domingo, junio 19, 2005

Cyliani

HERMES DESVELADO
CYLIANI


Habiendo pasado 37 años de mi existencia en estudiar los fenómenos de la Naturaleza, creo mi deber publicar una parte de mis descubrimientos, así como los pesares y desgracias que he experimentado, con vistas a servir de ejemplo a la juventud, prevenir la ruina de las gentes honestas, y rendir servicio a la humanidad sufriente.

Nacido de una madre querida y de un padre respetable y muy instruido, que ocupaba un lugar honorable en la sociedad; siendo sólo un muchacho, mi padre fue mi mentor, y me dió una educación esmerada. Pronto devine el modelo de la juventud de mi ciudad por mi conducta, mi gusto por las artes y las ciencias, y mi instrucción. Apenas tenía yo 17 años, cuando ya podía vivir independiente y del fruto de mis talentos. Mi padre estaba en correspondencia con sabios, entre el número de los cuales los había que se ocupaban de la búsqueda de la Piedra Filosofal, y de la ciencia oculta de las cosas. Sus libros me habían caído entre las manos. Yo estaba imbuido de ellos, y me decía: ¿sería posible que reyes, príncipes, filósofos, presidentes de tribunal y religiosos hubiesen tenido placer en mentir , y en inducir a error a sus semejantes? . No, me respondía yo: son mas bien antiguos conocimientos escondidos bajo el lenguaje de los jeroglíficos, afin de que el vulgar sea privado de ellos, y que sólo los elegidos a quienes plazca Dios a iniciar, puedan poseer estos conocimientos sobrenaturales.

Yo era naturalmente bueno y creyente; no conociendo los desvíos del corazón humano, creí en la sinceridad de estos libros. Me impacientaba por ser mi propio maestro, a fin de dedicarme a este género de estudios; la vida ante mis ojos no tenía ya encantos hasta que poseyera la salud, y pudiese hacer seres dichosos sin que ellos pudiesen hablar de nosotros. El conocimiento de la Piedra Filosofal colmaba este fin: él devino entonces el sujeto de mis vigilias y de mis momentos de ocio; mi ambición se extendía también a adquirir la certeza de la existencia y de la inmortalidad del alma. Tales eran los conocimientos que yo deseaba adquirir a expensas incluso de mi existencia.

La revolución francesa acababa de estallar. Mis conocimientos parecieron, a los ojos de mis conciudadanos, más útiles en una administración que en el ejército. Se me honró con numerosas plazas. En mis viajes ví, al entrar a una pequeña ciudad a una linda dama cuyos rasgos de bondad, la sonrisa graciosa y el aire decente encantaron mi alma e inflamaron mi corazón. Desde este momento me prometí hacer de ella mi mujer. Tras haber cumplido la tarea que me imponían mis deberes, me empeñé en buscar cualquier pretexto para hablarle: el amor no carece de ellos, y pocos días transcurrieron hasta el momento que recibí el permiso para presentarme ante ella. En fin, el himeneo vino a colmar mis deseos, y me prometí volverla la mujer más dichosa del mundo. ¡Ay! estaba lejos de creer que la haría experimentar una serie de desgracias casi sin ejemplo, puesto que ella lo había hecho todo para volverme dichoso. Algunos meses después de mi matrimonio, conocí a un hombre de talento, que tenía a una mujer como artista célebre. Ambos tenían el gusto de la Alquimia y me confiaron un pequeño manuscrito que había sido encontrado detrás de un armario, del cual hacían gran caso. Estaba escrito con un estilo que inspiraba mucha confianza; todo se encontraba en él, a excepción del nombre de la materia, los trabajos de Hércules y el conocimiento del fuego. Me creí entonces el hombre más dichoso de la Tierra. Concebí en la fogosidad de mi juventud, inmensos proyectos: me puse a trabajar, lo que me hizo menoscabar mi parte y mis propios intereses. Quise en consecuencia entregar mi dimisión a fin de dedicarme por entero a la filosofía hermética, y en varios años hube aniquilado la suma que me habían dado mi padre y mi madre al casarme, y disipado en humo una parte de la dote de mi mujer.

Mi amor y mi amistad sin límites por la compañera de mi juventud, y su ternura para conmigo, nos dieron una familia numerosa, que aumentó mis dispendios mientras que mi fortuna se eclipsaba; veía a mi mujer sostener con coraje su posición, y el deseo de volverla dichosa aumentaba mi firme resolución de alcanzar la meta que me había propuesto. Pasaron 21 años en el seno de las más grandes privaciones; caí en desgracias; mis numerosos amigos me volvieron la espalda. Buscando explicar mi posición, vista mi conducta ejemplar, se acabo por saber que mi gusto por la Alquimia me llevaba a privarme de lo más estrictamente necesario; devino la risa pública, se me trató de loco, fui abucheado, mi familia me rechazó de su seno, en varias ocasiones me viví errante en mi patria, obligado a suspender mis trabajos, vendido hasta el mejor de mis trajes para pagar los emolumentos de un doméstico que me ayudaba a pasar las noches. Mi mujer, cargada de muchos niños, se vió obligada por su parte a refugiarse en casa de sus padres, no cesando ser el modelo de las virtudes; y yo, descendiendo al fondo de mi corazón, no tenía nada que reprocharme salvo mi gusto por una partida que me había arruinado, y situado mi familia en una posición penosa y dolorosa.

Me ví forzado a olvidar mis trabajos, y hacer mis talentos, pero la penosa situación en que me encontraba arrojaba naturalmente un menosprecio sobre mí. Apenas había organizado una partida ventajosa, cuando mis subordinados , o las personas que me suministraban los fondos, se apoderaban de ella, buscando arrojar sobre mí un menosprecio tal, que no pude encontrar ningún apoyo a fin de que mi posición financiera les pusiera el abrigo de toda reclamación. Habiendo transcurrido así casi 10 años, y empleado una parte de las noches a la lectura de casi todas las obras publicadas sobre la Piedra Filosofal , comenzando a encorvar la cabeza bajo el peso de los años, sentí esta inclinación irresistible que llama al hombre a sus primeros amores, me creí de buena fe mejor instruido, capaz de franquear todos los obstáculos que me habían detenido hasta entonces. Me dirigí a personas ricas que tenían mis mismos gustos, fui acogido con benevolencia. Al comienzo de estos nuevos conocimientos, pasé días felices: las amistades me eran prodigadas, podía, mediante mis trabajos, venir en socorro de mi familia, pero tan pronto como se creían poseer mis conocimientos, se me abandonaba bajo vanos pretextos; se llegó hasta el punto de hacerme tomar una fuerte dosis de sublimado corrosivo, con vistas a destruirme y apoderarse de mis escritos. Yo había aprendido a conocer al corazón humano a mi propia costa; me mantenía constantemente alerta; pero el fuego que se manifestada en mi estómago y el sabor que experimenté me hicieron recurrir al contraveneno. Fuí descargado de él por un año de enfermedades, y la casi privación de mi único placer que tenía sobre la Tierra. No puedo aquí el de volverme inoportuno y demasiado prolijo hacer de las pequeñas pasiones humanas y de la diferencia inconcebible que existe entre el hombre amable que se ve ornar los anocheceres de nuestros salones, y el mismo hombre guiado por el cebo de las riquezas y de su vil codicia. Son verdaderamente seres diferentes.

Mi pluma se rehusa aquí al relato de lo que en mi posición me hizo experimentar, apenas un gran infolio bastaría para contener mis reveses. Caí de nuevo en la desgracia; ella era tan completa, que mi numerosa familia, compuesta de niños encantadores, bien criados, virtuosos más allá de toda expresión, queridos en la sociedad, en la que se hacían notar por su decencia y sus talentos de distracción, tomaron, por amor para su infortunado padre, tal tristeza de su corazón, que enfermedades ligeras, de las que cualquier otro habría sanado al cabo de una quincena, devinieron mortales para ellos, y en poco tiempo perdí a mis hijos.

