jueves, junio 23, 2005

QUE ES LA ALQUIMIA?

Image hosted by Photobucket.com


¿Que es la alquimia sino un Arte extraviado, un conocimiento elevado , una formula integrada por infinidad de variables que hacen al total, a la realización completa de eso que ha sido dado en llamar Magisterio.?

Frecuentemente vemos que se le atribuyen a esta Ciencia – por no comprenderla, por ser incapaz de levantar como corresponde el velo simbólico - connotaciones de otras disciplinas , las cuales están tan alejadas de esta rama del saber como el oro del metal inmundo con el cual operamos.

En efecto, un parentesco podría establecerse, pero en realidad son dos sustancias independientes, con sus grados de evolución respectivos y con sus cualidades inalterables. Pertenecen a un mismo genero pero son diferentes entre si. Lo mismo ocurre con la alquimia propiamente dicha.

Otras disciplinas –familiares del esoterismo y/o metafisica- le han atribuido propiedades fantásticas e improbables que sólo nos apartan del verdadero sendero, pues antes de saber cómo operar debemos saber qué buscamos. Desde luego que la alquimia es una ciencia esotérica, como tantas otras pululan en todo el globo, pero esta ciencia, a diferencia del resto, precisa del auxilio de ciertos materiales eficaces para condensar lo que se conoce como el espíritu del mundo, spiritus mundi, aquel que se paseaba por las aguas de la Creación, según la Biblia, manual novelado de la gran Obra.

Por eso, lo que diré puede incomodar a más de un artista que , basando su teoría alquímica en conceptos poco reflexivos y más cercanos a lo que se denomina metafísica o teosofia, no han advertido la sencillez de las cosas. En verdad estas afirmaciones serán positivamente duras, detestables, y quizá con ellas extravíe a muchos amigos y hermanos en el arte, pero debo decirlas más que me pese. Hablar, nos hace bien a todos. Aun cuando una discusión nos quiebre nuestra Verdad, siempre es dable poder sacar de aquello alguna traza de luz. Por eso, animado por este pensamiento, y porque sé que la diferencia hace al producto, hago mi primera –y única por el momento- incursión en este tema planteando una pregunta directa a mis hermanos en este Arte Sacro:

¿Qué busca realmente el alquimista con la obtención de la Piedra?. ¿Busca trasmutarse una vez coronada la Gran Obra? ¿Busca entender la naturaleza y extraer de ella sus arcanos?

En realidad hay bastante silencio en cuanto a este tema, al menos en los más conocidos artistas (léase Valentín, Cosmopolita, Filaleteo, Roger Bacon, y otros, y léase bien la palabra “transmutarse a si mismo”)

Por lo general –y seguramente muchos disgregaran conmigo debido a la notoria asimilación de la tradición actual- el Alquimista buscaba un fin netamente material – o físico , si causa rechazo aquella palabra.

Es decir, intentaba , con sus precarios medios, acceder a ciertos secretos emparentados con el misterio de la Creación, para que de esta manera (excúsenme el trabalenguas ) basándose en lo “accesible” se pudiera acceder a lo “inaccesible”. En otras palabras, - y como procuré referir- intentaba apresar el espíritu que anima todas las cosas, en un compuesto determinado, en un momento adecuado.

En base al escrutinio de dicha materia podía ver como eran las relaciones reciprocas entre los seres animados, los inertes, y el propio hombre - también “cápsula” de ese espíritu. El estudio de las leyes de esa materia, sus movimientos, y sus desencadenamientos establecían concordancias a lo que se denomina la generación de la vida. Este era el secreto de la naturaleza que pretendía arrancar con penas y pocas glorias.

Pero recalquémoslo muy bien: ese conocimiento era y es intelectual. En base a lo que en sus manos poseía el alquimista (la piedra, lapis philosophorum) podía elevarse a conocimientos explicativos sobre el orden del universo y las leyes que rigen a este. Y en efecto, esas certezas, esa vivencia vista por su ojos, despertaban su espiritualidad –si no es que ya la había adquirido, y de esto ya hablaremos – haciendo en muchos casos que depreciara las vanidades del mundo para ir en pos de aquellos que sufren en soledad, bajo una noche fría y desolada como esta misma en que escribo estas apresuradas líneas.

