sábado, junio 18, 2005

LA PRUEBA ALQUIMICA

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Durante años he hurgado a hurtadillas en el fascinante mundo de la Alquimia. Tras descreer en muchas cosas, creí hasta último momento que la Alquimia podría llegar a albergar numerosos secretos.

Y empezó mi búsqueda. Aquella en la que pasaba -y sigo haciendolo - horas leyendo detenidamente entre líneas los cientos de tratados herméticos que obran en mi poder. Los traduje del francés, del ingles, del latín y el griego. Y no pude dejar de hacerlo.

Así, lentamente, llegué a algunas concretas conclusiones sobre el Arte Sacro. Estaba claro que mi iniciador, como a muchos de mi generación, era Fulcanelli, o quienes se hallaban tras este nombre. Vorazmente me sumergí en el “Misterio de las Catedrales” y “Las Moradas Filosófales”. A decir verdad, al principio me resultó tan complejo y críptico que desistí pensando ingenuamente que algún maestro me podría guiar, si de hecho podía encontrar alguno disponible.

Con el tiempo volví a retomar la lectura de aquella obras. Entonces, tras la quinta lectura, comprendí. Y no lo pensé dos veces. Me volqué a descifrar –porque estoy persuadido que todo consiste en eso, saber las claves, como ejemplifica el alquimista Limojon Saint Didier- los antiguos tratados de los “filósofos del fuego”. Y allí estaba Ireneo Filaleteo, Nicolas Flamel, Cyliani, Basilio Valentín, Fulcanelli, todos con una constante: la enseñanza de la obra “seca” o de las “amalgamas”.

Pronto la teoría que tenia quedó corta. Tenia todas las variables requeridas. Era el tiempo de experimentar. Pero no sabía por donde empezar. Si por el cinabrio de Kamala Jnana, este es, Roger caro. O por el estaño de Roger Bacon. También tenia el antimonio de Valentín. ¿Por donde empezaba mis experimentos para probar la verosimilitud o no de mis lecturas?

Pero, lo sé, la pregunta que el lector atento se debe estar haciendo es ¿Qué es la alquimia según la entiendo yo?.

Porque, es cierto, sobre este Arte Sagrado mucho se ha hablado y poco se ha dicho. He aquí una de las constantes que hacen atractivo este secreto. Podría decir, pienso, lo mismo que creen los antiguos alquimistas sobre esta disciplina. Por ejemplo: que la Alquimia es una ciencia extraviada, de los Egipcios. Que consiste en capturar en un determinado compuesto el Spiritus Mundi, alma vital que rige la existencia. Que lo que provee la Lapis Philosophorum es una Medicina Universal que cesa de un sesgo todas las enfermedades. Pero esto, lo quiera o no, es meramente teoria.


Y para demostrar que no soy un mero lector de tratados alquímicos, o un simple experimentador de compuestos en matraces (ya esbozaré mis experimentos y lo dudoso que puede llegar a ser conseguir algo en alquimia), reflejaré algunos de mis encuentros con supuestos alquimistas avezados, que me confiaron cuales eran sus búsquedas y todo lo que invirtieron en el camino para llegar a lo que, para ellos, era la Verdad.

(Todo efecto suspense o narrativo a continuación es consecuencia indefectible de mi tradición literaria, sepan disculpar, pero, opino, la informalidad no quita la brillantez de una anécdota sincera).

Por multiples motivos, he prometido no divulgar la localización donde he entablado estas entrevistas ni los reales nombres de los involucrados.




MENDOZA: TIERRA DE ALQUIMISTAS

El Cerrro de la Gloria. A los lejos, la precordillera dibujada en una de sus vistas imponentes. Y en éste parque tupido y silencioso observo, medito y vuelvo a escuchar las palabras que A y H me confesaron hace más de media hora en un café del centro de la capital.