¡Oh, pérdida irreparable!. ¡Qué triste y desgarrador para un corazón paternal no tener en este relato sino llantos que hace correr en lamentaciones superfluas!. Pueda un día el Eterno permitirme volverlos a ver, y el recuerdo de mis desgracias sin número estará borrado para mí.

En la posición abrumadora que me encontraba, quise reanimar todas mis fuerzas para hacer una última tentativa: me dirigí a una persona rica que tenía una gran alma y mucha instrucción, fui tratado por ella durante varios años más generosamente que por las ultimas personas a las que me había dirigido, y llegué por fin a hacer alguna cosa alentadora, pero esto no era la obra de ningún modo.

Un día, paseándome por la campiña ,sentado al pie de un grueso roble, me puse a repasar todas las circunstancias de toda mi vida, y a juzgar si tenía algún mérito, o si había merecido el enorme peso de las desgracias que me abrumaban; me acordé de los descubrimientos útiles el comercio que yo había hecho y el beneficio que la industria francesa había retirado de ellos; veía con dolor a extraños aprovecharse de ellos y mi nombre olvidado; elevé mi mirada sobre las personas que habían tenido la destreza de apoderarse de los descubrimientos de otros, tras haberle dado un giro a la moda; les veía colmados de honores, de puestos, y yo me encontraba errante y rechazado; me pregunté si había hecho daño en un sueldo (una vida anterior) a uno de mis semejantes, mi conciencia me respondía no; ¿he cesado un solo momento de ser buen hijo, buen marido, buen padre, buen amigo para el que lo merecía?, mi corazón me decía igualmente ,no, tú desgracia viene únicamente de no haber alcanzado tu meta.

Pensé que era cruel haber sido, en diversas épocas de mi vida, tan mal pago por mis semejantes, incluso por mis amigos; la pena que me hacían experimentar todas estas remembranzas me abrumaba, mis fuerzas me abandonaban, y puse mi cabeza sobre mis manos vertiendo un torrente de lágrimas, llamando al Eterno en mi ayuda. El calor de ese día era fuerte, me dormí, y tuve el sueño siguiente que no lo olvidaré jamás.

Creí crujir el árbol al pie del cual me encontraba, lo que me hizo volver la cabeza, y apercibí una ninfa, modelo de la belleza, que salía de este árbol; sus vestimentas eran tan ligeras que me parecían transparentes. Ella me dijo: he oído, en el seno de este árbol sagrado, el relato de tus desgracias. Son grandes sin duda, mas tal es la suerte a la que la ambición conduce a la juventud que quiere afrontar todos los peligros para satisfacer sus deseos. No añadiré ninguna reflexión para no agravar tus desdichas, puedo endulzarlas. Mi esencia es celeste, puedes considerarme incluso como una deyección de la estrella polar. Mi potencia es tal que todo lo animo: yo soy el espíritu astral, doy la vida a todo lo que respira y vegeta, lo conozco todo. Habla: ¿qué puedo hacer por tí?.

Oh, ninfa celeste, le dije yo, puedes reanimar en mí un corazón abatido por las desgracias, dándome solamente una ligera noción sobre la organización del universo, sobre la inmortalidad del alma, y procurarme los medios de llegar al conocimiento de la piedra filosofal y la medicina universal. He devenido la risa pública, tengo la frente curvada bajo el peso enorme de las desdichas, dígnate por favor darme los medios de rehabilitarme a mis propios ojos.

Estoy verdaderamente emocionada de tu penosa existencia, me respondió ella; escucha, reúne todas tus facultades, y grábate en la memoria el relato que voy a hacerte, tomando una parte de mis comparaciones en sentido figurado, para que yo pueda volverme sensible a tu inteligencia.

Represéntate un espacio de una extensión casi sin límites en el que flota el sistema de los mundos, compuesto de soles o de estrellas fijas, de nebulosas, de cometas, de planetas y de satélites, nadando en el seno de la eternidad o de un sol de luz divina, cuyos rayos no tienen límites, y tendrás una ligera noción del conjunto del universo, así como el mundo finito y del que es infinito.

El sistema de los mundos y el Eterno, o el sol de luz divina, son del mismo origen, no han tenido comienzo alguno y no tendrán final. Los ligeros cambios que experimentan ciertos globos no cambian nada al orden del universo.

La voluntad del Eterno o del Espíritu creador, puede intencionalmente lanzar una nebulosa en el espacio; ésta, partiendo de la tangente, al recorrer el espacio sufre la ley de la atracción de un sol al que ella se aproxima, y acaba por describir una elipse muy alargada de la que los dos focos son determinados por la acción de dos soles; entonces forma un cometa, pero al cabo de un lapso de siglos acaba por ceder a la atracción más fuerte de uno de los dos soles, regulariza su curso, y acaba por formar parte de su sistema, girando alrededor de él; después al cabo de un cierto número de siglos, su punto luminoso que deviene el fuego central de este globo , que deviene él mismo, en una época muy remota, un planeta habitable cuando ha tomado una consistencia metalífera, y hace nacer en su superficie los elementos necesarios a la vida de los animales apropiados a su naturaleza, tales por ejemplo como el agua, una atmósfera y los vegetales.

Los planetas pueden, por la fuerte expansión de su fuego central, desgarrarse en diversas partes, las cuales, esparcidas en el espacio, devienen otros tantos satélites, adhiriéndose a la atmósfera de actividad de otro planeta.

Un cometa, que ha sido en primer lugar una nebulosa, puede por su acción, al aproximarse demasiado cerca de un planeta, elevar sus aguas, dar lugar a un diluvio bajando o elevando su eje, lo que cambia el lecho de los mares, saca a la luz lo que está cubierto por las aguas, y sepulta por los siglos bajo los mares las comarcas habitadas, recubriendo con el limo de los mares los despojos de los animales y de los vegetales amontonados los unos sobre los otros.

Pasando otro planeta por la cola de un cometa, puede éste último inflamar su atmósfera y destruir no solamente todos los vegetales, sino también los animales, y hacer de este mismo planeta una vasta tumba. En fin, un cometa, por su acción demasiado grande, puede, al aproximarse demasiado cerca de un planeta, provocar una perturbación en una atmósfera capaz de modificar la existencia animal y vegetal, e incluso de destruirla. He aquí las únicas modificaciones que experimentan los globos, mas nada se pierde por ello en el mundo. Aunque estos globos fuesen reducidos a átomos, estos últimos, por la ley de la atracción, acabarían por formar un todo o un nuevo globo.

Las diversas especies de animales que parecen haber existido sobre la tierra en épocas bien alejadas las unas de las otras, son el hecho de la creación a la que ha dado lugar el Espíritu Creador. Mas todos los seres que pasan por ella, aparecen en épocas más o menos distanciadas las unas de las otras, al término de las grandes catástrofes que experimenta la tierra: la especie humana no data ella misma más de cerca de 60 siglos.

Los soles, los cometas y los diversos globos, son otros tantos seres de una naturaleza particular, que se encuentran en particular regidos por un espíritu , pues la jerarquía universal es infinita. El Eterno es de un orden bien por encima de estos espíritus, estos últimos son como sus ministros, y los globos como sus sujetos, sometidos a la dirección de estos mismos ministros.

Todo lo que existe en el universo de material o de físico, es puramente mineral; los gases mismos lo son; toma nota de esta confesión.

El hombre es un compuesto triple; su cuerpo o su forma está animado de un alma: esta es la reunión de diversas fuerzas, con la ayuda de las cuales el espíritu rige su forma o la materia. El alma es dirigida por el espíritu celeste, que es una emanación de la acción divina, y en consecuencia imperecedero.

El hombre no perece jamás sino por lo que respecta a su forma: entonces el espíritu, al que el alma sirve de lazo o de envoltura, se separa de ella, y su forma, privada del espíritu vital celeste, es librada a la reacción de sus principios constitutivos. El espíritu y el alma viven entonces espiritualmente, buscando los centros que les convienen, y al cabo de un cierto tiempo el hombre, o el ser, o el espíritu, o la vida espiritual, que va perfeccionándose siempre, se separa de su alma o de su envoltura gloriosa, para regresar a su universalidad, lo que hace que el hombre muera dos veces, es decir , cambie dos veces de forma.