Pero ahora pregunto, esperando que estas palabras inciten a la reflexión, motiven a que de una buena vez les despojemos esos visos mágicos que a lo largo de los lustros envolvió nuestra Ciencia , - y ahora en especial la era moderna y la llamada New Age - digo, pregunto ¿en donde se señala , en los tratados, que el artista se transmuta a si mismo , es decir, accede a visiones no ordinarias a través del ingesto de la Piedra?

Tristemente en ningún lado, al menos no palpablemente. Y sin embargo, ¿por qué muchos artistas y principiantes se sienten inclinados a pensar de esta forma? ¿Será en virtud de las afirmaciones de Bergier y Pauwels en su El Retorno de los Brujos, o por el misterio creado en torno a Fulcanelli que propugnó el “desviador” de Canseliet ?

La verdad, rígida e inamovible, es que el Alquimista buscaba – y busca- la Medicina Universal (primero), y de ésta la compresión de lo bautizado como el “animador del mundo”, el arcano de la vida prisionero en la sustancia particular. De esta manera se hacía acreedor, como nos dice el "clan" Fulcanelli, de una inamovible “Verdad Científica”, el concilio entre la Religión y la Ciencia.

Conocía – intelectualmente - las causas de las cosas creadas. Y recalco “intelectualmente” porque tengo conocimientos de otras disciplinas que también nos enseñan a atisbar las causas de las cosas, pero de otra manera, por medio de forzados controles de meditación.

Estas disciplinas, llamadas Metafisicas o Teosoficas, nos permiten observar , mediante el desarrollo de determinados órganos sensitivos adecuados para ello, el mundo sin velos ni falsas concepciones, tal cual es detrás de la materia. Y digo “ver” entendiendo por esa palabra a una visión no ordinaria de las cosas.

La tentación, muy grande es cierto, de atribuirle a nuestra Alquimia estas connotaciones ha llevado a infinidad de artistas a promulgar discursos elocuentes sobre cómo se debía beber la piedra en una solución para acceder a otros planos de conciencia. Una mentira desfachatada; infringida por predisposiciones en el artista , un exceso de imaginación, o por una opinión condicionada por la mayoría.

Sin embargo el auxilio se encuentra en la reflexión. El estudio perseverante, minucioso, de los tratados, de la historia, es la única forma de acceder, sin guiarnos de famas temporales, a la única e inalterable Verdad que nos libere definitivamente: el entendimiento del espíritu animador.


Ahora bien, este conocimiento, que posiblemente nos modifique nuestra visión del mundo (intelectualmente, volvámoslo a decir ), está muy lejos de transformarnos espiritualmente de la noche a la mañana. Y mucho menos, como afirman algunos alquimistas (quien lo afirmó lo sabrá) : “ La materia es sensible al estado espiritual que el alquimista tiene, y su energía cataliza y coadyuva al proceso de elaboración de la Piedra Filosofal.

Tristemente sé que despojar una afirmación de su velo de seguridad es lamentable tanto para quien lo hace como para a quien lo afirmó en un primer momento. No obstante, mal que me pese, si acepto algo en lo cual he descubierto positivamente el error, peco de falsedad conmigo mismo.

No deseo ser hipócrita con mis sentimientos, y , como amante de la verdad, y porque sé concienzudamente que la mentira , o el autoengaño, puede conducir a derroteros equívocos a muchas personas que empiezan con sinceridad a volcarse a la alquimia, por eso he de referir que lo afirmado párrafos arriba, por un conocido alquimista (cuya idea se mantiene con fervor en muchos otros artistas que lo emulan en pensamiento y actuar , quizá tan sólo porque la afirmación nos conmueve la imaginación) , se trata de un error rotundo e inexcusable para quien dice haber leído con detenimiento – por años- los tratados de alquimia.

Leer con preconceptos acarrea este embrollo. La lectura debe ser fría , como niñitos que empiezan a aprender los rudimentos de un idioma nuevo. No hay tal “intercambio energético”; nada tiene que ver con el operador, - que no con las influencias externas – lo que se cuece en el Atanor es independiente del estado evolutivo del alquimista. Este es gran error manifiesto que impide a muchos que no se consideran dignos de la elaboración de la piedra poder empezar con la Obra.