Aquello era en verdad increíble. Según ambos alquimistas, avezados durante años en los trabajos “filosóficos del fuego”, en este parque municipal vivió un viejo ermitaño que había consumado la famosa Lapis Philosophorum, y tenía la mañosa costumbre de regalar pepitas de oro a cambio de bebidas alcohólicas.

El Vagabundo” , me dice A y me observa atentamente, “ era alguien muy reservado, y rara vez se lo veía sobrio. Pero cuando lo estaba era capaz de recitar de memoria a Flamel y Fulcanelli sin equivocarse en lo más mínimo. Sabemos, porque estuvimos muchas veces con él, que había logrado fabricar la “Piedra” y transmutaba en algún lado del parque, con elementos en verdad muy precarios. Lo sabemos porque de la noche a la mañana sacaba pepitas de oro y nos decía, en uno de sus estados de sobriedad, que las fabricaba él mismo, y que, encima, era sencillísimo. Yo durante mucho tiempo intenté, desde luego, que me confesara el secreto pero no hubo caso.”


“¿El vagabundo?”.

”, se ataja H, y me mira con los ojos entornados.

Lo llamábamos así porque vivía como un pordiosero, desamparado y marginado, y
sin embargo tenía la posibilidad de una enorme economía
.”

“Pero yo me pregunto –dije y miré a ambos – ¿No será que tal vez aquel hombre
había encontrado alguna mina, o algún tesoro enterrado aquí en lugar de transmutar?
¿ Cómo saben que lo hacía si no lo llegaron a ver?”.

Mira, nosotros lo sabemos porque durante muchos años estuvimos hablando con él. Y porque muchas veces padeció severas quemaduras a consecuencia de sus experimentos y milagrosamente se curaba solo. Una vez se quemó el cabello por completo y le dijeron que tenía quemaduras de tercer grado , que debía ser atendido como correspondía, pero se negó en redondo. Dijo que él solo se iba a curar. A la semana ya le estaba creciendo el cabello. Cuando le preguntamos nos dijo que era una de las virtudes de haber tomado la “piedra” de joven.”

“¿Pero por qué se había echado a menos, siendo un vagabundo?”(ya me sonaba a mito).

“Porque así lo deseaba” –terció H y me miró largamente abstraído en sus recuerdos.

Parece que había sido engañado por su mujer –retomó A y bebió su agua con
gas – y quiso acabar con su vida como fuera. Por eso bebía desorbitadamente , compraba botellas y botellas de alcohol con sus pepitas, siempre se lo veía delirando, y las pocas veces que estaba sobrio, como te decía, nos deslumbraba con su sagacidad y conocimientos. Fue una lástima haberlo perdido.”

“¿De qué murió?”.

Mira –dijo A y se arrellanó en su silla – al parecer fue hallado una mañana en
las bocas de desagüe de la ciudad, sumergido en el agua y muerto. Dijeron que como estaba siempre borracho se cayó y se murió. Pero yo sé que la policía misma y otras personas estaban tras su secreto y le dieron electroshock para robárselo. Pero no pudieron. Sin embargo, luego de aquellas torturas nuestro amigo estuvo muy mal y casi nunca más se lo volvió a ver sobrio y coherente. Le habían dañado la masa
encefálica.

Amigazo, es que este secreto –sentenció H y me miró fijamente – acarrea
graves consecuencias para quien lo posee, no es un juego. Y aunque muchos puedan pensar que son delirios y quimeras, otros no lo hacen y saben que los que trabajamos en esto lo hacemos con seriedad y con buenos resultados
.”


Me interno en medio del parque, y husmeo entre los árboles, buscando algo que me señale el lugar donde moraba aquel ermitaño. Y lo hallo, camuflado por unos árboles y unas chapas de metal que otrora habrían servido de resguardo de las inclemencias del clima de la región. Y piso aquel suelo rociado de hojas del otoño, crujen a mis pasos y en cada crujido me recreo en las palabras de mis informantes, en esta historia tan típica y mistificada por dos hombres que creen en la magia aún.