Pero el hombre , o el espíritu, vive eternamente. Según mi relato, no pueden dudar ahora de la inmortalidad del alma.

He aquí todo lo que me es permitido enseñarte aquí para satisfacer tus deseos. Quieres ahora saber cómo actúa la medicina universal sobre la economía animal?. Considera, como acabo de decirte, que sólo la forma o el cuerpo del hombre es mortal, y verás que no perece más que del lado de los sólidos. Como estos últimos son todos minerales, pueden todos ser regenerados por el principio o espíritu mineralizador, el cual, por sus diversas modificaciones, forma los diversos productos que conocemos. Ellos se encuentran pues reducidos a su estado primitivo por la acción de este mismo principio y de su fuerza extraña, que restablece el equilibrio, y permite al espíritu entrar y salir libremente a través de nuestra propia forma como el agua a través de una esponja; pues el desarreglo de nuestro cuerpo no viene únicamente, excepción hecha de las indisposiciones mecánicas, más que de las corrientes de la vida que no pueden circular libremente. Pero la virtud de la medicina universal es puramente medicinal y no quirúrgica, no puede volver a poner un miembro cortado o destruido enteramente, lo que hace que la persona que la toma temprano, habitualmente en los dos equinoccios, pueda vivir sin enfermedades muchos siglos, a menos que la naturaleza haya prescrito una corta duración de su existencia por su organización, que viene sin cesar a contrariar a los esfuerzos de la vida.

Viniendo ahora al motivo de todas tus desgracias, y, si me atrevo a decirlo, de tu punto fijo, ha hecho falta tu obstinación para volverte digno de un beneficio semejante . Escucha atentamente, y no olvides jamás tus desdichas, a fin de tener siempre presentes ante tus ojos a los infortunados. Sígueme y no temas nada.

Ví entonces una nube que salía del seno de la tierra, que nos envolvió y nos transportó en el aire. Recorrimos las orillas de la mar, donde apercibí pequeñas protuberancias. La noche sobrevino, el cielo era muy estrellado, seguimos la vía láctea dirigiéndonos a la estrella polar. Un frío extremo se apoderó de mí, y me provocó un profundo sueño. Calentado de nuevo a continuación por los rayos del sol, que aparecía sobre el horizonte, me sorprendí del todo al despertarme de encontrarme sobre la tierra, y de apercibir ahí un templo. La ninfa me tomó de la mano y me condujo a su entrada. Te he traído, me dijo, al lugar en el que debes resolver el problema siguiente. Ya que has sido un buen matemático, reflexiona bien, pues sin su solución no puedes nada. De uno, por uno que no es más que uno, se hacen tres, de los tres dos, y de los dos uno.

Me has dicho estar instruido en química, mira qué medio pueden ofrecerte tus conocimientos tan sólo para abrir la cerradura de la puerta de este templo, a fin de penetrar en él hasta el santuario.

Al vencer sin peligro, añadió ella, se triunfa sin gloria. Antes de dejarte quiero hacerte observar también, que no puedes combatir al dragón que defiende interiormente la entrada de este templo, más que con esta lanza, que es preciso que hagas enrojecer con la ayuda del fuego vulgar, a fin de atravesar el cuerpo del monstruo que debes combatir, y penetrar hasta su corazón: dragón que ha sido bien descripto por los antiguos, y del que han hablado tanto. Piensa en el rocío de mayo, él se vuelve indispensable como vehículo, y como siendo el principio de todas las cosas. Yo lancé mis miradas sobre ella, y la ninfa se puso a sonreír. En fin, tu vas a comenzar los Trabajos de Hércules; reúne todas tus fuerzas, y sé de una voluntad firme. Adiós. La ninfa me tomó por la mano y me la apretó. ¿Amas la vida?, me dijo. En vuestra presencia la quiero más que nunca, la respondí yo. Procura no perderla por imprudencia; aguardando el resultado del combate, velaré cerca de ti, y en caso de acontecimientos vendré a socorrerte. Adiós. Ella desapareció.

Yo estaba triste de haber perdido esta ninfa que me era tan querida. En fin, yo me decidí al combate. Habiendo reunido ramas de madera seca desparramadas sobre el lugar en el que me encontraba, las prendí fuego con la ayuda de una lente que encontré encima de mí, e hice enrojecer mi lanza casi al blanco. Durante esta operación busqué el medio que pudiera destruir mejor la cerradura de la puerta del templo . Me apercibí de que la ninfa había deslizado en mi bolsillo, sin que yo me percibiese de ello, un tarro tapado, lleno con la sustancia que me era necesaria.

Determinado a vencer o a morir, tomé con furor mi lanza en una mano y la sustancia en la otra, y puse de esta última, sobre la cerradura, la cantidad necesaria. Esta desapareció enteramente en poco de tiempo, y los dos batientes de la puerta del templo se abrieron con estrépito. Apercibí un espantoso dragón, que tenía un enorme dardo de tres puntas, que buscaba lanzarme su mortal resuello.

Me abalancé sobre él gritando: Cuando se ha perdido todo, y ya no se tiene esperanza, la vida es un aprobio y la muerte un deber.

El abrió sus fauces para devorarme, y yo le hundí mi lanza adentro, con tanta fuerza, que penetré hasta las entrañas, y le desgarré el corazón; a fin de que él no pudiera alcanzarme, hacía al mismo tiempo rudos esfuerzos con mi lanza para desviar la dirección de su cabeza. El monstruo se replegó sobre sí mismo en diversas ocasiones, vomitó oleadas de sangre, y cesó de existir.

Yo me dirigí a continuación al coro del templo, y escuche una voz celestial que me dijo: audaz, vienes a profanar este templo para satisfacer tu vil codicia, o vienes a buscar en él los medios de socorrer a la humanidad sufriente?. Vengo, le respondí yo, despojado de toda ambición, a suplicarte de rodillas que me des los medios tan solo de recobrar la fortuna que he sacrificado para conocer la piedra filosofal, así como los de devolver a la vida a los humanos virtuosos; yo te juro y le juro el Eterno, que si te dignas acordarme un beneficio semejante, no revelaré jamás los trabajos de Hércules, ni la materia y el fuego, por un lenguaje que no pueda ser entendido sino por aquellos a los que Dios quiera gratificar con un secreto parecido, y si yo perjuro, que sea castigado de una manera ejemplar.

Vi entonces dos soberbios vasos de cristal reposando cada uno sobre un pedestal del más bello mármol de Carrara. Uno de estos vasos era en forma de urna, rematada por una corona de oro con 4 florones; encima estaba escrito en letras grabadas: Materia que contiene las dos naturalezas metálicas.

El otro vaso de cristal era un gran tarro tapado al esmeril, de un fuerte espesor; estaba grabado encima igualmente lo que sigue: Espíritu astral o espíritu ardiente que es una deyección de la estrella polar.

Este vaso estaba rematado por una corona de plata ornada de 9 estrellas brillantes. Conforme acababa de leer, me apercibí con gozo de mi amable ninfa, quien me dijo mostrándome este gran tarro: ¿Ves mi espejo? Nada, me dijo, puede ahora oponerse a recompensarte tu mismo por la lucha que has sostenido con tanto coraje, tomando a discreción de las sustancias que contienen estos dos vasos sagrados, que son del mismo origen celeste.

Me doy cuenta del malestar que te hace experimentar tu victoria, que podría devenirte funesto al hacer aquí una estancia más larga; apresúrate a tomar tu recompensa, y sal lo más rápidamente posible de este templo. Voy a disponerlo todo para nuestra partida. Ella me dejó solo.

