reivindicar el derecho hereditario y reconocido de portar el califica­tivo de espagíricos. "

Asimismo:

"La preocupación de componer remedios vegetales no ha penetra­do sino poco a poco en el dominio hasta entonces rigurosamente cerrado de la alquimia: este impulso había sido dado por Paracelso. El gran iatroquímico se preocupó de los remedios sacados del reino vege­tal, pues sabía que la preparación de las verdaderas esencias espagíri­cas seguía siendo el patrimonio de una élite; ahora bien, entendía igual­mente mostrar la vía a los no iniciados para la preparación de remedios activos, en interés de todos los enfermos. Bien que la alquimia y la me­dicina se interpenetren completándose, en casi todos los escritos de Paracelso, él ha tenido el cuidado de señalar una neta distinción entre la alquimia propiamente dicha y todo lo que concierne al tratamiento químico de las plantas medicinales.”

Después de todo lo que acaba de ser dicho, ¿está permitido repro­charle a nuestro espagirista auténtico (¡quizá el único de nuestro tiempo![1]) no divulgar sus secretos? ¿No debía él más bien gritarlos a los cuatro vientos, a fin de que pudiesen ser aplicados por todos la­dos y por todo el mundo?
Hace falta no haber comprendido nada en Bernus para pensar así. Es el espíritu quien construye el cuerpo, y si aplicamos esta verdad al arte espagírico, resulta de ello que una predisposición, una vocación, una voluntad firme de llevar a cabo fielmente un trabajo difícil, son las condiciones indispensables del éxito. Espíritus de esta calidad se encuentran bien raramente en nuestra época embriagada de prisa. Pero el adepto verdadero no ha rehusado jamás instruir al verdadero discí­pulo, ávido de ciencia.
Por lo demás, ¿procede de otro modo la gran industria con sus re­medios? Ciertamente, ella divulga los nombres de las fórmulas quími­cas, pero oculta el método de fabricación, que considera como un se­creto, por otra parte caramente adquirido.
El primer deber del espagirista es el de vigilar personalmente sus preparaciones. Lo que el farmacéutico dispensador de comprimidos, este esclavo asalariado de la industria química no realiza ya, el espa­girista lo practica hoy en día como antaño. Su trabajo incesante, sus cuidados meticulosos, están lejos de recibir una recompensa material correspondiente; he ahí de nuevo una razón que incita a Bernus a reservar sus secretos al discípulo predestinado. El no oculta por otra parte en modo alguno los nombres de las substancias vegetales y mi­nerales que entran en la composición de sus remedios. En cuanto a su preparación. . . Sigámosle a su santuario, a su laboratorio, que nos recuerda el grabado de Rembrandt: es el soplo de los antiguos alqui­mistas quien nos envuelve.
El arte espagírico penetra profundamente en la naturaleza de Ale­xander von Bernus, hasta el punto de identificarse con él: es esto lo que no le permite confiarse sin reticencias. Él lo hará un día al que ha nacido espagirista. Pues, del mismo modo que el hábito solo no hace al médico, por emplear los términos de Paracelso, del mismo modo el verdadero espagirista lo es por vocación; ejerce su arte no para enri­quecerse, sino con todo su corazón y toda su alma.
He ahí lo que he aprendido al contacto de las viejas obras alquí­micas y en el curso de mis visitas a casa de Alexander von Bemus, en el castillo de Doanumünster, donde reparte su tiempo entre su labora­torio espagírico y sus trabajos poéticos. Admirador de Goethe, Nova­lis, Hölderlin y Brentano, su nombre es bien conocido entre los poetas alemanes. Es pensando en él que cito las palabras de Novalis:

"Mejor que la cabeza erudita, comprende el poeta la Naturaleza. "


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[1] Nota del traductor: ¡A fe nuestra que no! Podríase citar también, por ejemplo, a Archibald Cockren, en Inglaterra, contemporáneo de A. von Bernus y aplicador como él de la espagiria a la preparación de remedios; y otros, cuyo voluntario anonimato es toda la referencia aportable. . .