Me siento en el suelo e – para eso estoy – imagino. Y veo a un hombre encorvado, rodeado de un surtido de botellas de vidrio a medio llenar de alcohol, afanado en su trabajo con latas y carbones, los dedos llenos de mugre, la tristeza reflejada en sus ojos oscuros como sus manos. Pero no veo –en ningún lado de mi imaginación escéptica –pepitas de oro, ni piedra filosofal alguna.

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Me pongo de pie.

Ahora veo lo que me depara la noche. Otra entrevista. Esta vez a solas con H.

Y a la distancia – mientras me dirijo a mi albergue –el sol desciende sobre aquel 21 de mayo del 2003. La noche, me digo, es un rosario de recuerdos.



AQUEL VIEJO SABIO

No fuerce nunca a la naturaleza, sígala con sencillez y delicadeza”, dijo mi anfitrión mientras entornaba la puerta de su jardín y se perdía entre las malezas de sus árboles.

Cinco gatos negros me miraban simpáticos, maullando a mi paso. H era una persona alta, de ojos grises y de cabellera cana, blanca como la nieve. En sus más de 50 años de estudios del Arte Sacro había llegado a descubrir lo que para él era ni más ni menos que la famosa Piedra Filosofal.

Siéntese”. Y me señaló una silla aledaña a una ventana. Fuera del cristal la noche había cubierto el jardín, los felinos deambulaban y parecían estar atentos a mi intromisión en la casa. Y cuando iba a sacar mi grabadora sus grises ojos se alarmaron durante un instante.


Nada de grabaciones, por favor”.

Acepté de buen grado, sabía que tener la dicha de aquella entrevista (porque, a diferencia de otros ámbitos esotéricos, es muy complicado meterse en el mundillo de la alquimia ) era un obsequio afortunado.

Observé mi entorno y me di cuenta que aquel laboratorio era muy humilde y lleno de polvos y frascos, con alguna que otra tela de araña entretejiendo de esquina a esquina. Y un olor. Raro. Familiar. A hierro quemado.

“¿H, cuantos años tiene usted?”.

Más de la cuenta –dijo y sonrió misterioso – Tengo 74 años”.

“Dígame cuál es su parecer con respecto a la Alquimia”.

Es una ciencia de Dios. Es la tierra roja de las escrituras, el don para llegar al Reino
de los Cielos. Cuando uno bebe un extracto de la piedra puede aumentar su coeficiente y llegar a un rendimiento impresionante de sus facultades
.”

“¿Y cómo van sus ensayos.?”

Muy bien”.

“¿Ha logrado la famosa estrella de los alquimistas?,”

Eso, amigazo, es de la vía seca. Y yo me dedico a la vía húmeda, pero igualmente sí
lo he hecho. ¿Usted sabe la cantidad de conocimientos prácticos de laboratorio que tienen las Sagradas Escrituras?”.


“Sí. Ahora, en síntesis, si no entendí mal ¿usted busca la “piedra” porque es una panacea y porque le aumenta el coeficiente intelectual de alguna manera acercándolo a Dios?.

Exactamente, usted lo ha dicho. Pero no se fie de los tratados, porque ninguno nunca dijo la verdad."

La entrevista se mantuvo durante dos horas más.

Debo confesar que en una nueva visita al domicilio de mi amigo, en un viaje
relámpago a la provincia en cuestión, tuve oportunidad de continuar la platica. Su humildad y gentileza en más de una oportunidad me tomaron desprevenido. En honor a la verdad, no he encontrado ser humano con la humildad de H. Siempre recordaré las veces que me acompañó a las moradas filosófales de la ciudad, enseñándome y documentándome.

Y cuando ya me estaba despidiendo, recuerdo que me tomó del hombro y me miró con sus ojos grises durante un largo rato. "Cuidese del diablo", me dijo fulminante, "porque lo va a tentar".

No lo he vuelto a ver en mucho tiempo.