Mis fuerzas y mi coraje comenzaban a abatirse: creí que debía obedecer a las órdenes de la ninfa. apercibí al lado de los dos vasos sagrados, diversos tarros vacíos, bien limpios, en cristal, tapados al esmeril. Tomé dos de ellos, abrí con precipitación el primero en forma de urna, que contenía la materia andrógina y las dos naturalezas metálicas, y llené con ella mi vaso. Habiéndolo tapado tras haber cerrado la urna de cristal, abrí el vaso segundo y más grande , y vertí, temblando, en mi segundo tarro, de la sustancia que contenía: yo no tenía embudo, el tiempo se me hacía largo, mis fuerzas se desvanecían, cerré bien presto el vaso grande, y el mío con su tapón de cristal, y salí con apresuramiento del templo. Al pasar cerca del monstruo al que había vencido, ví que no quedaba de él más que sus despojos mortales y de ningún valor. Tan pronto como tomé aire, creía que me iba a desvanecer. En el temor de romper mis dos vasos al caerme, me recosté sobre la tierra con pesar tras haber puesto a mi lados mis dos pequeños tarros. Llegué a respirar en algún momento con dificultad. Mi ninfa querida vino a mí sonriendo; ella me felicitó por mi coraje y por la victoria que acababa de lograr. Me dijo: Conviene, infortunado Cyliani, que no es bueno que te expongas a menudo a semejante lucha. ¿Qué veo? me dijo, ¡Vaya un alumno! Estas palabras me sorprendieron. Yo le dije: explicáos. Uno de tus tarros contiene más cantidad de materia andrógina de la que te hace falta, pero no has tomado bastante espíritu astral, necesitas más, y como dice Arnaldo de Vilanova, se requiere abundancia de agua, de espíritu destilado, pero tu falta es excusable, es el fruto de un temor fundado. En fin, tienes suficiente de él para que te enseñe a hacer la piedra y colmar tus deseos. Apresurémonos a alcanzar nuestro punto de partida. No pienses más en la compañera de tu juventud, ni en la inquietud en que tu ausencia la ha sumido. Partamos, tu vida aquí estaría en peligro. Vi una nueva nube salir del seno de la tierra, que nos envolvió y nos elevó en el aíre. Hicimos bien el camino. La noche sobrevino, el cielo estaba limpio y muy estrellado, seguimos de nuevo la vía láctea, pero en sentido inverso. Yo experimenté entonces un gran frío. Nuestra dirección estaba también del lado del lugar que me vio nacer. Pero al dejar una región fría y pasar a una región cálida, sentí un fuerte sueño apoderarse de mí, y me sorprendí mucho al despertarme, al despuntar la aurora, de encontrarme al pie del grueso roble del que habíamos partido.

Apelé a mí amable ninfa, y ella me dijo riéndose: ¿Qué más quieres? Dije yo, ¿qué es preciso que haga para terminar mi obra?

Ahora que has pasado los trabajos de Hércules y que posees las materias, ya no es más que un trabajo de mujer o de niño atento y cuidadoso. Escucha con atención. Considera bien los trabajos de la naturaleza. Ella ha formado los metales en el seno de la tierra, pero se requiere una cosa más, su quintaesencia. Mira de dónde saca ella la quintaesencia de las cosas. No es más que en la superficie de la tierra, en los reinos que viven o vegetan: sigue pues la naturaleza paso a paso. Considera también cómo opera ella en el reino vegetal, pues no es un mineral lo que quieres hacer. Vela humedeciendo con el rocío o la lluvia la simiente confiada a la tierra, desecándola con la ayuda del fuego celeste, y reiterando de este modo hasta que el embrión se ha formado, desarrollado, brotado, florecido, y llegado a su virtud multiplicativa, en fin, a la madurez de su fruto. Es bien simple: disuelve y coagula, he ahí todo, y guárdate de servirte de otro fuego que el del cielo.

En fin, la ninfa se dignó delinearme todo lo que me quedaba por hacer, como voy a decirlo con el mayor detalle. Me arrojé a sus pies para agradecerle semejante beneficio, dirigiendo mis humildes agradecimientos al Eterno de haberme hecho sobrepasar tantos peligros, y luego ella me dijo adiós, añadiendo: no me olvides. Ella desapareció, y su fuga me hizo experimentar una pena tan grande, que me desperté.

Poco tiempo después, me puse a recomenzar mi obra, y con la ayuda de los trabajos de Hércules, me procuré la materia que contiene las dos naturalezas metálicas, así como el espíritu astral, con la ayuda de mis últimos recursos, y no los de otro, los que me han vuelto libre de disponer a mi agrado de mi buen resultado, hacia aquellos que lo merecen a mis ojos, sin herir mi delicadeza y la urbanidad, ni pisotear los deberes del reconocimiento.


PRIMERA OPERACIÓN:
CONFECCION DEL AZOTH
O DEL MERCURIO DE LOS FILOSOFOS

Tomé la materia que contenía las dos naturalezas metálicas; comencé por imbibirla con el Espíritu astral poco a poco, a fin de despertar los dos fuegos interiores que estaban como extinguidos, desecando ligeramente y moliendo circularmente todo a un calor de sol; después, reiterando así y humedeciendo frecuentemente cada vez más, desecando y moliendo hasta que la materia haya tomado el aspecto de una papilla ligeramente espesa. Entonces vertí encima una nueva cantidad de espíritu astral de manera que sobrenadase a la materia, y dejé todo así durante cinco días, al cabo de los cuales decanté diestramente el líquido o la disolución, que conservé en un lugar frío; después desequé directamente al calor solar la materia que quedaba en el vaso de vidrio, que tenía alrededor de tres dedos de altura, imbibí, molí, desequé y disolví como había hecho anteriormente, y reiteré así hasta haber disuelto todo lo que era susceptible de serlo, habiendo tenido cuidado de verter cada disolución en el mismo vaso bien tapado, que puse durante diez días en el lugar más frío que pude encontrar. Transcurridos estos diez días, puse la disolución total a fermentar en un pelicano durante cuarenta días, al cabo de los cuales se precipitó, por el efecto del calor interno de la fermentación, una materia negra. Es entonces que destilé sin fuego, lo mejor que me fue posible, el liquido precioso que sobrenada a la materia y que contiene su fuego interior, y lo puse en un vaso de vidrio blanco, bien tapado al esmeril, en un lugar húmedo y frío. Tomé la materia negra y la hice desecar al calor del sol, como ya he dicho, reiterando las imbibiciones con el espíritu astral, cesándolas tan pronto como apercibía que la materia comenzaba a secarse, y dejándola así desecarse por sí misma, y esto tantas veces como fue necesario para que la materia se volviese como un pez negro reluciente. Entonces la putrefacción fue total, y cesé el fuego exterior, a fin de no dañar en modo alguno a la materia quemando el alma tierna de la tierra negra. Por este medio la materia llegó al estiércol de caballo, a su imitación; es preciso, siguiendo el dicho de los filósofos, dejar actual al calor interior de la materia por sí mismo.

Hay que recomenzar aquí el fuego exterior para coagular la materia y su espíritu. Tras haberla dejado desecarse por sí misma, se la imbibe poco a poco y cada vez más con su líquido destilado y reservado que contiene su propio fuego, moliéndola imbibida, y desecando a un ligero calor solar, hasta que haya bebido toda su agua. Por este medio el agua es cambiada enteramente en tierra, y esta última, por su desecación, se cambia a un polvo blanco que se llama también aire, el cual cae como una ceniza que contiene la sal o el mercurio de los filósofos.

En esta primera operación, se ve que la disolución o el agua se cambia a tierra, y ésta por sutilización o sublimación es cambiada en aire por el arte, en donde se detiene el primer trabajo. Se toma esta ceniza que se disuelve poco a poco con la ayuda de nuevo espíritu astral, dejando, tras la disolución y la decantación, una tierra negra que contiene el azufre fijo. Pero al reiterar la operación sobre esta última disolución, absolutamente como acabamos de describirla precedentemente, se obtiene una tierra más blanca que la primera vez, que es la primera águila, y se reitera así de siete a nueve veces. Se obtiene por este medio el menstruo universal, o el mercurio de los filósofos, o el azoth, con la ayuda del cual se extrae la fuerza activa y particular de cada cuerpo.