En ningún tratado se menciona –salvo la oración que es del todo lógico para aquellos que la necesitan , pero sin ningun tipo de influencia salvo acrecentar la superstición– que el alquimista cambia de personalidad, o que debe estar preparado con una previa espiritualidad.

Desde luego, nadie puede pretender alcanzar la obra si por su mente circulan pensamientos grotescos y ajenos a la labor. Pero este estado de concentración es ajeno a las materias en cocción, no influye – metafísica o energéticamente hablando - de ninguna manera.

Por eso, ni bien empezamos a leer, por ejemplo, al sincero Limojon Saint Didier, nos encontramos con este pensamiento esclarecedor de su autor:

No hay que esperar ver aquí una explicación en detalle, que descorra absolutamente el velo de este enigma Filosófico, para que aparezca la verdad al descubierto; si fuese así, sólo habría que arrojar al fuego todos los Escritos de los Filósofos; los sabios no tendrían ya ninguna ventaja sobre los ignorantes; unos y otros serían igualmente hábiles en este maravilloso arte.”

Denotando así que en realidad la Gran Obra consta de un invaluable secreto que, siendo comprendido, a todo el mundo le pondría en la misma situación : “igualmente hábiles en este maravilloso arte”.

Me parece muy transparente esa afirmación, como tantas existen en los tratados. Si esta Ciencia requiriese la previa evolución del alquimista, si precisase que fuera espiritual – y deberíamos atenernos a que llamamos “espiritual” cada uno – entonces no se explicaría el lenguaje florido y enrevesado que nos impide acceder al contenido de los tratados.

Si después de todo es necesaria la evolución espiritual del operador ¿a qué esforzarse en tanto lenguaje críptico?

A menos que el secreto pueda estar al alcance de cualquiera, incluso de los ignorantes que no saben hacer buen uso del mismo. Por eso se lo cubrió de un velo imposible de discernir, para que no fuera mal empleado, para que no se beneficiaran los poderosos y los que porfían en menoscabar el orden del mundo a favor de sus intereses personales , ajenos a los de esta humanidad desfalleciente y en espera del verdadero alquimista que la libere de sus aflicciones, de esas pestes fermentadas en laboratorios de organismos gubernamentales.

Por lo general muchos maestros son considerados como personalidades altamente evolucionadas, o con grandes capacidades espirituales. Nada más lejos de la realidad.

Es cierto, algunos fueron elevados al rango de Santos – cuestión que en si misma merecería un acápite independiente para explayar la verdad de esas santificaciones - , pero eso no es un indicativo para una generalización.

En muchos casos , no nos olvidemos, no pudieron controlar sus deseos de vanidad que les acarreó la horca o la amputación perpetua de sus cabezas.

Los artistas eran personas de gran tesón, de gran inteligencia e imaginación , cuyos conocimientos de la naturaleza los acercaba a entender ciertos mecanismos secretos que rigen la vida de las cosas. De aquí, a que poseían conocimientos suprasensibles, que podían visualizar otros mundos no ordinarios, es abismal y terrible la diferencia.

Mucho más adjudicarle a la piedra esa posibilidad. Quien le adjudica tales manifestaciones no ordinarias, sobrenaturales, a la piedra, es alguien en quien la confianza en si mismo para acceder a tales realidades es demasiado endeble, y debe volcarse a un elemento MATERIAL como fetiche de sus más profundos anhelos.

Seamos claros una vez más: la piedra es una excelente Medicina, pero no nos hará evolucionar espiritualmente de golpe, tampoco debemos estar evolucionados ni hacer penitencias para obtenerla.

Cierto esto, pero no a todos esta dada la posibilidad de su obtención. En esto debemos convenir que “alguien” se encarga de brindarla a quien sinceramente la busca sin vanagloriarse, (aunque , como en la naturaleza, pueden haber casos extraordinarios); en los estadios a su obtención en una materia roja –como formada por pequeños cristales- nos dejara cotejar un resquicio de los secretos de la creación, para que , a través de aquel –intelectualmente - podamos entender cómo fue la concepción de mundo y los seres y cosas.

Es un saber, un conocimiento, no una llave que nos permite observar con nitidez las realidades espirituales que continuamente nos rodean, esas manos invisibles a nuestro lado. Es una ciencia esotérica, es verdad. No es una ciencia del ocultismo (y espero que no haya algún critico ligero de las acepciones o las etimologías que pervierta estas palabras para velar el espíritu que transmito.)