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(Una morada filosofal interesante)






LABORATORIO DE UN ALQUIMISTA

Aquel estudio era en verdad deslumbrante. Y no se debía a la meticulosidad y orden con que estaba equipado, con frascos con nombres, balanzas, hornos electrónicos y un sin fin de variedades minerales sobre la mesa. No. Había , se respiraba, un aire de limpieza y de esmero como si fuera un laboratorio de química moderna.

Y es que A no exageraba con sus precauciones sanitarias. Tenia mascaras, guantes, y todo un arsenal para protegerse de las pruebas. Ya muchos me habían dicho –y él lo volvía a hacer –que el peligro que implicaba las operaciones alquímicas estribaba en verdaderos desastres para la persona. Allí estaba el caso de un anónimo alquimista que perdió un pulmón por respirar las emanaciones de sus ácidos. Ahora debía ir con un respirador artificial a donde fuera, imposibilitado para continuar sus trabajos.

Pero en la sala de su estudio se estaba bien.

Y mientras me hablaba de sus primeros años en la alquimia, me mostraba fotografías y libros realmente singulares, yo seguía pensando en los conceptos y modos que tenían ambos alquimistas en ver un mismo misterio.

Allí – en lo de A - vi por primera vez el libro de Kamala Jnana, el popular Roger Caro que logró la piedra e incluso la fotografió, pero cuyos resultados son más que cuestionables.

“¿Qué opinión te merece la alquimia?”.

Es el camino a la verdad. Y no cualquiera puede seguirlo. Debes estar preparado
espiritualmente para hacerlo. Porque es uno mismo quien a través de su energía emocional otorga a la piedra física la capacidad de transmutar. No se trata de un mero ensayo químico, si lo fuera, no sería más que una pura receta
”.

“¿Pero la piedra existe, es algo real, verdad?”.

Si. Como ves en las fotos de Kamala, aquel hombre la logró. Pero, como te digo, es
necesaria una entrega del operador, un intercambio de energía para que la sustancia particular de la piedra la absorba y se alimente. Así nace y se hace este trabajo. Por eso, si te fijas, en los grabados antiguos vemos al alquimista entregado a los rezos y oraciones, está dándole, a través de las vibraciones de sus palabras , una cierta carga energética a la sustancia inmersa en el Matraz
.”

“¿Y para qué sirve la piedra según tú?”.

Para lograr una transmutación de la persona. Para llegar a contemplar la realidad
que late bajo esta capa de engaños y confusiones
.

“¿ Y crees que podrás lograrla.?”

Tengo fe de que sí. Ya tengo todo lo que me faltaba resolver, en especial aquello que jamás fue dicho y jamás se dirá y sólo puede obtenerse por revelación divina."

Aquello ya me puso en guardia. Y me sonó familiar. Y ataque.

“¿Me quieres decir que la obtuviste por revelación?”.

Algo así”.

“¿Cómo?”.

A través de estudios y razonamientos, sueños, visiones. De golpe ocurrió”.

Detuve la grabación y lo miré de hito en hito. Aunque había ciertos puntos que
contradecían mis conceptos en aquel entonces de alquimia, decidí callar y otorgar el beneficio de la duda.

La conversación se prolongó por un tiempo más. Ya al salir a la noche, mi cabeza estallaba en meditaciones y creí sufrir de demasiada abstracción. Me arrebujé en mi saco y dirigí mis pasos presurosos a algún bar nocturno. Debía disiparme y pensé que nada mejor que las siluetas femeninas.

Allí, - entre cócteles de zumo de naranja y frutillas , mi única bebida “fuerte” – recapacité en aquellos alquimistas que había conocido.

Y me di cuenta de algo: aunque amigos, ambos tenían conceptos sobre el llamado Arte Sacro muy diferentes. Y mientras uno de ellos me enseñó todo tipo de confecciones químicas o alquímicas, el otro se empeño en los libros y sus ilustraciones y se negó ir más lejos.

¿Quien tenía la verdad?

Lamentablemente eso sólo lo podré comprobar en la experiencia de laboratorio.

S.Jarré