Es bueno observar aquí que antes de pasar de la primera águila a la segunda, así como a las siguientes, hay que reiterar la operación precedente sobre la ceniza restante, si la sal no está elevada suficientemente, por el fuego central de la materia, por la sublimación filosófica, a fin de que tras la operación no quede sino una tierra negra despojada de su mercurio. Prestad atención aquí que a continuación del hinchado de la materia en la fermentación que sigue a la disolución, se forma en la parte superior de la materia una especie de piel, bajo la cual se encuentran una infinidad de pequeñas ampollas que contienen el espíritu. Es entonces que hay que conducir el fuego con prudencia, visto que el espíritu toma una forma aceitosa y pasa a un cierto grado de saciedad.

Tan pronto como la materia es disuelta, se hincha, entra en fermentación, y produce un ligero ruido, lo que prueba que contiene en ella un germen vital que se desprende bajo la forma de ampollas. Para hacer bien la operación que acabo de describir hay que observar el peso, la conducción del fuego y el tamaño del vaso. El peso debe consistir en la cantidad de espíritu astral necesaria a la disolución de la materia. La conducción del fuego exterior debe ser dirigida de manera que no se hagan evaporarse las ampollas que contienen el espíritu por una cantidad demasiado grande de fuego, y de manera que no se quemen las flores o el azufre al continuar el fuego exterior, de modo que se lleve demasiado lejos la saciedad de la materia tras su fermentación y su putrefacción, a fin de no ver el rojo antes del negro.

En fin, el tamaño del vaso debe ser calculado según la cantidad de la materia, de manera que ésta no contenga más que el cuarto de su capacidad: a ver si se me entiende. No olvidéis tampoco que la solución misteriosa de la materia o el matrimonio mágico de Venus con Marte se hizo en el templo del que os he hablado anteriormente, por una bella noche, el cielo calmo y sin nubes, y estando el sol en el signo de los Gemelos, estando la luna de su primer cuarto a su pleno, con la ayuda del imán que atrae al espíritu astral del cielo, el cual es rectificado siete veces hasta que puede calcinar al oro.

En fin, estando terminada la primera operación, se tiene el azoth, o el mercurio blanco, o la sal o el fuego secreto de los filósofos. Ciertos sabios la disuelven de nuevo en la menor cantidad de espíritu astral necesaria para hacer de ella una disolución espesa. Tras haberla disuelto la exponen en un lugar frío para obtener tres lechos de sal. La primera sal tiene el aspecto de lana, la segunda de un nitro de pequeñísimas agujas, y la tercera es una sal fija alcalina. Unos filósofos las emplean separadamente, y otros las reúnen como lo indica A. de Vilanova en su Pequeño Rosario hecho en 1306 en el articulo de “Los Dos Plomos”, y las disuelven en cuatro veces su peso de espíritu astral, a fin de hacer todas sus operaciones. La primera sal es el verdadero mercurio de los filósofos; es la llave que abre todos los metales, con cuya ayuda se extraen sus tinturas; lo disuelve todo radicalmente, lo fija y madura todo de modo semejante al fijar los cuerpos por su naturaleza fría y coagulante. En breve, es una esencia universal activísíma; es el vaso en el cual se hacen todas las operaciones. Vemos pues que el mercurio de los sabios es una sal a la que denominan: agua seca que no moja las manos; mas para servirse de él hay que disolverlo en el espíritu astral, como ya lo hemos dicho. Se emplean diez partes de mercurio contra una de oro. La segunda sal sirve para separar lo puro de lo impuro, y la tercera sal sirve para aumentar continuamente nuestro mercurio.



SEGUNDA OPERACIÓN
CONFECCION DEL AZUFRE

La tintura extraída del oro vulgar se obtiene por la preparación de su azufre, que es el resultado de su calcinación filosófica que le hace perder su naturaleza metálica y la cambia en una tierra pura; calcinación que no puede tener lugar por el fuego vulgar, sino solamente por el fuego secreto que existe en el mercurio de los sabios, vista su doble propiedad; y es en virtud de este fuego celeste, secundado por la trituración, que penetra hasta el centro del oro vulgar, y que el fuego central doble del oro, mercurial y sulfuroso, que se encuentra ahí como muerto y aprisionado, se vuelve desatado y animado. El mismo fuego celeste, tras haber extraído la tintura del oro, la fija por su cualidad fría y coagulante; y se vuelve perfecta, pudiéndose multiplicar tanto en calidad como en cantidad. Esta tierra, una vez llegada a la fijeza, afecta un color de flor de melocotonero, que da la tintura o el fuego, que es entonces el oro vital y vegetativo de los sabios; lo que tiene lugar por la regeneración del oro por nuestro mercurio.

Es preciso pues comenzar a resolver el oro vulgar en su materia espermática por nuestra agua de mercurio o nuestro azoth.

Para conseguir esto, hay que reducir el oro a una cal u óxido de un rojo pardo muy puro, y tras haberlo lavado varias veces con el agua de lluvia bien destilada a un fuego pequeño, se le hará secar ligeramente a un calor de sol; es entonces que se le calcinará con nuestro fuego secreto. Es en esta ocasión que los filósofos dicen: los químicos queman con el fuego y nosotros con el agua.

Tras haber imbibido y molido ligeramente el óxido de oro bien calcinado que tiene su humedad, y haberle hecho beber su peso de sal o de tierra seca que no moja las manos, y haberlos incorporado bien juntos, se los imbibirá de nuevo aumentando sucesivamente las imbibiciones hasta que todo parezca como una papilla ligeramente espesa. Entonces se pondrá encima una cierta cantidad de agua de mercurio proporcionada a la materia, de manera que sobrenade a esta última; se dejará todo al dulce calor del baño maría de los sabios durante cinco días, al cabo de los cuales se decantará la disolución en un vaso que se tapará bien, y que se pondrá en un lugar húmedo y frío.

Se tomará la materia no disuelta, que se hará desecar a un calor semejante al del sol; estando suficientemente seca, se volverán a comenzar las frecuentes imbibiciones y trituraciones como hemos dicho anteriormente, a fin de obtener una nueva disolución, que se reunirá con la primera, reiterando así hasta que hayáis disuelto todo lo que puede serlo, y que no quede sino la tierra muerta, que no es de valor alguno. Estando terminada la disolución y reunida en el vaso de vidrio bien tapado del que hemos hablado anteriormente, su color es semejante al del lapis-lázuli. Se situará este vaso en un lugar lo más frío que se pueda durante diez días, y después se pondrá la materia a fermentar como hemos dicho en la primera operación, y por el propio fuego interno de esta fermentación, se precipitará una materia negra; se destilará diestramente y sin fuego la materia, metiendo el liquido que sobrenadaba a la tierra negra, separado por la destilación, en un vaso bien tapado y en un lugar frío.

Se tomará la tierra negra, separada por destilación de su líquido, se la dejará desecarse por sí misma, y se la imbibirá luego otra vez con el fuego exterior; es decir. con el mercurio filosófico, visto que el árbol filosófico demanda ser de tiempo en tiempo quemado por el sol y después refrescado por el agua. Hay pues que alternar lo seco y lo húmedo, a fin de apresurar la putrefacción, y cuando se percibe que la tierra comienza a desecarse, se suspenden las imbibiciones, y se la deja después desecarse por sí misma hasta que haya llegado a una siccidad conveniente, y se reitera así hasta que la tierra se parezca a una pez negra: entonces la putrefacción es perfecta. Hay que acordarse aquí de lo que hemos dicho en la primera operación, a fin de no dejar que se volatilice el espíritu, o quemar las flores, suspendiendo a propósito el fuego exterior cuando la putrefacción es total.