El tiempo y las tradiciones, las malas lecturas de los tratados, la carencia de estudios de las biografías de maestros alquimistas –siempre y cuando hubiera sido posible obtenerlas –son las razones por las que hoy día muchos alquimistas consideran que realizar la Gran Obra es realizarse a si mismo espiritualmente, trasvasando sus cuerpos a otras dimensiones suprasensibles.

Podría citar ahora a muchos alquimistas , como Roger Bacon quien es clarisimo en su cometido, o Filaleteo que nos advierte que la piedra se puede emplear para TRES fines diferentes: la transmutación de los metales, la confección de joyas o piedras preciosas, y una fabulosa medicina :“Un solo Adepto –nos dice- por lo menos, valdría para curar todos los enfermos del mundo entero.”

Podría confeccionar un elegante resumen de los pareces de los artistas – basándome en sus obras y en las biografías a disposición - desde John Dee que, aunque había logrado la Gran Obra, porfió en buscar “otras” respuestas en los espejos que confeccionaba junto al médium Eduard Kelly, intentando contactarse con personalidades angélicas, hasta Fulcanelli quien nos advierte que nos moderemos con los excesos de imaginación (cita el libro en verdad desmesurado “ Clave de la Gran Obra”)

Podría hacer estas cosas pero ello sería tomarme el trabajo de hacer lo que los autoengañados alquimistas deberían haber hecho antes de hablar sin un conocimiento exacto de los cosas.

Por eso, quitémosle, aunque nos duela –en verdad a mi me dolió hacerlo hace ya mucho tiempo– esas trazas espirituales , esas asperezas mágicas que lo único que logran es alejarnos cada vez más del propósito de la Obra. No negaremos que la piedra roja nos pueda iluminar sobre muchas dudas que antes de su confección teníamos, pero eso no se compara a acceder a visiones no ordinarias por su ingestión.

Me he sentido en obligación de escribir esto, - lo digo una vez más- pues veo que muchos artistas le han otorgado a la piedra virtudes mágicas más cercanas al ocultismo moderno que a otra cosa. La piedra no nos dará visiones no ordinarias de mundos ajenos a este, por enésima vez lo afirmo, no nos dará poderes suprasensibles o nos hará levitar con una pócima.

Nos dará , eso sí, un cierto conocimiento, y en base a ese saber nos podremos elevar intelectualmente de nuestra condición ordinaria –siempre a través del intelecto, recalquémoslo por enésima vez – y comprender cómo fue la creación, cómo fuimos concebidos.

Habrá algunos casos, como suele acostumbrar, que la paciente concentración en las lecturas de las obras de alquimia, sumado a un control por parte nuestra de los estados oníricos puedan desencadenar en un despertar de conciencia, esto no se puede negar; pero para ello hay que enfocarse en dicho despertar y no en la piedra, cuestión que a quien desee profundizar le recomiendo que lea algunos tratados de ocultistas modernos muy reveladores como Rudolf Steiner.

Y ahora viene la pregunta que inició este quizás debate ¿Qué busca el alquimista?

Un poco de reflexión –como vimos- acaso nos saque del embrollo. Antes de ver cómo proceder veamos mejor qué es lo que buscamos. Estas palabras no están dirigidas a que mis compañeros y hermanos alquimistas dejen de creer en sus convicciones, tan sólo pretenden influenciar el pensamiento perseverante. Para que así nadie piense por nosotros.

Por eso, por sobre todo ,no nos dejemos guiar por la reputación de personalidades que todavía no han coronado la Gran Obra (que los “fanáticos”, y disculpen el termino, ya le adjudican vías, quienes son ya lo sabrán), en verdad sembradores de confusión, fecundadores de caminos que no conducen más que a barrancos sin sentido.

Dudemos de todos y , como con la materia verdadera, que erróneamente nos hicieron creer que era el antimonio o estibina, extraigamos la verdad profunda que encierran los tratados de reconocidos artistas. Traduzcámoslos de sus idiomas originales, absorbamos ese sabor inalterable en el tiempo.

Así, aunque tergiversada, camuflada y triste, la verdad estará ahí esperando que la encontremos.

En la sencillez radica la clave de las cosas.

Augusto De Saint