El color negro que se obtiene al cabo de cuarenta o cincuenta días todas las veces que se ha administrado bien el fuego exterior, es una prueba de que el oro vulgar ha sido cambiado a tierra negra, a la que los filósofos llaman su estiércol de caballo. Así como el estiércol de caballo actúa por la fuerza de su propio fuego, de modo semejante nuestra tierra negra deseca en sí misma su propia humedad untuosa por su propio fuego doble, y se convierte, (tras haber bebido toda su agua destilada y haberse vuelto gris), en un polvo blanco denominado aire por los filósofos, lo que constituye la coagulación, como lo hemos descrito anteriormente en la primera operación.

Cuando la materia está blanca. estando terminada la coagulación, se la fija llevando la materia a una mayor desecación con la ayuda del fuego exterior, siguiendo la misma marcha que hemos seguido en la coagulación precedente, hasta que el color blanco sea cambiado a un color rojo que los filósofos llaman el elemento del fuego. La materia llega por si misma a un grado de fijeza tan grande, que ya no teme los atentados del fuego exterior u ordinario, que ya no puede sería perjudicial.

No sólo hay que fijar la materia como acabamos de hacerlo; hay también que lapidificaría, llevando la materia a tener el aspecto de una piedra triturada, sirviéndose del fuego ardiente, es decir del primer fuego empleado, y siguiendo los mismos medios anteriormente descritos, a fin de cambiar la parte impura de la materia a tierra fija, privando también a la materia de su humedad salina.

Entonces se procede a la separación entre lo puro y lo impuro de la materia; es el último grado de la regeneración, que se termina por la solución. Para llegar a ello, tras haber molido bien la materia y haberla situado en el vaso sublimatorio, alto, como ya hemos dicho. de tres a cuatro dedos, en buen vidrio blanco y de un espesor doble del ordinario, se vierte encima el agua mercurial, que es nuestro azoth, disuelto en la cantidad de espíritu astral que le es necesario y anteriormente indicada, graduando su fuego de manera que se mantenga a un calor templado, dando hacia el final una cantidad de este mercurio filosófico como para fundir la materia. Por este medio, se toma toda la parte espiritual de esta última en el agua y la parte terrosa se va al fondo; se decanta su extracto, y se mete en hielo, a fin de que la quintaesencia oleosa se reúna y ascienda por encima del agua y sobrenade ahí como un aceite, y se arroja la tierra que queda al fondo como inútil, pues es la que tenía aprisionada la virtud medicinal del oro, lo que hace que no sea de valor alguno.

Se separa este aceite sobrenadante con la ayuda de una pluma blanca de pichón, bien lavada y mojada, y se tiene cuidado de no perder nada de él, pues es la verdadera quintaesencia del oro vulgar regenerado, en la cual se encuentran reunidos los tres principios, que ya no pueden ser separados el uno del otro.

Observad bien aquí que no hay que llevar la lapidificación de esa manera demasiado lejos, a fin de no convertir el oro calcinado en una especie de cristal. Hay que regular con destreza el fuego exterior para que deseque poco a poco la humedad salina del oro calcinado, cambiándolo a una tierra blanda que cae como ceniza. a causa de su lapidificación o más amplia desecación.

El aceite así obtenido por la separación es la tintura. o el azufre, o el fuego radical del oro, o la verdadera coloración; es también el verdadero oro potable o la medicina universal para todos los males que afligen a la humanidad. Se toma, en los dos equinoccios. de este aceite, la cantidad necesaria para teñir ligeramente una cucharada sopera de vino blanco o de rocío destilado, visto que una gran cantidad de esta medicina destruiría el húmedo radical del hombre, privándolo de la vida.

Este aceite puede tomar todas las formas posibles y formarse en polvo, en sal, en piedra, en espíritu, etc., por su desecación con la ayuda de su propio fuego secreto. Este aceite es también la sangre del león rojo.

Los antiguos lo representaban bajo la imagen de un dragón alado que se posa sobre la tierra. En fin, este aceite inconsumible es el mercurio aurifico. Estando hecho, se divide en dos porciones iguales; se conserva una parte al estado de aceite en un tarro pequeño de vidrio blanco, bien tapado al esmeril, que se conserva en un lugar seco, para servirse de él al hacer las imbibiciones en los reinos de Marte y del Sol, como lo diré al final de la tercera operación, y se hace desecar la otra porción hasta que sea reducida a polvo, siguiendo los mismos medios que he indicado precedentemente para desecar la materia y coagularla; entonces se divide este polvo semejantemente en dos porciones iguales; se disuelve una parte en cuatro veces su peso de mercurio filosófico, para imbibir la otra mitad del polvo reservado.


TERCERA OPERACIÓN
CONJUNCION DEL AZUFRE CON EL MERCURIO DE LOS FILOSOFOS

Es aquí donde los filósofos comienzan casi todas sus operaciones, lo que ha inducido a muchas personas a error. Es también en esta operación que se reúne el azufre de los filósofos con su mercurio. Casi todos los sabios han denominado fermentación a esta última operación, visto que es en ella que de nuevo se disuelve el azufre, que fermenta, se pudre, y resucita por su nueva regeneración con una fuerza décuple.

Esta operación difiere de las dos precedentes, lo que hace que los filósofos la compongan de siete grados a los que han atribuido un planeta. Para hacer esta operación, hay que tomar la mitad del polvo reservado del que ya os he hablado, e imbibirlo poco a poco, visto que al imbibirlo en demasiada cantidad se resuelve de nuevo el azufre en aceite, que se sublima sobrenadando en el agua, lo que impide la reunión del azufre y del mercurio, error grave que se ha opuesto al éxito de numerosos filósofos. Hay pues que imbibir la materia gota a gota asperjándola, a fin de operar la reunión de la Luna con el Sol de los Angeles formando en conjunto una papilla espesa. El fuego externo que sirve para hacer estas imbibiciones. es aquel del que ya hemos hablado cuando hemos hecho disolver el cuarto del aceite aurífico, reducido a polvo, en la cantidad de mercurio filosófico que le era necesario para disolverse: este fuego exterior se encuentra regulado por la cantidad de la materia.

Hay que tener aquí cuidado de mantener la materia en un estado de untuosidad, por imbibiciones reiteradas tanto tiempo como sea necesario para hacer hincharse la materia y hacerla entrar en fermentación. Su disolución está terminada cuando la materia afecta un color azulado; se llama a esta disolución rebis o mercurio doble, y el grado del mercurio. Esta disolución es seguida a continuación de la fermentación; entonces se cesan las imbibiciones y el fuego exterior, dejando actuar completamente solo y por si mismo al fuego interior de la materia, hasta que la materia calga al fondo del vaso, donde se vuelve negra como el carbón; es entonces que comienza el primer grado llamado el de Saturno, y que se destila sin fuego el líquido que sobrenada a la materia negra, siguiendo la marcha que hemos descrito en las dos operaciones precedentes.

Se deja secar la materia negra por sí misma, y cuando ha llegado a un estado de siccidad conveniente, se la imbibe de nuevo con el fuego exterior, cesando sus imbibiciones cuando se ve que la materia comienza a secarse; se la deja adquirir por si misma un cierto grado de siccidad, y se continúa, reiterando así basta que haya llegado a su putrefacción total; entonces se cesa el fuego exterior para no dañar la materia.

A consecuencia de la acción del propio fuego de la materia, de negra se vuelve gris, sin que estemos obligados a administrarla el fuego exterior: se ha llegado entonces al grado de Júpiter. Es en este grado que se ven aparecer los colores del arco iris, que se encuentran reemplazados por una especie de piel de un marrón negro que adquiere siccidad, se hiende y se vuelve gris, rodeada en la pared del vaso de un pequeño círculo blanco.

Habiendo llegado la materia a este punto, podríamos servirnos de ella como medicina. En este caso, habría que dejar secar la materia y convertirla en un polvo blanco, empleando los mismos procedimientos ya descritos para obtener este color, que se hará volverse rojo con la ayuda del fuego secreto.

Esta medicina tendría entonces una virtud décuple de la primera de la que he hablado. Pero, deseando servirse de ella para la transmutación de los metales, tras haberla desecado bien, no se aguarda a que se vuelva blanca; sino que se la vuelve tal amalgamándola a partes iguales con el mercurio vulgar del comercio, purificado con cuidado por destilación, bien sublimado y revivificado; es la leche o la grasa de la tierra. En efecto, cuando el mercurio vulgar es amalgamado con la materia, todo se disuelve bajo el aspecto de un líquido blanco como leche, que se encuentra fijado por la materia en una sal fija, por la acción de su propio fuego.

Entonces se recomienzan los lavados mercuriales que la vuelven blanca como cristal, con la ayuda de siete lavados diferentes. a cada uno de los cuales se añade el mercurio revivificado a partes iguales como he dicho aquí arriba, después por media, tercera, cuarta, quinta, sexta y séptima parte del peso de la materia fijada, a fin de que el peso de la materia sea siempre más grande que el del mercurio revivificado empleado. Mas desde el primer lavado a partes iguales es preciso no cesar ni día ni noche el fuego, es decir, las imbibiciones del líquido destilado que contiene el fuego de la materia, a fin de que ésta no sea atrapada por el frio y perdida: el compuesto es el latón de los filósofos, que hay que blanquear por frecuentes imbibiciones hasta que el mercurio amalgamado sea fijado por nuestra materia, secundado por su propio fuego; lo que termina el grado de Júpiter.

Continuando así, el latón se vuelve amarillento, después azulado, y el blanco más bello aparece por encima; entonces comienza el grado de la Luna. Este bello blanco tiene el aspecto del diamante triturado, y se ha convertido en un polvo muy fino y muy sutil; se ha obtenido el blanco fijo; se pone sobre una lámina de cobre enrojecida: si funde sin humear, entonces la tintura está suficientemente fijada. En caso contrario, se la administra el fuego, continuándolo hasta que haya adquirido su grado de fijeza conveniente, y nos detenemos ahí, si no se desea hacer mas que la tintura al blanco, de la que una parte transmuta cien partes del mercurio vulgar en plata mejor que la de la mina.

Mas deseando hacer la tintura roja, hay que continuar aplicando el fuego a la materia, sin haberla dejado enfriarse, si se quiere que ella pueda volverse roja. Al reemprender la administraci6n del fuego exterior la materia se vuelve muy fina y tan sutil que es difícil de imaginárselo; es por esto que hay que dirigir bien su fuego a fin de que la materia no se volatilice por la fuerza del fuego que debe penetrarla enteramente, sino que permanezca al fondo del vaso, convirtiéndose en un polvo verde. Este es entonces el grado de Venus.

Continuando con prudencia el fuego exterior, la materia se vuelve amarillo limón: es el grado de Marte. Este color aumenta con intensidad y se vuelve de color de cobre. Llevada a este punto, ya no puede aumentar de intensidad por sí misma; es entonces que hay que recurrir al mercurio aurífico rojo, es decir, a nuestro aceite reservado e imbibir la materia con este aceite hasta que devenga roja: entonces comienza el grado del Sol.

Continuando las imbibiciones con el aceite aurífico. la materia deviene cada vez más roja, después purpurina, y finalmente rojo pardo, lo que forma la salamandra de los sabios, que el fuego ya no puede atacar. En fin, se infiere la materia con el mismo aceite aurifico, imbibiéndola gota a gota, hasta que el aceite del Sol sea congelado en la materia y que esta última, puesta sobre una lámina caliente, funda sin humear. Por este medio se ha obtenido la tintura roja y el oro fijo y coagulante, del que una parte transmuta cien partes de mercurio en oro mejor que el de la naturaleza.



MULTIPLICACION

Las dos tinturas de las que acabo de hablar, blanca y roja, son susceptibles de ser multiplicadas en calidad y en cantidad, cuando estas tinturas no han sido sometidas a la acción del fuego vulgar, que las hace perder su humedad radical, fijándolas en tierra que tiene el aspecto de una piedra. Para hacer la multiplicación de estas dos tinturas, blanca y roja, hay que repetir enteramente la tercera operación.

Es preciso que los dos polvos, blanco y rojo, sean disueltos en el mercurio filosófico, que pasen a la fermentación y a la putrefacción, así como a la regeneracion. Para llegar a ello hay que reiterar las imbibiciones poco a poco, conducir el fuego y regularlo sucesivamente como lo hemos descrito anteriormente. A esta segunda multiplicación una parte hace proyección sobre mil partes del mercurio, y las transmuta en plata o en oro, según el color del polvo, en metal perfecto.

La multiplicación en calidad se hace reiterando la sublimación filosófica que tiene lugar separando lo puro de lo impuro con la ayuda del mercurio filosófico, y se repiten puntualmente las manipulaciones de la tercera operación, tras haber desecado con la ayuda del fuego de la materia y reducido en polvo todo el aceite blanco si se opera al blanco, y no más que una parte del aceite rojo, si se opera al rojo, a fin de conservar la otra parte para servirse de ella en el grado de Marte y del Sol, así como para inserar, como ya lo he indicado, operando al rojo. La multiplicación en cantidad se hace por la adición del mercurio vulgar revivificado como lo he dicho precedentemente. Si se desea hacer al mismo tiempo la multiplicación en calidad, hay que comenzar, como regla general. por sublimar la materia separando lo puro de lo impuro, desecando en totalidad si se opera al blanco, o por mitad si se opera al rojo, con la ayuda del propio fuego que se regulará de la misma manera que lo he hecho en la tercera operación, a fin de reducirlos a polvo que se dividirá cada uno en dos partes iguales; se hará disolver una parte en cuatro veces su peso de mercurio filosófico, que servirá para imbibir la otra parte reservada, reiterando absolutamente la tercera operación.

Se puede, si se desea, reiterar estas manipulaciones hasta diez veces: la materia adquirirá a cada vez una fuerza décuple, y será tan sutil que atravesará el vidrio a la última vez, volatilizándose en su totalidad. Se cesa ordinariamente a la novena multiplicación, en la que se vuelve tan volátil que al menor calor traspasa el vidrio y se evapora. lo que hace que sea costumbre detenerse en la transmutación de una parte sobre mil o diez mil todo lo mas, a fin de no exponerse a perder un tesoro tan precioso.

No describiré aquí operaciones muy curiosas que he hecho, para mi gran asombro, en los reinos vegetal y animal, así como el modo de hacer el vidrio maleable, perlas y piedras preciosas más bellas que las de la naturaleza, siguiendo el procedimiento indicado por Zachaire, y sirviéndome del vinagre y de la materia fija al blanco, y de granos de perlas o de rubíes triturados muy finos, moldeándolos, y fijándolos luego por el fuego de la materia, no queriendo ser perjuro, y parecer pasar aquí los limites del espíritu humano.

Habiendo acabado mi obra, tomé 100 gramos de mercurio destilado, y los puse en un crisol. Tan pronto como empezaron a humear, arrojé encima 1 gramo de mi azufre transmutatorio; se convirtió en aceite por encima del mercurio, y vi a este último que se congelaba sucesivamente cada vez más. Entonces aumenté mi fuego, y lo hice más fuerte al final, continuándolo hasta que mi mercurio estuvo perfectamente fijado, lo que duró alrededor de una hora. Habiéndolo vertido en una pequeña lingotera, lo ensayé, y lo encontré mejor que el de la mina.

¡Qué viva y grande era mi alegría! ¡Yo estaba fuera de mí mismo; hice como Pygmalión: me puse de rodillas para contemplar mi obra y agradecer por ella al Eterno! ¡Me puse a verter también un torrente de lágrimas, que eran dulces! ¡Mi corazón estaba aliviado! Me seria difícil describir aquí todo lo que me figuraba, y la posición en la que me encontraba. Muchas ideas se ofrecían a la vez a mi pensamiento. La primera me llevaba a dirigir mis pasos cerca del ciudadano Rey, y hacerle la confesión de mi triunfo; otra, hacer un día bastante oro para formar diversos establecimientos en la ciudad que me vio nacer; otra idea me llevaba a casar, el mismo día, tantas jóvenes como secciones hay en París, dotándolas; otra idea me llevaba a procurarme la dirección de los pobres honestos, y a ir yo mismo a llevarles las ayudas a domicilio; en fin, terminé por temer que la alegría me hiciese perder la razón. Sentí la necesidad de violentarme, y hacer mucho ejercicio paseándome por el campo: lo que hice durante ocho horas consecutivas. No pasaban algunas horas sin que me quitase el sombrero, y, levantando los ojos al cielo, le agradecía haberme acordado un beneficio semejante, y vertía abundantes lágrimas. Finalmente, acabé por calmarme, y por comprender cuánto me exponía al hacer semejantes diligencias. Tras haber reflexionado maduramente, tomé la firme resolución de vivir en el seno de la oscuridad, sin ostentación, y de limitar mi ambición a hacer seres dichosos en secreto, sin hacerme conocer.
Yo había hecho partícipe a mi mujer de mi éxito, y la prometí repetir delante de ella la transmutación: ella me comprometió a no hablar de la misma. Era el Jueves Santo de 1831, a las 10 horas 7 minutos de la mañana, cuando había hecho solo la transmutación. No tenía más mercurio conmigo, y propuse a la mañana siguiente al día de Pascua el satisfacer a mi mujer. Compré una rama de laurel a un jardinero y un tallo de siempre viva. Tras haberlos atado juntos, lo envolví todo en una hoja de papel de carta, y dirigí mis pasos a la casa en que estaba mi mujer, que se encontraba sentada junto a una vidriera leyendo. Me precipité a sus rodillas; poniendo mi ramo a sus pies, la dije: helo aquí, querida amiga, depositada a tus pies; acaba de coronarme cuando tú y yo descendemos a la tumba; me ha costado 37 años de penosos trabajos, y más de mil quinientas noches sin dormir. He sido cubierto de humillaciones, abrumado de injurias, abandonado de mis amigos, rechazado de mi familia y de la tuya; en fin, he perdido las más interesantes criaturas que se puedan ver, y no he cesado nunca de ser un hombre de bien y de quererte. Mi cabeza cayó sobre sus dos rodillas. Me puse a llorar. ¡Oh, lágrimas de lamentación, de recuerdo de mis pérdidas, de las tribulaciones que yo había experimentado, y de alegría, cuán dulces sóis! ¡Vosotras aliviáis mi corazón! Yo renacía, era un nuevo hombre. Mi mujer, levantándome la cabeza, con lágrimas en los ojos, me dijo: levántate, amigo mío, y deja de llorar. Pegué mis labios sobre los suyos, y este beso de ternura, que fue pagado de reciprocidad, vino a embellecer el encanto de mi vida, y a reanimar mi cerebro por la desdicha. No era bastante con haberla confesado mi éxito, y haber depositado mi laurel a sus pies; faltaba convencerla y hacer la transmutación delante de ella.

Tomé un vidrio de reloj, y puse en él una pequeña cantidad de mercurio fluido del comercio, que había sido destilado, que era puro, y que acababa de comprar. Puse encima, no mi azufre transmutatorio al estado de polvo, sino al estado de aceite, en la proporción de una parte sobre cien, y removí mi vidrio de manera que diese al aceite un movimiento circular. Vimos con gozo al mercurio ofrecer un fenómeno bien curioso, y coagularse con el color del oro más bello; no tenía más que fundirlo en un crisol y verterlo; hice así la transmutación en frío, para gran asombro de mi mujer. Ella me dijo entonces: tu éxito pone colmo a tus deseos; si quieres volverme dichosa, y hacerme olvidar la larga cadena de nuestras desdichas, vivamos en el seno de la obscuridad sin ostentación; haz desaparecer de nuestro asilo todo lo que pudiera descubrir tu secreto y servir de cebo a la malevolencia, así como a los ambiciosos a los que nada puede recompensar, la intriga, la bajeza o la tiranía. Y la respondí: he jurado, aunque tenga que verme correr plomo fundido en las venas, llevarme a la tumba mi secreto, es decir, el conocimiento de la materia, del fuego, y de los trabajos de Hércules; yo te juro, así como a Dios, volverte dichosa llevando a cumplimiento tus deseos; esperemos que el Eterno nos proteja contra los envidiosos, y los hombres viciosos y corrompidos.

Oh, vosotros jóvenes, que verosímilmente leéis mi obra, no puedan vuestros deseos de aparentar en este mundo y el cebo de las riquezas, haceros emprender la búsqueda de la piedra filosofal: si pudieséis saber como yo las desdichas, en todos los géneros, que he experimentado para llegar a ella, retrocederiáis de espanto al deseo de entregaros a ello, a menos que Dios os haga encontrar a un hombre que haya tenido éxito en hacer la piedra, que os conduzca de la mano desde el comienzo hasta el final; rechazad con horror la idea de dedicaros a la filosofía hermética, más difícil de lo que se piensa conocerla por sí mismo. Esperando ser más dichosos que yo, si pisoteáis mis consejos, y sóis lo bastante dichosos para llegar a ello, no olvidéis jamás los infortunios, sobre todo sed discretos, avaros en vuestros gustos para el dispendio y para satisfacer vuestras pasiones, pero pródigos hacia los pobres, y no olvidéis jamás que la más dulce satisfacción para un corazón bien nacido, es hacer seres dichosos sin que hablen de vosotros, y sobre todo tened siempre presente ante vuestros ojos al Eterno.

Huid de los seres corrompidos del buen tono; ellos tienen todos los medios para abusar de vuestras buenas cualidades, se arruinan en promesas que parecen ser la efusión de una bella alma, pero se enriquecen haciéndose sus víctimas. En una palabra, no busquéis la bondad de la vida en los dos extremos de la sociedad, sino más bien en la clase media, es decir, en la de los industriales honestos; hay sin embargo ciertas excepciones que hacer y yo sería un ingrato de juzgar diferentemente de ellos. Yo encontré a un hombre bien nacido al que no olvidaré en mi vida, al que prometo dar pruebas de mi gratitud.

Estimable juventud, pueda mi vida serviros de ejemplo, y mis recomendaciones de lecciones, y merecer a vuestros ojos algunas lágrimas para endulzar la larga cadena de desdichas que he experimentado.

Reyes de la tierra, si conocieséis el gran número de personas que se dedican en secreto, en nuestros días, a la búsqueda de la piedra filosofal, os asombrariáis y si supieséis que apenas uno o dos hombres tienen la suerte de triunfar en el espacio de 300 a 400 años, lo que no ofrece en el comercio el producto de una mina de oro, que se descubre en el Perú o en otra parte cada o 4 años, lejos de hacer buscar a los que han triunfado y atormentarlos los colmariáis de vuestras bondades, acordándoles vuestro apoyo y vuestra benevolencia, a fin de que pudiesen servir ampliamente a la humanidad sufriente, y haceros participar de los beneficios de sus descubrimiento:,.

Oh mi país, oh mis queridos conciudadanos, vosotros que habéis probado varias veces que sóis buenos franceses por vuestra dedicación a la causa de la libertad y del orden legal, si el Eterno me permite dejaros lo que mi corazón os destina por reconocimiento, dignáos hacer transportar mis despojos mortales sobre un lugar de base calcárea, frente a una pequeña torre que lleve un emblema doloroso de una antigua guerra, bajo la cual corre un pequeño riachuelo que toma su fuente en un lugar de allá, y que hace mover numerosos molinos; hacedlos recubrir solamente de un grueso bloque de granito duro, muy común en la pequeña ciudad en la que me casé, vecina del lugar que me vio nacer, con esta sola inscripción: los despojos mortales del infortunado Cyliani reposan aquí.

Me hecho imprimir esta obra, visto que no existe en ningún país una ley que impida publicar un descubrimiento útil a la Sociedad con relación a la vida, así como hacer circular en el comercio el oro perfecto por su peso, su color, su peso específico y su fusibilidad; ¿con qué derecho se daría la preferencia al oro de las minas sobre el hecho por el arte filosófico, siendo mejor este último?



Cyliani